ESPACIO Y TERRITORIO
Guaraníes y Charrúas:
Una
frontera exclusivista-inclusivista
NORBERTO
LEVINTON

Mapa de
ubicación de parcialidades indígenas.
En
Furlong,
Guillermo. Cartografía Jesuítica del Río de
la Plata. Mapa N°32.
Buenos Aires, Peuser,
1936.
Introducción
El río Uruguay nace en las
faldas occidentales de la Sierra del Mar, a
2005 metros sobre el nivel del mar. La
ubicación de la naciente es 28º 09´ de
latitud Sur y 49º de longitud. El río
finaliza su recorrido en la confluencia con
el Río de la Plata. El curso tiene alrededor
de 1500 kilómetros. Se lo considera dividido
en: el Alto Uruguay, desde su naciente hasta
el paralelo de 28º, donde tiene su
desembocadura el río
Ijuí Grande; el Medio Uruguay, hasta
la latitud de 31º 23´; y el Bajo Uruguay,
que abarca el resto del recorrido (1).
El relieve es similar en
ambas riberas, tanto la oriental como la
occidental. A partir de una altiplanicie, se
desciende paulatinamente por medio de un
relieve ondulado desde los 700 metros sobre
el nivel del mar, en la parte occidental; y
desde los 1000 metros, en el llamado
planalto del
borde oriental.
La naturaleza ha conformado,
cada tanto, pequeñas elevaciones denominadas
cuchillas. Puede afirmarse que en esta
última parte del recorrido, área de la
micro-región (2)
yapeyuana, por
la inexistencia de bosques y, por
consiguiente, la imposibilidad de hacer
rozas, la naturaleza incentivó prácticas de
subsistencia similares en grupos étnicos
disímiles. El territorio fue utilizado más
como coto de caza o de pesca que como zona
de cultivos.
Los habitantes de esta
región eran indígenas de los troncos
linguísticos
tupí-guaraní (3),
charrúa y gé
(4). La documentación
de la época colonial, desde el punto de
vista de la incidencia de cada uno de estos
grupos étnicos en la ocupación del espacio
correspondiente a la Provincia del Uruguay y
Tape, destaca la mayor importancia de los
guaraníes y de los charrúas.
Durante el siglo XVI,
comenzó la presencia europea y con ella, la
posibilidad de contar con alguna información
sobre las características de las relaciones
entre estos grupos. Indudablemente, en la
zona que posteriormente ocuparía el
asentamiento misional de
Yapeyú, existió
una situación de contacto interétnico. El
objetivo de este artículo es describir el
carácter de la relación interétnica
planteada y señalar las causales de los
cambios.
Al respecto de la incidencia
de los sacerdotes en esta trama,
consideramos que ellos configuraron el
pueblo misionero de
Yapeyú articulando su
propuesta con las prácticas regionales
(5). La etapa misionera, por
la indudable continuidad de los contactos
interétnicos, transmite la sensación de
haber existido una adaptación relativa
de los jesuitas a las cuestiones sociales
(6)
Por ello, a partir de la
definición de estructura como el
ordenamiento de las diversas partes de un
todo, designamos como fenómeno de
estructuración de la relación
interétnica a las distintas formas que
adquirió el intercambio social –inclusive la
guerra (7) - y como
fenómeno de desestructuración a los
hechos suscitados por intereses externos a
los grupos indígenas, que estuvieron cerca
de destruir el contacto interétnico. Estos
conceptos proceden de las ideas de Cardoso
de Oliveira sobre las características
pertinentes a un sistema interétnico
(8). Este autor afirma,
sintéticamente, que este sistema es una
“trama de relaciones susceptible de ser
tomada como unidad de investigación"
(9)
El enfoque de Cardoso de
Oliveira se sustenta en los aportes de
Barth alrededor
de la cuestión de la existencia de una
fluida frontera entre “nosotros” y “ellos"
(10).
Para intentar una mejor
comprensión, recurrimos a los trabajos de
Clastres sobre
antropología política, especialmente
“Arqueología de la violencia”. En este
aporte, se evidencia la amplitud de
posibilidades en las manifestaciones de una
relación de contacto. Esto es lo que nos
posibilitó interpretar claramente la
cambiante relación charrúa-guaraní.
Es preciso hacer la salvedad
de la complejidad del intento de
delimitación
identitaria de las parcialidades
charrúas. Esto se debe a las
identificaciones sincrónicas y diacrónicas
de las mismas parcialidades, generadas por
las confusas informaciones emitidas por los
diversos cronistas.
Estructuración
La idea de frontera
implementada a través del tiempo ha sido
amplia y compleja. Según
Mattai, “la
noción misma de frontera [psico-cultural]
sugiere que todo lo que se encuentra
“frente” a un individuo constituye, de
alguna manera, su frontera, pues separa lo
que él es de todo lo demás, el “yo” del
“no-yo" (11).
Reboratti, con
una idea similar, dice que “la frontera
aparece como la separación entre nosotros y
ellos" (12)
¿Cuál es el alcance indígena
de este concepto? A partir de aquí, es
fundamental para este trabajo el intento de
comprender en toda su complejidad la idea
epocal y étnica
de frontera.
En el “Tesoro de la lengua
guaraní" (13)
de Ruiz de Montoya, frontera es
Añaî,
que quiere decir enfrente. De ese
significado básico, se deriva
Cheañaî
hecóni, que
quiere decir “está enfrente de mí” y
Amôñoañaî,
ymoîna, que
traducido es “poner unos enfrente de otros”.
Sin embargo, la relación
charrúa-guaraní parece tener un nivel de
complejidad en el cual la identidad étnica
de cada grupo en algún momento parece
distanciarse de la del otro y en otros
momentos, hasta parece mimetizarse
(14).
En este sentido, Cardozo de
Oliveira habla de la “identidad
contrastante”, como la base sobre la cual
esta se define y concuerda con la idea de
que es la afirmación de nosotros frente a
los otros (15)
Clastres,
aporta algunos elementos para el análisis de
la cuestión. En “Arqueología de la
violencia”, plantea que las llamadas
sociedades primitivas son sociedades
violentas, “su ser social es un
ser-para-la-guerra" (16).
Esto es así, porque entiende la violencia
como un dato natural que “hunde sus raíces
en el ser biológico del hombre" (17).
En este contexto, propone interpretar el
ejercicio de esa violencia como medio de
asegurar la subsistencia. Entonces, la caza
aparece como una de las formas de la
articulación de la agresividad en
substitución de la guerra.
Pero, a su vez, la violencia
en la relación interétnica adquirió otra
forma alternativa al tener los grupos
indígenas en contacto, en algunos períodos,
una economía autosuficiente. En nuestro
territorio de estudio, la política de los
contactos privilegió las cuestiones
comerciales. El intercambio, basado en el
trueque, pasó a ser una alternativa a la
guerra.
Al respecto,
Clastres define
que “la sociedad primitiva es el espacio del
intercambio y también el lugar de la
violencia: la guerra, tanto como el
intercambio pertenece al ser social
primitivo" (18).
Por eso, es
posible encontrar cronistas que, según el
período analizado, categorizan de manera
opuesta las prácticas sociales y las
relaciones interétnicas de charrúas y
guaraníes.
Alrededor de
uno de los aspectos del contacto
interétnico, la alianza contra terceros,
Clastres destaca
que se origina en la existencia de enemigos
comunes. Esto no quiere decir que el estado
de alianza permanezca inalterable. Por eso,
la alianza, encarada en función del
principio de la reciprocidad, no habría sido
un objetivo sino un medio.
En algunos
momentos, la esfera del intercambio se
superpone con el tiempo de la alianza. En
estos casos hay, sobre todo, intercambio de
mujeres como medio de sellar aquellas. Es
dentro de un contexto cambiante, sin
embargo, en que la identidad y la
independencia étnica se mantienen como
vínculo. La comunidad, de cada grupo étnico,
sigue siendo homogénea y continúa
persistiendo el “nosotros”.
Con este criterio, entre los
guaraníes las expresiones
oréva y
ñandéva,
una más cerrada y exclusiva y la otra más
abierta e inclusiva, pueden ser
interpretadas no como una oposición sino
como alternativas que pueden ser sincrónicas
con la misma realidad (19).
¿De qué manera coexistió la
identidad de un grupo
semisedentario en un intercambio con
otro nómade? La relación entre los guaraníes
y los charrúas, desde el área de la
confluencia del Uruguay con el
Miriñay hasta la
unión del Río Uruguay con el Río de la
Plata, debiera ser analizada
particularmente en cada etapa histórica.
Esto es, definiendo “etapa" (20)
con un criterio
necesariamente amplio.
Un antecedente importante,
acerca del tema de las alianzas entre
guaraníes y charrúas, lo aporta la
experiencia de varios cronistas del siglo
XVI. Algunos mencionan hasta cierta
convivencia. Diego García (1526-1527), con
respecto al río Paraná, dice que
(…) la primera parcialidad a
la entrada del río, a la banda del norte, se
llama de los Charrúas (…) otra parcialidad
se llaman guaraníes (…) Andando río arriba,
hay otra parcialidad que se llaman los
Chanás (…) .De
la otra parte del río está la parcialidad
que se llama de los
Carcaraes y, más al norte de ellos,
otra muy grande que se llama de los
Querandíes. Más al norte, hay otros indios
por nombre Atambúes.
Todas estas parcialidades son afines. Se
juntan y mezclan entre sí, y comen maíz,
carne y pescado (21)
A su vez,
Ulrico Schmidl
(1536) relata su experiencia en la defensa
de la primitiva Buenos Aires:
(…) vinieron los indios
contra nuestro asiento de Buenos Aires con
gran poder e ímpetu hasta 23000 hombres y
eran en conjunto 4 naciones; una se llamaba
Querandíes, la otra Guaraníes, la tercera
Charrúas, la cuarta Chaná-Timbúes
(22).
Sin embargo, en la carta de
Luís Ramírez a su Padre (1528), se vierte
una apreciación diferente o, por lo menos,
cambiante. El relato destaca una situación
interétnica conflictiva:
(…) nuestros amigos, los
cuales se llaman guaranís y por otro nombre
chandris; estos
andan derramados por esta tierra y por otras
muchas, como corsarios, a causa de ser
enemigos de todas estas otras naciones y de
otras muchas que adelante diré; son gente
muy traidora, todo lo que hacen es con
traición (23).
En estos casos, como
decíamos, estas caracterizaciones disímiles
deben interpretarse como apreciaciones
realizadas en diferentes etapas de la
relación entre los grupos indígenas.
Susnik
captó esta situación al proponer una forma
de comprender el tenor de las cuestiones
interétnicas. Dice que los
Chandules,
guaraníes habitantes de las islas, mantenían
“a veces tolerantes relaciones
etnoculturales
con los habitantes
litoraleños,
Mbeguá, Timbúes
y diferentes grupos Guaycurúes, todos de
origen cultural paleolítico, pero con
ethos agresivo
de nómades canoeros-guerreros" (24).
Y destaca, que esta “tolerancia
interétnica”, en cierto momento, pasó a otro
nivel de contacto.
Entre otros ejemplos, se
refirió a la aldea que fue la base de la
fundación del Pueblo de
Yapeyú. La comunidad de este
asentamiento estaba formada por gentío
guaraní, yaro-gé
y por charrúa, por eso afirma que los
“mismos guaraníes
yapeyuénses fueron, en gran parte,
mestizos intertribales"
(25).
Por su parte
Bracco,
refiriéndose específicamente a nuestra área
de estudio, destaca que la documentación que
expone “pretende demostrar la existencia de
un fuerte grado de interacción entre
sociedades indígenas nómades y
semisedentarias"
(26).
Pero aclara, que a pesar de las alianzas
contra los europeos, de la utilización común
de paraderos e inclusive del intercambio de
productos y mujeres, la relación entre los
grupos étnicos vecinos podía deparar una
guerra.
Teniendo en cuenta esta
cambiante dinámica del concepto de la
relación interétnica, es posible
introducirse con los instrumentos
pertinentes en la situación de frontera
entre charrúas y guaraníes en la zona de la
aldea base de Yapeyú.
En las Cartas Anuas,
correspondientes a los años 1626 y 1627, el
Padre Provincial
Mastrilli Durán destaca las
relaciones comerciales interétnicas. El
párrafo se tituló “Descubrimiento y
reducciones de la Provincia del Uruguay” y
dice:
(…) Don Francisco de
Céspedes Gobernador por su Majestad del Río
de la Plata (…) entró con esto en grandes
esperanzas (…) procuró el Gobernador para
encaminar sus intentos, ganar con halagos y
dádivas que liberalmente repartía, las
voluntades a los indios Charrúas que están
allende del Río de la Plata y confinan y
comunican con los del Uruguay, para que
mediante el comercio que tienen con ellos,
fuesen tomando alguna noticia de los
Españoles, y presos con el cebillo del
interés, le trajesen alguno de los de esta
nación (27).
Más adelante,
en el mismo texto, el Padre
Mastrilli Durán
discursea sobre la situación particular de
la aldea base de Yapeyú.
Explica que los Charrúas, Yaros y otras
naciones inhumanas y bárbaras (como ellas)
(…) tratan
también (comercialmente) con los indios del
Uruguay (llama así a los guaraníes Tapes) en
particular con los de este puesto (que) es
como la llave (por la cercanía del río
Ibicuití y los
saltos del Uruguay) de toda la provincia.
El propio cura de la nueva
reducción, el Padre Romero, a los
yapeyuanos los
designa “sátrapas" (28)
(…) que saben de todo de este Uruguay e
Ybicuití"
(29).
El provincial ya estaba informado, por una
experiencia fallida de Romero (30)
de
la existencia de una comunicación entre los
diferentes grupos étnicos del río Uruguay y
destaca “que en todo el Uruguay corre la
(lengua) general del Paraguay”. Informa, que
en el recodo del río hasta donde había
llegado anteriormente el Padre Romero, los
indios que lo recibieron “despacharon
correos a todas partes a consultar los
caciques de la tierra, que convendría en
aquel caso”. Es evidente, que había una
fluida comunicación entre Charrúas y
Guaraníes,
porque cualquier viajero debía pasar por
zonas correspondientes a los dos grupos
étnicos. Al respecto, el provincial
manifiesta, refiriéndose a los primeros
grupos del Uruguay, que “estos sirven a
todos de espías”
El Padre
Mastrili Durán
también menciona la participación en la
conformación del nuevo pueblo del Cacique
Guayrama,
procedente de río abajo. Este, “nombrábase
señor de aquellas islas”. Se trataba de un
indio guaraní-chandul
que tenía varios de sus hijos casados con
indias charrúas. Estas, se cortaron los
dedos “conforme al uso de su nación”, al
requerirlo la realización de un duelo.
El Padre Romero también informa de la
participación en la reducción de “muchos
indios e indias cristianas amancebadas con
infieles”. Es decir, que tenemos aquí
presente el intercambio de mujeres y el
cuñadazgo como
otra de las formas, aparte del intercambio
comercial y del traspaso de información, de
la relación charrúa-guaraní.
Podemos mencionar que el
espacio del teyy
o de la macrofamilia,
llamado tekoha
entre los guaraníes y definido según Meliá
por la estructura casa-chacra-monte,
generalmente tenía límites naturales con
respecto a otros grupos indígenas
(31). Empero,
entendemos que en esta área la
particularidad del ecosistema incidió en una
mayor flexibilidad de los límites, debido a
que la caza y la pesca fueron los medios
esenciales de subsistencia hasta para las
comunidades
semisedentarias. En estas zonas no
había montes, y en el campo raso no se
podían hacer rozas (32).
Los diferentes grupos
étnicos, antes de la vida misional,
integraban comunidades de alrededor de 100
miembros. Esto evitaba la puja por los
alimentos. La problemática de la
subsistencia se limitó, entonces, al
aprovechamiento común de los cazaderos y al
intercambio comercial o trueque.
¿Qué sucedió al irrumpir en el área los
sacerdotes de la Compañía de Jesús?
La vida misional modificó el concepto del
tipo de espacio perteneciente a la
comunidad. La población creció porque los
jesuitas entendían que un pueblo debía
contar, para poder sobrevivir, con un mínimo
de 1000 habitantes. Se pasó, de la aldea al
pueblo misional.
Esta nueva situación determinó la necesidad
de tener vastas superficies de sembradíos.
Para traer más gente, era imprescindible
tener comida. A pesar de que los sacerdotes
invirtieron un gran esfuerzo, no lograron
modificar sustancialmente las condiciones
existentes.
Los límites territoriales
yapeyuanos
fueron ubicados entre el Arroyo
Estinga, al
norte, y el río Miriñay,
al sur, en la banda occidental. En la Banda
Oriental, desde el
Iibicuy, al norte, hasta el Cuareim,
al sur. Pero, de cualquier manera,
persistieron antiguas pautas de interacción
territorial entre los indios guaraníes y los
charrúas.
Los yapeyuanos,
que habían subsistido practicando el
comercio y la caza, en la etapa misionera
debieron dedicarse a la ganadería. Esta
actividad, por su carácter andariego,
incentivó que los hijos de guaraníes y
charrúas nativos de
Yapeyú, debido a que tenían libertad
de circulación por el espacio regional,
continuaran los contactos interétnicos.
En todo caso, la explotación
de las tierras necesarias para los diversos
tipos de ganado implicó, contrariamente a lo
dispuesto en experiencias misioneras
anteriores, la necesidad de formar pequeñas
aldeas dependientes del pueblo cabecera. En
estos asentamientos se fue flexibilizando la
influencia del sacerdote.
Había un sentimiento común
de pertenencia a la región, para los
guaraníes y para los nómades. Por eso,
individuos de uno u otro grupo pudieron
integrarse temporariamente a la comunidad
del vecino y, hasta con permiso especial,
usufructuar el producto de la tierra. De
alguna manera, había una reciprocidad entre
grupos que conformaban un verdadero sistema
interétnico. Esto se visualiza claramente en
que, debido a la continua expansión del
espacio yapeyuano,
se debió acordar con los grupos nómades
(33).
Por este motivo, es posible asegurar que la
vida misional no interrumpió la relación
interétnica.
Una cosa es indudable para
el historiador: el hecho de mencionar el
carácter de la relación en una determinada
etapa parece depender del hallazgo del
documento pertinente. Hay que tener en
cuenta que la multiplicidad de las
situaciones revela la riqueza de los
diversos tipos de contactos. Inclusive,
algunos jesuitas fueron reticentes en dar
cuenta de la magnitud de las vinculaciones
de los yapeyuanos
con los nómades. Otros, las mencionaron
claramente. De alguna manera, se desprende
de estas manifestaciones un cierto resquemor
de los sacerdotes. Intuimos que había cierta
desconfianza, por los supuestos peligros
potenciales derivados de estas amistades.
Sin embargo, tenemos
constancia de una alianza coyuntural de
yapeyuanos con
charrúas aprobada por su Cura, teniendo como
enemigo común a los yaros. Una carta del
Padre Romero de 1636, posteriormente a un
ataque yaro, relata que “todos los indios
(de Yapeyú)
vinieron en que convenía avisar a los
charrúas de su ida y que se diesen prisa a
juntarse con ellos para dar sobre los Yaros"
(34).
Posteriormente, hubo
participación conjunta de yaros y charrúas
integrando los ejércitos misioneros contra
los portugueses y de
guenoas. También, hubo
guenoas que
participaron a favor de los indios
misioneros contra
martidanes, yaros y
bohanes. Pero,
la más importante alianza interétnica se
verificó durante la guerra guaranítica.
Desde 1743, los charrúas se habían
refugiado en las estancias de
Yapeyú. Durante
1753, se dice que
(…) en su estancia estaban
todos los infieles charrúas, mohanes, yaros,
guenoas y
minuanes,
refugiados, porque todos estaban mal con los
Españoles, ni hallaban en otra parte
sustento para vivir, sino con los indios
yapeyuanos sus
parientes (35)
La cuestión de las
relaciones comerciales perduró durante toda
la existencia del pueblo de
Yapeyú (1627 a
1817). La carta anua de 1637-39,
refiriéndose a este pueblo dice: “(…) cerca
de ella viven los Indios Charrúas, sus
parientes, con los cuales comercian"
(36).
Sobre el mismo tema, en 1683 se menciona que
(…) de estos bárbaros (guenoas)
algunos frecuentan, cuando no lo impiden las
crecientes de los ríos, las reducciones del
Yapeyú, La Cruz
y Santo Tomé, para comprar algunos frutos
(37).
El Padre
Sepp, a su vez,
reseña en 1691 este tipo de relaciones con
los yaros en el relato de su travesía desde
Buenos Aires a las Misiones (38).
Posteriormente, vuelve a mencionar los
tratos con los yaros al describir su
proceder con el Cacique y Hechicero llamado
Moreyra. Este
hablaba español fluidamente, lo que
posibilitaba cualquier tipo de diálogo.
Sepp
relata que “Moreyra
(…) venía a menudo a mí aldea, que lindaba
con su país. Yo solía invitarle amablemente
a mí casa" (39).
También el Padre Lozano, el
historiador de la Provincia del Paraguay,
pormenoriza en las relaciones comerciales
entre los guaraníes misionales y los yaros.
En un libro, sobre la sublevación de los
comuneros, menciona que
(…) dice Antequera que
dichos charrúas son acérrimos enemigos de
los jesuitas y de sus indios. Es falsísimo.
Fuéronlo en
algún tiempo; pero ha más de veinte años que
hicieron las paces y cesó la enemiga
(enemistad). Cada día entran charrúas en los
pueblos de La Cruz y del
Yapeyú
doctrinados por los jesuitas a buscar lo que
necesitan, como yerba, tabaco y otras cosas,
y son recibidos como amigos, sin tener de
nosotros ni de nuestros indios el menor
recelo (40).
Es evidente que el propio
proceso de ocupación del territorio, por
parte de España y Portugal, restringió el
acceso de los charrúas a la obtención de los
elementos imprescindibles para el trueque.
Pensamos que durante el siglo XVII y parte
del XVIII, primeramente se dedicaron al robo
de ganado y de caballos y posteriormente, a
la sustracción de objetos varios, en algunos
casos procedentes de barcos encallados
(41). También, apelaron a la
venta de otros indios o directamente al
hurto. Pero, cuando se les restringió la
circulación por el territorio, debieron
pedir la yerba y el tabaco como obsequio.
Estos indios exigieron esas vituallas como
medio de evitar sus incursiones en las
estancias o de aliarse con los portugueses
(42).
Hacia 1776 Francisco Bruno
de Zabala, el Gobernador de las Misiones,
expresa en una carta a
Vertiz que
(…) el
Capitan Don Miguel de Ayala me
escribe que según le previne tiene
convocados a los minuanos con aquella
seguridad que se puede tener de ellos, y que
le han prometido estar de nuestra parte y
para que los pueda agradar he pedido que de
Yapeyú le
remitan algún tabaco y yerba (…) siempre es
preciso regalarles algo, son interesados y
donde les dan acuden, y nos pueden hacer
mucho daño (43).
Entre otras expresiones de
los contactos, la existencia del trato
cotidiano está evidenciada por la formación
trunca de pueblos misionales con yaros,
bohanes y
guenoas. Los
propios indios misioneros hacían de agentes
culturales de la evangelización (44).
La lengua nunca fue un problema porque el
guaraní tomó el carácter de lengua general y
los caciques nómades o los hechiceros la
hablaban con soltura.
En 1657, se formó San
Andrés de Yaros. En este caso, no está claro
si fue con indios yaros capturados o si
estos se radicaron en el Arroyo
Ibirapitaguazú
por su propia voluntad. Los nómades estaban
ubicados en una zona, “(…) pocas leguas más
abajo del Yapeyu"
(45).
En determinado momento, a menos de un año de
la fundación “(…)
dijéronle (al
Padre Ricardo) que todos querían dejar el
pueblo y volverse a su bárbaro modo”.
Hacia 1682, ya existía la
reducción de Jesús María de
Guenoas, en
lugar cercano a San Borja. Esta reducción se
formó por la activa participación de indios
yapeyuanos
(46)..
Alrededor de 1690, se fundó San Joaquín, de
corta existencia. Estuvo en ubicación
cercana a los saltos del Uruguay, sobre la
Banda Oriental. Explica
Sepp, que “(…)
nuestro celoso Padre A.
Boehm fue a vivir como misionero
entre estos bárbaros y pasó casi un año de
penurias" (47).
Después de la guerra contra
los nómades (1700-1715), recién la anua de
1730-34 menciona la existencia de relaciones
de los indios misioneros con los charrúas.
Pero el texto sugiere que los tratos venían
desde tiempo atrás. Es que, en la
necrológica del Padre Miguel Fernández
fallecido en 1730, se hace un elogio de su
accionar, siendo cura de
Yapeyú,
fomentando los contactos con los nómades.
(…) aún a los infieles que
por ser su pueblo frontera de gentiles
acudían allí los trataba muy humano para ver
si los podía aficionar al cristianismo y
aunque por la protervia de ellos consiguió
poco fruto pero a lo menos los mantuvo
pacíficos, siendo así que cuatro años antes
de entrar allí el Padre habían hecho en el
Yapeyú notable
estrago y tenídole
en continuo sobresalto en la porfiada guerra
que duró catorce años (48).
En ese mismo año, fracasó
por un incidente un intento de agregar más
Guenoas al
pueblo de San Borja. Aquí intervino el Padre
Ximenez
(49)
de reconocida habilidad en la persuasión de
los llamados bárbaros.
Aparentemente, una vez
puesta en crisis la relación de los
santafesinos con los charrúas (50)
por el año 1743 importantes contingentes de
estos indios se ubicaron en las estancias
yapeyuanas. Una
carta del Padre Ribas, responsable de la
estancia yapeyuana
de San Joseph en la Banda Oriental, compone
un alegato para justificar la decisión de
aceptar su presencia. En ella, dice que “(…)
los charrúas no hacen daño a los de este
pueblo (…) tienen esperanza de refugio en
este pueblo por caso que los españoles los
persigan (51).
Asimismo, el Padre Cardiel
pasó a visitarlos varias veces por sus
tolderías, entendiendo que había una
situación propicia. En estas circunstancias,
“(…) predicábales
en lengua guaraní que casi todos los adultos
entienden" (52).
Al valorizar los contactos
interétnicos, este jesuita planteó,
basándose en las variadas experiencias, una
metodología para la evangelización de los
nómades. La idea se basaba en la posibilidad
de conformar una colonia de indios charrúas
a la cual se agregarían indios cristianos.
De esta manera, aseguraba Cardiel, “(…)
quizás toda la nación o casi toda estuviera
ya convertida" (53).
El proyecto no se implementó. Pero, antes de
la expulsión de los jesuitas, hubo dos
intentos de fundar pueblos de
guenoas en la
Banda Oriental (54).
Después de la expulsión de
la Compañía de Jesús, también se produjeron
nuevas tentativas. En el análisis de estas
experiencias, es necesario puntualizar las
circunstancias del momento y los objetivos
de los organizadores. En el caso del pueblo
de Nuestra Señora del Rosario (55)
la intención demostrada por
el padre dominico Fray Marcos Ortiz en su
proyecto reduccional
era proseguir ahondando pacíficamente las
relaciones interétnicas. Mientras que en
otra tentativa practicada en 1808
(56), el Capitán Jorge
Pacheco evidenció una actitud solamente
comprometida con los intereses de los
hacendados montevideanos. La persistencia de
la comunicación, fuera de los circuitos del
sistema, también se manifestó en otra forma
como la continua huída de indios guaraníes
misioneros a las tolderías de los nómades
(57).
En cuanto al intercambio de
mujeres, los informes de los jesuitas
certifican la práctica; el parentesco
charrúa-guaraní es ostensible desde los
primeros años del pueblo misional de
Yapeyú. Una
carta del Padre Romero al Provincial
Mastrillo Durán
librada en 1627, año de la fundación, lo
explica
(…) como la mayor parte de
la gente que estaba aquí junta eran huídas
de Buenos Aires, había muchos indios e
indias cristianas amancebadas con infieles
(58).
En el mismo texto,
refiriéndose a la muerte del nieto de un
cacique chandul
(guaraní de las islas) llamado
Guayrama, aclara
que “(…) como su madre es charrúa, ella y
sus parientes se cortaron los dedos y
arrancaron los cabellos”.
En 1636, el Padre Romero
vuelve a referirse a este cacique. Se había
retirado de la reducción y se estaban
haciendo tratativas para su retorno:
(…) también nos pareció que
no había que tratar ahora de traer a
Guayrama,
supuesto que nos ayuda y está tan
emparentado con los charrúas y ahora no es
tiempo de cobrar enemigos sino de ganar
amigos (59).
El intercambio de mujeres
continuó durante el siglo XVIII. Así lo
certifica el Padre
Nusdorffer, al referirse al
parentesco entre guaraníes y charrúas como
dato sustentante de la participación
conjunta durante la guerra guaranítica. Para
después de la expulsión de los jesuitas, es
elocuente la descripción del Padre Ortiz de
la composición humana de su trunca
reducción. La existencia de parejas
conformadas por guaraníes y charrúas,
corroboran la persistencia de las relaciones
interétnicas de parentesco.
¿Desestructuración?
Al principio
del contacto, la idea de los jesuitas fue
reemplazar el orden indígena. Los sacerdotes
entendían que debía sustituirse “la
violencia” por el derecho de gentes. El
Padre Romero reseñaría que
(…) el Cacique
Caarupá que dije
arriba llegó aquí con 13 canoas llenas de
gente y antes de venir a verme me envió dos
mensajeros a pedirme le diese licencia para
ir a la guerra y yo le envié a decir que no
se la podía dar, y que ya no era tiempo de
eso por estar ya Padres entre ellos, y así
que ya se acababa aquello por prohibirlo la
ley Santa de Dios (60).
Sin embargo, tiempo después
el propio Padre Romero aceptaría la alianza
de los indios misioneros con grupos de
charrúas en represalia contra los yaros (ver
ut supra). En esta circunstancia, el
sacerdote parece actuar más cercanamente al
ordenamiento indígena que a las leyes de la
llamada civilización (61).
Para explicitar esta
posición, primeramente debemos recordar que
los guaraníes tuvieron discontinuas
(62) guerras con los yaros
durante mucho tiempo. Así, en 1633 se habla
de que los “(…) Yaros (…) son unos indios
sus enemigos de diferente lengua y nación
que les hacen mucha guerra" (63).
Este
funcionamiento, se comprende mejor con la
lectura de una Información solicitada por el
Gobernador Pedro Esteban Dávila en 1634. Un
indio guaraní, explica
(…) Preguntado si tienen
guerra con alguna nación confinante dijo
que con las naciones que están delante de su
pueblo no tienen guerra y una que está más
acá hacia esta ciudad que se llaman yaros
antiguamente han ido a su pueblo a hacerles
guerra y que cuando vienen a esta ciudad por
pasar por la tierra de los yaros vienen con
cuidado y prevenidos de flechas y dardos
(64).
Es decir, que todavía durante el siglo XVII
era común la alternancia de épocas de
violencia y de convivencia pacífica. Pero,
entre 1700 y 1715 se modificaron
drásticamente las reglas no escritas que
regían las relaciones entre los guaraníes y
charrúas. En este contexto, la pregunta
sería si la guerra produjo una verdadera
desestructuración de la relación
interétnica.
Entendemos
que la guerra alcanzó un nivel importante de
hechos de sangre.
Fue importante el hecho que los jesuitas
decidieron hacerle la guerra justa a los
nómades. Cuando los yaros se apoderaron de
la estancia principal de
Yapeyú y del
camino a las Vaquerías, se desplegaría toda
una argumentación jurídica que hasta podría
haber sostenido legalmente la eliminación y
exterminio físico de los indios nómades.
Me refiero a la
implementación de la idea de guerra justa
según las ideas de Santo Tomás de Aquino.
Estos conceptos fueron actualizados, entre
otros, por Francisco de Vitoria.
Santo Tomás,
dice:
(…) para que una guerra sea
justa conviene examinar con grande
diligencia la justicia y las causas de ella,
y escuchar asimismo las razones de los
adversarios, si acaso quisieren discutir
según razón y justicia (65).
Cumplimentando estos
principios, en 1702 los jesuitas mandaron a
varios sacerdotes a hablar con los yaros y
sus aliados (¿bohanes
y guenoas?)
(66). Los nómades
respondieron que no querían dejar la
estancia y “(…) que antes querían pelear con
nuestros indios" (67).
Ahora, citemos a Francisco de Vitoria:
(…) la guerra se hace, en
primer lugar, para defendernos y defender
nuestras cosas (68).
Segundo: para recobrar lo que se nos ha
quitado. Tercero: para vengar la injuria
recibida. Cuarto: para procurar la paz y la
seguridad (69).
El sistema misional perdía
la principal fuente de alimentación que eran
las vaquerías, y había que recobrarlas a
cualquier costo (70).
Asimismo, los jesuitas no podían dejar pasar
los agravios (71).
infligidos a su religión delante de los
indios misioneros y se debió solucionar la
seguridad del transporte y la circulación de
mercaderías por los ríos Paraná y Uruguay
(72),
así como por los caminos de la Mesopotamia
en dirección a Santa Fe. La declaración del
Padre Delfín es elocuente:
(…) se debe pedir al Señor
Gobernador del Puerto a quien pertenecen
dichos infieles les haga la guerra hasta
humillarlos y si fuese necesario acabarlos
porque no hay esperanza de su conversión
(73).
Por eso, los jesuitas
debieron sustentar su posición con cada uno
de los argumentos de la guerra justa. El
Padre Gerónimo Delfín aclara “(…) nos
defenderemos haciendo la guerra pues ellos
la quieren" (74). La
concepción de la orden toma más sentido al
compararla con la posición asumida por el
Teniente de Gobernador Juan de San Martín
durante el año 1779. Este, tajantemente, le
comunica al Virrey
Vertiz en una carta:
(…) debo decir que juzgo
por conveniente hacerle el posible esfuerzo
para quitar de estos campos a los
Minuanes y
Charrúas, haciéndoles la guerra ofensiva
donde se encontrasen
(75).
Es decir que, en ambos
casos, la situación llegó a un punto en que
pasó a ser insostenible. Los indios nómades
habían superado el nivel de los robos o de
las fortuitas reyertas. En este trance,
fueron decisivas las motivaciones ajenas a
los dos grupos étnicos (76).
Como bien lo señala
Maeder, la
problemática geopolítica entre España y
Portugal había cambiado radicalmente después
de la fundación de la Colonia del Sacramento
en 1680 (77).. La
intención lusa de acceder al Río de la
Plata, apoderándose de la banda oriental, en
esta época implicó necesariamente la
existencia de una estrategia de ocupación
del espacio, considerando como factor
determinante a los indios nómades. La
imposibilidad de contar con una fuerza
militar, la escasez de gente para enviar a
la zona y la existencia de tratados que
necesariamente había que violar propiciaron
la participación de los nómades como
instrumentos de la política (78)
(79).
Pero en la guerra no
participaron todas las parcialidades
charrúas e inclusive un grupo étnico
participó en los dos bandos. En el caso de
los guaraníes su condición misionera
implicó una comprometida adhesión a las
decisiones de los jesuitas y, por
consiguiente, el enfrentamiento con los
ejecutores de la política de los portugueses
(80)
La batalla de Rosario del
Yí, en 1702,
parece haber sido particularmente cruenta
(81) pero la guerra
continuó, hasta por lo menos 1715. La
cuestión es que, desde nuestro punto de
vista, no acreditamos la existencia de
ningún tipo de masacre de indios nómades,
como lo sugiere la historiografía
antijesuítica
(82)
del siglo XIX y principios
del XX, porque en determinados momentos hubo
atisbos de la reconstrucción del sistema
interétnico.
De cualquier
modo, el sistema interétnico retornó a su
esquema de funcionamiento después de un
tiempo necesario de recomposición. Una vez
finalizada la contienda, los nómades
volvieron a tener las relaciones
acostumbradas -de paz y de guerra- con los
yapeyuanos.
En el Tesoro de la lengua
guaraní, de Montoya, figura
Marambotá,
que significa “guerrear” y también aparece
“hacer mal”. Una derivación es
Chemarambotá
cê,
que quiere decir “soy amigo de hacer
daño”, juntamente con
Nachemarambotácéri, que
quiere decir “soy amigo de paz" (83).
Es decir, que el guaraní cristianizado tenía
perfectamente deslindado el paso de la
violencia a una situación de paz.
Pero también, de acuerdo a
la cultura tradicional, los conceptos
estaban imbuidos de los niveles de
profundización y de los tiempos de duración
de los conflictos.
El diario del
Padre Herrán menciona que, por medio de un
indio chaná conocido por los infieles, en
determinado momento los yaros procuraron
comunicarse.
(…) hablaron de paz a los
nuestros (…) diciéndoles que (…) no era
bien continuar las muertes, ni el odio por
ellas concebido (84)
Conclusiones
Antes del
contacto y durante el primer siglo de
experiencia misionera, funcionó una mecánica
de las relaciones interétnicas que fueron
coherentes con las tradiciones culturales de
los indios. Como ya mencionamos, los
jesuitas implementaron su propuesta como una
articulación con la particular
situación de la compleja región.
En un momento crítico, los
vínculos del sistema interétnico parecieran
haberse modificado. Esto habría ocurrido
durante la guerra guaraní-charrúa de
1700-1715. Pensamos que, alrededor de esta
circunstancia, podría aplicarse el enfoque
de Eriksen
(85).
Este propone una
suplementariedad de las ideas de
Barth. La
originalidad de esta visión tiene que ver
con que las unidades de análisis no sean los
individuos ni los grupos sino el contexto de
interacción.
Este antropólogo noruego
destaca
que “(…)
ethnicity and ethnic processes is partly
related to historical changes”.
Con esta interpretación, se
puede afirmar que temporariamente el
problema dejó de ser parte de una estructura
tradicional de significación para pasar a
ser un elemento de un contexto histórico. En
ese sentido, la guerra de los guaraníes
misioneros contra los charrúas señalaría un
rompimiento con las características propias
de la relación interétnica.
Es evidente que los
europeos y criollos potenciaron las
discordias entre los indios para poder
apropiarse de sus espacios de supervivencia.
De esta manera, la pérdida del hábitat, la
aculturación y la aniquilación física
formaron parte del mismo proceso. Por eso
mismo, debido al grado alcanzado por el
conflicto, entendemos que los indios
tuvieron algún grado de percepción de la
posible evolución de su relación con los
europeos.
Esta hipotética
conceptualización, la asimilación de la
sangrienta experiencia, podría haberse
tenido en cuenta en la mal llamada guerra
guaranítica de 1753, donde los guaraníes y
los charrúas estuvieron en el mismo bando.
Se podría afirmar que en este conflicto los
grupos indígenas intentaron recomponer sus
alianzas tradicionales. De alguna manera, se
trató de conformar una frontera como un
espacio común contra los europeos.