Las cartas
del diablo
Norberto
LevintonSegún
dice Bartomeu Meliá para el guaraní la
palabra lo es todo; la palabra tiene
alma. Un texto Mbyá confirmaría
esta aserción del lingüista y sacerdote
jesuita:
Nuestro Padre hizo
que se abriese la palabra fundamental y
que se hiciese como él, divinamente cosa
de cielo.
Cuando no existía la tierra,
en medio de la oscuridad antigua,
cuando nada se conocía,
hizo que se abriera como flor la palabra
fundamental,
que con El se tornara definitivamente
cielo;
esto hizo Ñamandú, el Padre verdadero,
el primero
Corría el año 1753 y los
indios guaraníes, de los 7 pueblos
misionales de la banda oriental del Río
Uruguay (actual región noroeste del
estado de Río Grande Do Sul, Brasil), se
habían sublevado contra los ejércitos
mancomunados de España y Portugal. Ellos
se resistían a creer que su rey,
Fernando VI, había cedido sus amadas
tierras, la de sus antepasados, a los
portugueses -más aún, al saber que
sólo era para obtener a cambio la
ciudadela de la Colonia del Sacramento,
por otra parte ubicada en el propio
territorio español-. Por el llamado
Tratado de Permuta se cedía el producto
de los indios durante más de 60 años.
Los indios habían labrado
la tierra y construido hermosas iglesias
por lo que no aceptaron los magros
resarcimientos que les ofrecieron. En
plena sublevación, el Padre Comisario
Altamirano, enviado por el Padre General
de los Jesuitas para llamar al orden a
los misioneros, decide retirar a los
sacerdotes de los asentamientos. Debido a
ello, son enviados los Padres Roque
Ballester y Salvador Quintana para
transmitirle la triste orden a los curas
de los pueblos. Pero los indios no les
permiten comunicarse con sus hermanos de
religión. El Padre Ballester es tildado
de "traidor y embustero" y de
haber "vendido" los pueblos a
los portugueses por 4000 pesos. El
siguiente intento de comunicación lo
hace el padre Lorenzo Obando. Logra
llegar a la orilla del río Uruguay e
intenta convencer a los indios que lo
dejen pasar. Pero él mismo desiste. El
Superior Padre Bernardo Nussdorfer relata
que el sacerdote había reparado
que
"se levantó una humareda
junto al río y después otra y otras
más lejanas de trecho en
trecho
" Se había dado cuenta
que entre los indios se estaba propalando
la novedad de su presencia y entonces,
temiendo por su vida, se volvió al
primer pueblo donde pudiera estar seguro.
El tercer intento de hacer
llegar la decisión del Padre Comisario
debió su ejecución a la creatividad del
Padre Asperger. Este sacerdote construyó
un marco para introducir en él un cuadro
de San Siro, entre el lienzo y la tapa se
ubicarían las cartas. Ël mismo se lo
entregó a los indios guardianes que le
impedían el paso pero ni el marco ni las
cartas llegaron a destino.
Ya se habían realizado
catorce intentos cuando se decidió
esconder las cartas en un saco pequeño
de hechura de cuero y repleto de
legumbres especiales para semillas. Esta
vez los propios guardianes se lo
alcanzaron gentilmente al primer
destinatario, el Padre Carlos Tux, del
puesto de San Nicolás.
Al día siguiente, domingo,
en vez de la homilía el sacerdote leyó
las cartas. Los indios, entre el estupor
y la indignación, se las quitaron y las
quemaron. No era la reacción de gente
engañada sino un profundo sacudimiento
ante la agresión a su modo de vida, a su
religiosidad absolutamente inherente a la
vida cotidiana.
Le gritaron enfurecidos al
sacerdote que
"¡éstas
sí que son catiás del diablo! ¿No
somos nosotros cristianos? ¿Por qué nos
han de quitar la misa? ¿Por qué nos han
de sacar a nuestros santos sacerdotes y
privarnos de los sacramentos?"
Le dijeron además que no hiciese caso de
los papeles de Buenos Aires y del Padre
Comisario y que si no les decía misa no
le darían de comer.
Para los indios el Padre
Comisario debía ser un portugués o el
mismo diablo. La prohibición de que se
les transmitiese la palabra de Dios sólo
podía provenir de un ser abyecto. Las
cartas debían ser destruidas porque sin
religiosidad no había posibilidad de
decir. Entre los indios estaba claro que
el alma de las cartas era el Asyngua,
un alma animal que se especializaba en
violar el orden socio-cultural. El Asyngua,
por sus aspectos maléficos, se vinculaba
con Añag, una figura mítica que
los jesuitas identificaron con Satanás.
Este hecho no sólo demostraba la
profunda religiosidad de los indios sino
también la compleja interacción
dialéctica ocurrida entre el chamanismo
tradicional y la religión cristiana.
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