| /Los primeros tiempos / Revista Contratiempo | Año 1 Nº III Primavera - Verano 2001/02 |
| El concepto de deseo según el
grado de civilidad NORBERTO LEVINTON Cuentan que una muchacha,
caminando por una senda en busca de agua, de súbito se
encontró con un hermoso árbol, Nasuk, el Guacayán.
Atraída irresistiblemente se paró a su lado. El amor se
encendió en su interior. Apasionada se abrazó a su
grueso y recto tronco y sin poder contenerse por el
intenso deseo, clavó sus uñas en la corteza y la
rasguñó profunda y largamente...." Durante siglos se ha asociado la palabra "indio" a un profundo grado de incivilidad. A partir de llamarlos "bárbaros e inhumanos", especialmente a los grupos nómades, se les ha conferido la voluntad de inclinarse por una vida pletórica en cuanto al goce de los sentidos, una concupiscencia originada en la falta de límites pertinentes al buen funcionamiento de una sociedad civilizada. ¡Nada más alejado de la realidad! Los propios misioneros que contactaron a estos indios entre los siglos XVI y XVIII echan por tierra con estos prejuicios. El Padre Martín Dobrizhoffer SJ, misionero entre los indomables Abipones, asegura que "...durante los siete años que vivimos entre ellos, no observé nada que pudiera amenazar u ofender el pudor o la castidad que los caracterizaba. En verdad, este juicio corresponde a ambos sexos, cualquiera que sea su edad. Consideran la poligamia y el repudio de la mujer como cosas lícitas, basándose en el ejemplo de otros pueblos de América y de sus mayores. Sin embargo, sólo unos pocos abipones se entregan a esta licencia; el repudio de la mujer es más frecuente entre ellos que la procreación; pero la mayoría conserva una sola mujer durante toda su vida. Consideran el comercio con la mujer ajena como una deshonra; de modo que el adulterio es un hecho absolutamente inaudito entre ellos. La vida lujuriosa, tan familiar a los pueblos europeos, es desconocida por los naturales; ni siquiera conocen su nombre..." Estas palabran señalan que si la vida sexual expresa el grado máximo de la naturaleza animal del hombre y atestigua la supervivencia de los instintos, es posible afirmar que el estado de deseo entre los grupos indígenas ha sido profundamente influenciado por una acendrada elaboración cultural. Basta seguir a Branislava Susnik en sus estudios sobre la cuestión del incesto entre los grupos del Chaco. Los chamacocos tenían un gran miedo al incesto. Creían que las relaciones sexuales entre la madre y el hijo, entre hermanos o asimismo entre la suegra y el yerno serían castigadas por las fuerzas sobrenaturales de tal manera que podría causarse la extinción de toda la parentela. Entre los Chané-Arawak el tabú matrimonial se extendía a primos paralelos y cruzados. Los varones Lengua-Maskoy debían evitar casarse con las mujeres parientes por su línea paterna y las indias tenían la prohibición de juntarse con los parientes por línea materna. Para los Mbya-Guaraní el mismísimo diluvio había sido una consecuencia del incesto de un hombre con su tía paterna. Pierre Clastres menciona que los guayaquíes creen que el que ha cometido incesto tiene su destino prefijado; el que yace con su madre será transformado en tapir; el que disfruta de su hermana en mono aullador y el padre con su hija, en corzo. Podríamos destacar la poética que encierran algunas de las elaboraciones indígenas. Según Alfredo Vara, los guaraníes no adjudicaban la gestación de un niño a la cópula de los padres sino "...que el niño fuera soñado por éstos"; tal cosa era interpretada como un mensaje de los dioses que comunicaban así la decisión de enviarles una palabra-alma a los efectos de su reencarnación. Cuando los cónyuges se comunicaban el sueño, la madre quedaba embarazada". O la perfecta capacidad de adaptación de los esquemas culturales. Según Clastres, la escasés de mujeres determinaba que cuando un soltero guayaquí competía con un hombre casado, en vez de dejar que la situación se corrompiera en una semi-clandestinidad que inevitablemente llevaría a sembrar el desorden en la sociedad y a levantar a los aliados y parientes respectivos de los dos rivales, unos contra otros, en vez de correr un riesgo a corto plazo mortal para la tribu, se decidía -con ayuda de la presión de la opinión pública y del Ianve- que el amante secreto se convirtiese en marido "secundario oficial" de la mujer que codiciaba. A partir de entonces, la competencia entre los hombres era suprimida, ya no había más que maridos, y la multiplicidad de los deseos opuestos se resolvía en la unidad del matrimonio poliándrico. Como no pretendemos ni podemos hacer de este escrito la expresión de un estudio exhaustivo sobre el tema, sólo quisiéramos mencionar que los grupos indígenas tenían puntos de vista claramente configurados sobre el adulterio o las prácticas homosexuales. Pero más importante es comprender que en todos los grupos étnicos las cuestiones relacionadas con el deseo han sido dotadas de un significado "...a la vez social y religioso, mágico y económico, utilitario y sentimental, jurídico y moral". Esta complejidad que ha adquirido el deseo entre los indígenas ciertamente los ha alejado de la animalidad carnal y los ha acercado a un estado de humanidad. Creemos que bastante más elevado que el del hombre civilizado, más proclive a la problemática individualista. |