EL CUERPO
 
EL HORROR VERDADERO

NORBERTO LEVINTON

 

El horror es definido como un sentimiento intenso causado por una cosa terrible y espantosa. Hoy la muerte es considerada horrorosa al identificarla con la nada, con el vacío absoluto.
Esta cuestión ha sido muy bien tratada por Heidegger. La muerte ensombrece el habitar; la razón está en que los mortales no son capaces de la muerte como muerte. Aún en la ancianidad ésta aparece como un inesperado y espantoso suceso.

Durante la época de la conquista de América, los guaraníes sólo asociaban lo terrible al mal. El sentido de horrendo,
Mba´epochieté, estaba perfectamente vinculado con algo maligno o perverso, y así fue que luego de la llegada de los misioneros el término comenzó a ser utilizado para designar al diablo.
La muerte en sí no era considerada una cosa horrorosa. Los indios eran capaces de la muerte. El Padre Ruiz de Montoya SJ, sacerdote misionero, señalaba que los guaraníes
... "juzgaban que al cuerpo ya muerto acompañaba el alma a su sepulcro, aunque separada; y así muchos enterraban a sus muertos en unas grandes tinajas, poniendo un plato en la boca, para que en aquella cavidad estuviese más acomodada el alma, aunque estas tinajas las enterraban hasta el cuello. Y cuando a los cristianos enterrábamos en la tierra, acudía con disimulo una vieja con un cedazo muy curioso y pequeño y muy a disimulo traía el cedazo por la sepultura, como que sacaba algo, con que decían que en él sacaba el alma del difunto para que no padeciese enterrada con su cuerpo..."


Según Branislava Susnik, la reacción de los guaraníes al entierro cristiano se basaría en la idea de que el alma del difunto se quedaría enterrada con el cuerpo. Para los indios, la consecuencia habría sido la permanente presencia del Asyngua -alma terrestre llena de imperfecciones-; después de la muerte se transformaría en el Angüery -alma mala- y sino se la alejaba mediante un rito chamánico vagaría por la tierra provocando enfermedades, la locura y hasta la muerte. Por otro lado, el entierro efectuado a la manera cristiana no dejaría pasar a la Ñe´eng -palabra alma divina-, que debería encaminarse al Oka vusu (paraíso).

Es evidente que existía una conciencia de la muerte asociada a una especie de rito de paso de una circunstancia a otra. El alma divina debía pasar cerca de la morada de los Añag -término utilizado por los misioneros para el diablo-. Si los despertaba, podía ser devorada. Destacando el factor ético del permiso de paso, en su descripción Miguel Bartolomé enfatiza la facilidad para las almas de los niños; no tendrían obstáculos puesto que carecían de Teko asy -imperfecciones.
Esta asociación de la ética y la trascendencia se visualiza aún más claramente en el suicidio de una india por influencia de una pintura de una virgen dolorosa. El relato del suceso de 1693 fue realizado por el Padre Antonio Sepp, misionero en un pueblo de guaraníes.

"...sobre el suelo yacía una pobre mujer medio desnuda, las manos ensangrentadas, en su diestra un cuchillo filoso con el que se había abierto el pecho..." El sacerdote le preguntó porqué había hecho tal cosa:
..."Padre, la Madre Dolorosa me lo ordenó. Pues hoy, al despertar de un profundo sueño se me apareció la Madre de Dios y me dijo: "Así como me herí yo misma y atravesé voluntariamente mi Inmaculado Corazón, así debes tú, hija mía, tomar tu cuchillo y abrirte el pecho, la puerta que encierra tu alma." ¿Cómo no iba a obedecer tan divina orden? Tomé, pues el cuchillo con una mano y con la otra mi santa cruz, con la cual solía persignarme rogando al Salvador en la cruz que me hiciera semejante a su Madre Dolorosa, ejemplo inmaculado de todos los mártires. Luego salí de mi choza, caí de rodillas y me clavé el cuchillo en el pecho, para parecerme así a la Dolorosa..."

El sacerdote interpretaría que ..."un espíritu de las tinieblas"... se había transformado en ángel luminoso para confundirle la mente a la india. Pero, desde mi punto de vista, aunque confundiendo la metáfora con la literalidad de los cuchillos, la india había intentado encontrar el camino seguro para su trascendencia, imitando el ejemplo ético más fuerte de su tiempo: la madre de Dios, a quien el dolor por el sufrimiento de su hijo atravesaría su alma como un puñal.
Tal vez, el verdadero horror estaría en pensar una muerte sin ética y sin conciencia de la trascendencia humana.

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NORBERTO LEVINTON es arquitecto, especialista en Historia de la Arquitectura y doctorando en Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es autor de varios libros sobre las problemáticas de las Misiones Jesuíticas en América del Sur

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