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La
filosofía y la ciudad
HENRI LEFEBVRE
Del libro El derecho a la ciudad,
Henri Lefebvre (Ed. Península,
Barcelona 1973)El punto de partida
para dar al análisis un
criticismo radical, para
profundizar en la problemática
urbana, será la filosofía. Lo
que, sin duda, sorprenderá a
muchos, y, sin embargo, a lo
largo de las páginas
precedentes, ¿acaso no ha sido
ya frecuente esta referencia a la
filosofía? No se trata de
presentar una filosofía de la
ciudad, sino, por el
contrario, de refutar semejante
actitud devolviendo al conjunto
de las filosofías su lugar en la
historia. Nuestro propósito
está en presentar un proyecto
de síntesis y totalidad que la
filosofía como tal no puede
realizar. Después de esto,
vendrá el examen de lo analítico,
es decir, de los esclarecimientos
o recortes de la realidad urbana
por las ciencias parcelarias. Al
rechazar proposiciones
sintéticas basadas sobre los
resultados de estas ciencias
especializadas, particulares y
parcelarias, estaremos en
condiciones de plantear mejor
en términos políticos-
el problema de la síntesis. A lo
largo de este recorrido,
reencontraremos rasgos que ya han
sido significados, problemas que
ya han sido formulados, y que
reaparecerán con una claridad
mucho mayor. En particular, la
oposición valor de uso (la
ciudad y la vida urbana, el
tiempo urbano) y valor de
cambio (los espacios
comprados y vendidos, la
consumición de productos,
bienes, lugares y signos) nos
aparecerá en toda su desnudez.
Para la mediación
filosófica que buscaba una
totalidad mediante la
sistematización especulativa, es
decir para la filosofía
clásica, desde Platón a Hegel,
la Ciudad fue, mucho más que un
tema secundario, un objeto entre
otros. Los lazos entre el
pensamiento filosófico y la vida
urbana se descubren claramente a
la reflexión, sin que por ello
desaparezca la necesidad de
explicitarlos. Para los
filósofos y para la filosofía
la Ciudad no fue una simple
condición objetiva, un contexto
sociológico, un dato exterior.
Los filósofos han
"pensado" la Ciudad;
han llevado al lenguaje y al
concepto la vida urbana.
Dejaremos de lado
las cuestiones que plantean la
ciudad oriental, el modo de
producción asiático, las
relaciones
"ciudad-campo" dentro
de este modo de producción y,
finalmente, la conformación con
base a todo esto, de las
ideologías (filosofías).
Consideraremos únicamente la
ciudad antigua (griega o romana)
de la que parten las sociedades y
las civilizaciones llamadas
"occidentales". Esta
ciudad generalmente resulta de un
sinocismo, es decir de la
reunión de varios pueblos o
tribus establecidos sobre un
territorio. Esta unidad permite
el desarrollo de la división del
trabajo y de la propiedad
mobiliaria (dinero) sin destruir,
no obstante, la propiedad
colectiva, o mejor aún,
"comunitaria" del
suelo; de este modo, se
constituye una comunidad en cuyo
seno una minoría de ciudadanos
libres ostentan el poder frente a
los otros miembros de la ciudad:
mujeres, niños, esclavos,
extranjeros. La ciudad vincula
sus elementos asociados a la
forma de la propiedad comunal
("propiedad privada
común", o
"apropiación
privativa") de los
ciudadanos activos, que se oponen
a los esclavos. Esta forma de
asociación constituye una
democracia, pero los elementos de
esta democracia están
estrechamente jerarquizados y
sometidos a las exigencias de
unidad de la ciudad misma. Es la
democracia de la no libertad
(Marx). A lo largo de la historia
de la ciudad antigua, la
propiedad privada pura y simple
(de dinero, suelo, esclavos) se
consolida, se concentra, sin
abolir los derechos de esta
ciudad sobre el territorio.
La separación de la
ciudad y el campo tiene lugar
entre las primeras y
fundamentales divisiones del
trabajo, con la repartición de
los trabajos según sexos y
edades (división biológica del
trabajo), con la organización
del trabajo según los
instrumentos y las habilidades
(división técnica). La
división social del trabajo
entre la ciudad y el campo
corresponde a la separación
entre el trabajo material y el
trabajo intelectual, y, por
consiguiente, entre lo natural y
lo espiritual. A la ciudad
incumbe el trabajo intelectual:
funciones de organización y
dirección, actividades
políticas y militares,
elaboración del conocimiento
teórico (filosofía y ciencias).
La totalidad se divide; se
instauran separaciones; entre
ellas la separación entre Physis
y Logos, entre teoría y
práctica, y, ya dentro de la
práctica, las separaciones entre
praxis (acción sobre los
grupos humanos), póiesis
(creación de obras), téchne
(actividad armada de técnicas y
orientada hacia los productos).
El campo, a la vez realidad
práctica y representación,
aportaría las imágenes de la
naturaleza, del ser y de lo
original. La ciudad aportaría
las imágenes del esfuerzo, de la
voluntad, de la subjetividad, de
la reflexión, sin que estas
representaciones se disocien de
actividades reales. De la
confrontación de estas imágenes
nacerían grandes simbolismos.
Alrededor de la ciudad griega,
por encima de ella, el cosmos
se configurará, como espacios
ordenados y luminosos: jerarquía
de lugares. La ciudad italiota
tiene por centro un agujero
sagrado-maldito, frecuentado por
las fuerzas de la muerte y de la
vida: tiempos tenebrosos de
esfuerzos y pruebas, el mundo.
En la ciudad griega triunfa, no
sin lucha, el espíritu
apolíneo, el símbolo luminoso
de la razón que ordena. Por el
contrario, en la ciudad
etrusco-romana triunfa el lado
demoníaco de lo urbano. Pero el
filósofo y la filosofía
intentan "in-ventar" o
crear la totalidad. El filósofo
no admite la separación;
únicamente no concibe que el
mundo, la vida, la sociedad, el
cosmos (y más tarde la historia)
no pueden constituir un Todo.
La filosofía nace,
pues, de la ciudad con la
división del trabajo y sus
múltiples modalidades. La
filosofía, a su vez, se
convierte en actividad propia,
especializada. Pero, sin embargo,
no recae en lo parcelario. De
hacerlo, se confundiría con la
ciencia y las ciencias, también
ellas nacientes. De la misma
manera que el filósofo rehusa
entrar en las opiniones de los
artesanos, soldados, políticos,
rechaza las razones y argumentos
de los especialistas. Su interés
fundamental y su fin es la
Totalidad, inventada o creada por
el sistema, a saber, la unidad de
pensamiento y ser, de discurso y
acto, de naturaleza y reflexión,
de mundo (o cosmos) y realidad
humana. Ello no excluye, sino que
por el contrario incluye, la
meditación sobre las diferencias
(entre el Ser y el pensamiento,
entre lo que viene de la
naturaleza y lo que viene de la
ciudad, etc.), Como dijera
Heidegger, el Logos (elemento,
medio, mediación y, para los
filósofos y la vida urbana, fin)
fue simultáneamente: poner
delante, reunir y coger, para
luego recoger y recogerse, hablar
y decir, exponer. La reunión es
la cosecha e incluso su
cumplimiento. "Se buscan las
cosas y se las devuelve. Allá
domina la puesta en abrigo
seguro, y con ésta domina a su
vez el cuidado de
conservar
la cosecha es en
sí y anticipadamente una
selección de aquello que
necesita un abrigo seguro"
(Heidegger). De este modo, la
cosecha es a un tiempo pensamiento.
Lo que reunido, es puesto en
reserva. Decir es el acto captado
que reúne. Ello supone la
presencia de "alguien",
ante, por y para quien se enuncia
el ser de lo que ha sido así
logrado. Esta presencia se
produce en la claridad (o, como
Heidegger dice, en la "no
ocultación") (Véase Essais
et confèrences, le Logos, pp
251 y s.). La Ciudad ligada a la
filosofía reúne, pues, en y por
su Logos, las riquezas del
territorio, las actividades
dispersas y las personas, la
palabra y los escritos (de los
que cada uno anticipa el recoger
y la recolecta). Hace simultáneo
lo que, en el campo, y de acuerdo
con la naturaleza, ocurre y
transcurre, se reparte según
ciclos y ritmos. Asume y pone
bajo su guarda "todo".
Si la filosofía y la ciudad son
asociadas de este modo en el
Logos (la Razón) naciente, ello
no acontece dentro una
subjetividad a la manera del cogito
cartesiano. Si constituyen un
sistema, no lo hacen de la manera
habitual ni en la aceptación
corriente del término.
A esta unidad
primordial de la forma urbana y
de su contenido, de la forma
filosófica y de su sentido,
viene a añadirse la
organización de la Ciudad misma:
un centro privilegiado, núcleo
de un espacio político, sede del
Logos y regido por el Logos ante
el que los ciudadanos son
"iguales", teniendo las
regiones y las delimitaciones de
espacio una racionalidad
justificada ante el Logos (para
él y por él).
El Logos de la
Ciudad griega no puede separarse
del Logos filosófico. La obra de
la ciudad se continúa y se
concentra en la obra de los
filósofos, la cual recoge las
opiniones y avisos, las obras
diversas, las reflexiona en una
simultaneidad, y reúne ante
estos filósofos las diferencias
en una totalidad: lugares urbanos
en el cosmos, tiempos y ritmos de
la ciudad en los del mundo (e
inversamente). Y cuando la
filosofía lleva la vida urbana,
la de la Ciudad, al lenguaje y al
concepto, incurre en una
historicidad superficial. En
verdad, la ciudad como
emergencia, lenguaje, mediación,
sale a la luz teórica gracias al
filósofo y a la filosofía.
Después de esta
primera exposición del vínculo
interno entre Ciudad y Filosofía
saltamos a la Edad Media
occidental (europea). En la Edad
Media, el proceso parte del
campo. La Ciudad romana y el
Imperio han sido destruidos por
las tribus germánicas, al mismo
tiempo comunidades primitivas y
organizaciones militares. De esta
disolución de la soberanía
(ciudad, propiedad, relaciones de
producción) resulta la propiedad
feudal del suelo; los siervos
reemplazan a los esclavos. Con el
renacimiento de las ciudades nos
aparece, por una parte, la
organización feudal de la
propiedad y de la posesión del
suelo (manteniendo las
comunidades campesinas una
posesión costumbrista y los
señores la propiedad que más
tarde se denominaría
"eminente") y, por
otra, una organización
corporativa de los oficios y de
la propiedad urbana. Esta doble
jerarquía, aunque dominada en
sus inicios por la propiedad
señorial del suelo, contiene la
condena de esta propiedad y de la
supremacía de la riqueza
inmobiliaria. De ahí, un
conflicto profundo, esencial a la
sociedad medieval. "La
necesidad de asociarse contra el
pillaje de los caballeros, a su
vez asociados, la falta de
mercados comunes en una época en
la que lo industrial era
artesano, la concurrencia de
siervos que, tras su liberación,
afluían a las ciudades en las
que las riquezas crecían, la
organización feudal total,
hicieron nacer las corporaciones.
Los pequeños capitales
lentamente economizados por
artesanos aislados, y la
estabilidad del número de éstos
en el seno de una población
creciente, desarrollaron el
sistema de compañeros y
aprendices, lo que estableció en
las ciudades una jerarquía
semejante a la del campo"
(Marx). En estas condiciones, la
filosofía queda subordinada a la
teología: la filosofía abandona
la meditación sobre la Ciudad.
El filósofo (teólogo)
reflexiona sobre la doble
jerarquía y la conforma,
respetando o descuidando los
conflictos. Los símbolos y
nociones relativos al cosmos
(espacio, jerarquía de las
distancias en ese espacio) y al mundo
("devenir" de las
substancias acabadas, jerarquías
en el tiempo, descenso o caída,
ascensión o redención)
desdibujan la conciencia de la
ciudad. A partir del momento
donde no hay ya dos sino tres
jerarquías (la feudalidad de la
tierra, la organización
corporativa, el Rey y su aparato
de Estado), la reflexión
recupera una dimensión crítica.
El filósofo y la filosofía, no
teniendo ya que optar entre el
diablo y el Señor, se
reencuentran. Pero, pese a ello,
la filosofía no reconocerá su
vínculo con la ciudad. Este
racionalismo, pese a que la
subida del capitalismo (comercial
y bancario, luego industrial) va
acompañada de la del
racionalismo, este racionalismo
prende, bien en el Estado, bien
en el individuo.
En el apogeo de la
elaboración filosófica
(especulativa, sistemática,
contemplativa), para Hegel, la
unidad entre la Cosa perfecta, a
saber la ciudad griega, y la
Idea, que anima a la sociedad y
al Estado, ha sido
irremediablemente truncada por el
devenir histórico. En la
sociedad moderna, el Estado se
subordina sus elementos y
materiales y por tanto la Ciudad.
Ésta, no obstante, dentro del
sistema total, permanece como un
cierto subsistema,
filosófico-político, junto con
el sistema de las necesidades, el
de los derechos y los deberes, el
de la familia y los estados
(oficios, corporaciones), el del
arte y la estética, etc.
Para Hegel, la
filosofía y lo "real"
(práctico y social) no son, o,
mejor aún, han dejado de ser,
exteriores el uno al otro. Las
separaciones desaparecen. La
filosofía no se contenta con
reflexionar (sobre) lo real, con
intentar la conjugación de lo
real y lo ideal; se realiza
realizando lo ideal: lo racional.
Lo real no se contenta con dar
pretexto a la reflexión, al
conocimiento, a la conciencia. Y,
a lo largo de una historia que
tiene un sentido que tiene
este sentido-, se convierte en
racional. De este modo, lo real y
lo racional tienden el uno hacia
el otro; cada uno por su lado,
marchan hacia su identidad (así
reconocida). Lo racional es
esencialmente la Filosofía, el
sistema filosófico. Lo real es
la sociedad y el Derecho y el
Estado, que cimienta el edificio
coronándolo. En el Estado
moderno, por consiguiente, el
sistema filosófico se convierte
en real; en la filosofía de
Hegel lo real se presenta como
racional. El sistema tiene doble
faz: filosófica y política.
Hegel sorprende el movimiento
histórico de este paso de lo
racional a lo real e
inversamente. Esclarece la
identidad en el instante mismo en
que la historia la produce. La
filosofía se realiza. En
Hegel, como Marx advirtió, se da
a un tiempo devenir filosofía
del mundo y devenir mundo de la
filosofía. Primera consecuencia:
imposible ya la escisión entre
filosofía y realidad
(histórica, social, política).
Segunda consecuencia: el
filósofo pierde toda
independencia; realiza una
función pública, como los otros
funcionarios. La filosofía y el
filósofo se integran (por
mediación del cuerpo de
funcionario y la clase media) en
esta realidad racional del
Estado, pero no ya en la Ciudad,
que fue solamente Cosa (perfecta,
es cierto, pero cosa desmentida
por una racionalidad más elevada
y más total).
Es sabido que Marx
ni refutó ni rechazó la
afirmación hegeliana esencial,
la de que la filosofía se
realiza. El filósofo ha
perdido su derecho a la
independencia frente a la
práctica social, en la que se
inserta. Existen claramente
devenir-filosofía del mundo y
devenir-mundo de la filosofía,
en simultaneidad, y por tanto,
existe tendencia hacia la unidad
(conocimiento y reconocimiento de
la no separación). Y, sin
embargo, Marx rechaza el
hegelianismo. La historia no
termina. La unidad no está
alcanzada, ni las contradicciones
resueltas. La filosofía no va a
realizarse en y por el Estado y
con la burocracia como apoyo
social. Esta misión histórica
está reservada al proletariado:
sólo él puede poner fin a las
separaciones (a las
alienaciones). Su misión tiene
un doble aspecto: destruir la
sociedad burguesa construyendo
otra sociedad; abolir la
especulación y la abstracción
filosóficas, la contemplación y
la sistematización alienantes,
para realizar el proyecto
filosófico del ser humano. Las
posibilidades de la clase obrera
no resultan de un juicio moral o
filosófico sino de la industria,
la producción industrial, de su
relación con las fuerzas
productivas y el trabajo. Hay que
subvertir el mundo: la
conjunción de lo racional y lo
real habrá de operarse en otra
sociedad.
En esa perspectiva,
la historia de la filosofía en
relación con la de la ciudad,
lejos de haber alcanzado su
perfección, apenas está
esbozada. En efecto, esta
historia implicaría igualmente
el análisis de tesis en las que
la emergencia se vincula en la
representación de la naturaleza
y la tierra a la agricultura, a
la sacralización del sujeto (y a
su desacralización). Unos puntos
de emergencia se desplazan, una
vez planteados, para aparecer a
veces lejanos (en el tiempo y en
el espacio). Puntos de
imputación e impacto,
condiciones, implicaciones y
consecuencias no coinciden. Los
temas se enuncian e insertan en
contextos sociales y categorías
diferentes a los que marcaron su
nacimiento, suponiendo ya que
quepa hablarse de
"categorías". La
problemática urbana, por ejemplo
la que se refería al destino de
la ciudad griega, utilizó para
definirse o disimularse temas
cósmicos anteriores o exteriores
a esta ciudad, visiones del
devenir cíclico o de la
inmovilidad oculta del ser. Estas
advertencias tienen la finalidad
de mostrar que la relación
considerada no ha tenido todavía
una formulación explícita.
En la actualidad,
¿cuál es la relación entre
filosofía y Ciudad? Una
relación ambigua. Los filósofos
contemporáneos más eminentes no
encuentran en la Ciudad sus
temas. Bachelard ha dejado
páginas admirables consagradas a
la casa. Heidegger ha meditado
sobre la Ciudad griega y el
Logos, sobre el templo griego.
Sin embargo, las metáforas que
resumen el pensamiento
heideggeriano no vienen de la
ciudad sino de una vida
originaria y anterior: los
"pastores del ser", los
"caminos forestales".
Parece como si Heidegger tomara
sus temas de la Mansión y de la
oposición entre el Permanecer
y el Errar. La reflexión
llamada
"existencialista", por
su parte, se funda, más que en
una realidad práctica histórica
y social, en la conciencia
individual, en el sujeto y las
pruebas de subjetividad.
No está demostrado,
sin embargo, que la filosofía
haya dicho su última palabra en
lo que a ciudad respecta. Por
ejemplo, se puede concebir
perfectamente una descripción fenomenológica
de la vida urbana. O construir
una semiología de la
realidad urbana que sería para
la ciudad actual lo que el Logos
fue en la ciudad griega. Sólo la
filosofía y el filósofo
proponen una totalidad: la
búsqueda de una concepción o
una visión global. El solo hecho
de considera "la
Ciudad", ¿acaso no supone
ya prolongar la filosofía,
reintroducir la filosofía en la
ciudad o la ciudad en la
filosofía? Es cierto que el
concepto de Totalidad corre el
riesgo de quedar vacío, si sólo
es filosófico. De este modo, se
formula una problemática que no
se reduce a la de la Ciudad, sino
que concierne al mundo, la
historia, "el hombre".
Por otra parte, ha
habido pensadores contemporáneos
que han reflexionado sobre la
ciudad; más o menos
confesadamente se pretenden
filósofos de la ciudad. Con este
título, estos pensadores quieren
inspirar a arquitectos y
urbanistas y realizar el vínculo
entre las preocupaciones urbanas
y el viejo humanismo. Pero estos
filósofos quedan cortos de
miras. Los filósofos que
pretenden "pensar" la
ciudad y aportar una filosofía
de la ciudad prolongando la
filosofía tradicional discurren
sobre la "esencia" o
sobre la ciudad como
"espíritu", como
"vida" o "impulso
vital", como ser o
"todo orgánico". En
resumen, unas veces la tratan
como sujeto, otras como sistema
abstracto. Lo que a nada conduce.
De ahí, una doble conclusión.
En primer lugar, la historia del
pensamiento filosófico puede y
debe ser reconsiderada a partir
de su relación con la ciudad
(condición y contenido de este
pensamiento). Es ésta una de las
puestas en perspectiva de esta
historia. En segundo lugar, esta
articulación figura en la
problemática de la filosofía y
la ciudad (conocimiento,
formulación de la problemática
urbana, noción de este marco,
estrategia a concebir). Los
conceptos filosóficos no tienen
nada de operativo y sin embargo
sitúan la ciudad y lo urbano
y la sociedad entera- como
unidad, por encima y más allá
de fragmentaciones analíticas.
Lo que aquí se enuncia sobre la
filosofía y su historia podría
igualmente afirmarse sobre el
arte y su historia.
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