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/Texto publicado
en el libro La Ciudad del Futuro
/ Ed. Infinito, Buenos Aires/1962
(Bib. de Planeamiento y Vivienda,
Vol.6)
El Camino de los Asnos
El Camino de los Hombres
LE CORBUSIEREl hombre camina
derecho porque tiene un objetivo;
sabe a dónde va, ha decidido ir
a determinado sitio y camina
derecho.
El asno zigzaguea, pierde el
tiempo un poco, sesera esmirriada
y distraída; zigzaguea para
evitar los cascotes, para
esquivar la pendiente, para
buscar la sombra; se preocupa lo
menos posible.
El hombre rige sus
sentimientos con la razón;
reprime sus sentimientos y sus
instintos en pos del objetivo que
tiene. Gobierna a la bestia con
su inteligencia. Su inteligencia
erige normas que son efecto de la
experiencia. La experiencia nace
del trabajo; el hombre trabaja
para no perecer. Para producir
hay que tener una línea de
conducta; hay que obedecer las
reglas de la experiencia.
Hay que pensar por
anticipado en el resultado.
El burro no piensa en nada, en
nada más que en dar vueltas.
El asno ha trazado todas las
ciudades del continente, incluso
París, desgraciadamente.
En las tierras que
las nuevas poblaciones invadían
poco a poco, la carreta pasaba
así, a contento de las
prominencias y de los huecos, de
los guijarros o de la turba; un
arroyo era un gran obstáculo. En
el cruce de las rutas, al borde
del agua, se construyeron las
primeras chozas, las primeras
casas, los primeros poblados; las
casas se alinearon a lo largo de
las rutas, a lo largo del camino
de los asnos. Se puso alrededor
un muro fortificado y un
ayuntamiento en el interior. Se
legisló, trabajó, vivió y
respetó el camino de los asnos.
Cinco siglos más tarde se
construyó un segundo cerco de
murallas más grande, y cinco
siglos después un tercero, más
grande aún. Por donde entraba el
camino de los asnos, se hicieron
las puertas de la ciudad y se
puso a empleados de registro. El
poblado es una gran capital.
París, Roma, Estambul están
construidas sobre el camino de
los asnos.
Las capitales no
tienen arterias, sólo tienen
capilares; el crecimiento señala
su enfermedad o su muerte. Para
sobrevivirse, su existencia está
desde hace largo tiempo entre las
manos de los cirujanos que
acuchillan sin cesar.
Los romanos eran
grandes legisladores, grandes
colonizadores, grandes
administradores. Cuando llegaban
a algún sitio, a la encrucijada
de los caminos, al borde del
río, tomaban la escuadra y
trazaban la ciudad rectilínea,
para que fuera clara y ordenada,
fácil de vigilar y de asear,
para que fuera fácil de
orientarse en ella, para que se
la recorriera cómodamente: la
ciudad de trabajo (la del
Imperio) como la ciudad de placer
(Pompeya). La recta convenía a
su dignidad de romanos.
En su casa propia,
en Roma, los ojos vueltos hacia
el Imperio, se dejaron sofocar
por el camino de los asnos.
¡Ironía! Los ríos, entonces,
se iban, lejos del caos de la
ciudad, a construir las grandes
villas ordenadas (villa Adriana).
Fueron, con Luis XIV, los únicos
grandes urbanistas de Occidente.
La Edad Media,
asustada por el año 1000,
aceptó la imposición del asno y
largas generaciones la sufrieron
después. Luis XIV, después de
haber intentado limpiar el Louvre
(la Columnata), disgustado, tomó
drásticas medidas: Versalles,
ciudad y castillo fabricados de
pies a cabeza, rectilíneos y
ordenados, y el Observatorio, los
Inválidos y la Explanada, las
Tullerías y los Campos Elíseos,
lejos del caos, fuera de la
ciudad, en orden y rectilíneos.
La sofocación
estaba superada. Todo prosiguió
magistralmente: el Campo de
Marte, la "Etoile", la
avenida de Neuilly, de Vincennes,
de Fontainebleau, etc.
Generaciones vivirían allí.
Pero, muy
suavemente, por cansancio,
debilidad y anarquía, por el
sistema de las responsabilidades
"democráticas",
recomienza la sofocación.
Más aún: se la
desea; se la realiza en virtud de
las leyes de la belleza. Se acaba
de crear la religión del camino
de los asnos.
El movimiento
partió de Alemania como
consecuencia de una obra de
Camillo Sitte sobre el urbanismo,
obra llena de arbitrariedad:
glorificación de la línea curva
y demostración especiosa de sus
bellezas incomparables. De ello
daban prueba todas las ciudades
de la Edad Media; el autor
confundía el pintoresquismo
pictórico con las reglas de
vitalidad de una ciudad. Alemania
ha construido recientemente
grandes barrios de ciudad
basándose en esta estética
(porque de estética se trataba,
únicamente).
Equivocación
espantosa y paradójica en los
días del automóvil. "Tanto
mejor, me decía un edil
uno de esos que dirigen la
elaboración del plan de
extensión de París- ¡los autos
no podrán circular más!".
Ahora bien, una
ciudad moderna vive de la recta,
prácticamente: construcción de
inmuebles, de desagües, de
canalizaciones, de calles, de
veredas, etc. La circulación
exige la recta. La recta también
es saludable para el alma de las
ciudades. La curva es ruinosa,
difícil y peligrosa: paraliza.
La recta está en
toda la historia humana, en toda
intención humana, en todo acto
humano.
Hay que tener la valentía de
contemplar con admiración las
ciudades rectilíneas de
América. Si el esteta hasta
ahora se ha abstenido, el
moralista, en cambio, puede
demorarse más tiempo de lo que
parece a primera vista.
La calle curva es el camino de
los asnos, la calle recta es el
camino de los hombres.
La calle curva es
consecuencia de la arbitrariedad,
del desgano, de la blandura, de
la falta de contracción de la
animalidad.
La recta es una
reacción, una acción, una
actuación, el efecto de un
dominio sobre sí mismo. Es sana
y noble.
Una ciudad es un centro de vida y
de trabajo intensos.
Un pueblo, una
sociedad, una ciudad
despreocupados, que se dejan
llevar por la blandura y pierden
la contracción, pronto quedan
disipados, vencidos, absorbidos
por un pueblo, una sociedad que
actúan y se controlan. Así es
como mueren las ciudades y
cambian las hegemonías.
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