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TEXTOS
OLVIDADOS / CIUDAD
La salida del indio
RODOLFO KUSCH
El presente
texto fue publicado en el libro
DE LA MALA VIDA PORTEÑA
(A. Peña Lillo Editor, Buenos
Aires/1966)
En Buenos Aires
siempre queremos andar bien con la
gente. Por eso siempre
tratamos de mantener un
comportamiento armónico, ya lo
dijimos. Cuidamos esmeradamente
no decir una palabra demás, ni
exagerar los gestos, ni gritar y
menos insultar. Hasta procuramos
equilibrar nuestro aspecto y
cuidamos el traje, combinamos
bien el color de la corbata con
el de la camisa, nos peinamos sin
exagerar mayormente la onda del
pelo y siempre nos afeitamos.
Evidentemente, tratamos de que
nunca se rompa ni el equilibrio
de nuestro aspecto físico ni el
de nuestro carácter, cuando
tratamos con el prójimo.
Pero esto tiene su
límite. A veces las situaciones
pueden ser francamente
desfavorables y entonces las
modificamos bruscamente con una
palabra o con un gesto. Y en ese
momento, alguien, un observador
sereno, dirá por nosotros: Le
salió el indio.
Esto del indio
es curioso. Porque nada tenemos
que ver con él. Por ningún lado
vemos indios, ni siquiera en
nuestro pasado histórico, ya que
nuestra nacionalidad, como nos
han enseñado, se hizo
desplazando al indio. Mucho más
simpático nos resulta el gaucho,
quien, también según nuestros
manuales, se confabula con
nuestra historia, para dar este
país que ahora tenemos, con su
Buenos Aires y el resto.
Pero un día
compramos una heladera eléctrica
y viene un vecino y se dispone a
revisarla. Toleramos con
paciencia la intromisión del
otro. Pero nos molesta que
alguien ajeno a la casa se tome
confianza. Nuestra casa, lo
vimos, donde está la vieja o
la familia, es sagrada
pa mí. Y cuando vemos
que las manos del mismo desarman
alguna parte delicada del
aparato, entonces, súbitamente,
lo sacamos a empujones de nuestra
casa, diciendo: "Mándese a
mudar. A esta heladera no la
toca". ¿Por qué?
¿También es sagrada
igual que la vieja? En
parte. ¿Y qué pasó? Pues que nos
salió el indio, precisamente
para defender algo que es casi sagrado
pa mí. ¿Será
entonces que escondemos adentro
un indio que entra en
funcionamiento para imponer o
dictaminar lo que es sagrado
pa mí? ¿Y por qué?
Seguramente porque en este siglo
XX nos han enseñado, ya con las
primeras letras, que no hay cosas
sagradas, y como nosotros,
en los más íntimo no creemos en
ese escamoteo, entonces nos hemos
inventado un indio que
atrapa afuera, y siempre por la
fuerza, las cosas sagradas
pa mí, aunque se trate
de una heladera.
Pero tenemos otra
expresión que complementa a la
anterior. Es la que se refiere a un
andar como bola sin manija,
en el sentido de andar perdido,
sin control y sin saber qué
hacer. La manija en
cuestión es la pequeña bola,
con la cual se manejaban las
otras dos, más grandes, de las
boleadoras indígenas. Pero en el
lenguaje actual, significa
además un utensilio insertado a
veces en una rueda y del cual
depende el funcionamiento de una
máquina. Entonces andar como
bola sin manija significa
andar sin un centro que sirva de
referencia y causa motriz.
¿Y no será que
aquello de salir el indio,
se refiere a tomar la manija
de una situación, de imponer un
centro en el mundo de afuera,
pero vinculado estrechamente a
eso que llevamos adentro, con las
cosas sagradas pamí?
Precisamente, cuando eché a mi
vecino, porque éste estaba
manoseando mi heladera recién
comprada, no hice otra cosa que
retomar la manija de la
situación, imponiendo mi propio
centro en ese pequeño y mísero
reino pa mí, lleno
de cosas sagradas, cuyo
límite va de la pared medianera
del fondo, hasta la puerta
cancel, y en el cual están los
muebles, el televisor, la
heladera, mi mujer, mis hijos, el
perro, y, por sobre todo, mi vieja.
Indudablemente en
esa salida del indio, no
se trata del indio histórico,
sino de una referencia a una
fuerza que empuja, desde muy
adentro de nosotros, quizá del
inconsciente mismo, para irrumpir
súbitamente afuera, y mostrar al
fin lo que siempre quisimos hacer
notar. Indio, en ese
sentido, se asocia a fuerza
bárbara ignota, que modifica
cualquier reserva o pulcritud que
pretendamos mantener ante el
prójimo. Es, en suma, el
símbolo de una salida brusca
desde nuestra interioridad hacia
el mundo de afuera.
¿Y de dónde
proviene esta urgencia de salir
con brusquedad para liberar
fuerzas, casi como si el agua
rebasara un dique e inundara un
valle? Porque el indio
histórico, según parece, nunca
tuvo que salir de sí mismo, sino
que siempre se daba afuera. Ahí
encontraba en algún árbol, en
alguna piedra, o en alguna
montaña, un vestigio de algún
mundo sagrado que le servía para
ganar la seguridad en sí mismo.
Pero un árbol, una
piedra o una montaña son para
nosotros, simples objetos, los
cuales, de ninguna manera,
estarán vinculados con el mundo
sagrado. Es peor, no creemos que
haya en el mundo nada sagrado,
porque un árbol servirá para
hacer leña, una piedra para
hacer casas y una montaña para
hacer alpinismo. Y sólo hay
cosas sagradas, pero
únicamente pa mí y
siempre a espaldas de los ocho
millones de habitantes de Buenos
Aires.
La diferencia es
clara. El indio encontraba, en
cualquier punto del mundo
exterior, algo que le hacía
sentir que él estaba en la
morada de los dioses. Nosotros,
en cambio, hemos reducido ese
mundo apenas a las cuatro cosas
que tenemos en casa, y aun en
éste debemos imponer toda la
fuerza para tornarlo sagrado.
Mientras al indio nada costaba
creer que en el árbol subían y
bajaban los dioses, nosotros en
cambio no sólo lo convertimos en
leña, sino que además no
creemos que los dioses se anden
columpiando en él. Por otra
parte, pensamos, que el indio
siempre tenía que pedir a los
dioses su pan y su vida, nosotros
no pedimos ni pan ni vida, sino
que compramos. Siempre habrá una
moneda con la cual podamos salir
del paso, aquí en Buenos Aires.
Pero hay más. El
indio no se resignaba a ver
únicamente cómo se descolgaban
los dioses de los arbolitos, sino
que también dividía su imperio
en cuatro zonas y situaba en el
centro la ciudad-ombligo, a
través de la cual se mantenía
en contacto con la divinidad
mayor. Además todos los caminos
y todos los ríos y todas las
montañas decían algo al hombre,
y el hombre ante ellos decía
algo a los dioses.
¿Y nosotros? Pues
ahí andamos mirando las
fotografías de algún familiar
en nuestra casa, o alguna estampa
religiosa, algún recuerdo
traído de algún viaje. Y nada
más. Más allá todo es profano.
Porque afuera, el mundo está
vacío. En vez de los dioses
están las cosas, y con éstas ya
no se habla, sino que se las
compra. Así compramos también
con el turismo la posibilidad de
ver un río o una montaña. Así
compramos nuestra respetabilidad
y así compramos el traje nuevo
para no andar rotosos.
Indudablemente el
indio tira un pedazo de su
humanidad afuera y le llama
sagrado, mientras que nosotros
convertimos eso que está afuera
en un pozo, pero con una rígida
estantería, ordenada a la manera
de un comercio chico, con todo
clasificado, y donde nada tiene
algo que ver con nosotros, a no
ser que tengamos dinero para
comprarlo. Así lo exige el siglo
XX y ese es el sentido de la
civilización, una herencia de la
enciclopedia francesa.
Pero nos sale el
indio. ¿Para qué? ¿Será
para contrariar este siglo XX?
¿Será para restituir afuera en
el mundo exterior nuestro propio
recinto sagrado, sólo
para ver a los dioses columpiarse
en los árboles?
Porque ¿qué
decimos cuando usamos el término
canchero? ¿Canchero
en dónde? No será en la cancha
de fútbol, sino en la cancha
sagrada, como si uno
extendiera el recinto sagrado de
su pa mí hacia
fuera, casi a la manera de una
cancha de fútbol, pero de un
club que es uno mismo, mejor
aún, uno mismo convertido en
empresario de espectáculos
futbolísticos para mostrar su
capacidad de gambetear la
vida, y de mover la admiración
del prójimo, pero reducido éste
a simple mersa o grasas,
del cual uno se compadece con
aquello de pobre de él. Canchero
significa aventurarse a dominar
el mundo exterior, pero con el
fin de encandilarlos o dejarlos
locos a todos, casi como si
uno se vengara de la gente.
Siendo así, no cabe
duda que no sólo nos sale el
indio, sino que también
hacemos como él. Porque qué
manera de tirar trozos de la
propia humanidad afuera, de
babosear el duro mundo con todo
lo viviente que uno es, y hasta
con ciertas ganas, bastante
sospechosas, de ver afuera
también como lo veía el
indio- un imperio de cuatro zonas
y un centro siempre accesible,
aunque sólo se llame barrio
norte y barrio sur y un Centro
poblado de cines y mujeres bien
vestidas.
Pero es inútil.
Aunque nos salga el indio,
aunque nos hagamos los cancheros,
en nuestro siglo XX apenas
pasaremos de poner míseramente
nuestra heladera, sagrada
pa mí, en el patio,
para que el vecino se muera de
envidia al ver nuestra cancha
sagrada, nuestro pa
mí enriquecido con las
cuatro cosas que conseguimos a
fuerza de créditos en nuestra
buena ciudad. Nunca nos saldrá
un imperio de cuatro zonas, sino
apenas un indio que no
somos, y al cual en el fondo
tenemos miedo y asco, pero con el
cual, querramos o no, estamos
comprometidos.
Pero aún así se
trata de una humanidad que se nos
sale míseramente con el indio
para imponer una verdad. Una
humanidad que en definitiva
fuimos escondiendo para ganar
nuestro buen lugarcito en la
ciudad. El siglo XX es el siglo
de las grandes ciudades, y éstas
siempre se formaron tapando una
humanidad que, al fin, sale en
forma de indio. Y no es
difícil pensar que también al
neoyorquino o al parisiense le
podría salir el indio.
Cuántos andarán como bola
sin manija en Nueva York y en
París, y querrían tomar la manija
de una situación y poner su
propio centro afuera y que no sea
sólo el Centro de los cines y
las mujeres bien vestidas. Se
trata, en suma, de que salga un
margen de vida que ha quedado en
receso, y que busca, en alguna
manera, integrarse con esa otra
vida que se gasta afuera. Y lo sagrado
es, en fin, eso que los otros
no ven y que es pa mí porque
está oculto. Seguramente debe
haber una ley, como de
compensación, según la cual
siempre tendrá que salir el
indio para echar algún
vecino en cualquier lugar del
mundo.
Porque ¿qué hizo
Napoleón cuando ocupó a Europa?
Qué manera de salir esa vida en
receso, ese indio a
Francia e imponer la cancha
sagrada perentoriamente. Y
pensar que todo esto era para ver
todo otra vez como sagrado
pa mí, pero un pa
mí francés con su centro en
la Ciudad Luz.
Ya lo dijo Hegel, la
historia restablece la pura vida
de los individuos. En este
sentido qué porteña parece la
historia universal. Todos con su indio
salido, porque se ahogaba el pa
mí, acorralado en un mundo
vacío, lleno de estanterías,
sin dioses, ni árboles que les
sirvieran para atar el columpio.
Se trata al fin de
cuentas de la grandiosidad y de
la miseria de ser hombres, aunque
se llamen Napoleón o porteños,
ambos poniendo un poco
grotescamente la heladera en el
patio para que venga el vecino, y
tengan, después, que sacar el
indio para echarlo.
Pero lo curioso es
que siempre se encierre al indio
o se simule ser un canchero.
¿Tendrán algo que ver en esto
las heladeras? Al fin y al cabo
Gardel no las tenía y qué bien le
salía el indio y con qué cancha.
El juntaba indio y cancha.
Realmente, si Napoleón lo
hubiera conocido, quizá habría
hecho otras cosas allá en
Europa.
¿Decimos una gran
herejía? De ningún modo. Porque
no podríamos vivir si no
contamináramos, a lo indio,
la realidad, o la ciudad o la
historia o la simple pared que
vemos delante, con la vida que
llevamos adentro. Vestimos un
poco el mundo cuando vemos a
Napoleón como un simple vecino
que rezonga porque le tiramos la
basura por sobre la pared
medianera. ¿No es ese el
mecanismo real de toda vida? Ya
lo dijimos, la salida de nuestro
recinto sagrado del pa
mí, no consiste sino en
babosear lo que está afuera.
Lástima grande que nuestra forma
de babosear nunca coincida, por
ejemplo, con lo que todos debemos
pensar de Napoleón.
Pero seguimos en la
brecha. Debe ser obra del indio
que se nos sale a
pasear a pesar nuestro, y lo hace
para buscar cosas sagradas.
Gracias a él escamoteamos a los
otros la ciudad, la historia y
nuestro folklore ciudadano, para
crearnos un Buenos Aires y una
historia pamí, y
una épica de ese mismo pa
mí a través del fútbol, el
tango y el Martín Fierro.
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