| -Es un aparato
singular -dijo el oficial al
explorador, y contempló con
cierta admiración el aparato,
que le era tan conocido. El
explorador parecía haber
aceptado sólo por cortesía la
invitación del comandante para
presenciar la ejecución de un
soldado condenado por
desobediencia e insulto hacia sus
superiores. En la colonia
penitenciaria no era tampoco muy
grande el interés suscitado por
esta ejecución. Por lo menos en
ese pequeño valle, profundo y
arenoso, rodeado totalmente por
riscos desnudos, sólo se
encontraban, además del oficial
y el explorador, el condenado, un
hombre de boca grande y aspecto
estúpido, de cabello y rostro
descuidados, y un soldado que
sostenía la pesada cadena donde
convergían las cadenitas que
retenían al condenado por los
tobillos y las muñecas, así
como por el cuello, y que estaban
unidas entre sí mediante cadenas
secundarias. De todos modos, el
condenado tenía un aspecto tan
caninamente sumiso que, al
parecer, hubieran podido
permitirle correr en libertad por
los riscos circundantes, para
llamarlo con un simple silbido
cuando llegara el momento de la
ejecución. El explorador no se
interesaba mucho por el aparato y
se paseaba detrás del condenado
con visible indiferencia,
mientras el oficial daba fin a
los últimos preparativos,
arrastrándose de pronto bajo el
aparato, profundamente hundido en
la tierra, o trepando de pronto
por una escalera para examinar
las partes superiores.
Fácilmente hubiera podido
ocuparse de estas labores un
mecánico; pero el oficial las
desempeñaba con gran celo, tal
vez porque admiraba sobremanera
el aparato o tal vez porque por
diversos motivos no se podía
confiar ese trabajo a otra
persona.
-¡Ya está todo
listo! -exclamó finalmente, y
descendió de la escalera.
Parecía extraordinariamente
fatigado, respiraba con la boca
muy abierta, y se había metido
dos finos pañuelos de mujer bajo
el cuello del uniforme.
-Estos uniformes son
demasiado pesados para el
trópico -comentó el explorador,
en vez de hacer alguna pregunta
sobre el aparato, como hubiera
deseado el oficial.
-En efecto -dijo
éste, y se lavó las manos
sucias de aceite y de grasa en un
balde que allí había-, pero
para nosotros son símbolos de la
patria; no queremos olvidarnos de
nuestra patria. Y ahora fíjese
en este aparato -prosiguió
inmediatamente, secándose las
manos con una toalla y mostrando
al mismo tiempo el aparato. Hasta
ahora intervine yo, pero de aquí
en adelante el aparato funciona
absolutamente solo.
El explorador
asintió y siguió al oficial.
Éste quería cubrir todas las
contingencias, y por eso dijo:
-Naturalmente, a
veces hay inconvenientes; espero
que no los haya hoy, pero siempre
se debe contar con esa
posibilidad. El aparato debería
funcionar ininterrumpidamente
durante doce horas. Pero cuando
hay entorpecimientos son, sin
embargo, desdeñables y se los
soluciona rápidamente.
- ¿No quiere
sentarse? -preguntó luego,
sacando una silla de mimbre entre
un montón de sillas semejantes y
ofreciéndola al explorador;
éste no podía rechazarla. Se
sentó entonces, al borde de un
hoyo destinado a la sepultura,
hacia el cual dirigió una
rápida mirada. No era muy
profundo. A un lado del hoyo
estaba la tierra removida,
dispuesta en forma de parapeto;
del otro lado estaba el aparato.
-No sé -dijo el
oficial- si el comandante le ha
explicado ya el aparato.
El explorador hizo
un ademán incierto; el oficial
no deseaba nada mejor, porque
así podía explicarle
personalmente el funcionamiento.
-Este aparato -dijo,
tomándose de una manivela y
apoyándose sobre ella- es un
invento de nuestro antiguo
comandante. Yo asistí a los
primerísimos experimentos y
tomé parte en todos los
trabajos, hasta su terminación.
Pero el mérito del
descubrimiento sólo le
corresponde a él. ¿No ha oído
hablar usted de nuestro antiguo
comandante? ¿No? Bueno, no
exagero si le digo que casi toda
la organización de la colonia
penitenciaria es obra suya.
Nosotros, sus amigos, sabíamos
aun antes de su muerte que la
organización de la colonia era
un todo tan perfecto que su
sucesor, aunque tuviera mil
nuevos proyectos en la cabeza,
por lo menos durante muchos años
no podría cambiar nada. Y
nuestra profecía se cumplió; el
nuevo comandante se vio obligado
a admitirlo. Lástima que usted
no haya conocido a nuestro
antiguo comandante. Pero -el
oficial se interrumpió- estoy
divagando, y aquí está el
aparato. Como usted ve, consta de
tres partes. Con el correr del
tiempo se generalizó la
costumbre de designar a cada una
de estas partes mediante una
especie de sobrenombre popular.
La inferior se llama la Cama; la
de arriba el Diseñador, y esta
del medio, la Rastra.
-¿La Rastra?
-preguntó el explorador.
No había escuchado
con mucha atención; el sol caía
con demasiada fuerza en ese valle
sin sombras, apenas podía uno
concentrar los pensamientos. Por
eso mismo le parecía más
admirable ese oficial, que a
pesar de su chaqueta de gala,
ajustada, cargada de charreteras
y de adornos, proseguía con
tanto entusiasmo sus
explicaciones, y además,
mientras hablaba, apretaba aquí
y allá algún tornillo con un
destornillador. En una situación
semejante a la del explorador
parecía encontrarse el soldado.
Se había enrollado la cadena del
condenado en torno de las
muñecas; apoyado con una mano en
el fusil, cabizbajo, no se
preocupaba por nada de lo que
ocurría. Esto no sorprendió al
explorador, ya que el oficial
hablaba en francés, y ni el
soldado ni el condenado
entendían el francés. Por eso
mismo era más curioso que el
condenado se esforzara por seguir
las explicaciones del oficial.
Con una especie de soñolienta
insistencia, dirigía la mirada
hacia donde el oficial señalaba,
y cada vez que el explorador
hacia una pregunta, también él,
como el oficial, lo miraba.
-Sí, la Rastra
-dijo el oficial-; un nombre bien
adecuado. Las agujas están
colocadas en ellas como los
dientes de una rastra, y el
conjunto funciona, además, como
una rastra, aunque sólo en un
lugar determinado, y con mucho
más arte. De todos modos, ya lo
comprenderá mejor cuando se lo
explique. Aquí, sobre la Cama,
se coloca al condenado. Primero
le describiré el aparato, y
después lo pondré en
movimiento. Así podrá
entenderlo mejor. Además, uno de
los engranajes del Diseñador
está muy gastado; chirría mucho
cuando funciona, y apenas se
entiende lo que uno habla; por
desgracia, aquí es muy difícil
conseguir piezas de repuesto.
Bueno, ésta es la Cama, como
decíamos. Está totalmente
cubierta con una capa de algodón
en rama; pronto sabrá usted por
qué. Sobre este algodón se
coloca al condenado, boca abajo,
naturalmente desnudo; aquí hay
correas para sujetarle las manos,
aquí para los pies, y aquí para
el cuello. Aquí, en la cabecera
de la Cama (donde el individuo,
como ya le dije, es colocado
primeramente boca abajo), esta
pequeña mordaza de fieltro, que
puede ser fácilmente regulada de
modo que entre directamente en la
boca del hombre, tiene la
finalidad de impedir que grite o
se muerda la lengua.
Naturalmente, el hombre no puede
alejar la boca del fieltro,
porque si no la correa del cuello
le quebraría las vértebras.
-¿Esto es algodón?
-preguntó el explorador, y se
agachó.
-Sí, claro -dijo el oficial,
riendo-; tóquelo usted mismo.
Cogió la mano del explorador, y
se la hizo pasar por la Cama.
-Es un algodón especialmente
preparado, por eso resulta tan
irreconocible; ya le hablaré de
su finalidad.
El explorador
comenzaba a interesarse un poco
por el aparato; protegiéndose
los ojos con la mano, a causa del
sol, contempló el conjunto. Era
una construcción elevada. La
Cama y el Diseñador tenían
igual tamaño, y parecían dos
oscuros cajones de madera. El
Diseñador se elevaba unos dos
metros sobre la Cama; los dos
estaban unidos entre sí, en los
ángulos, por cuatro barras de
bronce, que casi resplandecían
al sol. Entre los cajones
oscilaba, sobre una cinta de
acero, la Rastra.
El oficial no había
advertido la anterior
indiferencia del explorador, pero
sí notó su interés naciente;
por lo tanto interrumpió las
explicaciones, para que su
interlocutor pudiera dedicarse
sin inconvenientes al examen de
los dispositivos. El condenado
imitó al explorador; como no
podía cubrirse los ojos con la
mano, miraba hacia arriba,
parpadeando.
-Entonces, aquí se
coloca al hombre -dijo el
explorador, echándose hacia
atrás en su silla, y cruzando
las piernas.
-Sí -dijo el
oficial, corriéndose la gorra un
poco hacia atrás y pasándose la
mano por el rostro acalorado-, y
ahora escuche. Tanto la Cama como
el Diseñador tienen baterías
eléctricas propias; la Cama la
requiere para sí, el Diseñador
para la Rastra. En cuanto el
hombre está bien asegurado con
las correas, la Cama es puesta en
movimiento. Oscila con vibradores
diminutos y muy rápidos, tanto
lateralmente como verticalmente.
Usted habrá visto aparatos
similares en los hospitales; pero
en nuestra Cama todos los
movimientos están exactamente
calculados; en efecto, deben
estar minuciosamente
sincronizados con los movimientos
de la Rastra. Sin embargo, la
verdadera ejecución de la
sentencia corresponde a la
Rastra.
-¿Cómo es la
sentencia? -preguntó el
explorador.
-¿Tampoco sabe eso?
-dijo el oficial, asombrado, y se
mordió los labios-. Perdóneme
si mis explicaciones son tal vez
un poco desordenadas: le ruego
realmente que me disculpe. En
otros tiempos, correspondía en
realidad al comandante dar las
explicaciones, pero el nuevo
comandante rehuye ese honroso
deber; de todos modos, el hecho
de que a una visita de semejante
importancia -y aquí el
explorador trató de restar
importancia al elogio, con un
ademán de las manos, pero el
oficial insistió-, a una visita
de semejante importancia ni
siquiera se la ponga en
conocimiento del carácter de
nuestras sentencias, constituye
también una insólita novedad,
que... -y con una maldición al
borde de los labios se contuvo y
prosiguió- ... yo no sabía
nada; la culpa no es mía. De
todos modos, yo soy la persona
más capacitada para explicar
nuestros procedimientos, ya que
tengo en mi poder -y se palmeó
el bolsillo superior- los
respectivos diseños preparados
por la propia mano de nuestro
antiguo comandante.
-¿Los diseños del
comandante mismo? -preguntó el
explorador-. ¿Reunía entonces
todas las cualidades? ¿Era
soldado, juez, constructor,
químico y dibujante?
-Efectivamente -dijo
el oficial, asintiendo con una
mirada impenetrable y lejana.
Luego se examinó
las manos; no le parecían
suficientemente limpias para
tocar los diseños; por lo tanto,
se dirigió hacia el balde y se
las lavó nuevamente. Luego sacó
un pequeño portafolio de cuero,
y dijo:
-Nuestra sentencia
no es aparentemente severa.
Consiste en escribir sobre el
cuerpo del condenado, mediante la
Rastra, la disposición que él
mismo ha violado. Por ejemplo,
las palabras inscritas sobre el
cuerpo de éste condenado -y el
oficial señaló al individuo-
serán: Honra a tus superiores.
El explorador miró
rápidamente al hombre; en el
momento en que el oficial lo
señalaba, estaba cabizbajo y
parecía prestar toda la
atención de que sus oídos eran
capaces, para tratar de entender
algo. Pero los movimientos de sus
labios gruesos y apretados
demostraban evidentemente que no
entendía nada. El explorador
hubiera querido formular diversas
preguntas, pero al ver al
individuo sólo inquirió:
-¿Conoce él su
sentencia?
-No -dijo el
oficial, tratando de proseguir
inmediatamente con sus
explicaciones, pero el explorador
lo interrumpió:
-¿No conoce su
sentencia?
-No -repitió el
oficial, callando un instante
como para permitir que el
explorador ampliara su pregunta-.
Sería inútil anunciársela. Ya
la sabrá en carne propia.
El explorador no
quería preguntar más; pero
sentía la mirada del condenado
fija en él, como inquiriéndole
si aprobaba el procedimiento
descrito. En consecuencia, aunque
se había repantingado en la
silla, volvió a inclinarse hacia
adelante y siguió preguntando:
-Pero, por lo menos,
¿sabe que ha sido condenado?
-Tampoco -dijo el
oficial, sonriendo como si
esperara que le hiciera otra
pregunta extraordinaria.
-No -dijo el
explorador, y se pasó la mano
por la frente-; entonces ¿el
individuo tampoco sabe cómo fue
conducida su defensa?
-No se le dio
ninguna oportunidad de defenderse
-dijo el oficial, y volvió la
mirada, como hablando consigo
mismo, para evitar al explorador
la vergüenza de oír una
explicación de cosas tan
evidentes.
-Pero debe de haber
tenido alguna oportunidad de
defenderse -insistió el
explorador, y se levantó de su
asiento.
El oficial
comprendió que corría el
peligro de ver demorada
indefinidamente la descripción
del aparato; por lo tanto, se
acercó al explorador, lo tomó
por el brazo, y señaló con la
mano al condenado, que al ver tan
evidentemente que toda la
atención se dirigía hacia él,
se puso en posición de firme,
mientras el soldado daba un
tirón a la cadena.
-Le explicaré cómo
se desarrolla el proceso -dijo el
oficial-. Yo he sido designado
juez de la colonia penitenciaria.
A pesar de mi juventud. Porque yo
era el consejero del antiguo
comandante en todas las
cuestiones penales, y además
conozco el aparato mejor que
nadie. Mi principio fundamental
es éste: la culpa es siempre
indudable. Tal vez otros juzgados
no siguen este principio
fundamental, pero son
multipersonales y, además,
dependen de otras cámaras
superiores. Este no es nuestro
caso, o por lo menos no lo era en
la época de nuestro antiguo
comandante. El nuevo ha
demostrado, sin embargo, cierto
deseo de inmiscuirse en mis
juicios; pero hasta ahora he
logrado mantenerlo a cierta
distancia y espero seguir
lográndolo. Usted desea que le
explique este caso particular; es
muy simple, como todos los
demás. Un capitán presentó
esta mañana la acusación de que
este individuo, que ha sido
designado criado suyo, y que
duerme frente a su puerta, se
había dormido durante la
guardia. En efecto, tiene la
obligación de levantarse al
sonar cada hora, y hacer la venia
ante la puerta del capitán. Como
se ve, no es una obligación
excesiva, y sí muy necesaria,
porque así se mantiene alerta en
sus funciones, tanto de centinela
como de criado. Anoche el
capitán quiso comprobar si su
criado cumplía con su deber.
Abrió la puerta exactamente a
las dos y lo encontró dormido en
el suelo. Cogió la fusta y le
cruzó la cara. En vez de
levantarse y suplicar perdón a
su superior por las piernas, lo
sacudió y exclamó: "Arroja
ese látigo, o te como
vivo". Estas son las
pruebas. El capitán vino a verme
hace una hora, tomé nota de su
declaración y dicté
inmediatamente la sentencia.
Luego hice encadenar al culpable.
Todo esto fue muy simple. Si
primeramente lo hubiera hecho
llamar y lo hubiera interrogado,
sólo habrían surgido
confusiones. Habría mentido, y
si yo hubiera querido
desmentirlo, habría reforzado
sus mentiras con nuevas mentiras,
y así sucesivamente. En cambio,
así lo tengo en mi poder, y no
se escapará. ¿Está todo
aclarado? Pero el tiempo pasa, ya
debería comenzar la ejecución y
todavía no terminé de
explicarle el aparato.
Obligó al
explorador a que se sentara
nuevamente, se acercó otra vez
al aparato y comenzó:
-Como usted ve, la
forma de la Rastra corresponde a
la forma del cuerpo humano; aquí
está la parte del torso; aquí
están las rastras para las
piernas. Para la cabeza, sólo
hay esta agujita. ¿Le resulta
claro?
Se inclinó
amistosamente ante el explorador
dispuesto a dar las más amplias
explicaciones.
El explorador, con
el ceño fruncido, consideró la
Rastra. La descripción de los
procedimientos judiciales no lo
había satisfecho. Constantemente
debía hacer un esfuerzo para no
olvidar que se trataba de una
colonia penitenciaria, que
requería medidas extraordinarias
de seguridad, y donde la
disciplina debía ser exagerada
hasta el extremo. Pero, por otra
parte, fundaba ciertas esperanzas
en el nuevo comandante, que
evidentemente proyectaba
introducir, aunque poco a poco,
un nuevo sistema de
procedimientos; procedimientos
que la estrecha mentalidad de
este oficial no podía
comprender. Estos pensamientos le
hicieron preguntar:
-¿El comandante
asistirá a la ejecución?
-No es seguro -dijo
el oficial, dolorosamente
impresionado por una pregunta tan
directa, mientras su expresión
amistosa se desvanecía-. Por eso
mismo debemos darnos prisa. En
consecuencia, aunque lo siento
muchísimo, me veré obligado a
simplificar mis explicaciones.
Pero mañana, cuando hayan
limpiado nuevamente el aparato
(su única falla consiste en que
se ensucia mucho), podré seguir
explayándome con más detalles.
Reduzcámonos entonces por ahora
a lo más indispensable. Una vez
que el hombre está acostado en
la Cama y ésta comienza a
vibrar, la Rastra desciende sobre
su cuerpo. Se regula
automáticamente, de modo que
apenas roza el cuerpo con la
punta de las agujas; en cuanto se
establece el contacto, la cinta
de acero se convierte
inmediatamente en una barra
rígida. Y entonces empieza la
función. Una persona que no
está al tanto no advierte
ninguna diferencia entre un
castigo y otro. La Rastra parece
trabajar uniformemente. Al
vibrar, rasga con la punta de las
agujas la superficie del cuerpo,
estremecido a su vez por la Cama.
Para permitir la observación del
desarrollo de la sentencia, la
Rastra ha sido construida de
vidrio. La fijación de las
agujas en el vidrio originó
algunas dificultades técnicas,
pero después de diversos
experimentos solucionamos el
problema. Le diré que no hemos
escatimado esfuerzos. Y ahora
cualquiera puede observar, a
través del vidrio, cómo va
tomando forma la inscripción
sobre el cuerpo. ¿No quiere
acercarse y ver las agujas?
El explorador se
levantó lentamente, se acercó y
se inclinó sobre la Rastra.
-Como usted ve -dijo
el oficial-, hay dos clases de
agujas, dispuestas de diferente
modo. Cada aguja larga va
acompañada por una más corta.
La larga se reduce a escribir, y
la corta arroja agua, para lavar
la sangre y mantener legible la
inscripción. La mezcla de agua y
sangre corre luego por pequeños
canalículos y finalmente
desemboca en este canal
principal, para verterse en el
hoyo, a través de un caño de
desagüe.
El oficial mostraba
con el dedo el camino exacto que
seguía la mezcla de agua y
sangre. Mientras él, para hacer
lo más gráfica posible la
imagen, formaba un cuenco con
ambas manos en la desembocadura
del caño de salida, el
explorador alzó la cabeza y
trató de volver a su asiento,
tanteando detrás de sí con la
mano. Vio entonces con horror que
también el condenado había
obedecido la invitación del
oficial para ver más de cerca la
disposición de la Rastra. Con la
cadena había arrastrado un poco
al soldado adormecido y ahora se
inclinaba sobre el vidrio. Se
veía cómo su mirada insegura
trataba de percibir lo que los
dos señores acababan de
observar, y cómo, faltándole la
explicación, no comprendía
nada. Se agachaba aquí y allá.
Sin cesar, su mirada recorría el
vidrio. El explorador trató de
alejarlo, porque lo que hacía
era probablemente punible. Pero
el oficial lo retuvo con una
mano, con la otra cogió del
parapeto un terrón y lo arrojó
al soldado. Este se sobresaltó,
abrió los ojos, comprobó el
atrevimiento del condenado, dejó
caer el rifle, hundió los
talones en el suelo, arrastró de
un tirón al condenado, que
inmediatamente cayó al suelo, y
luego se quedó mirando cómo se
debatía y hacia sonar las
cadenas.
-¡Póngalo de pie!
-gritó el oficial, porque
advirtió que el condenado
distraía demasiado al
explorador. En efecto, éste se
haba inclinado sobre la Rastra,
sin preocuparse mayormente por su
funcionamiento, y sólo quería
saber qué ocurría con el
condenado.
-¡Trátelo con
cuidado! -volvió a gritar el
oficial.
Luego corrió en
torno del aparato, cogió
personalmente al condenado bajo
las axilas y, aunque éste se
resbalaba constantemente, con la
ayuda del soldado lo puso de pie.
-Ya estoy al tanto
de todo -dijo el explorador,
cuando el oficial volvió a su
lado.
-Menos de lo más
importante -dijo éste,
tomándolo por un brazo y
señalando hacia lo alto-. Allá
arriba, en el Diseñador, está
el engranaje que pone en
movimiento la Rastra; dicho
engranaje es regulado de acuerdo
a la inscripción que corresponde
a la sentencia. Todavía utilizo
los diseños del antiguo
comandante. Aquí están -y sacó
algunas hojas del portafolio del
cuero-, pero por desgracia no
puedo dárselos para que los
examine; son mi más preciosa
posesión. Siéntese; yo se los
mostraré desde aquí, y usted
podrá ver todo perfectamente.
Mostró la primera
hoja. El explorador hubiera
querido hacer alguna observación
pertinente, pero sólo vio
líneas que se cruzaban repetida
y laberínticamente y que
cubrían en tal forma el papel
que apenas podían verse los
espacios en blanco que las
separaban.
-Lea -dijo el
oficial.
-No puedo -dijo el explorador.
-Sin embargo, está claro -dijo
el oficial.
-Es muy ingenioso -dijo el
explorador evasivamente-; pero no
puedo descifrarlo.
-Sí -dijo el
oficial, riendo y guardando
nuevamente el plano-, no es
justamente caligrafía para
escolares. Hay que estudiarlo
largamente. También usted
terminaría por entenderlo, estoy
seguro. Naturalmente, no puede
ser una inscripción simple; su
fin no es provocar directamente
la muerte, sino después de un
lapso de doce horas, término
medio; se calcula que el momento
crítico tiene lugar a la sexta
hora. Por lo tanto, muchos,
muchísimos adornos rodean la
verdadera inscripción; ésta
sólo ocupa una estrecha faja en
torno del cuerpo; el resto se
reserva a los embellecimientos.
¿Está ahora en condiciones de
apreciar la labor de la Rastra y
de todo el aparato? ¡Fíjese! -y
subió de un salto la escalera, e
hizo girar una rueda-.
¡Atención, hágase a un lado!
El conjunto comenzó
a funcionar. Si la rueda no
hubiera chirriado, habría sido
maravilloso. Como si el ruido de
la rueda lo hubiera sorprendido,
el oficial la amenazó con el
puño, luego abrió los brazos,
como disculpándose ante el
explorador, y descendió
rápidamente, para observar desde
abajo el funcionamiento del
aparato. Todavía había algo que
no andaba, y que sólo él
percibía; volvió a subir,
buscó algo con ambas manos en el
interior del Diseñador, se dejó
deslizar por una de las barras,
en vez de utilizar la escalera,
para bajar más rápidamente, y
exclamó con toda su voz en el
oído del explorador, para
hacerse oír en medio del
estrépito:
-¿Comprende el
funcionamiento? La Rastra
comienza a escribir; cuando
termina el primer borrador de la
inscripción en el dorso del
individuo, la capa de algodón
gira y hace girar el cuerpo
lentamente sobre un costado para
dar más lugar a la Rastra. Al
mismo tiempo, las partes ya
escritas se apoyan sobre el
algodón, que gracias a su
preparación especial contiene la
emisión de sangre y prepara la
superficie para seguir
profundizando la inscripción.
Luego, a medida que el cuerpo
sigue girando, estos dientes del
borde de la Rastra arrancan el
algodón de las heridas, lo
arrojan al hoyo, y la Rastra
puede proseguir su labor. Así
sigue inscribiendo, cada vez más
hondo, durante las doce horas.
Durante las primeras seis horas,
el condenado se mantiene casi tan
vivo como al principio, sólo
sufre dolores. Después de dos
horas, se le quita la mordaza de
fieltro, porque ya no tiene
fuerzas para gritar. Aquí, en
este recipiente calentado
eléctricamente, junto a la
cabecera de la Cama, se vierte
pulpa caliente de arroz, para que
el hombre se alimente, si así lo
desea, lamiéndola con la lengua.
Ninguno desdeña esta
oportunidad. No sé de ninguno, y
mi experiencia es vasta. Sólo
después de seis horas desaparece
todo deseo de comer. Generalmente
me arrodillo aquí, en ese
momento, y observo el fenómeno.
El hombre no traga casi nunca el
último bocado, sólo lo hace
girar en la boca, y lo escupe en
el hoyo. Entonces tengo que
agacharme, porque si no me
escupiría en la cara. ¡Qué
tranquilo se queda el hombre
después de la sexta hora! Hasta
el más estólido comienza a
comprender. La comprensión se
inicia en torno de los ojos.
Desde allí se expande. En ese
momento uno desearía colocarse
con él bajo la Rastra. Ya no
ocurre nada más; el hombre
comienza solamente a descifrar la
inscripción, estira los labios
hacia afuera, como si escuchara.
Usted ya ha visto que no es
fácil descifrar la inscripción
con los ojos; pero nuestro hombre
la descifra con sus heridas.
Realmente, cuesta mucho trabajo;
necesita seis horas por lo menos.
Pero ya la Rastra lo ha
atravesado completamente y lo
arroja en el hoyo, donde cae en
medio de la sangre y el agua y el
algodón. La sentencia se ha
cumplido, y nosotros, yo y el
soldado, lo enterramos.
El explorador había
inclinado el oído hacia el
oficial, y con las manos en los
bolsillos de la chaqueta,
contemplaba el funcionamiento de
la máquina. También el
condenado lo contemplaba, pero
sin comprender. Un poco agachado,
seguía el movimiento de las
agujas oscilantes; mientras tanto
el soldado, ante una señal del
oficial, le cortó con un
cuchillo la camisa y los
pantalones por la parte de
atrás, de modo que estos
últimos cayeron al suelo; el
individuo trató de retener las
ropas que se le caían, para
cubrir su desnudez, pero el
soldado lo alzó en el aire y
sacudiéndolo hizo caer los
últimos jirones de vestimenta.
El oficial detuvo la máquina, y
en medio del repentino silencio
el condenado fue colocado bajo la
Rastra. Le desataron las cadenas,
y en su lugar lo sujetaron con
las correas; en el primer
instante, esto pareció
significar casi un alivio para el
condenado. Luego hicieron
descender un poco más la Rastra,
porque era un hombre delgado.
Cuando las puntas lo rozaron, un
estremecimiento recorrió su
piel; mientras el soldado le
ligaba la mano derecha, el
condenado lanzó hacia afuera la
izquierda, sin saber hacia
dónde, pero en dirección del
explorador. El oficial observaba
constantemente a este último, de
reojo, como si quisiera leer en
su cara la impresión que le
causaba la ejecución que por lo
menos superficialmente acababa de
explicarle.
La correa destinada
a la mano izquierda se rompió;
probablemente, el soldado la
había estirado demasiado. El
oficial tuvo que intervenir, y el
soldado le mostró el trozo roto
de correa. Entonces el oficial se
le acercó y con el rostro vuelto
hacia el explorador dijo:
-Esta máquina es
muy compleja, a cada momento se
rompe o se descompone alguna
cosa; pero uno no debe permitir
que estas circunstancias influyan
en el juicio de conjunto. De
todos modos, las correas son
fácilmente sustituibles; usaré
una cadena; es claro que la
delicadeza de las vibraciones del
brazo derecho sufrirá un poco.
Y mientras sujetaba
la cadena, agregó:
-Los recursos
destinados a la conservación de
la máquina son ahora sumamente
reducidos. Cuando estaba el
antiguo comandante, yo tenía a
mí disposición una suma de
dinero con esa única finalidad.
Había aquí un depósito, donde
se guardaban piezas de repuesto
de todas clases. Confieso que he
sido bastante pródigo con ellas,
me refiero a antes, no ahora,
como insinúa el nuevo
comandante, para quien todo es un
motivo de ataque contra el
antiguo orden. Ahora se ha hecho
cargo personalmente del dinero
destinado a la máquina, y si le
mando pedir una nueva correa, me
pide, como prueba, la correa
rota; la nueva llega por lo menos
diez días después, y además es
de mala calidad, y no sirve de
mucho. Cómo puede funcionar
mientras tanto la máquina sin
correas, eso no le preocupa a
nadie.
El explorador
pensó: Siempre hay que
reflexionar un poco antes de
intervenir decisivamente en los
asuntos de los demás. Él no era
ni miembro de la colonia
penitenciaria, ni ciudadano del
país al que ésta pertenecía.
Si pretendía emitir juicios
sobre la ejecución o trataba
directamente de obstaculizarla,
podían decirle: "Eres un
extranjero, no te metas".
Ante esto no podía contestar
nada, sólo agregar que realmente
no comprendía su propia actitud,
ya que viajaba con la mera
intención de observar, y de
ningún modo pretendía modificar
los métodos judiciales de los
demás. Pero aquí se encontraba
con cosas que realmente lo
tentaban a quebrar su resolución
de no inmiscuirse. La injusticia
del procedimiento y la
inhumanidad de la ejecución eran
indudables. Nadie podía suponer
que el explorador tenía algún
interés personal en el asunto,
porque el condenado era para él
un desconocido, no era
compatriota suyo, y ni siquiera
era capaz de inspirar compasión.
El explorador había sido
recomendado por personas muy
importantes, había sido recibido
con gran cortesía, y el hecho de
que lo hubieran invitado a la
ejecución podía justamente
significar que se deseaba conocer
su opinión sobre el asunto. Esto
parecía bastante probable,
porque el comandante, como bien
claramente acababan de
expresarle, no era partidario de
esos procedimientos, y su actitud
ante el oficial era casi hostil.
En ese momento oyó
el explorador un grito airado del
oficial. Acababa de colocar, no
sin gran esfuerzo, la mordaza de
fieltro dentro de la boca del
condenado, cuando este último,
con una náusea irresistible,
cerró los ojos y vomitó.
Rápidamente el oficial le alzó
la cabeza, alejándola de la
mordaza y tratando de dirigirla
hacia el hoyo; pero era demasiado
tarde, y el vómito se derramó
sobre la máquina.
-¡Todo esto es
culpa del comandante! -gritó el
oficial, sacudiendo
insensatamente la barra de cobre
que tenía enfrente-. Me dejarán
la máquina más sucia que una
pocilga -y con manos temblorosas
mostró al explorador lo que
había ocurrido-. Durante horas
he tratado de hacerle comprender
al comandante que el condenado
debe ayunar un día entero antes
de la ejecución. Pero nuestra
nueva doctrina compasiva no lo
quiere así. Las señoras del
comandante visitan al condenado y
le atiborran la garganta de
dulces. Durante toda la vida se
alimentó con peces hediondos y
ahora necesita comer dulces. Pero
en fin, podríamos pasarlo por
alto, yo no protestaría, pero
¿por qué no quieren conseguirme
una nueva mordaza de fieltro, ya
que hace tres meses que la pido?
¿Quién podría meterse en la
boca, sin asco, una mordaza que
más de cien moribundos han
chupado y mordido?
El condenado había
dejado caer la cabeza y parecía
tranquillo; mientras tanto, el
soldado limpiaba la máquina con
la camisa del otro. El oficial se
dirigió hacia el explorador, que
tal vez por un presentimiento
retrocedió un paso, pero el
oficial lo cogió por la mano y
lo llevó aparte.
-Quisiera hablar
confidencialmente algunas
palabras con usted -dijo este
último-. ¿Me lo permite?
-Naturalmente -dijo
el explorador, y escuchó con la
mirada baja.
-Este procedimiento
judicial y este método de
castigo, que usted tiene ahora
oportunidad de admirar, no goza
actualmente en nuestra colonia de
ningún abierto partidario. Soy
su único sostenedor y, al mismo
tiempo, el único sostenedor de
la tradición del antiguo
comandante. Ya ni podría pensar
en la menor ampliación del
procedimiento y necesito emplear
todas mis fuerzas para mantenerlo
tal como es actualmente. En vida
de nuestro antiguo comandante la
colonia estaba llena de
partidarios; yo poseo en parte la
fuerza de convicción del antiguo
comandante, pero carezco
totalmente de su poder; en
consecuencia, los partidarios se
ocultan; todavía hay muchos,
pero ninguno lo confiesa. Si
usted entra hoy, que es día de
ejecución, en la confitería y
escucha las conversaciones, tal
vez sólo oiga frases de sentido
ambiguo. Esos son todos
partidarios; pero bajo el
comandante actual, y con sus
doctrinas actuales, no me sirven
absolutamente de nada. Y ahora le
pregunto: ¿le parece bien que
por culpa de este comandante y
sus señoras, que influyen sobre
él, semejante obra de toda una
vida -y señaló la maquinaria-
desaparezca? ¿Podemos
permitirlo? Aun cuando uno sea un
extranjero y sólo haya venido a
pasar un par de días en nuestra
isla. Pero no podemos perder
tiempo, porque también se
prepara algo contra mis funciones
judiciales; ya tienen lugar
conferencias en la oficina del
comandante, de las que me veo
excluido; hasta su visita de hoy,
señor, me parece formar parte de
un plan; por cobardía, lo
utilizan a usted, un extranjero,
como pantalla. ¡Qué diferencia
era en otros tiempos la
ejecución! Ya un día antes de
la ceremonia, el valle estaba
completamente lleno de gente;
todos venían sólo para ver; por
la mañana temprano aparecía el
comandante con sus señoras; las
fanfarrias despertaban a todo el
campamento; yo presentaba un
informe de que todo estaba
preparado; todo el estado mayor
-ningún alto oficial se atrevía
a faltar- se ubicaba en torno de
la máquina; este montón de
sillas de mimbre es un mísero
resto de aquellos tiempos. La
máquina resplandecía, recién
limpiada; antes de cada
ejecución me entregaban piezas
nuevas de repuesto. Ante cientos
de ojos -todos los asistentes en
puntas de pie, hasta en la cima
de esas colinas-, el condenado
era colocado por el mismo
comandante debajo de la Rastra.
Lo que hoy corresponde a un
simple soldado, era en esa época
tarea mía, tarea del juez
presidente del juzgado, y un gran
honor para mí. Y entonces
empezaba la ejecución. Ningún
ruido discordante afectaba el
funcionamiento de la máquina.
Muchos ya no miraban;
permanecían con los ojos
cerrados, en la arena; todos
sabían: ahora se hace justicia.
En ese silencio, sólo se oían
los suspiros del condenado,
apenas apagados por el fieltro.
Hoy la máquina ya no es capaz de
arrancar al condenado un suspiro
tan fuerte que el fieltro no
pueda apagarlo totalmente; pero
en ese entonces las agujas
inscritoras vertían un liquido
ácido, que hoy ya no nos
permiten emplear. ¡Y llegaba la
sexta hora! Era imposible
satisfacer todos los pedidos
formulados para contemplarla
desde cerca. El comandante, muy
sabiamente, había ordenado que
los niños tendrían preferencia
sobre todo el mundo; yo, por
supuesto, gracias a mi cargo,
tenía el privilegio de
permanecer junto a la máquina; a
menudo estaba en cuclillas, con
un niñito en cada brazo, a
derecha e izquierda. ¡Cómo
absorbíamos todos esa expresión
de transfiguración que aparecía
en el rostro martirizado, cómo
nos bañábamos las mejillas en
el resplandor de esa justicia,
por fin lograda y que tan pronto
desaparecería! ¡Qué tiempos,
camarada!
El oficial había
evidentemente olvidado quién era
su interlocutor, lo había
abrazado y apoyaba la cabeza
sobre su hombro. El explorador se
sentía grandemente
desconcertado; inquieto, miraba
hacia la lejanía. El soldado
había terminado su limpieza y
ahora vertía pulpa de arroz en
el recipiente. Apenas la
advirtió el condenado, que
parecía haberse mejorado
completamente, comenzó a lamer
la papilla con la lengua. El
soldado trataba de alejarlo,
porque la papilla era para más
tarde, pero de todos modos
también era incorrecto que el
soldado metiera en el recipiente
sus manos sucias y se dedicara a
comer ante el ávido condenado.
El oficial recobró
rápidamente el dominio de sí
mismo.
-No quise
emocionarlo -dijo-, ya sé que
actualmente es imposible dar una
idea de lo que eran esos tiempos.
De todos modos, la máquina
todavía funciona, y se basta a
sí misma. Se basta a sí misma,
aunque se encuentra muy solitaria
en este valle. Y al terminar, el
cadáver cae como antaño dentro
del hoyo, con un movimiento
incomprensiblemente suave, aunque
ya no se apiñan las muchedumbres
como moscas en torno de la
sepultura, como en otros tiempos.
Antaño teníamos que colocar una
sólida baranda en torno de la
sepultura, pero hace mucho que la
arrancamos.
El explorador
quería ocultar su rostro al
oficial y miraba en torno, al
azar. El oficial creía que
contemplaba la desolación del
valle; le cogió por lo tanto las
manos, se coloco frente a él,
para mirarlo en los ojos, y le
preguntó:
-¿Se da cuenta,
qué vergüenza?
Pero el explorador
calló. El oficial lo dejó un
momento entregado a sus
pensamientos; con las manos en
las caderas, las piernas
abiertas, permaneció callado,
cabizbajo. Luego sonrió
alentadoramente al explorador, y
dijo:
-Yo estaba ayer
cerca de usted, cuando el
comandante lo invitó. Oí la
invitación. Conozco al
comandante. Inmediatamente
comprendí el propósito de esta
invitación. Aunque su poder es
suficientemente grande para tomar
medidas contra mí, todavía no
se atreve, pero ciertamente tiene
la intención de oponerme el
veredicto de usted, el veredicto
del ilustre extranjero. Lo ha
calculado perfectamente: hace dos
días que usted está en la isla,
no conoció al antiguo
comandante, ni su manera de
pensar, está habituado a los
puntos de vista europeos, tal vez
se opone fundamentalmente a la
pena capital en general y a estos
tipos de castigo mecánico en
particular; además comprueba que
la ejecución tiene lugar sin
ningún apoyo popular,
tristemente, mediante una
máquina ya un poco arruinada;
considerando todo esto (así
piensa el comandante), ¿no
sería entonces muy probable que
desaprobara mis métodos? Y si
los desaprobara, no ocultaría su
desaprobación (hablo siempre en
nombre del comandante), porque
confía ampliamente en sus bien
probadas conclusiones. Es verdad
que usted ha visto las numerosas
peculiaridades de numerosos
pueblos, y ha aprendido a
apreciarlas, y por lo tanto es
probable que no se exprese con
excesivo rigor contra el
procedimiento, como lo haría en
su propio país. Pero el
comandante no necesita tanto. Una
palabra cualquiera, hasta una
observación un poco imprudente,
le bastaría. No hace siquiera
falta que esa observación
exprese su opinión, basta que
aparentemente corrobore la
intención del comandante. Que
él tratará de sonsacarlo con
preguntas astutas, de eso estoy
seguro. Y sus señoras estarán
sentadas en torno y alzarán las
orejas; tal vez usted diga:
"En mi país el
procedimiento judicial es
distinto" o "En mi
país se permite al acusado
defenderse antes de la
sentencia" o "En mi
país hay otros castigos, además
de la pena de muerte" o
"En mi país sólo existió
la tortura en la Edad
Media". Todas éstas son
observaciones correctas y que a
usted le parecen evidentes,
observaciones inocentes, que no
pretenden juzgar mis
procedimientos. Pero ¿como la
tomará el comandante? Ya lo veo
al buen comandante, veo cómo
aparta su silla y sale
rápidamente al balcón, veo a
sus señoras, que se precipitan
tras él como un torrente, oigo
su voz (las señoras la llaman
una voz de trueno) que dice:
"Un famoso investigador
europeo, enviado para estudiar el
procedimiento judicial en todos
los países del mundo, acaba de
decir que nuestra antigua manera
de administrar justicia es
inhumana. Después de oír el
juicio de semejante personalidad,
ya no me es posible seguir
permitiendo este procedimiento.
Por la tanto, ordeno que desde el
día de hoy..." y así
sucesivamente. Usted trata de
interrumpirlo para explicar que
no dijo lo que él pretende, que
no llamó nunca inhumano mi
procedimiento, que, en cambio, su
profunda experiencia le demuestra
que es el procedimiento más
humano y acorde con la dignidad
humana; que admira esta
maquinaria... pero ya es
demasiado tarde; usted no puede
asomarse al balcón, que está
lleno de damas; trata de llamar
la atención; trata de gritar;
pero una mano de señora le tapa
la boca..., y tanto yo como la
obra del antiguo comandante
estamos irremediablemente
perdidos.
El explorador tuvo
que contener una sonrisa; tan
fácil era entonces la tarea que
le había parecido tan difícil.
Dijo evasivamente:
-Usted exagera mi
influencia; el comandante leyó
mis cartas de recomendación y
sabe que no soy ningún entendido
en procedimientos judiciales. Si
yo expresara una opinión, sería
la opinión de un particular, en
nada más significativa que la
opinión de cualquier otra
persona, y en todo caso mucho
menos significativa que la
opinión del comandante, que,
según creo, posee en esta
colonia penitenciaria
prerrogativas extensísimas. Si
la opinión de él sobre este
procedimiento es tan hostil como
usted dice, entonces me temo que
haya llegado la hora decisiva
para el mismo, sin que se
requiera mi humilde ayuda.
¿Lo había
comprendido ya el oficial? No,
todavía no lo comprendía.
Meneó enfáticamente la cabeza,
volvió brevemente la mirada
hacia el condenado y el soldado,
que se alejaron por instinto del
arroz; se acercó bastante al
explorador, lo miró no en los
ojos, sino en algún sitio de la
chaqueta, y le dijo más despacio
que antes:
-Usted no conoce al
comandante; usted cree (perdone
la expresión) que es una especie
de extraño para él y para
nosotros; sin embargo, créame,
su influjo no podría ser
subestimado. Fue una verdadera
felicidad para mí saber que
usted asistiría solo a la
ejecución. Esa orden del
comandante debía perjudicarme,
pero yo sabré sacar ventaja de
ella. Sin distracciones
provocadas por falsos murmullos y
por miradas desdeñosas
(imposibles de evitar si una gran
multitud hubiera asistido a la
ejecución), usted ha oído mis
explicaciones, ha visto la
máquina y está ahora a punto de
contemplar la ejecución. Ya se
ha formado indudablemente un
juicio; si todavía no está
seguro de algún pequeño detalle
el desarrollo de la ejecución
disipará sus últimas dudas. Y
ahora elevo ante usted esta
súplica: Ayúdeme contra el
comandante.
El explorador no le
permitió proseguir.
-¡Cómo me pide
usted eso -exclamó-, es
totalmente imposible! No puedo
ayudarlo en lo más mínimo, así
como tampoco puedo perjudicarlo.
-Puede -dijo el
oficial; con cierto temor, el
explorador vio que el oficial
contraía los puños-. Puede
-repitió el oficial con más
insistencia todavía-. Tengo un
plan, que no fallará. Usted cree
que su influencia no es
suficiente. Yo sé que es
suficiente. Pero suponiendo que
usted tuviera razón, ¿no sería
de todos modos necesario tratar
de utilizar toda clase de
recursos, aunque dudemos de su
eficacia, con tal de conservar el
antiguo procedimiento? Por lo
tanto escuche usted mi plan. Ante
todo es necesario para su éxito
que hoy, cuando se encuentre
usted en la colonia, sea lo más
reticente posible en sus juicios
sobre el procedimiento. A menos
que le formulen una pregunta
directa, no debe decir una
palabra sobre el asunto; si lo
hace, que sea con frases breves y
ambiguas; debe dar a entender que
no le agrada discutir ese tema,
que ya está harto de él, que si
tuviera que decir algo
prorrumpiría francamente en
maldiciones. No le pido que
mienta; de ningún modo; sólo
debe contestar lacónicamente,
por ejemplo: "Sí, asistí a
la ejecución" o "Sí,
escuché todas las
explicaciones". Sólo eso,
nada más. En cuanto al fastidio
que usted pueda dar a entender,
tiene motivos suficientes, aunque
no sean tan evidentes para el
comandante. Naturalmente, éste
comprenderá todo mal y lo
interpretará a su manera. En eso
se basa justamente mi plan.
Mañana se realizará en la
oficina del comandante, presidida
por éste, una gran asamblea de
todos los altos oficiales
administrativos. El comandante,
por supuesto, ha logrado
convertir esas asambleas en un
espectáculo público. Hizo
construir una galería, que está
siempre llena de espectadores.
Estoy obligado a tomar parte en
las asambleas, pero me enferman
de asco. Ahora bien, pase lo que
pase, es seguro que a usted lo
invitarán; si se atiene hoy a mi
plan, la invitación se
convertirá en una insistente
súplica. Pero si por cualquier
motivo imprevisible no fuera
invitado, debe usted de todos
modos pedir que lo inviten; es
indudable que así lo harán. Por
lo tanto, mañana estará usted
sentado con las señoras en el
palco del comandante. Él mira a
menudo hacia arriba, para
asegurarse de su presencia.
Después de varias órdenes del
día, triviales y ridículas,
calculadas para impresionar al
auditorio -en su mayoría son
obras portuarias, ¡eternamente
obras portuarias!-, se pasa a
discutir nuestro procedimiento
judicial. Si eso no ocurre, o no
ocurre bastante pronto, por
desidia del comandante, me
encargaré yo de introducir el
tema. Me pondré de pie y
mencionaré que la ejecución de
hoy tuvo lugar. Muy breve, una
simple mención. Semejante
mención no es en realidad usual,
pero no importa. El comandante me
da las gracias, como siempre, con
una sonrisa amistosa, y ya sin
poder contenerse aprovecha la
excelente oportunidad.
"Acaban de anunciar -más o
menos así dirá- que ha tenido
lugar la ejecución. Sólo
quisiera agregar a este anuncio
que dicha ejecución ha sido
presenciada por el gran
investigador que como ustedes
saben honra extraordinariamente
nuestra colonia con su visita.
También nuestra asamblea de hoy
adquiere singular significado
gracias a su presencia. ¿No
convendría ahora preguntar a
este famoso investigador qué
juicio le merece nuestra forma
tradicional de administrar la
pena capital y el procedimiento
judicial que la precede?"
Naturalmente, aplauso general,
acuerdo unánime, y mío más que
de nadie. El comandante se
inclina ante usted y dice:
"Por lo tanto, le formulo en
nombre de todos dicha
pregunta". Y entonces usted
se adelanta hacia la baranda del
palco. Apoya las manos donde
todos pueden verlas, porque si no
se las cogerán las señoras y
jugarán con sus dedos. Y por fin
se escucharán sus palabras. No
sé cómo podré soportar la
tensión de la espera hasta ese
instante. En su discurso no debe
haber ninguna reticencia; diga la
verdad a pleno pulmón,
inclínese sobre el borde del
balcón, grite, sí, grite al
comandante su opinión, su
inconmovible opinión. Pero tal
vez no le guste a usted esto, no
corresponde a su carácter, o
quizá en su país uno se
comporta diferentemente en esas
ocasiones; bueno, está bien,
también así será
suficientemente eficaz, no hace
falta que se ponga de pie, diga
solamente un par de palabras,
susúrrelas, que sólo los
oficiales que están debajo de
usted las oigan, es suficiente,
no necesita mencionar siquiera la
falta de apoyo popular a la
ejecución, ni la rueda que
chirría, ni las correas rotas,
ni el nauseabundo fieltro, no, yo
me encargo de todo eso, y le
aseguro que si mi discurso no
obliga al comandante a abandonar
el salón, lo obligará a
arrodillarse y reconocer:
"Antiguo comandante, ante ti
me inclino". Este es mi
plan; ¿quiere ayudarme a
realizarlo? Pero, naturalmente,
usted quiere; aún más, debe
ayudarme.
El oficial cogió al
explorador por ambos brazos y lo
miró en los ojos, respirando
agitadamente. Había gritado con
tal fuerza las últimas frases,
que hasta el soldado y el
condenado se habían puesto a
escuchar; aunque no podían
entender nada, habían dejado de
comer y dirigían la mirada hacia
el explorador, masticando
todavía.
Desde el primer
momento el explorador no había
dudado de cuál debía ser su
respuesta. Durante su vida había
reunido demasiada experiencia
para dudar en este caso; era una
persona fundamentalmente honrada
y no conocía el temor. Sin
embargo, contemplando al soldado
y al condenado, vaciló un
instante. Por fin dijo lo que
debía decir:
-No.
El oficial parpadeó
varias veces, pero no desvió la
mirada.
-¿Desea usted una
explicación? -preguntó el
explorador.
El oficial asintió,
sin hablar.
-Desapruebo este
procedimiento -dijo entonces el
explorador-, aun desde antes que
usted me hiciera estas
confidencias (por supuesto que
bajo ninguna circunstancia
traicionaré la confianza que ha
puesto en mí); ya me había
preguntado si sería mi deber
intervenir y si mi intervención
tendría después de todo alguna
posibilidad de éxito. Pero
sabía perfectamente a quién
debía dirigirme en primera
instancia; naturalmente al
comandante. Usted lo ha hecho
más indudable aún, aunque
confieso que no sólo no ha
fortificado mi decisión, sino
que su honrada convicción ha
llegado a conmoverme mucho, por
más que no logre modificar mi
opinión.
El oficial callaba;
se volvió hacia la máquina, se
tomó de una de las barras de
bronce y contempló, un poco
echado hacia atrás, el
Diseñador, como para comprobar
que todo estaba en orden. El
soldado y el condenado parecían
haberse hecho amigos; el
condenado hacía señales al
soldado, aunque sus sólidas
ligaduras dificultaban
notablemente la operación; el
soldado se inclinó hacia él; el
condenado le susurró algo, y el
soldado asintió.
El explorador se
acercó al oficial y dijo:
-Todavía no sabe
usted lo que pienso hacer.
Comunicaré al comandante, en
efecto, lo que opino del
procedimiento, pero no en una
asamblea, sino en privado;
además, no me quedaré aquí lo
suficiente para asistir a ninguna
conferencia; mañana por la
mañana me voy o por lo menos me
embarco.
No parecía que el
oficial lo hubiera escuchado.
-Así que el
procedimiento no lo convence
-dijo éste para sí, y sonrió,
como un anciano que se ríe de la
insensatez de un niño y, a pesar
de la sonrisa, prosigue sus
propias meditaciones-. Entonces,
llegó el momento -dijo por fin,
y miró de pronto al explorador
con clara mirada, en la que se
veía cierto desafío, cierto
vago pedido de cooperación.
-¿Cuál momento?
-preguntó inquieto el
explorador, sin obtener
respuesta.
-Eres libre -dijo el
oficial al condenado, en su
idioma; el hombre no quería
creerlo-. Vamos, eres libre
-repitió el oficial.
Por primera vez, el
rostro del condenado parecía
realmente animarse. ¿Sería
verdad? ¿No sería un simple
capricho del oficial, que no
duraría ni un instante? ¿Tal
vez el explorador extranjero
había suplicado que lo
perdonaran? ¿Qué ocurría? Su
cara parecía formular estas
preguntas. Pero por poco tiempo.
Fuera lo que fuese, deseaba ante
todo sentirse realmente libre, y
comenzó a retorcerse en la
medida que la Rastra se lo
permitía.
-Me romperás las
correas -gritó el oficial-,
quédate quieto. Ya te
desataremos.
Y después de hacer
una señal al soldado, pusieron
manos a la obra. El condenado
sonreía sin hablar, para sí
mismo, volviendo la cabeza ora
hacia la izquierda, hacia el
oficial, ora hacia el soldado, a
la derecha; y tampoco olvidó al
explorador.
-Sácalo de allí
-ordenó el oficial al soldado.
A causa de la Rastra
esta operación exigía cierto
cuidado. Ya el condenado, por
culpa de su impaciencia, se habla
provocado una pequeña herida
desgarrante en la espalda.
Desde este momento
el oficial no le prestó la menor
atención. Se acercó al
explorador, volvió a sacar el
pequeño portafolio de cuero,
buscó en él un papel, encontró
por fin la hoja que buscaba y la
mostró al explorador.
-Lea esto -dijo.
-No puedo -dijo el
explorador -, ya le dije que no
puedo leer esos planos.
-Mírelo con más
atención, entonces -insistió el
oficial, y se acercó más al
explorador, para que leyeran
juntos.
Como tampoco esto
resultó de ninguna utilidad, el
oficial trató de ayudarlo,
siguiendo la inscripción con el
dedo meñique, a gran altura,
como si en ningún caso debiera
tocar el plano. El explorador
hizo un esfuerzo para mostrarse
amable con el oficial, por lo
menos en algo, pero sin éxito.
Entonces el oficial comenzó a
deletrear la inscripción y luego
la leyó entera.
-"Sé
justo", dice -explicó-;
ahora puede leerla.
El explorador se
agachó sobre el papel, que el
oficial, temiendo que lo tocara,
alejó un poco; el explorador no
dijo absolutamente nada, pero era
evidente que todavía no había
conseguido leer una letra.
-"Se
justo", dice -repitió el
oficial.
-Puede ser -dijo el
explorador-; estoy dispuesto a
creer que así es.
-Muy bien -dijo el
oficial, por lo menos en parte
satisfecho, y trepó la escalera
con el papel en la mano; con gran
cuidado lo colocó dentro del
Diseñador, y pareció cambiar
toda la disposición de los
engranajes; era una labor muy
difícil, seguramente había que
manejar rueditas muy diminutas; a
menudo la cabeza del oficial
desaparecía completamente dentro
del Diseñador, tanta exactitud
requería el montaje de los
engranajes.
Desde abajo, el
explorador contemplaba
incesantemente su labor, con el
cuello endurecido y los ojos
doloridos por el reflejo del sol
sobre el cielo. El soldado y el
condenado estaban ahora muy
ocupados. Con la punta de la
bayoneta, el soldado pescó del
fondo del hoyo la camisa y los
pantalones del condenado. La
camisa estaba espantosamente
sucia, y el condenado la lavó en
el balde de agua. Cuando se puso
la camisa y los pantalones, tanto
el soldado como el condenado se
rieron estrepitosamente, porque
las ropas estaban rasgadas por
detrás. Tal vez el condenado se
creía en la obligación de
entretener al soldado y con sus
ropas desgarradas giraba delante
de él; el soldado se había
puesto en cuclillas y a causa de
la risa se golpeaba las rodillas.
Pero trataban de contenerse por
respeto hacia los presentes.
Cuando el oficial
terminó arriba con su trabajo,
revisó nuevamente todos los
detalles de la maquinaria,
sonriendo, pero esta vez cerró
la tapa del Diseñador, que hasta
ahora había estado abierta;
descendió, miró el hoyo, luego
al condenado, advirtió
satisfecho que éste había
recuperado sus ropas, luego se
dirigió al balde, para lavarse
las manos; descubrió demasiado
tarde que estaba repugnantemente
sucio, se entristeció porque ya
no podía lavarse las manos,
finalmente las hundió en la
arena -este sustituto no le
agradaba mucho, pero tuvo que
conformarse-, luego se puso de
pie y comenzó a desabotonarse el
uniforme. Le cayeron entonces en
la mano dos pañuelos de mujer
que tenía metidos debajo del
cuello.
-Aquí tienes tus
pañuelos -dijo, y se los arrojó
al condenado.
Y explicó al
explorador:
-Regalo de las
señoras.
A pesar de la
evidente prisa con que se quitaba
la chaqueta del uniforme, para
luego desvestirse totalmente,
trataba cada prenda de vestir con
sumo cuidado; acarició
ligeramente con los dedos los
adornos plateados de su chaqueta
y colocó una borla en su lugar.
Este cuidado parecía, sin
embargo, innecesario, porque
apenas terminaba de acomodar una
prenda, inmediatamente, con una
especie de estremecimiento de
desagrado, la arrojaba dentro del
hoyo. Lo último que le quedó
fue su espadín y el cinturón
que lo sostenía. Sacó el
espadín de la vaina, lo rompió,
luego reunió todo, los trozos de
espada, la vaina y el cinturón,
y lo arrojó con tanta violencia
que los fragmentos resonaron al
caer en el fondo.
Ya estaba desnudo.
El explorador se mordió los
labios y no dijo nada. Sabía muy
bien lo que iba a ocurrir, pero
no tenía ningún derecho de
inmiscuirse. Si el procedimiento
judicial, que tanto significaba
para el oficial, estaba realmente
tan próximo a su desaparición
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