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Nota de Tapa
N° 84 / Junio 2011
Tiempos modernos:
Comunicación y destrucción
¿Me hablas a mí?
El hombre está de pie
frente al espejo. Gesticula, amenaza, insulta. De pronto el
silencio y el famoso interrogante: ¿Es a mí? ... Entonces,
¿a quién demonios le hablas si no es a mí? Aquí no hay nadie más
que yo, prosigue asombrado. Y sí, allí no hay nadie más: la
expresión es literal porque solo está él y ese replicar tácito
que adquiere identidad propia y que, por la misma ausencia,
violenta a su emisor. Aunque parezca lo contrario, el personaje
de Taxi Driver no ensaya frente al espejo una posible
reacción frente a la sociedad corrupta. No es exactamente
la ciudad miserable de afuera la que está allí, imaginada frente
a él, sino su desesperante desconexión a la que, de alguna
forma, habrá que ponerle fin. Travis se encuentra y se pierde en
esa devastación que lo impulsa a la masacre. Por eso irá
tras los monstruos que le devuelve el espejo y que, por ese
paulatino distanciarse de la razón, intuye forman parte de él
mismo. Más allá de la frase y la imagen retaceadas, no escuchada
ni vista por nosotros, todo queda abolido frente a esa pregunta
tan moderna, ¿es a mí? Recién allí, en su cuerpo
interceptado por su propia mirada, que se transforma en otra y
que concentra la multiplicidad de lo creado, y la obviedad de la
respuesta, todo se referirá a él, podrá por fin, por derecho
propio, intervenir frente a esa violencia esquizofrénica que le
dirige la palabra. A él, siempre a él. Aquí hay un hombre,
dice y así se convierte en un sujeto híper moderno, intercepción
de un mundo pasado, la guerra, los ideales, con la feroz
fragmentación presente, conexión pura, autoreferencial, cinta
que como la de Misión Imposible, y como cualquier
comunicación actual, se autodestruirá en apenas unos segundos.
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