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NOTA DE TAPA N° 54 - Junio 2008
Enemigos naturales

No fueron
fáciles estos últimos meses. Como si la naturaleza, el hombre y
el desatino se hubieran confabulado, tuvimos humo, producto de
una irresponsabilidad, cenizas de parte de un volcán furibundo y
un paro rural que amenazó con eternizarse. Pero el humo y las
cenizas pasaron y lo que al principio pareció una diferencia
entre sectores del campo y el gobierno, terminó convertido en un
conflicto que develó una multiplicidad de cuestiones que
excedieron largamente el perfil económico. Como esos animales de
presa listos para dar el zarpazo, salieron a escena la
intolerancia, la actitud discriminatoria, el insulto
descalificador, los viejos prejuicios. En este aspecto jugó un
rol muy discutido precisamente parte de la intelectualidad
argentina. Mientras que por un lado llamó a la formación de un
espacio político lúcido y plural, a la recuperación de la
palabra crítica, a la creación de nuevos lenguajes, por el otro,
planteó desde el mismo lenguaje antinomias que sonaban obsoletas
en cuanto a su inserción en los espacios de acción: ¿Hay una
oligarquía poderosa en el campo, capaz de enarbolar el poder
político? ¿De qué campo exactamente estamos hablando? ¿Es
coherente plantear el enfrentamiento de sectores históricamente
dominantes que quieren detener, destituir, alterar el orden
progresista a partir de un reclamo donde están incluidos grupos
vulnerables, a veces precarizados, digamos, pueblos enteros? ¿No
hubiera sido más prudente resignificar y contextualizar primero
algunos conceptos –oligarquía, hegemonía, dominación,
dependencia, conciencia reactiva, etc, -, en todos sus alcances,
no solamente en relación al campo, antes de definir enemigos y
decretar un clima destituyente (con todo lo que eso conlleva en
la imaginación colectiva)? ¿No hubiera sido más oportuno empezar
por estudiar, por ejemplo, en profundidad a ese campo, sus
complejidades y sus voces acalladas por políticas históricamente
centrales? O, más aún, ¿no hubiera sido preferible empezar
definiendo la geografía de la exclusión en la Argentina, no sólo
económica y social, sino también cultural y comunicacional?
Así también, el planteo de una oposición entre práctica política
comprometida con la historia, consciente de su lugar en el
mundo, y la supuesta desideologización de gran parte de los
actores intervinientes y de sus discursos, como estrategia de la
nueva derecha, no deja de ser llamativo. Llamativo es pensar que
un espacio crítico, para defender un pensamiento enraizado en la
historia, utilice a ésta como un componente inamovible y sobre
todo, como un retorno obligado. Una especie de fórmula mágica
que ayuda a detectar enemigos, avances reaccionarios y,
principalmente, a elaborar un discurso incapaz de leer los
cambios epocales. Pero lo que es mucho peor aún es que esa
historia de la que es deudora la práctica política, nuestra
historia, nunca ha sido una historia de tolerancia sino de
exterminio, de supresión sistemática del otro. Desde las
poblaciones autóctonas hasta los muertos y desaparecidos en el
último golpe de Estado siempre se encontró el feliz argumento
para sacar del medio al que molestaba o interfería en el proceso
hegemónico de turno (Sarmiento y Mitre dudaban de la humanidad
del indio; la represión a partir del 76 también vio enemigos
inhumanos en sus víctimas, lo que seguramente facilitó la
atrocidad y el genocidio). Tomar conciencia de esta historia y,
sobre todo, de esta práctica repetitiva, no es lo mismo que
aplicarla como un destino inexorable. No haber aprendido que el
sujeto histórico se construye con lo que hay, y no con la idea
de lo que tendría que haber, es tal vez lo más retrógrado del
pensamiento que se supone emancipador. Leer cualquier
manifestación de un sector de la población, estigmatizada de
entrada por su pasado y presente rural, como sutil estrategia de
la derecha para lograr sus fines, es clausurar perspectivas
antes que abrirlas. Ignorar que esas multitudes habitan un país
capitalista, y como tal, parte de ellas sufre las consecuencias,
y condenarlas por su condición de propietarias, no es más que
una hipocresía. Analizar la comunicación a través de una teoría
conspirativa massmediática, es no solo una simplificación sino
una falta de reflexión sobre las multiplicidad que se da
precisamente gracias a la técnica y a las nuevas tecnologías
comunicacionales. Diversidad, pluralidad, uso democrático sin
control alguno, posibilidades de acceso, acortamiento de la
brecha digital, etc, confabulan, por propia forma, contra
cualquier intento homogeneizador de las corporaciones. Para
construir un espacio crítico, abierto, plural, será
imprescindible interrogar al lenguaje, hacerle confesar su
facticidad, demoler los presupuestos y prejuicios heredados y
tomar a esa realidad sobre la que se quiere intervenir, realidad
del siglo XXI, como el principal objeto de su conocimiento.
Recién entonces ese lenguaje interrogado, desmontado y
contextualizado y ese conocimiento profundo constituirán la
posibilidad de una emancipación. Emancipación de los peligros
conocidos pero también de los otros. De los que se camuflan
detrás de las bellas intenciones, de los discursos exiliados de
la realidad y de las fórmulas mágicas y que por lo general, la
historia lo dice, siempre nos condujeron a la catástrofe.
9 de junio de 2008
NOTA:
El presente artículo forma parte del número 2 del periódico
Morticia
(Sección La Quinta Columna), que
saldrá a fines de junio
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