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NOTA DE TAPA N° 62 /
MAYO - JUNIO 2009
PARAGUAY, LUGO Y LAS MALDITAS REPETICIONES
Mezcla de diosa y pantera

La Guerra de la Triple Alianza liquidó a la población masculina
adulta del Paraguay. Liquidar al enemigo no es vencerlo
simplemente. Implica que ese enemigo es tan peligroso que la
única opción es borrarlo de la faz de la tierra por temor a
posibles resurrecciones. Es lo que intentaron hacer los nazis
con los judíos y es lo que hace cualquier medicina con aquellas
pestes peligrosas para el planeta. En el fondo de estas
limpiezas, genocidas o profilácticas, siempre anida el miedo del
débil frente a algo al que se considera superior. El ejército
paraguayo era, sin dudas, temible. No sólo porque estaba
adiestrado y armado hasta los dientes con alta tecnología sino
porque estaba en casa. Y esa casa, geografía inhóspita muchas
veces para el extraño, funcionaba como eficaz aliada. Al lado
iban las mujeres, enterrando hijos, maridos, amantes, hermanos;
iban al lado porque la guerra no suele ser asunto de mujeres. Y
tal vez eso sea cierto: cuando se tiene la capacidad de
engendrar vida resulta mucho más difícil terminar con ella,
menos intentar borrarla de la faz de la tierra. El cuerpo de la
mujer fue el último territorio que debía ser conquistado para
que la destrucción fuera total: violada, humillada, ultrajada,
comerciada y hambrienta, la población femenina deambuló para
sobrevivir entre el trabajo agrícola, la prostitución y los
casamientos por conveniencia con el enemigo. La tarea que se
cargaron al hombro estas mujeres de la pos guerra, sin embargo,
era conocida: al fin y al cabo, sólo se trataba de dar vida,
como un parto entre los escombros. Esta refundación con
connotaciones oscuras, muchas veces prostibularia, de alguna
manera quedó como impronta en las mujeres campesinas del
Paraguay. Embrutecidas por el trabajo agobiante de la tierra,
soportes de la casa, cargadas de hijos, con gobernantes
todopoderosos, replicantes de héroes pasados, suelen ser
atravesadas por los diferentes estamentos del poder, desde los
patrones y sus hijos, el comisario del pueblo, el puntero
político hasta todo aquél que represente una forma de salvación
de ese presente condenado que se repite siempre igual a sí
mismo. En este contexto de atropellos silenciosos y silenciados,
en un interior empobrecidísimo y sucesivamente olvidado por los
gobiernos de turno, es que se inserta la múltiple paternidad del
Presidente Lugo. El mecanismo que se repite sin
cuestionamientos, trivializado y naturalizado como si fuera el
destino inexorable de toda mujer pobre y campesina, incluso en
un hombre que promueve el cambio cultural como Lugo, pareciera
indicar que es más fácil derrocar una tiranía o un mal gobierno
que destruir sus bases culturales. Mientras pervivan estas
estructuras colonizadoras, sólidamente enraizadas en las mentes,
en las costumbres, en los hábitos de todo pueblo, el cambio será
apenas un slogan electoral, un simulacro para conseguir que todo
siga exactamente igual.
Zenda Liendivit /
Junio
2009
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