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Nota de Tapa N° 44 / Junio 2007
Furia, temor y temblor
Hay dos movimientos que caracterizan a las grandes ciudades modernas y que por ser opuestos no dejan de ser complementarios. Uno de ellos es el deseo de las alturas; el otro, la expansión horizontal. Kuala Lumpur o Los Ángeles, o se vive cerca del cielo o en fragmentos terrestres unidos por autopistas. En ambos casos, la instancia comunitaria y espontánea del nivel cero es prácticamente nula. La calle pierde su dimensión social y se convierte exclusivamente en arteria funcional. Lo que entra en crisis, en realidad, es el acceso al otro sin un determinado salvoconducto, una especie de contraseña de complicidad que no es factible determinar en medio de las masas. Pertenecer a la centralidad de una ciudad implica estar menos accesible, retacear el cuerpo a los otros. La aristocracia espacial de lo privado entra en colisión con la vulgaridad democrática del espacio callejero. Touraine afirma que para vivir en Nueva York es preciso o ser muy rico o muy pobre. En Los Ángeles, en cambio, estos últimos son espacialmente imposibles. En Buenos Aires todavía se puede ser cualquier cosa. Rodeada en la mayor parte de su perímetro por los anillos más poblados y pobres de la Argentina, se erige por propia geografía en un productor de diferencias cuyas brechas, crecimiento económico y migraciones mediante, se profundizan a pasos acelerados. Se construyen barrios, edificios o urbanizaciones que tanto más jerarquizados serán cuanto menos posibilidades de acceso posean. Pierde valor justamente todo aquello que tenga un carácter público porque se rechaza a ese usuario potencial. Que por lo general es inmigrante o pobre. Así, la calle, la plaza, la educación, al cultura o la salud si son accesibles a todos, inmediatamente se convierten en espacios privados de posibilidades redituables. Frecuentarlos es correr el riesgo de quedar atrapados en ellos y no poder salir jamás. Se refuerzan entonces los circuitos de la exclusividad, del salvoconducto, del retaceo, de la accesibilidad restringida y se demoniza, como un conjuro, toda la dimensión emancipadora del azar, del encuentro no planificado, del imprevisto y del contacto con la diferencia. Se persiguen las garantías de todo lo que está privado de comunicación con los otros, los que no me reflejan, y de todo aquello rigurosamente fragmentado. Como reacción, el debilitado espacio público se transforma en generador de pasiones que salen a la superficie cuando, justamente, deja de funcionar. Estallan la ira, el temor y el temblor, nos quedamos atrapados afuera, imposibilitados de volver al refugio. Como en tiempos de guerra. Y lo peor es que no sabemos si el que está a lado es enemigo o aliado. Más allá de los resultados electorales.
Junio 2007

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