
The owners /
Grosz (1920)
"Este
verano, las rosas son
azules; el bosque de
cristal. La tierra
envuelta en verdor me
causa tan poca impresión
como un fantasma.
Vivir y dejar de vivir
son soluciones
imaginarias.
La existencia está
en otra parte."
MANIFIESTO
DEL
SURREALISMO (1924)
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Nota de tapa
18 / Año III / Junio -
Julio 2004 La
educación y la cultura
en Argentina
El
pensamiento de afuera
La unión del arte con la
vida fue uno de los
propósitos fundacionales
de las vanguardias
estéticas de principios
del siglo XX. Una mirada
transversal, lanzada
desde el desgarro, la
violencia, el sueño o la
extrema racionalidad, que
tenía como objetivos la
ruptura de los límites y
el estallido del mundo en
múltiples recorridos.
Había que arrancar al
saber de sus parcelas, al
color de las formas
impuestas y al hombre de
la tranquilidad de sus
convenciones. Había que
desequilibrar, molestar y
provocar para recuperar
las alicaídas
experiencias vitales.
Extremas, conscientes
seguramente de su propia
fugacidad, intuyeron sin
embargo que ese mundo ya
había echado bases
demasiado sólidas que no
harían más que
perfeccionarse con el
tiempo. El actual
panorama educativo y
cultural de la Argentina
es desalentador. Una
enseñanza pública que,
a fuerza de mediocridad,
favorece en todos los
niveles el gran negocio
de la enseñanza privada;
planes de estudio
obsoletos y siempre
pendientes de los
sistemas centrales;
magros presupuestos
educativos, concursos
postergados al infinito y
connivencias varias entre
institutos de
investigación, cátedras
y fundaciones;
intelectuales y artistas
formados y legitimados
por el mercado y los
medios de comunicación
(un circuito que se
alimenta solo y que
produce de manera
simultánea sus
mercancías y sus
consumidores); centros
culturales transformados
en institutos de
capacitación técnica,
orientados a un público
tan desesperado como
desocupado, son sólo
algunas de las
características de un
proceso que se agrava con
el tiempo y a pasos
acelerados. Lejos de la
presunta falta de
interés en el área por
parte del gobierno de
turno o de cuestiones
económicas, habría que
reflexionar sobre las
razones de este
sistemático
empobrecimiento. La
posesión del saber
constituye un espacio de
poder que crece de manera
inversamente proporcional
a sus posibilidades de
acceso -un acceso no
tanto a los contenidos
sino a sus formas y modos
de acción. Interrogar a
las normas establecidas y
canonizadas que rigen
nuestras academias,
preguntarnos sobre sus
modos de control y de
legitimación, sobre las
prohibiciones y
exclusiones que ellas
legislan, preguntarnos
qué efectos producen en
países periféricos como
el nuestro, es el primer
paso para repensarnos
como sujetos capaces de
elaborar nuestras propias
formas de conocimiento. Y
no hay nada más
peligroso e incómodo
para los sistemas
instituidos que esta
práctica reflexiva se
expanda, se vuelva
contagiosa y que al
ramificarse se torne
incontrolable (de allí
el afán de los
grupúsculos y círculos
intelectuales en
estrechar sus filas y
considerar al otro
siempre como un enemigo;
de ahí también que la
renovación del
pensamiento sea escasa y
siempre estén dando
vueltas los mismos
nombres en puestos
intercambiables). Al fin
y al cabo, pensar con los
mecanismos, las normas y
los intereses del centro
cuando se está en el
margen es la mejor
garantía de perpetuar la
dependencia y la
exclusión, de fortificar
la hegemonía en todo los
ordenes, no solamente
cultural, y de mantener a
un pueblo en la estupidez
de la repetición. Habrá
entonces que recrear el
espíritu de las
vanguardias, habrá que
empezar la tarea de
demolición para sacarnos
de encima los pesados
bloques que obstruyen la
vida y embotan los
sentidos. Habrá que
repensar la historia,
refrescar la memoria,
sumergirse en las
bellísimas
"contaminaciones"
de las otras formas del
saber, en el arte no
redituable, en las
poéticas de aquellos
creadores y críticos de
la realidad, en la
cultura no canonizada, en
los desvíos y quiebres
de los grandes caminos
normalizadores. Al fin de
cuentas, la vida está
allí, de ese lado.
Redacción
de Contratiempo
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