La comparación de gestos del
kirchnerismo con el stronismo no solo es desafortunada sino
hasta imprudente. Stroessner, el supremo dictador del Paraguay
del Siglo XX, amaba inaugurar toda escuela, hospital o camino
que se fundara en el interior del país, palmotear a los
campesinos (los que no conformaran Ligas Agrarias, claro está)
y mostrarse como un hombre de campo, sencillo, como ese pueblo
al que había decidido rescatar del peligro de “la subversión
apátrida y sanguinaria del comunismo y sus aliados”. La
liturgia de autopromoción era interminable como su propio
mandato, y tan claustrofóbica como el mismo. En junio de
1974 ordenó la formación de dos cordones de alumnos que
unieran el Aeropuerto Pte. Stroessner (hoy Silvio Pettirossi),
ubicado en las afueras de la capital, con la Casa de Gobierno,
en pleno centro de Asunción, para despedir a su amigo el
General Perón, que al parecer fue a Paraguay a empezar a
morirse. Dos hileras infinitas de guardapolvos blancos que
simbolizaban, más que un progreso cifrado en el horizonte de
claustros abiertos y posibilidades igualitarias, la voluntad
de una permanencia eterna, ese estilo que, parafraseando a
Borges, comparten tanto el deseo como los poderes
totalitarios. Claro que Stroessner elegía a dedo, pero a dedo
también mandaba encarcelar, torturar, matar y exiliar a
cualquier opositor molesto que se le cruzaba (o creía que lo
hacía) en el camino. Los altísimos niveles de corrupción
económica vividos durante la dictadura, renovable cada cinco
años como para cumplir con las formas democráticas y quedar
presentable frente al resto del mundo, iban de la mano de la
altísima corrupción moral. El reino de Stroessner estaba
fundado en el miedo y el secreto, en la sospecha, la
conspiración y la delación, en el crimen imperceptible de
sentirse siempre en deuda y siempre en falta frente a un poder
tan omnipresente como muchas veces, intangible. Todo el
Paraguay funcionaba como una gigantesca cadena nacional, a
través de la cual se moldeaban conciencias en estado de feliz
brutalidad a fin de que el sometimiento se transformara, a
fuerza de sangre y pedagogía, en una verdad establecida. Al
fin y al cabo, Stroessner se sentía inmortal y esta
inmortalidad no estaba cifrada en una temporalidad corporal.
Tal vez la herencia más pesada del stronismo, junto con los
masacrados y desaparecidos, sean precisamente esas estructuras
sólidamente asentadas en la conciencia del pueblo, una
naturalización de la corrupción en todos los órdenes de la
vida y elevada a la categoría de status y prestigio social.
Una forma de vida instalada en el designio trágico del que no
se podía escapar y en el que había que adoptar los valores de
los verdugos no solo como forma de supervivencia sino como
superación moral, personal y colectiva. Si Stroessner
necesitaba a esos esclavos para visibilizar su condición de
amo y señor del gran feudo que era Paraguay, esos esclavos
terminaron por convencerse, con la supresión de generaciones
de intelectuales mediante, de su rol de pueblo sometido a una
voluntad superior, sin posibilidad alguna de transvalorarse y
convertirse, él mismo, en material necesario y actor principal
de la historia.