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NOTA DE TAPA
N° 86 / JULIO-AGOSTO 2011
ELECCIONES
CAPITAL 2011
El
malestar de las capitales

La vida
urbana, y sobre todo, la de las grandes metrópolis, es
impredecible. El desconcierto tras las últimas elecciones por
una Buenos Aires supuestamente derechizada es un ejemplo. La
capital no es de derecha. No por lo menos en la acepción
clásica. La capital es imprevista porque está acostumbrada a que
ésa sea su forma de vida. Vivir en la metrópolis implica un gran
esfuerzo para la mayoría de sus habitantes. Acceder a ella es
rondar las posibilidades de realización plena, física, mental y
espiritual, pero también, la locura y la pesadilla. Es un
privilegio y un sacrificio, una forma de destino y una
fatalidad, un riguroso training físico pero también anímico.
Violencia, tráfico, vértigo, proliferación de estímulos, de
información, hartazgo , repetición, novedades obsoletas y
competencias feroces, configuran de alguna forma las
subjetividades metropolitanas. El porteño no vota por los
baches, la basura o por las extensiones del metro, ni siquiera
por la educación o la salud. No en forma tan directa, por lo
menos. Bien lejos de la comodidad de los mullidos sillones de
los entretejidos políticos partidarios, el ciudadano vota como
puede, decide con lo que encuentra a mano, es decir, con el
capital intelectual que pudo cosechar en el camino. Hace pesar
su propia ubicación privilegiada dentro de la totalidad del
territorio, conjuga su bienestar o malestar con sus ideas, o
ideologías, y con aquella vertiginosidad diaria. Es inestable
como la propia superficie donde se mueve, se transforma y se
muere. En este contexto, si la vida política no se
circunscribiera al reducto del partido político y bajara a todos
los estamentos, como en otras épocas; si se plantearan
alternativas de intercambio, discusión, debate, en forma
constante, digamos como un modo de vida; si los propios espacios
de pensamiento instituidos y legitimados se mantuvieran donde
tienen que estar, es decir, al margen de adhesiones y
domesticidades perjudiciales; si, en resumidas cuentas, hubiera
una política cultural abierta y destinada a la formación de
conciencias críticas, tal vez habría menos sorpresas. Pensar es
una tarea, formar hombres intelectualmente libres es parte de
una pedagogía que no se construye de la noche a la mañana. Y
menos con slogans en vísperas de elecciones.
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