/
|
NOTA DE TAPA N° 56 / JULIO-AGOSTO
2008
Política, Educación y Conflicto rural
Análisis funcional de una cultura dependiente
Uno
de los principales problemas que enfrenta actualmente la
Argentina es educacional. Desde infraestructuras precarias, o
inexistentes, planes de estudios desactualizados, clientelismos
académicos, pasando por reclamos gremiales y presupuestarios, el
sector vive una situación de postergación que se agrava de
acuerdo al contexto y la ubicación geográfica. Nada nuevo:
cuanto más alejada de los grandes centros urbanos, la oferta
educativa se empobrece hasta caer muchas veces en el mero
asistencialismo. El descuido de la educación por parte del
Estado trae consecuencias graves para el destino de un pueblo.
En primer lugar, discrimina las posibilidades de acceso laboral
de acuerdo a la situación económica, fijando en la estructura de
la precariedad a aquellos sectores postergados. Esta
fragmentación, en principio, no es exclusivamente geográfica
sino que recorre la frontera que divide lo público de lo
privado. Es una práctica habitual que familias de los cordones
más carenciados del conurbano crucen la General Paz para
inscribir a sus hijos en escuelas capitalinas. Es frecuente
también que familias mejor posicionadas, de la capital y de
localidades de la provincia de Buenos Aires, ni siquiera
consideren la posibilidad de enviar a sus hijos a la escuela
pública y opten, y queden en manos, por empresas privadas. La
educación deficiente alienta la deserción temprana y, lo que es
peor aún, consolida cierto estado de mediocridad que se
naturaliza, o se legitima, dando lugar a los nuevos analfabetos,
poseedores de una formación ineficiente que no encuentra cabida
alguna en la sociedad real, que son recirculados en la cadena de
la informalidad y la autoexclusión. Pero la mala formación
educativa puede llegar a ser peor que la ausencia de ella.
Actúa, a fuerza de achatamiento y repetición, sobre la
inquietud, la curiosidad y el espíritu creativo, sumiendo a sus
educandos en el letargo, la resignación y, sobre todo,
atrofiando la capacidad propia para elaborar una conciencia
crítica. La educación y la cultura, cuando están vaciadas de
prácticas y contenidos reflexivos, fertilizan el terreno para el
crecimiento de todo tipo de autoritarismos porque incorporan
tempranamente el mecanismo de la aceptación ciega a un orden
establecido e incuestionable. La voz de la verdad siempre está
desplazada en el otro, que ocupa la posición jerárquica, sea el
maestro, la directora o el libro de texto. Sea que ese libro
hable del teorema de Pitágoras o de la revolución de Mayo, de la
germinación del poroto o de la lucha de clases. Una cultura y
una educación empobrecidas tienen sus correlatos en los otros
órdenes de la vida, los que a su vez las alimentan. Es decir,
son productivas y reproductoras de espacios que garanticen
recíprocamente la supervivencia de unos y otros (una determinada
literatura, ciertas formas de ocio, espectáculos, costumbres,
modos de
habitabilidad,
etc.). Para educar a un pueblo en esta conciencia autoexcluida
es necesario, como diría Martínez Estrada, educadores formados
para tal fin. No puede existir una “mala” educación sin “malos”
educadores y aquí es donde las condiciones económicas, o las
justificaciones económicas, ya resultan insuficientes (esto es,
una institución académica empobrecida no necesariamente tiene
bajo presupuesto o instalaciones precarias, no necesariamente se
radica en áreas pobres, no necesariamente es pública). Así
también, la cultura y la educación definen en última instancia
las formas y las condiciones en que se actuará sobre la
realidad. La toma de posición por parte de la ciudadanía frente
a un conflicto nacional, por ejemplo el mantenido por el
gobierno con el campo, no radica en dilucidar quién tiene razón
o en emitir una opinión especializada (los temas específicos
escapan al conocimiento común). Apunta, en cambio, a definir en
qué medida y de qué formas se sustentan los puntos de vista
respectivos, qué valoraciones se ponen en juego, qué prioridades
se defienden, desde dónde se habla, cómo se articula el problema
con el resto de la realidad, qué correspondencias se leen entre
discursos y acciones anteriores, qué consecuencias acarrearán
las acciones futuras y hasta con qué lenguaje comunican y son
comunicados las ideas, los argumentos y
aquellas
acciones. Así, el planteo por parte de un sector de un problema
económico en términos bélicos, no solamente no podrá tener otros
protagonistas que guerreros, vencedores, derrotados, héroes y
traidores, sino que creará una seria incomunicación con los que
no posean esa lectura (los que, previsiblemente, no hablarán de
derrotas sino de resolución de un problema). La división que
generó el conflicto agrario en la ciudadanía fue más que nada, o
mejor dicho, antes que nada, cultural. Puso en escena la
profundidad de la brecha existente entre dos prácticas políticas
que, de alguna manera, tuvieron su correspondencia en diferentes
formaciones educativas y culturales. La opción por el diálogo,
el repudio a las formas que violentan valores considerados
fundamentales, independientemente de quien las genere, el deseo
masivo de leer la realidad y de escribir la historia con formas
nuevas, se enfrentaron a cierta obediencia disciplinada, y
disciplinaria, a un ideal superior, desplazado del contexto
inmediato y del tiempo, sustentado por un conjunto de argumentos
que fueron desde la interpretación de la historia, la lucha de
clases, la defensa del proyecto político en riesgo y el recurso
del miedo a través de amenazas latentes de retornos y
repeticiones de negros momentos de esa historia. Educandos
empobrecidos, tanto material como culturalmente, y educadores
funcionales y esclarecidos
confluyeron en una previsible comunión, listos para librar un
combate, una guerra donde todo quedaba justificado (amenazas,
descalificaciones, matonismos, corrupciones parlamentarias,
etc.) frente al papel histórico para el que habían sido llamados
y al temible enemigo que debía ser derrotado. Un enemigo que,
por lo visto, más que atentar contra el orden constitucional, lo
que buscaba era desestabilizar un orden cultural que se sustenta
en acciones y reacciones establecidas, acatadas y alejadas de
todo pensamiento crítico. Una desestabilización llevada a cabo a
través de la conciencia reflexiva que se afirmó en una rotunda y
feliz voluntad de decir no.
Buenos Aires, 24 de julio de
2008
Volver a Notas de tapa
|
|