JAMES JOYCE
Arabia
Del libro Dublineses, James Joyce
(Editorial Losada, Buenos Aires
2005)La calle North
Richmond, por ser un callejón
sin salida, era una calle
tranquila excepto a la hora en
que la Escuela de los Hermanos
Cristianos liberaba a sus
alumnos. Una casa deshabitada de
dos pisos situada al fondo del
callejón se destacaba de sus
vecinas en un patio cuadrado. Las
otras casas de la calle,
mostrando las vidas decentes de
su interior, miraban unas a las
otras con sus rostros
imperturbables.
El antiguo
propietario de la casa, un
sacerdote, había muerto en la
sala de estar trasera. El aire,
polvoriento por haber estado
encerrado tanto tiempo, colgaba
en todos los cuartos, y el amplio
salón detrás de la cocina
estaba repleto de viejos e
inútiles papeles. Entre éstos
hallé unos pocos libros con
cubierta de papel, cuyas páginas
se hallaban dobladas y rotas: El
abad, de Sir Walter Scott; La
Devota comunicante y Las
memorias de Vidocq. Me
gustaba más este último porque
sus hojas estaban amarillentas.
El descuidado jardín de detrás
de la casa contenía en el centro
un manzano y unos pocos arbustos
espinosos, bajo uno de los cuales
encontré una bomba de bicicleta
oxidada, perteneciente al último
propietario. Había sido un
sacerdote muy caritativo: en su
testamento había dejado todo su
dinero a instituciones y los
muebles de la casa a su hermana.
Cuando llegaron los
cortos días de invierno,
oscurecía antes de que
hubiéramos siquiera terminado
nuestra colación. Al reunirnos
en la calle, las casas ya estaban
en sombras. El espacio del cielo
sobre nosotros estaba de un
siempre cambiante color violeta y
contra éste se recortaban las
débiles linternas de las
lámparas de la calle. El aire
frío nos atería y jugábamos
hasta que nuestros cuerpos
empezaban a brillar. Nuestros
gritos resonaban en la calle
silenciosa. El transcurso de
nuestro juego nos llevaba a
través de los pantanosos y
oscuros terrenos detrás de las
casas, donde pasábamos por las
baquetas de las rudas tribus a
las cabañas, de las puertas
traseras de los oscuros jardines
húmedos donde se olía el aroma
de los cenizales a los oscuros y
olorosos establos donde un
cochero peinaba y alisaba el pelo
de su caballo o sacaba música de
arneses y estribos. Cuando
volvíamos a la calle, la luz de
las ventanas de las cocinas
había llenado el lugar. Si
veíamos a mi tío dando vuelta
la esquina, nos escondíamos en
la oscuridad hasta que se metía
a salvo en la casa. O si la
hermana de Mangan salía a la
puerta para llamar a su hermano
para el té, la mirábamos desde
nuestro escondite en las sombras
aquí y allá en la calle. Nos
quedábamos a ver si esperaría o
se iría y, si se quedaba,
dejábamos las sombras y
caminábamos hasta lo de Mangan
con paso resignado. Ella nos
estaba esperando, con su figura
dibujada por la luz que provenía
de la puerta entreabierta. Su
hermano siempre se burlaba de
ella antes de obedecerla y yo
permanecía junto a la verja
mirándola. Su vestido bailaba
cuando movía su cuerpo y el
hilado suave de su cabello se
deslizaba de un lado a otro.
Cada mañana me
tendía en el piso del cuarto
delantero para mirar hacia su
puerta. Bajaba las persianas
hasta una pulgada del marco, de
manera de no ser visto. Cuando
ella salía al umbral mi corazón
pegaba un salto. Corría al
salón, tomaba mis libros y la
seguía. Mantenía su figura
morena siempre a la vista y,
cuando llegábamos al punto en
que nuestros caminos se
separaban, apuraba mi caminar y
la pasaba. Eso ocurría mañana
tras mañana. Nunca le hablaba,
excepto algunas pocas palabras de
circunstancia, a pesar de que su
nombre evocaba lo más sublime en
mi enloquecida sangre. Su imagen
me acompañaba incluso en los
lugares más hostiles al
romanticismo. Los sábados por la
tarde, cuando mi tía salía de
compras, tenía que ayudarle a
cargar algunos de sus paquetes.
Caminábamos por las bulliciosas
calles hostigados por borrachos y
vendedoras, entre las maldiciones
de los trabajadores, las agudas
letanías de los dependientes que
permanecían en guardia junto a
los barriles de cabezas de cerdo,
el canturreo nasal de los
cantantes callejeros que
entonaban un "oigan esto
todos" a lo largo de
O`Donovan Rossa, o una balada
sobre los problemas de nuestra
tierra natal. Estos ruidos
constituían una única
sensación vital para mi:
imaginaba que mantenía mi cáliz
a salvo en medio de un territorio
enemigo. Su nombre aparecía de a
ratos en mis labios en extraños
ruegos y plegarias que ni
siquiera yo entendía.
Frecuentemente mis ojos se
llenaban de lágrimas (no podía
decir por qué) y a veces una
sacudida en el corazón parecía
hacérmelo saltar por la boca.
Pensaba poco en el futuro. No
sabía si alguna vez le hablaría
o no, o, si le hablaba, cómo
contarle de mi confusa
adoración. Pero mi cuerpo era
como un arpa y sus palabras y
gestos eran como dedos
recorriendo las cuerdas.
Una tarde entré en
la sala de estar trasera en la
que había muerto el sacerdote.
Era una tarde oscura y lluviosa y
no se escuchaba un sonido en la
casa. A través de uno de los
rotos ventanales escuché la
lluvia cayendo sobre la tierra,
las finas e incesantes agujas de
agua jugueteando en el húmedo
césped. Alguna lámpara o
ventanal distante iluminado
brillaba tras de mí. Agradecía
el poder ver tan poco. Todos mis
sentidos parecían querer
rebelarse y, sintiendo que estaba
a punto de hacerme estallar,
oprimí las palmas hasta hacerlas
temblar, murmurando: Oh amor,
oh amor, muchas veces.
Finalmente me
habló. Cuando me dirigió las
primeras palabras, estaba tan
confundido que no supe qué
contestar. Me preguntó si iría
a Arabia. No recuerdo si
dije que sí o que no. Habría un
espléndido bazar, y dijo que le
encantaría ir.
.-¿Y por qué no
puedes? le pregunté
Mientras ella
hablaba, hacía girar un
brazalete de plata en su muñeca.
Dijo que no podría ir porque
habría un retiro esa semana en
su convento. Su hermano y otros
dos niños estaban peleando por
sus gorras y yo estaba solo junto
a la verja. Se apoyó en uno de
los hierros dirigiéndose a mí.
La luz de la lámpara de enfrente
atrapó la blanca curva de su
cuello, iluminó el cabello que
quedaba allí y, al caer,
iluminó la mano sobre la verja.
Cayó sobre una zona de su
vestido y atrapó el borde blanco
de su pollera, que se hizo
visible mientras ella se dejaba
estar.
-Lo pasarás bien
dijo.
Si voy le dije-, te
traeré alguna cosa.
¡Cuántas
incontables locuras ocuparon mis
pensamientos diurnos y nocturnos
después de esa tarde! Trataba de
aniquilar los días que faltaban.
Me fastidiaban las tareas
escolares. A la noche en mi
dormitorio y durante el día en
el aula su imagen se interponía
entre mí y la página que debía
leer. Las sílabas de la palabra Arabia
me llamaban entre el silencio en
el cual mi alma sentía la
lujuria y me proveía de un
encantamiento oriental. Pedí
permiso para ir al bazar el
sábado por la noche. Mi tía se
sorprendió y deseó que no se
tratara de un asunto de
masonería. Contesté algunas
preguntas en clases. Vi como la
cara de mi maestro pasaba de la
amabilidad a la severidad; deseó
que no estuviera convirtiéndome
en un perezoso. No podía detener
mis pensamientos perdidos. Apenas
tenía paciencia para el serio
trabajo de la vida que, ahora que
se interponía entre mí y mi
deseo, me parecía un juego
infantil, un horrible y monótono
juego infantil.
La mañana del sábado, le
recordé a mi tío que deseaba ir
al bazar por la noche. Estaba
revolviendo los estantes en busca
de su cepillo de sombrero y me
contestó cortamente:
-Sí, muchacho, lo
sé.
Dado que él estaba
en el salón no podía ir al
cuarto delantero y mirar por la
ventana. En la casa me sentía de
mal humor y me puse a caminar
lentamente en dirección a la
escuela. El clima estaba
impiadosamente duro y el ánimo
me abandonó.
Cuando regresé a
casa para cenar, mi tío ya no
estaba. Todavía era temprano. Me
senté a esperar junto al reloj
por un rato y cuando su tic-tac
comenzó a irritarme, abandoné
el cuarto. Subí por las
escaleras y llegué a la parte
alta de la casa. Los cuartos de
arriba, fríos, sombríos,
vacíos, me aliviaron y caminé
cantando de pieza en pieza. Desde
la ventana delantera contemplé a
mis compañeros jugando en la
calle. Sus gritos me llegaron
indistintos y apagados y apoyando
la frente sobre el frío vidrio,
dirigí la mirada hacia la oscura
casa donde vivía ella. Debo
haber estado así como una hora,
sin ver nada salvo la figura
morena dibujada por mi
imaginación, alcanzada
discretamente por la luz de la
lámpara en el curvado cuello,
con la mano sobre la verja y el
borde debajo del vestido.
Cuando volví abajo,
encontré a la señora Mercer
sentado junto al fuego. Era una
vieja molesta, viuda de un
prestamista, que coleccionaba
estampillas viejas para algún
piadoso propósito. Tuve que
soportar el chismorreo de la hora
del té. La colación se
prolongó por una hora y mi tío
aún no llegaba. La señora
Mercer se paró para irse,
lamentaba no poder seguir
esperando, pero eran más de las
ocho y no le gustaba estar fuera
de casa tan tarde, pues el aire
nocturno era malo para ella.
Cuando se hubo ido, comencé a
caminar por el cuarto, apretando
los puños. Mi tía dijo:
-Temo que debas
postergar tu bazar para otra
noche del Señor.
A las nueve,
escuché las llaves de mi tío en
el pasillo. Lo escuché hablando
consigo mismo y el crujir del
perchero al recibir el peso de su
abrigo. Podía interpretar esas
señales. Cuando se había puesto
en camino para su cena, le pedí
que me diera el dinero para ir al
bazar. Se había olvidado.
-La gente está en
la cama, ya en su primer sueño-
dijo.
No sonreí. Mi tía le dijo
enérgicamente:
-¿Puedes darle el dinero y
dejarlo ir? Tú lo detuviste
hasta tan tarde.
Mi tío dijo
lamentar haberse olvidado.
Agregó que creía en el viejo
dicho: "Trabajar y no jugar
hizo de Jack un tonto". Me
preguntó a dónde iba y cuando
se lo dije por segunda vez me
preguntó si sabía El adiós
del árabe a su corcel.
Cuando dejé la cocina estaba a
punto de recitarle a mi tía los
primeros versos.
Llevaba un florín
apretado en mi mano mientras
andaba cuesta abajo por la calle
Buckingham hacia la estación. La
visión de las calles repletas de
vendedores e iluminadas a gas me
recordaron el objetivo de mi
viaje. Tomé mi lugar en un
vagón de tercera clase en un
tren vacío. Luego de una
insoportable demora, el tren
abandonó lentamente la
estación. Se arrastró entre
ruinosas casas y sobre el
titilante río. En la estación
de Westland Row una multitud se
agolpó ante las puertas del
vagón, pero los guardias los
hicieron retroceder diciendo que
era un tren especial para el
bazar. Permanecí solo en el
vacío vagón. En unos pocos
minutos, el tren llegó a una
improvisada plataforma de madera.
Crucé el camino y vi en el
luminoso redondel del reloj que
faltaban diez minutos para las
diez. Ante mi se hallaba una
enorme construcción que exhibía
el mágico nombre.
No pude hallar
ninguna entrada de seis peniques
y, temiendo que el bazar pudiera
cerrar, atravesé por un molinete
dándole un chelín a un hombre
de aspecto cansado. Me encontré
en un gran salón dividido por la
mitad por una galería. Casi
todos los puestos estaban
cerrados y la mayor parte del
salón se hallaba a oscuras.
Reconocí un silencio como el que
invade la iglesia luego del
servicio. Caminé tímidamente
hacia el centro del bazar. Unas
pocas personas se hallaban
reunidas ante los puestos que
seguían abiertos. Detrás de una
cortina, en la cual se hallaban
escritas con luces de colores las
palabras Café Chantant,
dos hombres contaban dinero en un
jarrón. Presté atención a la
caída de las monedas.
Recordando con
dificultad el porqué me había
acercado a uno de los puestos, me
puse a examinar unos jarrones de
porcelana y unos juegos de té
floreados. En la puerta del
puesto una joven dama hablaba y
se reía junto a dos jóvenes
caballeros. Reconocí su acento
inglés y escuché vagamente su
conversación:
-Jamás dije eso.
Sí, lo hiciste.
Pero no, no lo hice.
-¿Fue ella quien lo dijo?
Sí, yo la escuché.
Pero, ¡qué
mentirosa!
Al observarme, la
joven dama se acercó y me
preguntó si quería comprar
algo. El tono de su voz no era
muy estimulante, parecía que se
dirigía a mi por obligación.
Miré tímidamente los grandes
jarrones que se hallaban como
guardianes orientales en la otra
punta de la oscura entrada del
puesto y murmuré:
-No, gracias.
La joven dama
cambió la posición de uno de
los jarrones y volvió con los
dos hombres. Comenzaron a hablar
del mismo tema. Una o dos veces
la joven dama me miró por encima
del hombro.
Permanecí junto al puesto, a
pesar de saber que mi presencia
allí era inútil, para que
pareciera que mi interés en sus
mercaderías era real. Luego me
di vuelta lentamente y caminé
hacia el medio del bazar. Dejé
caer los dos peniques junto a los
otros seis que se hallaban en mi
bolsillo. Oí una voz que llamaba
desde la otra punta de la
galería para decir que se
apagaba la luz. La parte superior
del salón estaba ahora a
oscuras.
Contemplando esa oscuridad, me vi
como una criatura arrastrada y
puesta en ridículo por la
vanidad, y mis ojos ardieron por
la angustia y la rabia.
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