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Arte y Locura
La
esquizofrenia y la cultura actual
KARL JASPERSDel libro Genio
y locura. Ensayo de Análisis
Patográfico comparativo sobre
Strindberg, Van Gogh, Swedenborg,
Hölderlin.

Es un hecho
sorprendente la influencia que en
la actualidad ejercen toda una
serie de artistas de relieve que
se han vuelto esquizofrénicos,
y, precisamente, a través de las
obras concebidas durante su
enfermedad. De Strindberg, por
ejemplo, lo más difundido hoy
son los dramas compuestos tras el
segundo brote de la psicosis, ya
en pleno estado final; de Van
Gogh, así mismo, los cuadros que
más repercusión han tenido son
los pintados durante su demencia.
En cuanto a Hölderlin, los
poemas de los primeros años de
su locura no han sido conocidos
hasta hace poco sino
fragmentariamente; pero ahora se
los empieza a considerar, en
conjunto, como lo más granado de
toda su producción. Algo
parecido es lo que ocurre con los
dibujos de Josephson, tan
celebrados hoy, mientras que en
1909 no despertaban todavía
ningún interés especial. Y es
que en la actualidad tenemos ya
motivos para apreciar el arte de
los locos en su aspecto puramente
estético, y no como material
clínico para las investigaciones
de los psiquiatras.
Si retrocedemos a lo
largo de la historia de la
cultura occidental, no
encontraremos, salvo a partir de
los albores del siglo XVIII,
ningún esquizofrénico que haya
marcado una huella tan profunda
en el arte de su tiempo como la
que estos cuatro artistas
dementes, de los que nos hemos
venido ocupando, han dejado en el
suyo. Acaso se pregunte si no
será posible el que antiguamente
haya habido alguna otra
personalidad relevante que,
habiéndose vuelto loca, haya
ejercido con su esquizofrenia una
influencia decisiva, aunque
nosotros ignoremos su existencia.
Sin embargo, el estado actual de
nuestros conocimientos nos ha
permitido diagnosticar casos
esporádicos de demencia que se
remontan incluso a la Edad Media;
pero ninguno de ellos corresponde
a personas que tengan en ningún
orden una significación
especial. Por muy sumarios que
sean los datos biográficos que
podamos poseer sobre un demente,
difícil será que no despierten
en nosotros alguna sospecha,
cuando menos; y, a lo largo de
todas mis lecturas, no he
tropezado ni con un solo caso en
que coincidieran, en un mismo
individuo, la esquizofrenia y una
relevante personalidad. En
cambio, son numerosísimos los
casos de histeria que ofrece la
Edad Media, mientras que en
nuestros días esta enfermedad ya
no ocupa el primer plano que
durante mucho tiempo detentara.
Un impostor como
Cagliostro o una visionaria como
la de Prevorst dos casos
estudiados por J. Kerner- son los
últimos histéricos que hayan
ejercido una influencia sensible
sobre su época.
Podríamos
contentarnos, en suma, con
registrar hechos como los
mencionados, sin meternos en más
averiguaciones, pues cualquier
comentario que se añada habrá
de ser, por fuerza, eminentemente
subjetivo y, por tanto, de muy
precario valor general. Sin
embargo, permítasenos exponer
algunas de esas reflexiones que,
aunque muy personales,
acuden en seguida a la mente. Por
ejemplo, la que nos tienta a
establecer una correlación entre
la histeria y el espíritu
reinante en la época anterior al
siglo XVIII, la cual se dijera
ofrece una predisposición
intrínseca al desarrollo de
aquella; y, análogamente, una
afinidad semejante entre nuestro
tiempo y la esquizofrenia. Tanto
en uno como en otro caso, bien
entendido, se trata solo de una
tendencia, no de una
identificación: el espíritu
siempre es independiente de la
enfermedad. Eckhart y Santo
Tomás de Aquino no eran
histéricos; lo que pasa es que
el espíritu, para encarnarse,
elige las condiciones
psicológicas causales que se le
adaptan mejor.
En nuestra época,
la esquizofrenia es, más que un
medio de difusión, propiamente
dicho, un terreno que se presta a
que arraiguen en él determinadas
y singularísimas posibilidades.

¿A qué puede
deberse, entonces, esa indudable
influencia que ejercen sobre
nosotros las vidas de ciertos
esquizofrénicos? Acaso se
conteste que la nuestra es una
época propicia a entusiasmarse
por todo lo que suponga exotismo,
rareza, novedad o retorno a lo
primitivo, ya se trate del arte
oriental o negro, o de simples
dibujos infantiles. La
observación es exacta. Pero
¿por qué ese entusiasmo? Los
motivos, probablemente,
diferirán según los diversos
individuos. Convendrá, pues,
empezar por repasar las
experiencias de uno mismo. Por lo
que a mí respecta, he de
confesar que, personalmente,
Strindberg no me importa nada: el
único interés casi que tengo
por él es solo de tipo
psiquiátrico, psicológico. En
cambio, Van Gogh me fascina: tal
vez, y sobre todo, a causa del
logro que supone su existencia y
de la concepción del mundo que
implica; pero, también, por el
orbe espiritual que se va viendo
surgir de él en el curso de su
psicosis. Frente a él he
experimentado, quizá de manera
no tan material, pero sí mucho
más clara, algo que rara vez he
sentido en presencia de mis
pacientes, algo que anteriormente
he intentado describir: es como
si se entreviera por un instante
la raíz última de la
existencia, como si las razones
más ocultas de todo el ser
surgieran de pronto a la luz.
Pero, para nosotros, representa
esto una conmoción que no
podemos soportar mucho tiempo,
una conmoción a la que
procuramos sustraernos en
seguida; una conmoción que nos
sacude también, a veces, cuando
contemplamos y con la misma
sensación de malestar- algunos
de sus cuadros; una conmoción
que nos impele, no a asimilar lo
que de extraordinario y raro hay
en ella, sino a transmutarlo en
algo que esté más a tono con
nosotros mismos, más a nuestro
nivel. Se trata de algo
enormemente excitante, pero que
no pertenece a nuestro mundo;
algo que abre en nosotros una
interrogante radical, una
apelación a la existencia propia
y que produce un efecto
bienhechor, al provocar en
nosotros una transformación.
Esta misma
reacción, poco más o menos, me
ha parecido verla confirmada en
otros observadores. El dramatismo
de la situación actual viene de
que sentimos sacudido nuestro ser
hasta sus mismos cimientos.
Nuestro tiempo nos acucia a
ponerlo absolutamente todo en
tela de juicio, a someter todos
nuestros conocimientos a una
experimentación lo más directa
posible. La situación en que nos
ha colocado la cultura
contemporánea se caracteriza por
haber abierto de una manera
insólita nuestra alma a las
cosas más extrañas, por las
que, siempre que nos parezcan
auténticas y posiblemente
influyentes en nuestra
existencia, sentimos un interés
extraordinario.
Pero esta misma
situación nos impele a
establecer conclusiones
precipitadas y reiteraciones
indebidas, a aceptar sin el menor
reparo crítico cualquier
revelación sensacional; buscamos
las emociones violentas, cuesten
lo que cuesten; nos desgañitamos
hasta el punto de no saber ya ni
lo que nos decimos. Y cuando
consideramos estas transgresiones
morales en las que casi
todos hemos, en mayor o menor
medida, incurrido-, nos damos
cuenta de que el rasgo
fundamental de nuestra ética ha
de consistir en no perder el
decoro ni la cordura, en no
abdicar de la integridad, la
autenticidad y la sinceridad que
constituyen nuestros deberes
fundamentales; en saber esperar
sin impaciencia.
Cuando visité la
exposición de Colonia de 1912,
donde, en torno a los admirables
lienzos de Van Gogh, se
congregaba el arte expresionista
de todos los países de Europa,
en el que lo más saliente era la
monótona uniformidad que lo
caracterizaba, me asaltó más de
una vez la sensación que, entre
tantos expositores que
pretendían hacerse pasar por
locos, estando completamente
cuerdos, el único loco excelso,
el único loco de verdad y a
pesar suyo, era Van Gogh.
Inmersos en la
plenitud de una cultura de
elevado nivel intelectual;
poseídos, como lo estamos, de
una voluntad de claridad
ilimitada, del imperativo de la
probidad, de la necesidad de un
realismo a tono con ella,
¿creemos sinceramente que la
autenticidad de esas
profundidades en que el yo se
desintegra, que esa conciencia de
la presencia divina no se dan
sino en los enfermos mentales?
Vivimos en una
época de imitaciones y de
artificiosidad, donde toda
espiritualidad se mercantiliza o
burocratiza, donde la voluntad no
persigue sino obtener un
determinado género de vida,
donde todo se hace con vistas a
un lucro, donde se simulan
histriónicamente las emociones;
en una época en que el hombre no
pierde jamás de vista lo que es;
en que hasta la misma sencillez
es deliberada; en que la
embriaguez dionisíaca se simula;
en que la disciplina que la
traduce en formas es fraudulenta;
consciente y satisfecho a la vez
el artista de esa simulación y
ese fraude.

¿Es que en una
época como esta constituye tal
vez la esquizofrenia la única
garantía de sinceridad en
determinados dominios que, en
otros tiempos menos incoherentes
que el actual, eran susceptibles
de vivencias y expresiones
honradas, aun al margen de la
demencia? ¿Acaso estamos
asistiendo a una danza frenética
por conquistar algo que se
traduce solo en gritos, en
gestos, en violencias, en
embriaguez de sí mismos, en una
exaltación creciente del yo, en
ramplonería, en un afán
estúpido de regresión a lo
primitivo, en una hostilidad
descarada a la cultura? ¿Será
posible que todo esto no alcance
manifestaciones hondas y sinceras
más que en el caso de algunos
esquizofrénicos? Por encima de
la diversidad de motivos y
exigencias de todos lo que danzan
esta ronda en torno a Strindberg,
Swedenborg, Hölderlin y Van
Gogh, llámense teósofos,
formalistas, primitivistas o lo
que sea, ¿no tendrán todos
ellos algo de común? Y este algo
que puedan tener en común, ¿no
será la falta de autenticidad,
la esterilidad, la negación de
la vida?
Sería forzar las
cosas y generalizar neciamente,
responder de una manera
afirmativa a todas estas
preguntas, sin mayores
preocupaciones. La contestación
excede de nuestros conocimientos.
Para nosotros, uno de los
problemas centrales de la
psicología estriba en determinar
qué es lo que se puede denominar
"inauténtico";
problema que, no ya no hemos
resuelto aún, sino que ni
siquiera nos hemos planteado como
corresponde. Pero todas estas
interrogaciones son del mayor
interés, y habremos de ver
cuáles de ellas debemos
contestar afirmativa y cuáles
negativamente, una vez que
hayamos aclarado esos conceptos
que hoy todavía oscilan entre
confusos juicios de valor y
conocimientos claros. Entonces se
pondrá de manifiesto que el
considerar determinadas obras de
arte como condicionadas por la
esquizofrenia, no supone
demérito en ningún sentido.
Nosotros reconocemos las
profundidades reveladoras allí
donde hay autenticidad; pero
traducidas en formas inéditas e
inimitables, es en los
esquizofrénicos donde las
encontramos. Podrán operar de
una manera saludable sobre
nosotros si somos capaces de
responder a la llamada que nos
hace su existencia, a la
invitación que nos urge a
reconsiderar problemáticamente
todos nuestros puntos de vista; y
si somos también capaces de
sorprender en sus obras
como en todo lo que tiene
una raíz de autenticidad- un
atisbo de ese absoluto siempre
escondido a nuestras miradas, que
solo se torna visible en
apariencias finitas.
Pero nada más
peligroso que inspirarse en
ellas, tomándolas como modelo.
Del mismo modo que antaño mucha
gente se esforzaba, por así
decirlo, en volverse histérica,
también hoy abundan los que se
empeñan en volverse
esquizofrénicos. Ahora bien: si
aquel intento es, hasta cierto
punto, psicológicamente posible,
este otro es de todo punto
irrealizable, de donde se deduce
que solo puede conducir al
fraude.
Las observaciones
precedentes no suponen, como es
natural, sino una serie de
conjeturas meramente subjetivas
que, en definitiva, acaso queden
al margen del tema que me
planteé analizar en el presente
estudio; pero era necesario poner
todas estas cuestiones en claro
y, al hacerlo, quizá hayan
cobrado mayor importancia de la
que realmente tenían. Que el
propio lector las reintegre al
nivel que les corresponda.
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