INTERNET Y
CIUDAD
Las tramas secretas
ZENDA LIENDIVIT
Los elementos
urbanos conforman una silenciosa trama
que, de alguna manera, constituye el
relato secreto de una ciudad. Las
texturas, los olores, las vivencias, los
sonidos, las tensiones de un sitio nos
anticipan, y a la vez determinan, las
posibilidades que tendremos de percibir
sus latidos.
Experimentar un espacio es entonces
ubicar al propio cuerpo en vecindad con
aquel relato.
El sorpresivo retorno a la
memoria de un instante de máxima
intensidad -un primer encuentro, un
retazo de infancia, una traición, una
mirada- así como las "iluminaciones
profanas" que acontecen en las
ciudades modernas, provocan una
interrupción del tiempo y una
transformación del espacio y marcan
hasta qué punto estamos ligados, como
seres humanos, a la arquitectura que
habitamos.
Si una mesa de bar fue testigo de un
desengaño amoroso o en una plaza
atestada de gente se vociferaron
reclamos, odios o alegrías, es muy
probable que sus formas finales adquieran
una dimensión que se emancipará de
cualquier proyecto arquitectónico. En el
bar seguramente quedarán las huellas de
mi desolación así como en la plaza las
voces seguirán flotando aún mucho
después de concluida la manifestación.
Esta capacidad del lugar de
"atrapar" instantes no es, por
supuesto, exclusiva responsabilidad del
profesional que lo proyectó. Pero
también es cierto que no cualquier lugar
es susceptible de guardar los registros
de las pasiones, de los momentos
realmente significativos de la vida,
aquéllos que, como diría Argullol,
forman parte de nuestra "edad de
oro", tanto personal como colectiva.
Intervenir un lugar es
escuchar sus murmullos. Esto hará que
aquí se proyecte Buenos Aires y no Río
de Janeiro o Miami. Si en cambio, las
acciones están guiadas por la inmediatez
del mero carácter instrumental o por la
importación de modas, sin tener en
cuenta que las formas responden a
nuestros modos de habitar el mundo, se
conseguirá una obra que servirá tanto
aquí como en Río o en Miami. Servirá
en cualquier lado. Y el hombre tendrá
esa misma impresión: de estar en
cualquier sitio.
La cuestión es que
actualmente nuestros modos de habitar han
cambiado esencialmente. Si en el Siglo
XVII, la gente se sintió perturbada por
los grandes descubrimientos científicos,
que le abrieron las puertas a un universo
infinito, a un abismo negro,
inconmensurable y absolutamente
desconocido (aún faltaba un tiempo para
los primeros viajes espaciales), en la
actualidad otro espacio nos está
provocando la misma sensación abismal y
desconcertante. Con la entrada a la
virtualidad comprendimos que el mundo
real, el mundo de las ficciones y el de
la locura ya no eran los únicos
posibles. En principio, en el nuevo orden
regido por las nuevas tecnologías
sobrevuela la idea de la intermediación,
de una interrupción entre lo otro y yo.
Justamente, una de sus principales
características es el regateo del
cuerpo, de la experiencia directa. Cuando
Pascal decía que no hay nada más
irritante para un ser humano que otro ser
humano, seguramente no se imaginaba que
unos siglos después el problema podría
empezar a resolverse. Si la humanidad del
otro irrita, molesta o provoca, el mundo
virtual nos ahorra el mal momento. Es
decir, no solamente nos da la oportunidad
de metamorfosearnos sino que también el
otro queda, de alguna forma, sujeto a mis
proyecciones.
Esta retirada del cuerpo,
que permite la simultaneidad y la
ausencia del tiempo cronológico, crea
nuevas formas de relación en todos los
ámbitos del mundo informático a la vez
que transforma la percepción del mundo
real (la sola posibilidad de que este
artículo sea leído en la China, por
ejemplo, no solamente indica que la China
ya no está tan lejos como hace 20 años
sino que, y principalmente, replantea
todo el orden tradicional de transmisión
y recepción de la cultura). La visión
de una multitud que cruza la 9 de Julio
en una hora pico puede llegar a
convertirse en una experiencia de alto
impacto para el asiduo habitante de las
pantallas -algo parecido al shock que
experimentaban Baudelaire y Poe ante las
masas metropolitanas del siglo XIX-.
Ocurre que las leyes de tránsito y de
habitabilidad no son las mismas para
ambos mundos. Para sobrevivir, el cuerpo
debe acomodarse a las diferentes tramas
que traza cada uno de ellos. Si en el
real, todo punto del espacio está
modificado (a la vez que modifica) por la
acción de los otros en el tiempo,
habría que reflexionar qué ocurre en
esta red de múltiples y simultáneos
recorridos, en este espacio
inconmensurable y de coordenadas todavía
desconocidas.
Habría que pensar en los
nuevos modos de experimentar un espacio
con el cuerpo ausente, en las
posibilidades de seguir escribiendo
relatos secretos. Por lo pronto, estoy
segura que la mesa del bar virtual donde
sufrí el último desengaño no guardará
ningún registro de mi dolor. La
atmósfera, como aquel viejo discurso de
"Misión Imposible",
probablemente se autodestruirá, una y
otra vez, en cinco segundos. O, tal vez,
antes.
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