
Aquiles arrastra el
cadáver de Héctor alrededor de las
murallas de Troya
Grabado de Pedro Testa, siglo XVII
|
JEAN-PIERRE
VERNANT
La bella muerte y el cadáver ultrajado
Los preferidos
de los dioses mueren jóvenes /
(Menandro) /
Ante los pies de unos muros
de Troya que le han visto huir, derrotado
frente a Aquiles, Héctor se detiene por
unos instantes. Es consciente de que
pronto va a morir. Atenea se la ha
jugado; los demás dioses le han
abandonado. El destino funesto (moira)
ha puesto ya sus ojos sobre él. Pero,
aunque ahora vencer o sobrevivir no esté
en sus manos, sólo de él depende el
cumplimiento de eso que exige, según la
opinión general y la suya propia, su
condición de guerrero: hacer de su
muerte una forma de gloria imperecedera,
convertir esa carga común a todas las
criaturas sujetas a la mortalidad en un
bien que le sea exclusivo y cuyo brillo
le pertenezca para siempre. "No, no
puedo concebir morir sin lucha ni sin
gloria (akleios), sin realizar
siquiera alguna hazaña cuyo relato sea
conocido por los hombres del
mañana". (Ilíada, XXII)
Para aquéllos a quienes en
la Ilíada se denomina anéres
(ándres), los hombres en la plenitud de
su naturaleza viril, tan varoniles como
valientes, morir en combate en la flor de
su vida confiere al guerrero difunto, tal
como haría cualquier rito iniciático,
cierto conjunto de cualidades, virtudes y
valores por los cuales, a lo largo de su
existencia, compite la élite de los áristoi,
los mejores. Esta "bella
muerte" (kalos thánatos),
para llamarla del mismo modo en que lo
hacen las oraciones fúnebres atenienses,
confiere a la figura del guerrero caído
en la batalla, a manera de una
revelación, la ilustre cualidad de anér
agathós, de hombre valeroso, osado.
Aquellos que hayan pagado con la vida su
desprecio al deshonor en combate, a la
vergonzosa cobardía, tienen de seguro
garantizado un renombre. La bella muerte
implica a la vez la muerte gloriosa (eukleés
thánatos). Mientras el tiempo sea
tiempo, persistirá la gloria del
desaparecido guerrero; y el resplandor de
su fama, kléos, que en lo
sucesivo adornará su nombre y su figura,
representa el último grado del honor, su
punto más álgido, la consecución de la
areté. Gracias a la bella muerte,
la excelencia (areté) deja por
fin de ser mensurable sólo en relación
a un otro, de necesitar comprobación por
medio del enfrentamiento. Se ha realizado
de una vez y para siempre gracias a la
proeza que pone fin a la vida del héroe.
(
)
Sobrepasando cualquier honor
ordinario o dignidad de Estado, tan
efímeros y relativos, aspirando al
absoluto del kléos áphthiton, el
honor heroico presupone la existencia
tradicional de una poesía oral,
depositaria de la cultura común y con
funciones, en lo que se refiere al grupo,
de memoria social. Dentro de eso que se
ha dado en llamar, en pocas palabras, el
universo homérico, el honor heroico y la
poesía épica resultan indisociables:
sólo existe el kléos si es
celebrado y el canto poético, además de
celebrar la estirpe de los dioses, no
tiene más objeto que evocar los kléa
andrón, los acontecimientos
gloriosos más excelsos llevados a cabo
por los hombres de antaño, perpetuando
su recuerdo para hacerlos más vivos a
oídos de su auditorio de lo que puedan
llegar a ser los hechos ordinarios de su
existencia. (Hesíodo, Teogonía) La vida
breve, la proeza y la bella muerte
solamente tienen sentido en la medida en
que, encontrando su sitio en un tipo de
canto presto para acogerlas y
magnificarlas, confieren al héroe mismo
el privilegio de ser aoídimos,
objeto de canto, digno de ser cantado.
Gracias a la transposición literaria del
canto épico, el personaje del héroe
adquirirá esa estatura, esa densidad
existencial de una duración tal que, por
sí sola, basta para justificar el
extremo rigor del ideal heroico y los
sacrificios por él impuestos. En las
exigencias de un tipo de honor por encima
del honor se encuentra, por lo tanto, un
ideal "literario". Eso no
significa que el honor heroico consista
en una mera convención estilística y el
héroe en un personaje por entero
ficticio. La exaltación de la
"bella muerte" en Esparta y
Atenas, durante la época clásica, pone
de manifiesto el prestigio que el ideal
heroico conservara y su influencia sobre
las costumbres hasta en ciertos contextos
históricos tan alejados del universo de
Homero como es el de la Ciudad. Pero para
que el honor heroico continuara estando
vivo en el corazón de esa civilización,
para que el sistema de valores en
conjunto permaneciera marcado con su
sello, era preciso que la función
poética, más que una forma de
divertimento, conservara su papel en la
educación y en la formación, que
mediante y gracias a ella se
transmitiera, se enseñara, se
actualizara en el alma de todos esa serie
de saberes, creencias, actitudes y
valores que sirven para conformar
cualquier cultura. Solamente la poesía
épica, en virtud de su estatuto y
funciones, podía conferir al deseo de
gloria imperecedera de la cual el héroe
está poseído esa base institucional y
esa legitimación social sin las que tal
aspiración se asemejaría a una especie
de fantasía subjetiva. Puede
sorprendernos a veces que semejantes
ansias de supervivencia se redujeran, al
parecer, a una forma
"literaria" de inmortalidad.
Pero eso supondría tanto como soslayar
las diferencias que separan a los
individuos y a la cultura griega de
nosotros. Para el individuo de la
Antigüedad cuyo sentido de
individualidad se configuraba a partir
del otro, se basaba en la opinión
pública-, entre la epopeya, con
funciones de paideia gracias a la
exaltación del héroe ejemplar, y la
voluntad de sobrevivir tras la muerte, en
virtud de la idea de "gloria
imperecedera", existen las mismas
relaciones estructurales que para los
individuos de la actualidad con su
yo interiorizado, único, separado- hay
entre la aparición de géneros
literarios "puros" como la
novela, la autobiografía o el diario
íntimo y la esperanza de una vida
ultraterrena en forma de un alma singular
inmortal. (
)
La hébe que Patroclo
y Héctor pierden al mismo tiempo que sus
vidas y que poseían con mayor plenitud
que otros kouroi, de menos edad
sin embargo, es la misma que Aquiles ha
preferido al optar por una vida breve, la
misma con lo que, en virtud de su muerte
heroica, de su muerte a edad temprana,
estará para siempre investido. Si la
juventud se manifiesta en la figura viva
del guerrero por el vigor, bíe,
la potencia, krátos, o la
fortaleza, alké, en el cadáver
del héroe caído, ya sin el menor vigor
ni vida, su esplendor sigue compareciendo
gracias a la excepcional belleza de ese
cuerpo ya para siempre inerte. El
término sóma designa
precisamente en Homero al cuerpo del cual
se ha retirado la vida, a los despojos de
alguien difunto. En tanto que el cuerpo
está vivo, es entendido como una
multiplicidad de órganos y de miembros
animados por las pulsiones que les son
propias: es el espacio donde se
despliegan y a veces se enfrentan los
impulsos, las fuerzas contrarias. Será
con ocasión de la muerte, cuando se
encuentra desierto, cuando el cuerpo
adquiera su unidad formal. De sujeto y
soporte de diversos tipos de acciones,
más o menos imprevisibles, se convierte
ahora en puro objeto para el otro: si
antes fue objeto de contemplación,
espectáculo para la mirada, ahora pasa a
ser objeto de atenciones, lamentos, ritos
funerarios. El mismo guerrero que en el
curso de la batalla podía mostrarse
amenazador, terrorífico o consolador,
provocando el pánico y la huida o
incitando al ardor y al ataque, desde el
momento en que cae en el campo de batalla
se ofrece a las miradas como una simple
figura cuyos rasgos sólo a duras penas
resultan reconocibles; se trata de
Patroclo, se trata de Héctor, pero
reducidos ya a mera apariencia exterior;
al aspecto singular de sus cuerpos
reconocible para el otro. Ciertamente,
entre los vivos la prestancia, gracia y
la belleza juegan un papel importante
como elementos de su personalidad; pero
en la figura del guerrero en acción esos
aspectos quedan en cierto modo eclipsados
por los que la batalla deja en primer
plano. Lo que resplandece en el cuerpo de
los héroes no es tanto el brillo
fascinante de la juventud como el bronce
de que están revestidos, el destello de
sus armas, su coraza y su casco, el fuego
que emana de sus ojos, la irradiación de
un ardor que les abrasa (Ilíada XIX).
Cuando Aquiles aparece de nuevo en el
campo de batalla tras su larga ausencia,
un atroz terror se adueña de los
troyanos al verle "reluciente en su
armadura" (Ilíada XX). Ante las
puertas Esceas, Príamo gime, se cubre el
rostro, suplica a Héctor que se esconda
a su lado al abrigo de las murallas: es
el primero que ve a Aquiles
"brincando sobre el llano,
resplandeciente como el astro que llega a
finales del otoño y cuyo fuego cegador
brilla entre estrellas sin nombre, en el
corazón de la noche. Es llamado el perro
de Orión y su destello resulta
incomparable. (
) El bronce
resplandece con parecida intensidad
alrededor del pecho del agitado
Aquiles" (Ilíada XXII). Y, cuando
el mismo Héctor contempla a Aquiles,
cuyo bronce reluce "semejante al
resplandor del fuego que arde o al sol
que asciende", se siente transido de
terror; por eso emprende la fuga (Ilíada
XXII). Es necesario distinguir entre este
resplandor activo que emana del guerrero
vivo provocando el terror, entre su
sorprendente belleza, entre el brillo
mismo de su juventud una juventud
que la edad no puede marchitar- y el
cuerpo del héroe abatido. Apenas la psykhé
de Héctor ha abandonado sus miembros,
"dejando atrás su vigor y
juventud", Aquiles le despoja de las
protecciones de los hombros. Los aqueos
acuden en tropel para poder ver a ese
enemigo que más que ningún otro les
había herido y de seguir golpeando
todavía por algunos momentos su
cadáver. Acercándose al héroe que para
ellos ya no es más que sóma,
mero cadáver insensible e inerte, lo
contemplan: "Admiran la estatura y
la envidiable belleza de Héctor"
(Ilíada XXII), una reacción para
nosotros sorprendente si el anciano
Príamo no nos diera la clave, al oponer
la muerte lamentable y horrorosa de los
viejos a la bella muerte del guerrero
acaecida en su juventud. "Al joven
guerrero (néoi) muerto por el
enemigo, desgarrado por el agudo bronce,
todo le sienta bien; incluso muerto, todo
lo que de él aparece es bello".
(Ilíada XXII)
Del
libro EL INDIVIDUO, LA MUERTE Y EL
AMOR EN LA ANTIGUA GRECIA,
Jean-Pierre Vernant (Paidós,
2001/Barcelona)
|