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El
itinerario de Hôlderlin
MAURICE
BLANCHOT
Del libro El espacio literario,
Maurice Blanchot / Paidos,
Barcelona, 1992
El joven Hôlderlin,
el de Hyperion, quiere
escapar de su forma, de sus
límites, y unirse a la
naturaleza. "No ser sino uno
con todo lo que vive y, en un
feliz olvido de sí mismo, volver
a ese todo que es la naturaleza,
ése es el cielo del
hombre". Esta aspiración a
volver a la vida única, eterna y
ardiente, sin medida y sin
reserva, parece ser el movimiento
feliz que quisiéramos relacionar
con la inspiración. Ese
movimiento es también deseo de
muerte. Diotima muere por el
impulso mismo que la hace vivir
familiarmente con todo, pero dice
"no nos separaremos sino
para vivir más estrechamente
unidos en una paz más divina con
todas las cosas, con nosotros
mismos
"
En la tragedia que
pertenece a la primera madurez de
Hôlderlin, Empédocles
representa la voluntad de
irrumpir, por la muerte, en el
mundo de los Invisibles. Los
motivos varían según las
diferentes versiones de esta obra
inconclusa, pero el deseo sigue
siendo el mismo: unirse al
elemento fuego, signo y presencia
de la inspiración, para alcanzar
la intimidad del comercio divino.
Los grandes himnos
ya no tienen la violencia ni la
desmesura empedocleana. Sin
embargo, el poeta sigue siendo
esencialmente el mediador. En el
himno Tel, en un four
de fète, uno de los más
conocidos en Francia por las
diferentes traducciones que se
hicieron y por los comentarios de
Heidegger, el poeta se enfrenta a
Dios, se pone en contacto con la
más alta potencia que lo expone
entonces al peligro más grande,
al peligro de quemarse con el
fuego, al peligro de la
dispersión por la conmoción; y
la tarea del poeta es apaciguarla
acogiéndola en sí mismo, en el
silencio de su intimidad, para
que allí nazcan las palabreas
felices que los hijos de la
tierra podrán oír entonces sin
peligro. Esta tarea de mediación
que generalmente vinculamos con
Hôlderlin, tal vez ha sido
expresada de modo más audaz en
este único pasaje; el himno data
probablemente de 1800, pero es
posible que los versos de esta
estrofa se remonten a una época
anterior. En el mismo himno, la
naturaleza aún es celebrada como
la intimidad de lo divino; ya no
es, sin embargo, aquella a la que
hay que entregarse por un
movimiento de abandono ilimitado;
"educa" al poeta, pero
por el sueño y por el tiempo de
calma y de suspenso que sigue a
la tormenta (el fuego): la hora
que sigue a la tormenta es la
hora favorable, la hora de la
gracia y de la inspiración.
"La
inversión categórica"
Sin embargo, la
experiencia de Hôlderlin, su
meditación sobre esa época de
la historia que fue Grecia, su
meditación no menos apremiante
sobre la época de la era
occidental, lo llevan a concebir
en la vida de los pueblos, como
en la de los individuos, una
alternancia de tiempos donde los
dioses están presentes, y de
tiempos donde están ausentes,
períodos de luz, períodos de
oscuridad. Al final del poema
titulado Vocation du poète,
había escrito:
Pero cuando es
necesario, el hombre permanece
sin miedo
Ante Dios, la simplicidad lo
protege,
Y no necesita ni armas ni
astucia,
Mientras el Dios no esté
ausente.
Pero más tarde, en
lugar de este último verso
escribió: Jusqua ce que
la défaut de Dieu laide
(hasta que la ausencia de Dios lo
ayude). Esta modificación es
extraña. ¿Qué significa?
Después de volver
del sur de Francia en un viaje
que terminó con la primera
crisis manifiesta de extravío,
Hôlderlin vivió aún varios
años en un semirretiro,
escribiendo los últimos himnos o
fragmentos de himnos, las
traducciones de Antígona
y de Edipo, y, finalmente,
algunas consideraciones
teóricas; prefacios a esas
traducciones. En uno de estos
textos formula lo que llama die
vaterlândische Umkehr, el
regreso natal, no el simple
retorno hacia el lugar natal,
hacia la patria, sino un
movimiento que se realiza de
acuerdo con la exigencia de ese
lugar. ¿Cuál es esa exigencia?
Poco tiempo antes de su partida
la había explicado en una
célebre carta a su amigo
Boehlendorf, donde animado por un
exceso de entusiasmo, criticaba
discretamente una obra de éste.
Le decía: "La claridad de
la representación nos es tan
naturalmente original como a los
griegos el fuego del cielo."
"Nosotros" designa en
primer lugar a los alemanes, y
luego a los hespérides, las
gentes de la era occidental.
"La claridad de la
representación" que en la
misma carta llama "la
lucidez o la sobremedida
junoniana occidental" es el
poder de captar y definir la
fuerza de un ordenamiento firme,
la voluntad, en fin, de
distinguir bien y de permanecer
en la tierra. "El fuego del
cielo" es el signo de los
dioses, la tormenta, el elemento
empedocleano. Pero Hôlderlin
agrega inmediatamente: el
instinto que forma y educa a los
hombres a ese efecto, ya que
sólo aprenden y poseen realmente
lo que les es extraño; lo que
está cerca de ellos no está
cerca de ellos. Por eso, los
griegos, extraños a la claridad,
han adquirido en grado
excepcional el poder de la
sobremedida, del cual Homero es
el ejemplo más alto. Por eso los
hespérides, y en particular los
alemanes, han llegado a dominar
el pathos sagrado que les era
extraño, pero ahora deben
aprender lo que les es propio,
aprender la medida, el sentido
lúcido y también la firme
subsistencia en este mundo y esto
es lo más difícil.
Esa suerte de ley
que formula Hölderlin, sólo
parece tener el alcance de un
precepto limitado que invita a
los poetas de su país, que
invita al mismo Hölderlin a no
abandonarse desmesuradamente a la
voluntad empedocleana, al
vértigo y al deslumbramiento del
fuego. Ya se siente demasiado
tentado por el signo de los
dioses, y peligrosamente cerca
del extranjero. En la misma carta
dice: "Será preciso que me
vigile para no perder la cabeza
en Francia" (Francia
representa para él la cercanía
del fuego, la apertura a la
Grecia antigua), como dirá
cuando haya sufrido el golpe
decisivo: "Casi hemos
perdido la palabra en el
extranjero."
Va entonces al
"extranjero", sufre el
golpe decisivo, lo sufre casi
constantemente, vive bajo su
amenaza, en su cercanía. En ese
momento concibe de una manera
mucho más grandiosa esa especie
de inversión que le había
explicado a su amigo. Hoy, dice,
nos atenemos a la ley de un Zeus
más auténtico. Ese dios más
auténtico "repliega hacia
la tierra el curso de la
naturaleza que se dirige hacia el
otro mundo, ese curso eternamente
hostil al hombre". Fórmula
notable que muestra hasta qué
punto se ha alejado Hôlderlin de
Empédocles: Empédocles es el
deseo de ir al otro mundo, deseo
que ahora llama inauténtico y
cuyo sentido debe ser invertido
para orientarlo hacia este mundo,
así como la naturaleza tan
amada, tan cantada, la educadora
por excelencia, se convierte en
"la eterna enemiga del
hombre", porque lo arrastra
más allá de este mundo.
El hombre de hoy,
pues, debe invertir el sentido de
su marcha. Debe apartarse del
mundo de los dioses, que es
también el mundo de los muertos,
del llamado del último Dios, el
Cristo, que ha desaparecido y nos
invita a desaparecer. Pero,
¿cómo es posible esta
inversión? ¿Es una rebelión
humana? ¿Acaso el hombre es
invitado a levantarse contra las
potencias superiores que le son
hostiles porque lo desviarían de
su tarea terrestre? No, y aquí
es donde el pensamiento de
Hôlderlin, pese a entrar ya bajo
el velo de la locura, se presenta
más reflexivo, menos fácil que
el del humanismo. Si los hombres
de la era occidental deben
realizar esa inversión decisiva,
es porque los mismos dioses
realizan lo que él llama la
"inversión
categórica". Hoy los dioses
se apartan, están ausentes, son
infieles, y el hombre debe
comprender el sentido sagrado de
esa infidelidad divina, no
contrariándola, sino
realizándola en lo que él
respecta. "En tal momento
dice- el hombre se olvida y
olvida a Dios, se rebela como un
traidor, aunque de un modo
santo". Esta rebelión es un
acto terrible, una traición,
pero no es impía porque, por
esta infidelidad en la que afirma
la separación de los mundos, se
afirma también, en esa
separación, en esa distinción
firmemente mantenida, la pureza
del recuerdo divino. En efecto,
Hôlderlin agrega: "El dios
y el hombre, para que el mundo no
tenga lagunas y para que el
recuerdo de los Celestes no se
pierda, entran en comunicación
bajo la forma de la infidelidad,
en la cual hay olvido de todo,
porque la infidelidad divina es
la que se contiene mejor."
No es fácil
comprender estas palabras, pero
su sentido se aclara un poco si
pensamos que han sido escritas en
torno a la tragedia de Edipo. Edipo
es la tragedia del alejamiento de
los dioses. Edipo es el héroe
obligado a mantenerse al margen
de los dioses y de los hombres,
que debe soportar esta doble
separación, debe conservar pura
esta distancia sin llenarla con
vanos consuelos, mantenerla como
un espacio intermedio, lugar
vacío que abre la doble
aversión, la doble infidelidad
de los dioses y de los hombres y
que él debe conservar puro y
vacío, a fin de que se asegure
la distinción de las esferas,
esa distinción que desde ahora
es nuestra tarea, según la
exigencia que Hôlderlin expresa
cuando está muy cerca de la
noche: "Preservar a Dios
por pureza de lo que
distingue".
El poeta y la
doble infidelidad
Se puede comentar
esta idea de la
"inversión" desde el
punto de vista de Hôlderlin y de
su destino personal. Es
misteriosa, emocionante. Es como
si el deseo formado en tiempos de
Hyperion y Empédocles,
de unirse a la naturaleza y a los
dioses, se hubiese convertido en
una experiencia que lo compromete
totalmente y que siente como
excesivamente amenazante. Lo que
entonces sólo era un deseo del
alma, que sin peligro podía
afirmar de modo desmesurado, se
ha transformado en un movimiento
real que lo excede, y necesita
hablar de ese exceso de
beneficios bajo el cual sucumbe y
ese exceso es la presión
demasiado viva, el impulso
demasiado fuerte hacia un mundo
que no es el nuestro: el mundo de
lo divino inmediato. En los
últimos himnos, en los
fragmentos de himnos que se han
encontrado y que pertenecen al
periodo 1801-1805, durante el
cual no se ha producido aún la
ruptura, se siente el esfuerzo
por dominar el llamado
irresistible, por permanecer, por
fundar lo que permanece y
quedarse en la tierra: "Y
como sobre los hombros una carga
de leños, hay mucho que
contener
" "Y el
deseo va siempre hacia lo
ilimitado. Pero hay mucho que
contener."
Cuanto más sometido
está Hôlderlin a la prueba del
"fuego del cielo", más
expresa la necesidad de no
entregarse a ella sin medida.
Esto ya es notable. Pero no
denuncia la experiencia sólo
como peligrosa, la denuncia como
falsa, al menos en la medida en
que ella pretende ser
comunicación inmediata y con lo
inmediato: "Lo inmediato
dice-, en un sentido
estricto, es tan imposible a los
mortales como a los inmortales;
el dios debe distinguir mundos
diferentes, conforme con su
naturaleza, porque la bondad
celeste, respecto de sí misma,
debe permanecer sagrada, sin
mezcla. También el hombre, como
potencia conocedora, debe
distinguir mundos diferentes,
porque sólo la oposición de los
contrarios hace posible el
conocimiento. " Hay aquí
una enérgica lucidez, una
afirmación enérgica de los
límites de la experiencia a la
cual todo debería invitarlo a
entregarse sin reservas: ella no
debe dirigirnos hacia lo
inmediato, porque no sólo
corremos el riesgo de perecer
abrasados por el fuego, sino que
ella no puede hacerlo, lo
inmediato es imposible.
En lo que se refiere
a la inspiración de la
"inversión" resulta
una concepción más rica, más
extraña al simple deseo. La
inspiración ya no consiste en
recibir el sagrado rayo de luz y
apaciguarlo para que no queme a
los hombres. Y la labor del poeta
ya no se limita a esa medicación
demasiado simple, por la que se
le pedía que se mantuviera de
pie frente a Dios. Es frente a la
ausencia de Dios que debe
mantenerse esa ausencia de la que
debe instituirse en guardián,
sin perderse en ella y sin
perderla, es la infidelidad
divina que debe contener,
preservar; es "bajo la forma
de la infidelidad donde hay
olvido de todo" que entra en
comunicación con el dios que se
aparta.
Tarea más próxima
a los objetivos del hombre tal
como hoy se nos imponen, pero
más trágica que aquella que
prometía a Empédocles y que
aseguraba a los griegos la unión
con los dioses. Hoy el poeta ya
no debe mantenerse como
intermediario entre los dioses y
los hombres, sino mantenerse
entre la doble infidelidad,
mantenerse en la intersección de
esa doble inversión divina,
humana, doble y recíproco
movimiento por el cual se abre un
hiato, un vacío que desde ese
momento debe constituir la
relación esencial entre los dos
mundos. El poeta debe resistir
así a la aspiración de los
dioses que desaparecen y que lo
atraen hacia ellos en su
desaparición (particularmente el
Cristo); debe resistir a la pura
y simple subsistencia sobre la
tierra, esa tierra que los poetas
no fundan; debe realizar la doble
inversión, cargar con el peso de
la doble infidelidad y mantener
así distintas las dos esferas,
viviendo puramente la
separación, siendo la vida pura
de la separación misma, porque
ese lugar vacío y puro que
distingue a las esferas es lo
sagrado, la intimidad del
desgarramiento que es lo sagrado.
El misterio del
alejamiento de los dioses
Esa exigencia del
regreso natal, "el límite
extremo del sufrimiento",
dice Hôlderlin, no tiene
entonces nada en común con el
dulce llamado de la familiaridad
de la infancia, ese deseo de
regresar al seno materno que le
atribuye la erudición demasiado
ligera de ciertos psiquiatras.
Aun menos significa una
glorificación de la patria
terrestre o del sentimiento
patriótico, un simple retorno a
los deberes del mundo, una
apología de la mediocridad, de
la sobriedad prosaica y de la
ingenuidad cotidiana. La idea o
la visión de la inversión
categórica, de ese momento muy
duro en el cual el tiempo de
algún modo se invierte, responde
a lo que Jean-Paul había
invocado, anuncia lo que más
tarde Nietzsche, de manera
grandilocuente, llamará "La
muerte de Dios". Hôlderlin
vive ese mismo acontecimiento,
pero con una comprensión más
amplia, más extraña a las
simplificaciones que el mismo
Nietzsche autoriza a menudo. El
nos ayuda, al menos, a rechazar
esas simplificaciones, y cuando
hoy Georges Bataille llama Somme
athéologique, a una parte de
su obra, nos invita a no leer
esas palabras en la tranquilidad
de su sentido manifiesto.
Estamos ante un
cambio radical y Hôlderlin
sintió la fuerza de esta
inversión. El poeta es aquel en
quien, esencialmente, el tiempo
se invierte y para quien siempre,
en ese tiempo, el dios gira y se
aleja. Pero Hôlderlin también
concibe profundamente que esta
ausencia de los dioses no es una
forma puramente negativa de
relación, por eso es terrible;
lo es, no sólo porque nos priva
de la presencia benévola de los
dioses, de la familiaridad de la
palabra inspirada, no sólo
porque nos arroja sobre nosotros
mismos en la indigencia y el
desamparo de un tiempo vacío,
sino porque sustituye al favor
mesurado de las formas divinas,
tal como los griegos las
representaban, dioses del día,
dioses de la ingenuidad inicial,
una relación, que puede sin
cesar desgarrarnos y
extraviarnos, con aquello que es
más alto que los dioses, con lo
sagrado mismo o con su esencia
pervertida.
Este es el misterio
de la noche del alejamiento de
los dioses. En el día, los
dioses tienen forma de día,
iluminan, cuidan al hombre, lo
educan, cultivan la naturaleza
como esclavos. Pero en el tiempo
de la noche, lo divino se
convierte en espíritu del tiempo
que se invierte, que arrebata
todo; "entonces no tiene
miramientos, es el espíritu de
la salvajería inexpresada y
eternamente viva, el espíritu de
la región de los muertos."
De allí, la tentación de la
desmesura para el poeta, deseo
que lo arrastra inmoderadamente
hacia lo que no está ligado,
pero de allí también el deber
aún más grande de contenerse,
de conservar la voluntad de
distinguir bien, para mantener la
distinción de las esferas, así
mantener puro y vacío el lugar
de la desgarradura y que es el
espacio puro de lo sagrado, el
lugar del espacio intermedio, el
tiempo del entretiempo. En el
fragmento tardío de Mnémosyne,
Hôlderlin dice:
No pueden todo
Los Celestes. Más bien los
Mortales
Tocan el abismo. Así, con ellos
Se cumple la inversión.
El abismo está
reservado a los mortales, pero el
abismo no es sólo el abismo
vacío, es la profundidad salvaje
y eternamente viva de la que los
dioses son preservados, de la que
nos preservan, pero que no
alcanzan como nosotros, de manera
que es más bien en el corazón
del hombre símbolo de la pureza
cristalina, que puede realizarse
la verdad de la inversión: el
corazón del hombre, y no por una
simple y fácil metamorfosis,
debe convertirse en el lugar
donde la luz se hace, la
intimidad donde el eco de la
profundidad vacía se hace
palabra. Desde 1801, en el himno Germanie,
en versos de un espléndido
rigor, Hôlderlin había
formulado así el deber de la
palabra poética, esa palabra que
no pertenece ni al día ni a la
noche, pero siempre se pronuncia
entre noche y día y una sola vez
dice la verdad y la deja
inexpresada:
Pero si el oro
corre más abundante que
Los puros manantiales y cuando en
el cielo la cólera se agrava,
Es necesario que entre el día y
la noche
Una vez aparezca una verdad.
Transcríbela en una triple
metamorfosis,
No obstante siempre inexpresada,
tal como es,
Inocente, así debe quedar.
Cuando la locura se
apoderó completamente del
espíritu de Hôlderlin, también
su poesía se invirtió. Todo lo
que había de dureza, de
concentración, de tensión casi
insostenible en los últimos
himnos, se convirtió en reposo,
calma y fuerza apaciguada. ¿Por
qué? No lo sabemos. Como lo
sugiere Allemann, es como si
quebrado el esfuerzo de resistir
al impulso que lo llevaba hacia
la desmesura del Todo, por
resistir a la amenaza de la
salvajería nocturna, también
hubiese quebrado esta amenaza,
realizado la inversión, como si
entre el día y la noche, entre
el cielo y la tierra, se abriese
de ahora en adelante una región
pura e ingenua donde pudiera ver
las cosas en su transparencia, el
cielo en su evidencia vacía, y
en este vacío manifiesto, el
rostro de la lejanía de Dios:
"¿Dios, dice en uno
de los poemas de esta época, es
desconocido? ¿Es abierto
como el cielo? Más bien creo
esto." O bien:
"¿Qué es Dios? Desconocido.
Sin embargo, lleno de
cualidades, es, lejos de él, la
figura que nos ofrece el
cielo". Y cuando leemos
estas palabras radiantes de
locura: "¿Quisiera ser
un cometa? Sì. Porque tienen la
rapidez de los pájaros, florecen
en fuego y son puros como
niños", presentimos
cómo pudo realizarse para el
poeta, en la pureza que le
aseguró su insigne rectitud, el
deseo de unirse al fuego, al
día, y no nos sorprendemos de
esta metamorfosis que, con la
rapidez silenciosa de un vuelo de
pájaro, lo arrastra ahora por el
cielo, flor de luz, astro que
arde, pero que inocentemente se
despliega en flor.
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