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Reflexiones sobre la hípermodernidad

¿Hay alguien ahí?

 

Foto: Nahuel Track (Agencia Sinestesia)

 

 
 

Los tiempos han cambiado.

¿Cuántas veces habremos escuchado esta frase? ¿Acaso hay algún tiempo que pueda permanecer, aquietarse, prometer algún tipo de eternidad, tiempo homogéneo, del todo igual que se repita hasta el final? Tal vez en el campo aún no tecnificado, donde la ciclicidad de la naturaleza garantiza previsibles retornos. No en cambio en las grandes metrópolis, donde el tiempo adquiere carácter estético (antes reservado a la esfera sagrada). Se lo percibe como bien tangible y altamente cotizado en el mercado de los valores materiales pero también espirituales. Es apremio y condición de supervivencia. El tiempo metropolitano, acelerado y acelerante, transforma los espacios hasta volverlos caducos incluso antes de nacer. La caducidad es la verdadera protagonista de estos tiempos hípermodernos. Lo esencial ya no radica en lo producido sino en su velocidad de transformación y descarte. De sustitución por esa novedad que, al final, jamás se alcanza: una carrera perdida en la línea de largada. Ni la crisálida ni la mariposa, sino el mecanismo de conversión. Ese proceso que incluso debe variar sus coordenadas a riesgo de quedar atrapado en su propio juego.

 

Somos seres caducos. Somos seres perseguidos por un tiempo hambriento de nuestras vísceras y sangre, de nuestra potencia creadora, de capacidades que desconocemos (nosotros, él no). Tiempo caníbal que mientras automatiza y monopoliza deseos, se encarga de lanzar a la banquina a aquellos que no estén a su altura. A la altura de estos tiempos. En este escenario, la palabra y el pensamiento sufren los peores embates. La palabra (y sus derivados, la escritura y la lectura) es mala palabra. Esa que hace entrar en comunión al hombre con sus cuestiones abismales, que interrumpe la discontinuidad, que genera un tipo de pertenencia peligrosa, interruptora de aquel mecanismo famélico e insaciable. Pero sobre todo, que comunica la imposibilidad de la libertad sin por eso dejar de pensarla. De allí las estrategias y operaciones para su degradación, para su propagación al infinito, aullidos que ya nadie puede escuchar; de allí los perversos mecanismos que suman repetidores acríticos, contentos de esta resta camuflada con máscaras de integración. De allí las grandes campañas detrás de un eslogan que arrebaña multitudes tras causas nobles. El dispositivo vistoso que mientras comprime el lenguaje también opera sobre el cerebro, domestica la vista, la torna adicta al cambio veloz, e instala al sujeto como rehén de ese circuito ininterrumpido. Es esa autopista o la temida banquina. Tiempos hípercomunicados con solitarios en masa, que, parafraseando a Martínez Estrada, ni siquiera saben de su condición de insumos y consumidos.

 

Ya no pensamos la época: la hablamos hasta el hartazgo, con la gratuidad del lenguaje que circula como preciada mercancía, amparada en comodidades tecnológicas. ¿Alguien escucha? ¿Alguien lee, más allá de las efímeras, si no dudosas, adhesiones de pulgares en alto, expresiones fervorosas de apoyo ante la frase ocurrente, la idea inteligente elaborada en cuestión de segundos, publicada en el medio hegemónico o en el alternativo, y olvidada en igual medida de tiempo?  ¿Hay, realmente, alguien allí afuera?

 

Hoy iniciamos una segunda etapa en Contratiempo. El portal se ha renovado, lo pensamos como un palimpsesto donde en cada entrada se encontrarán huellas anteriores. No todos los títulos conducen a un enlace; hay imágenes que impactaron la época; hay reflexiones breves que quedan allí, en el pliego de la superficie. Hay diversidad de registros (y habrá más próximamente). No queremos ser comentadores, ni propagadores de opiniones, ni agradar a millones, ni extraer rédito de esos millones. Queremos ejercitar el pensamiento. Queremos restituirle a la palabra su poder ingresivo, su peligrosidad como proyectil que va directo al corazón de este tiempo caduco. Y no como pirotecnia que anima fiestas que siempre terminan mal. Hoy empezamos una nueva época. La previsibilidad no será característica de este sitio. Porque estamos convencidos de que sí, que allí afuera hay alguien. A la espera y a la escucha.

 
 
Nota Editorial Otoño 2018 - Revista Contratiempo 2° Época
 
 
 

 

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