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  HOMERO M. GUGLIELMINI
Tensión y Monotonía
Del libro Temas Existenciales, Homero M. Guglielmini. Buenos Aires, Ed. Losada, 1939

Buenos Aires

Buenos Aires, situada en la periferia de esa inmensa extensión, resulta un simulacro espléndido, como esas piedras que son falsas y no obstante refulgen con mil reflejos. Parece la Capital del Imperio. Tiene opulencia y esplendor babilónicos. Y sin embargo, el desierto se asoma a sus orillas. Sus calles desembocan en la pampa, se disuelven en el espacio. Pero mantiene y acrece sus ínfulas de metrópolis novelera y ardiente. Es una mezcla de soberbia española, insolencia italiana y nerviosidad yanke. En el fuego de sus luces se encienden todos los caprichos y placeres del siglo. Al igual de las grandes ciudades modernas y cosmopolitas, se permite el lujo de albergar buena copia de caballeros de industria y mujeres histéricas.

En su actividad cultural e ideológica, vive suspensa de las sugestiones foráneas que le llegan de ultramar bajo la apariencia insidiosa de conferenciantes, periodistas, libros, clubs literarios, etc., etc. El paquebote inmenso que atraca en sus muelles, trae, junto con los bultos de golosinas europeas y encendedores norteamericanos, encomiendas de papel impreso donde también vienen empaquetados estilos e ideas forasteros. Se fundan comités de ayuda a gente lejana en desgracia con la que no tenemos nada que ver y poco nos importan. Nos ocupamos de los conflictos europeos y nos tragamos todos los infundios que nos manda el telégrafo.

Los hombres y mujeres que habitan el interior, se vienen a la ciudad ni bien pueden, escapando a la monotonía provinciana. Pero esta capital populosa y radiante es la capital de la extensión, del Espacio y de la Nada. En vano queremos dar la espalda a la verdadera realidad argentina: la tierra. De ésta se alimenta el esplendor, el lujo, el vicio, la cultura de la gran ciudad. La tierra misma es la que nos proporciona los recursos que empleamos para olvidarla y traicionarla en la distracción. Mientras los hijos del país que traicionaron la tierra se empobrecen hipotecando sus bienes, la posesión y administración de la riqueza pasa a manos de extranjeros astutos y voraces. Lo peor es que detrás de esa colonización económica y semi-política, viene la colonización mental de las ideas y la colonización sentimental del alma.

La "Radiografía de la Pampa"

Debo hablar ahora, necesariamente, del libro de Ezequiel Martínez Estrada, Radiografía de la Pampa. Notable interpretación, tal vez corresponde calificarla como una verdadera filosofía de la historia argentina. Su valor –sin mencionar el brillo de la expresión- reside en que Martínez Estrada ha puesto de relieve con brío excepcional los aspectos negativos e inerciales de la historia argentina, mas, dejando en la sombra, desgraciadamente, sus aspectos tensoriales, los únicos capaces de inspirar una propedéutica para nuestra acción, de alimentar un sistema de impulsos morales y decisiones enérgicas –necesidad que constituye el problema dominante de nosotros, los argentinos de ahora, tan sumidos como estamos en el consentimiento y la pasividad. Basta echar un vistazo a la historia argentina, y pulsar en la intimidad de nuestro pueblo, para advertir qué caudal de energía, qué extremo de tensión, están contenidos y dormidos bajo ese cansancio aparente, bajo esa modorra de la voluntad creadora; es que, según bien lo han notado ya los extranjeros y compatriotas, en ninguna parte del mundo se vive actualmente con tanta facilidad como en la Argentina, y, aunque en esta creencia hay mucho de ilusorio, el pretexto sirve a maravilla para dejarse vivir.

Martínez Estrada ha visto, lúcidamente, la fuerza con que lo geográfico se ha superpuesto a lo humano-histórico. Llégase así a una interpretación que peca por naturalista en exceso, pero que es verdadera en su tesis negativa fundamental. Martínez Estrada enumera una serie de factores cósmicos, de fatalidades geográficas y naturales, a merced de las cuales se fue formando y deformando el alma argentina: la soledad inmensa, el aislamiento, la incomunicación, el desierto, etc. El miedo, la desconfianza, el resentimiento, fueron las resultantes psíquicas.

Ya hemos aludido, por nuestra parte, a aquellos sinos histórico-geográficos que determinaron la monotonía de la vida argentina, y cuyo vasto repertorio puede reducirse a tres palabras: el Espacio, el Vacío, la Nada. Pero estos horizontes infinitos son capaces de suscitar, también, la expectativa y la tensión: porque la existencia en tensión tiende a expandirse en el Espacio, la voluntad constructiva tiende a llenar el Vacío, y las fuerzas creadoras de verdad crean en el ámbito de la Nada –y ése ha sido, desde el Génesis hasta hoy, el misterio de la creación.

La vida espaciosa

En un mundo viejo cada vez más aquejado por la falta de espacio, en un mundo colmando y apeñuscado, en el cual los pueblos vense impelidos a la guerra para abrirse paso y encontrar huecos vacantes, la Argentina ofrece, en el cuadro de la actual civilización, una espaciosidad dilatada, promisoria de grandes hazañas y creaciones audaces. En un mundo de vida estrecha y apretada, la Argentina ofrece la posibilidad de una vida espaciosa. Tal vez sea éste el único país que todavía puede proporcionar albergue al extranjero arrojado de Europa; y en verdad, aquí llegan uno tras otro, desalojando de las actividades más nobles a los hijos del país, al amparo de la generosidad mal entendida y de lugares comunes sentimentales ya en desuso en todas las naciones provistas de un elemental instinto de conservación.

Mientras tanto, y pese a constantes recaídas, vase acentuando en la Argentina un sentido de la vida espaciosa y de la verdadera libertad, que harán posible en el futuro la ejecución de iniciativas creadoras y el acometimiento de empresas serias. La abundancia y extensión del espacio está llena por sí misma de virtualidad, de energía potencial y de expectativa. Por eso la historia se presenta al argentino en dimensión futurista, la historia resulta también un espacio a ocupar y conquistar, una perspectiva y un horizonte vacantes. El tiempo, como el espacio, están por delante de nosotros.

Porque la historia, en substancia, no es sino el proceso mediante el cual el hombre va llenando de contenido el espacio vacío. Grandes zonas de nuestro ámbito espacial permanecen huecas. Este problema no hay que entenderlo en su mera acepción física y material. No se resuelve sólo con demografía y con cuerpos sólidos. Se resuelve preferentemente con alma y con ideas de acción. Sobre todo, urge llenar el vacío con estructuras y contenidos morales. Esta operación no puede realizarse hasta tanto no se arraigue en el espíritu de los verdaderos argentinos la convicción de que la comunidad y sus valores son más importantes y jerárquicamente superiores al individuo y sus valores.

El sentido de la comunidad exige eventualmente sacrificios e ideales que pueden llegar hasta la mortificación y sometimiento del individuo y de sus impulsos y aspiraciones. El espacio excesivo y el consiguiente aislamiento alentó en nuestro país la exaltación de un individualismo exagerado y de una libertad que no es libertad, sino licencia y libertinaje. La verdadera libertad de la persona no se realiza sino en la comunidad, y es determinada por la libertad de la comunidad. No puede haber libertad en el vacío. No puede haber libertad en el desorden. No puede haber libertad en el capricho.

A la sombra de una lastimosa recaída en el sopor, la facilidad y la indiferencia, hemos ido llenando el espacio vacío de ficciones, lugares comunes y mentiras convencionales. Hemos querido compensar la ausencia de voluntad con un exceso de sentimentalismo huero y superficial. Sin duda alguna, la tarea más urgente consiste en la ocupación moral del espacio argentino.

El asunto tampoco se arregla con un esoterismo fácil y lacrimoso: no se arregla con folklore y vidalitas.

La ley de existencia de toda comunidad en tensión histórica que cumple su destino, es la lucha, no la abdicación, es la conquista, no la renuncia, es la fuerza, no la debilidad, es el riesgo, no la paz, es libertad, no pasividad, es voluntad de ser, no asentimiento a la nada. Y esto, sencillamente porque la vida quiere vivir, y el individuo trasciende en la comunidad su destino existencial, que es destino de muerte.

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