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La comunicación y la guerra
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El principal obstáculo para escribir un artículo sobre la guerra es la saturación. Las palabras y las imágenes recibidas se atropellan en nuestra mente hasta lograr el efecto contrario. Quedamos vacíos por exceso. El tiempo real o, mejor dicho, la ilusión de tiempo real nos instala en el espanto frente a las pantallas –los diarios de papel pierden vigencia en segundos.

Estamos apabullados de discursos bélicos: cifras de muertos y heridos, detalles de armamentos, cálculos de probabilidades, gastos estimados, ciudades tomadas, sitiadas, incendiadas, estrategias, intenciones, disculpas, errores, males necesarios, etc. La expulsión, el despido o la desaparición de periodistas habla de múltiples frentes de batalla. Y el de la comunicación, indudablemente, puede llegar a ser más temido aún que la guardia republicana y las armas químicas juntas. ¿Eran 15 o 1500 los civiles muertos? La difusión de los números, así como de las razones de la invasión, adquiere como nunca vital importancia. Aterran las posibles comparaciones, no por un problema de conciencia sino de discurso, de posiciones. Mientras que las cifras publicadas estén bien lejos de, por ejemplo, seis millones, las cuentas cierran. Mientras que no se perfilen atisbos de maldad desmedida –nada de experimentos ni de saña gratuita o irracional- la guerra se mantiene saludable. Hitler hubo uno solo y es mejor que esto quede bien en claro. El monstruo está identificado, es el necesario estado excepcional y demoníaco que permite la impunidad, por comparación de atrocidades publicadas, de sus iguales. De oriente y occidente, de norte y sur. Los discursos sobre la liberación, los enemigos peligrosos para la humanidad y el mal menor resultan eficaces. La cuestión de las masacres pasa entonces por el costo imprescindible, el error humano, el pedido de disculpas. O, lo que es lo mismo, por lo inevitable, la imperfección y el sentido de responsabilidad. Ésta, como otras anteriores, es una guerra de palabras, una especie de negociación lingüística. El inocente que se calcinó en Iroshima, en Auschwitz, en Vietnam o en las llamas de las torres gemelas; el argelino torturado por tropas francesas, el niño de Acosta Nú, en la Triple Alianza, o el de la maternidad de Bagdad, están ubicados, en este orden maleable del discurso, en lugares diferentes –al margen de que el concepto de seres humanos sufre en estos casos serias variaciones-. La bomba atómica, el gas letal, el napalm, las bayonetas, los misiles y los aviones enloquecidos, también. Lo único que se mantiene inalterable es el horror. A las víctimas de los campos nazis las mató la bestia. Los muertos de la maternidad de Bagdad pueden descansar tranquilos, no fueron parte de un maquiavélico plan de exterminio de una mente enferma. Fueron el costo necesario -el sólo hecho de remarcar que una familia murió, mostrar el velorio y describir el suceso, da a entender que los otros vecinos gozan de buena salud; la identificación detallada de las víctimas habla de que allí no hay asesinatos masivos sino tan sólo accidentes inevitables, propios de toda guerra. La cuestión de la guerrilla urbana es el otro permiso para justificar las acciones cometidas contra civiles: debajo de cualquier túnica puede estar agazapado el temible enemigo, armado hasta los dientes.

Frente a este panorama ¿con qué medios contamos para comunicar los cuerpos destrozados, torturados, quemados, pulverizados, estallados, sin que ellos se vuelvan en contra de su objetivo? Legitimadas por la razón, desactivadas por la proliferación de las imágenes, del exceso informativo y de la instantaneidad periodística y enmascaradas por los intereses creados, la muerte y la violencia generadas por la guerra, por cualquier guerra, quedan supeditadas a esas variables discursivas, las que finalmente decidirán la suerte histórica del criminal de turno y de su empresa. De allí saldrán los monstruos o los salvadores de la humanidad. Quiénes conforman esa humanidad y quiénes quedan irremediablemente afuera no es más que la otra cara de la misma moneda.

Albert Camus y la reflexión sobre los fundamentos del crimen legalizado; Juan B. Alberdi y el crimen de la guerra; Ernst Jünger y un bellísimo pasaje sobre la destrucción de Los acantilados de mármol; Thomas Mann y el desmoronamiento de la Montaña Mágica frente a la irrupción de la primera guerra mundial; Georges Bataille y el pasaje de la guerra arcaica a la estructura militar; Siegfried Kracauer y las formas y estrategias de la propaganda nazi; y la matanza de J.L.Suárez en el relato de Rodolfo Walsh son los fragmentos elegidos en este intento por comunicar el horror. Por hablar de la guerra.

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