Revista de pensamiento y cultura
/ La pregunta por la muerte / Año III N° 6 / Otoño - Invierno 2003
   

Ídolo incaico para ofrendas

ENCUENTRO DE DOS MUNDOS

SERGE GRUZINSKI Y CARMEN BERNAND
Desgracias

Cuando empezaban a caer las primeras lluvias en agosto, los incas reunían todas las huacas del Imperio, desde Quito hasta Chile, en la ciudad de Cuzco para celebrar la fiesta de la citua. Entonces, y siguiendo numerosos rituales, se arrojaban del territorio de las ciudades "las enfermedades, los desastres, los infortunios y los peligros". Cristóbal de Molina, a quien se debe una excepcional narración de esa fiesta, introdujo un nuevo objeto de reflexión: el mal y su significado social, inaugurando así, sin saberlo, una exploración de los comportamientos humanos que evita caer en la trampa de lo religioso. Sin embargo, habría que esperar a la segunda mitad del siglo XX para que se creara una verdadera antropología del infortunio.

La citua era una ceremonia compleja que duraba varios días: tenía una función purificadora en la medida en que el infortunio en todas sus formas se asociaba, según Molina, a la idea de falta. Es evidente que ese concepto autóctono del pecado no podía pasar inadvertido para unos hombres cuya vocación era salvar almas liberándolas de toda mancha. Que las enfermedades pudieran conceptuarse como la expresión del castigo divino no tenía así por qué chocar a los hombres del siglo XVI, aun cuando esas interpretaciones ya en esa época empezaran a parecer reduccionistas. Pero el concepto mismo de ofensa a lo divino tomaba en Perú un sentido particular, pues implicaba que se había olvidado alimentar a las huacas y a las momias ancestrales, el incumplimiento de las reglas sociales de reciprocidad y de sumisión a la autoridad suprema y, en suma, la ruptura de lazos de dependencia y solidaridad que pertenecían tanto a lo "sagrado" como a lo social.

Cuando el inca había cometido una falta contra sus huacas y se hallaba así expuesto a la desgracia, se realizaba una "confesión" general, junto con el sacrificio de una o varias jóvenes (el ritual de la capacocha, capac hucha). La falta (y su castigo) no era asunto únicamente del individuo sino que tenía una dimensión colectiva. Además, al inicio de la ceremonia de la citua, se expulsaba del territorio de la ciudad a los jorobados y en general a todas las personas deformes cuya mala conducta, origen de su desgracia, podía extenderse a toda la sociedad. Esa concepción colectiva del mal explicaba que éste fuera "echado" de la ciudad hacia un lugar indeterminado, a merced de la corriente de los ríos que servían para esa purificación expiatoria. En México pudieron traducirse más fácilmente al lenguaje cristiano los rituales comparables, en la medida en que la existencia de dioses –al contrario de las huacas, entidades que se resistían a la analogía- facilitaba el acercamiento entre enfermedad y castigo divino. De este modo la sífilis y la lepra se debían a la venganza de los dioses, "los cuales males decían que sucedían por los pecados y que estos dioses los enviaban en venganza de ellos" (Durán, Diego, "Historia de las Indias de Nueva España e Islas de la Tierra Firme").

Para los españoles resultaba tentador reducir ese "pecado" a la fornicación, tema que obsesionó a los evangelizadores durante dos siglos. Durante las "confesiones" que se practicaban en Perú antes de la conquista frente a especialistas y con objeto de descubrir esas faltas que afectaban al conjunto de la comunidad, el pecado de la carne formaba parte de las posibilidades que se le presentaban al culpable. Molina no deja de señalarlo, para agregar, empero, que no es el acto en sí lo que se discutía sino el hecho de que las relaciones sexuales estuvieran en teoría legitimadas por el Inca: "acusabanse de la fornicación en cuanto era quebrantar el mandamiento del inca…y no porque tuviesen que la fornicación de sí fuese pecado" (Molina, Cristóbal, "Relación de las fábulas y ritos de los Ingas"). La "confesión" incaica resulta así un medio eficaz de control social, practicado por magos ("hechiceros") para que el Inca pudiera mantenerse al corriente de las minucias del Imperio. Una vez más, los hechos evidenciaban un tinte político en donde sólo parecía existir "lo religioso". Las artes diabólicas les permiten a esos hechiceros saber la verdad, por medio de diversas formas de adivinación; porque, a diferencia de la confesión cristiana, la de los peruanos no era espontánea sino provocada por el temor y por la acusación que el adivino lanzaba sobre la víctima. La importancia de la "confesión" pública en el mundo andino anterior a la conquista explica sin duda el éxito de las grandes confesiones que practicaron los jesuitas a nivel comunitario durante las campañas de extirpación de las idolatrías.


Del libro DE LA IDOLATRÍA, Una arqueología de las ciencias religiosas, Carmen Bernand y Serge Gruzinski (Fondo de Cultura Económica, México/1988)


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