
Ídolo incaico para
ofrendas
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SERGE
GRUZINSKI Y CARMEN BERNAND
Desgracias
Cuando empezaban a caer las
primeras lluvias en agosto, los incas
reunían todas las huacas del
Imperio, desde Quito hasta Chile, en la
ciudad de Cuzco para celebrar la fiesta
de la citua. Entonces, y siguiendo
numerosos rituales, se arrojaban del
territorio de las ciudades "las
enfermedades, los desastres, los
infortunios y los peligros".
Cristóbal de Molina, a quien se debe una
excepcional narración de esa fiesta,
introdujo un nuevo objeto de reflexión:
el mal y su significado social,
inaugurando así, sin saberlo, una
exploración de los comportamientos
humanos que evita caer en la trampa de lo
religioso. Sin embargo, habría que
esperar a la segunda mitad del siglo XX
para que se creara una verdadera
antropología del infortunio.
La citua era una
ceremonia compleja que duraba varios
días: tenía una función purificadora
en la medida en que el infortunio en
todas sus formas se asociaba, según
Molina, a la idea de falta. Es evidente
que ese concepto autóctono del pecado no
podía pasar inadvertido para unos
hombres cuya vocación era salvar almas
liberándolas de toda mancha. Que las
enfermedades pudieran conceptuarse como
la expresión del castigo divino no
tenía así por qué chocar a los hombres
del siglo XVI, aun cuando esas
interpretaciones ya en esa época
empezaran a parecer reduccionistas. Pero
el concepto mismo de ofensa a lo divino
tomaba en Perú un sentido particular,
pues implicaba que se había olvidado
alimentar a las huacas y a las
momias ancestrales, el incumplimiento de
las reglas sociales de reciprocidad y de
sumisión a la autoridad suprema y, en
suma, la ruptura de lazos de dependencia
y solidaridad que pertenecían tanto a lo
"sagrado" como a lo social.
Cuando el inca había
cometido una falta contra sus huacas
y se hallaba así expuesto a la
desgracia, se realizaba una
"confesión" general, junto con
el sacrificio de una o varias jóvenes
(el ritual de la capacocha, capac
hucha). La falta (y su castigo) no
era asunto únicamente del individuo sino
que tenía una dimensión colectiva.
Además, al inicio de la ceremonia de la citua,
se expulsaba del territorio de la ciudad
a los jorobados y en general a todas las
personas deformes cuya mala conducta,
origen de su desgracia, podía extenderse
a toda la sociedad. Esa concepción
colectiva del mal explicaba que éste
fuera "echado" de la ciudad
hacia un lugar indeterminado, a merced de
la corriente de los ríos que servían
para esa purificación expiatoria. En
México pudieron traducirse más
fácilmente al lenguaje cristiano los
rituales comparables, en la medida en que
la existencia de dioses al
contrario de las huacas, entidades
que se resistían a la analogía-
facilitaba el acercamiento entre
enfermedad y castigo divino. De este modo
la sífilis y la lepra se debían a la
venganza de los dioses, "los cuales
males decían que sucedían por los
pecados y que estos dioses los enviaban
en venganza de ellos" (Durán,
Diego, "Historia de las Indias de
Nueva España e Islas de la Tierra
Firme").
Para los españoles
resultaba tentador reducir ese
"pecado" a la fornicación,
tema que obsesionó a los evangelizadores
durante dos siglos. Durante las
"confesiones" que se
practicaban en Perú antes de la
conquista frente a especialistas y con
objeto de descubrir esas faltas que
afectaban al conjunto de la comunidad, el
pecado de la carne formaba parte de las
posibilidades que se le presentaban al
culpable. Molina no deja de señalarlo,
para agregar, empero, que no es el acto
en sí lo que se discutía sino el hecho
de que las relaciones sexuales estuvieran
en teoría legitimadas por el Inca:
"acusabanse de la fornicación en
cuanto era quebrantar el mandamiento del
inca
y no porque tuviesen que la
fornicación de sí fuese pecado"
(Molina, Cristóbal, "Relación de
las fábulas y ritos de los Ingas").
La "confesión" incaica resulta
así un medio eficaz de control social,
practicado por magos
("hechiceros") para que el Inca
pudiera mantenerse al corriente de las
minucias del Imperio. Una vez más, los
hechos evidenciaban un tinte político en
donde sólo parecía existir "lo
religioso". Las artes diabólicas
les permiten a esos hechiceros saber la
verdad, por medio de diversas formas de
adivinación; porque, a diferencia de la
confesión cristiana, la de los peruanos
no era espontánea sino provocada por el
temor y por la acusación que el adivino
lanzaba sobre la víctima. La importancia
de la "confesión" pública en
el mundo andino anterior a la conquista
explica sin duda el éxito de las grandes
confesiones que practicaron los jesuitas
a nivel comunitario durante las campañas
de extirpación de las idolatrías.
Del libro DE LA
IDOLATRÍA, Una arqueología de las
ciencias religiosas, Carmen Bernand y
Serge Gruzinski (Fondo de Cultura
Económica, México/1988)
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