| /Los discursos del deseo / Revista Contratiempo | Año 1 Nº III Primavera - Verano 2001/02 | ||
| Gombrowicz:
un lenguaje corporal MARIO MUÑOZ
(LA FORMA: DEFORMACIÓN Y DEGRADACIÓN) El arte moderno es descarnado: vive las carencias del progreso; o bien es severo, y busca lo irrealizable de una moral reformista; o bien disoluto, y entonces anula o distorsiona la imagen del hombre. En ambos casos la suplantación de la realidad es evidente. La vieja mitología es sustituida por otra no menos represiva. A medida que aumentan las sublimaciones se reduce notoriamente la libertad de elegir aquello que complete nuestra individualidad. El encuentro con lo humano, que es la "máxima" de Gombrowicz, es cada día menos fácil en una sociedad que actúa bajo el influjo de formas degradadas. La ciencia, que hasta no hace mucho era patrimonio del saber humanista, ofrece ahora una concepción no menos materialista de la vida. Su lenguaje es hermético e insensible como es vacío el de la propaganda comercial: ambas permanecen en la periferia de las necesidades inmediatas. En todo ello está ausente la imaginación: la facultad de asombrar y maravillarse. Quizá por esta razón, como respuesta a las vejaciones que sufren los sentidos, las revueltas sociales tienen en nuestros días su correspondiente fondo espiritual en la violenta manifestación del erotismo. Saturado su poder de asimilación con los productos que le proporciona la sociedad industrial, la generación moderna ha convertido el sexo en elemento de choque, de explosión. Nunca antes la juventud había sido tan "divinizada", ni tan drásticamente desmentido el racionalismo previsor de las teorías progresistas. Un ambiente inseguro, farsesco y decadente dicta un nuevo estilo: el hombre creado a imagen y semejanza de los demás hombres. Deformamos y nos deforman. La vuelta de la conciencia tendrá lugar cuando aceptemos realistamente que el artificio es propio de la condición humana. Verdad patética pero cierta. Como lo es también el hecho de que los principios más sólidos han sido privados de su autoridad. Todo se vuelve provisorio, temporal. El futuro es absorbido por el hoy, la idea por la pasión, la belleza por la inferioridad. Quizá sólo permanezca el anhelo por reunir nuevamente las partes sueltas de un mundo fragmentado, imprimiéndoles otro ritmo y otra cadencia. En el centro de estas tensiones está situada la obra de Gombrowicz, desgarrada entre la vocación de consumar y la voluntad de destruir. Hay en nosotros, dice Gombrowicz, una tendencia a completar lo inconcluso, a sumar las partes inconexas que componen los hechos en virtud de esa ley que él llama "el imperativo de la forma". Basta el pequeño signo de una evidencia para descifrar el complicado lenguaje de la realidad. El problema está en hallar la punta de este hilo conductor y en seguirlo hasta sus consecuencias más inesperadas. Pues lo que en principio es insinuación o balbuceo, tomado su curso, es capaz de fascinar o destruirnos. Todo depende en evitar la caída en esa corriente tumultuosa que a menudo nos arrastra a las acciones más perversas. Pero un cambio de actitud es a veces suficiente para orientar esta fuerza hacia otro cauce, confrontando un determinado sistema de valores con aquellos elementos que lo exceden. En las tres partes de Ferdydurke, por ejemplo, los protagonistas terminan arrojándose los unos contra los otros, hechos una espantosa mezcla de cabezas, brazos y piernas, cuando aparece una forma que no encaja con ellos. En Opereta, la desnudez con que sueña Albertina hasta su realización final, provoca el desorden y la ruina del castillo de los príncipes Himalay. Frederik, en Pornographie, juega el papel del "director de escena" que calcula, aproxima y consuma, en el asesinato de Skuziak, las asociaciones insospechables que existen entre el Adulto y el Adolescente. Algo similar ocurre en Le Mariage, donde el héroe pretende penetrar los misterios del porvenir modelando la realidad según se lo dictan sus deseos. La conclusión, en cambio, se asemeja a la de Ferdydurke: la humana impotencia frente a la Forma que se niega a ser gobernada. Mientra que en Cosmos se trata de aislar su complicado mecanismo de una madeja de datos imprecisos.
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La forma tiene, para Gombrowicz, un sentido mucho más profundo que el de la imitación o copia: más que un estilo es un imperativo en virtud del cual las combinaciones entre los sujetos son infinitas, respondiendo a cada situación nueva. De tal modo que a una palabra, gesto o movimiento de nuestro interlocutor se suscita en nosotros una actitud parecida, según la ley de la simetría que determina la acción de la forma. Los dos cuentos insertados en Ferdydurke -Filifor y Filimor- muestran el funcionamiento de este complicado juego. En el primero, el profesor de la Alta Síntesis encuentra su "partenaire" en el profesor de Alto Análisis". Uno busca la suma, el otro, la "descomposición" en parte. Pero ambos contendientes tratan de ganarse a su respectiva causa. La síntesis, que domina la acción del relato, culmina con el duelo. En el instante que el Analista se aparta del "eje de simetría", disparando el dedo meñique de la esposa del Sintetista, éste, a su vez, tiene que apartarse, disparando en el mismo dedo de la amante de su adversario. En la segunda historia se pone en evidencia el contexto de Ferdydurke al describir el mecanismo del comportamiento humano, demostrándose cómo el hombre continuamente es creado por los demás. Algo similar ocurre en Le Banquet. Ahí el protagonista sufre la impotencia de querer ser auténtico. Cualquier acción suya, por grotesca que parezca, deja de pertenecerle al asimilarla y repetirla con exactitud las personas que tiene a su lado. Precisando, diremos que el funcionamiento de la forma lo determina la oposición insalvable entre la expresión individual y las actitudes y conductas que la mayoría impone. Más aún, a esta artificialidad cabe agregar otra dependencia no menos opresiva: la humillación del superior a manos del subalterno. Acto ominoso que pretende hacer hincapié en el carácter efímero de toda autoridad. En consecuencia, "el que manda se vuelve esclavo del esclavo" en una interminable cadena de sometidos. Si el existencialismo confía en la agudeza de conciencia como paso indispensable para medir la "autenticidad de la experiencia vivida", en lo que concierne a la literatura de Gombrowicz, la conciencia es otro añadido, producto de un largo perfeccionamiento entre los hombres. Pero si éstos me acosan, me agreden y torturan, negándome mi propio sitio, ¿cómo descubrir, entonces, lo que en mí hay de original y verdadero?, ¿cómo expresar los sentimientos más torcidos y absurdos que son, pese a todo, parte de mi naturaleza?, ¿cuál es la línea divisoria entre lo real y su contrario? Nuestra época no responde a estos llamados porque ella misma ignora su destino, y la obra de Gombrowicz, reservada como es, sólo ilustra este proceso de alienación como un conflicto de formas indeseables. En su lenguaje cifrado, la desproporción y la impotencia tienen una terminología propia que corresponde a las diferentes partes del cuerpo que entran en juego en el momento de sobrevenir la degradación. Pues la persona no sólo deforma a su prójimo, colocándole una "gueule" sino también los degrada "cuculizándolo", imponiéndole un culo. Ambos términos, la "gueule" y el "cucul", aunados a otro no menos regresivo, el de la "inmadurez", son variaciones del mismo acto vejatorio con que se manifiesta la presencia de la forma. "Coller une gueule a quelq'un" significa someter su personalidad a una apariencia y un modo de ser que no riman con su naturaleza. Dicho de otro modo: dependemos siempre de la mirada y la opinión ajenas. La desvalorización se completa infantilizando a la persona, manejándola al capricho, componiéndole un "cucul". Y este ser disminuido, sin que lo advierta su opresor, lo seduce con los atractivos de la inferioridad y, finalmente, lo hace suyo, conquistándolo. En este sentido se opera el paso de la madurez a la inmadurez. Viraje nada sorprendente, pues la voz interior del hombre no solicita de ideas nobles y principios elevados para vivir, que pertenecen al dominio de la conciencia racional, sino de aquellos encantos vergonzosos que son propiedad de la insuficiencia humana. No es otro el contenido de la mitología popular, creada, como dice Gombrowicz, a espaldas de la cultura superior. Ferdydurke trata de poner en claro hasta qué punto la persona es capaz de disponer de sí misma situada, como está, entre dos ideales: la plenitud, propia de la madurez, y la indefinición, característica de la juventud. Como es corriente en Gombrowicz, su dilema es la dualidad, fruto de la antinomia moral de permanecer "siempre 'entre' y jamás 'dentro'", como él mismo lo ha señalado. Como se ha visto, el ser humano pertenece a la masa, que le fabrica los innumerables rostros de su apariencia. Creado desde afuera, las más de las veces acepta este servilismo, lo hace suyo. Pero en su impotencia, va modelando una realidad muy personal. Se trata de un mundo saturado de sensualidad, plegado al capricho de los instintos y construido con todos aquellos elementos que conservan un rastro de frivolidad, exotismo y sordidez. El culto a la figura humana es precisamente la sublimación del regodeo erótico con las "partes" del cuerpo. El placer no realizado pide imágenes y objetos a falta de una consumación. Lo real es sustituido por lo ilusorio, cuando no se trata de una tentativa con miras a cambiar la moral imperante. En consecuencia, la sexualidad reprimida puede ser agente provocador o resignarse a contemplaciones y prácticas solitarias. En su expresión extrema, asume el carácter de una violenta descarga de agresividad, cuya culminación es el sádico y el masoquista. Actitudes nada extrañas a la obra de Gombrowicz. En Ferdydurke, el masoquismo lo origina la necesidad de humillar la altivez aristocrática ante la vulgaridad plebeya. "Lo extraño del cuerpo y lo exótico del espíritu", que hacen imposible un acercamiento entre amo y doméstico, provocan el deseo de "tocar" y la consiguiente autodegradación, satisfecha en el momento que la mano del palafrenero Béber abofetea la cara señorial de Mientus. La frontera social desaparece, y la pretendida "fra...ternización" degenera en un montón de cuerpos jadeantes rodando por el suelo entre maldiciones, mordidas y alaridos. Con anterioridad, en el capítulo X, la colegiala moderna, provista de un cinturón, se flagela la espalda con todas las fuerzas para esquivar la aprehensión que le infunde la mirada del voyeur oculto tras la puerta. En épocas de franca decadencia como es la nuestra, los modelos que la tradición ha idealizado son provocadores de reacciones totalmente contrarias a su aceptado espíritu de placidez. Ciertamente, la castidad de la joven, la nobleza del adolescente, la generosidad campesina, el respeto a los mayores, el refinamiento por la cultura, continúan funcionando como arquetipos de la mitología moderna, pero la ejemplaridad de estos símbolos ha perdido el brillo de lo sagrado, su viruosismo humanista. El antiguo romanticismo se ha consumido en las brasas de la pasión o en la imagen pornográfica. La carne ha sustituido al espíritu, como la autoridad paterna ha declinado frente a la soberanía del hijo. El hecho es que al modificarse profundamente la forma, el contenido de estos valores trata de seguir siendo vigente. Ferdydurke está saturado de ese caduco idealismo. Jojo, el protagonista, aspira a la madurez pero se deja conquistar por los artificios de la colegiala moderna. Juzga que las cualidades de la chica corresponden al "estilo optimista" que la opinión corriente atribuye a la idea de modernidad. A su vez, los padres de la muchacha -tan limpios, tan ordenados- tratan de afirmar su persona en un modelo previamente elegido: la madre quiere ser la Mujer Moderna; el padre, el Hombre Moderno. Y Pimko, el profesor que ha introducido a Jojo en casa de los Jouvencel, a despecho de los apetitos que le despiertan las piernas de la adolescente, no descuida su solemne investidura de maestro. Sólo Jojo permanece como un extraño, sin apoyo ni estilo, prendido al "poder mágico" de la colegiala y a los principios del antiguo pedagogo. Otro ideal no menos deleznable es la nostalgia de Mientus por el peón de campo. A la mirada de todos es perverso y desvergonzado, pero en el fondo no es más que un sentimental que aspira a la idílica vida campesina. Este sueño lo transforma. La brutalidad da paso al romanticismo. Una apremiante necesidad de huir a la campaña lo obsesiona, presintiendo la amenaza de una vejación inminente, de un culo estampado con los principios de la instrucción pública. ¡Escapar de la escuela! ¡Al campo! ¡Al peón, al peón! Aproximarse al espíritu intocado del pueblo. Pero Mientus pronto descubre la insolencia del vulgo. Como sus señores, el populacho tiene también su propio código. En resumidas cuentas, tanto los cultos como los ignorantes tienen una idea desmedida de sus personas que no va de acuerdo con la realidad de su insuficiencia. Son falsos porque carecen de vida interior y porque los modelos que han elegido proceden de un optimismo superficial. En el caso de los siervos, el temor frena la agresividad. Las tres partes de Ferdydurke corresponden a tres variantes del esnobismo: la primera está consagrada a la pretendida madurez ideológica de los idealistas y materialistas. La segunda al culto desmedido a un estilo equivocadamente progresista. La tercera a la secular soberanía de la nobleza. En todo ello hay una crítica evidente al medio y a las instituciones que deforman la personalidad. El didactismo moralizador, el modernismo y la tradición son los valores que el autor pone en tela de juicio. En la parte que tiene por tema el liceo, los estudiantes, confundidos por la fraseología oficial, defienden con encendida pasión ideas que no les pertenecen. Recitan lo escuchado en el aula o en el círculo familiar. "Par la répétition, para la répétition on crée le mythe", y ambos bandos, los puros y los cínicos, se precipitan en el desconcierto, ajenos al significado de los signos. El duelo a "grimaces" que cierra este capítulo es la búsqueda del verdadero rostro, de la expresión perdida.(...) Este artículo fue publicado en la Revista de la Universidad de México, Vol.XXVI, N°4, Diciembre 1971 |