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Comunicación, cultura y sociedad / Tradición y Memoria


 
Artículo publicado en la revista PANORAMA, N ° 48, Mayo 1967

Una excursión a los indios matacos
Raymundo Gleyzer

//55 mil aborígenes y un matriarcado en el Chaco: rezan en español y tienen un cacique sueco

-Agarrese fuerte, que entramos al Chaco –avisa el camionero. El poderoso Ford con cadenas traquetea lentamente, rodeado de la ruidosa selva verde. En la cabina, el piloto y un redactor de PANORAMA. Atrás, en la caja, seis matacos en silencio.
El vehículo se detiene. Un poblador se acerca.
-Sigan, no más. Los indios rubios están más al norte.
Otra vez el traqueteo: en busca de Patterson, Jonsson, Hares. Rubios misioneros europeos que apenas hablan español, que nunca han estado en Buenos Aires. Viajaron de Europa a la selva salteña y formoseña. Llevan treinta años de vida en ese medio sofocante para obtener resultados apenas perceptibles: no es fácil enseñar el Evangelio a un chorote.
-Dígame –pregunta el periodista-…¿para qué trae esos indios?
-Para bajar los bultos del camión. Siempre hacen los que se les manda. Además, si nos empantanamos ellos empujan. Vienen desde Tartagal.
-¿Y qué hacen en Tartagal?
-Venden pájaros del monte: catitas.
-¿Les alcanza para vivir?
-Y… tendrán 500 pesos en el bolsillo. ¡Qué se yo!

Las puertas del reino
El viaje ya lleva 14 horas. De Tartagal a la toldería de La Paz, en el mismo Chaco, hay 150 kilómetros que pueden recorrerse en solo cinco horas. Pero el camionero para en todos los puestos. Deja mercaderías, que los indios descargan en silencio. Chivitos, leche, cueros. En cada puesto toma un vaso de vino y convida a los campesinos del lugar. Los indios quedan afuera. Protestan: "Muy tarde patrón, mataqué teniendo hambre". Solo han traído un mango verde para comer, y no quieren gasta el dinero de las catitas.
Ahora el camionero sonríe. Los indios gritan: "Pejlay, patrón, pejlay"! Dicen que llueve. La picada se angosta y, de pronto, un centenar de indios rodea el camión. Estamos en el "centro cívico" de La Paz, donde dos misioneros anglicanos evangelizan a 500 indios chorotes, matacos y chalupices que han logrado afincar. El camionero sigue, hacia Altos de la Sierra. El periodista se queda con Miguel Patterson, un enjuto inglés de 31 años. En seguida aparece su mujer, Virginia, de 27, con un chico de siete meses. Y el misionero irlandés Patricio Hares con su mujer y un asistente. Viven rodeados de kilómetros de selva y seis mil indios dispersos.
-Llega en buena época –anuncia Patterson, sonriendo- ….¡Estamos en el tiempo del pescado!
Los indios "cazan" peces en las barrancas. Los arcos trenzados con tiento de chancho se tensan y delgadas flechas ensartan grandes sábalos de cuatro kilos, surubíes y dorados. Vuelven a las chozas cargados de peces. En noviembre, el Pilcomayo quedará despoblado y empezará el hambre: todas estas sociedades aborígenes descansan –por tradición matriarcal- sobre la mujer. Ella manda: elegirá al novio, y si éste no la quiere será aporreado por la familia hasta que se entregue. Inmediatamente se consuma el matrimonio, entre los 13 y 15 años. Pero si nace un varón, la familia plañe: ha venido un inútil.
Cuando no hay pescado, los indios cazan charatas: faisanes americanos deliciosos, pero escasos. O vendes yicas por intermedio de Virginia Patterson; son bolsas tejidas con fibra de yaguar. O trabajan de peones. Otros, como el artesano Alberto, fabrican hermosas flechas blancas, de punta escalonada.
Los indios permiten que Patterson los bautice Ezequiel, Jeremías, David, Abraham, con ese entusiasmo bíblico de los pastores protestantes. Después ellos se llamarán Saponé o Hustimaj.
El jefe se llama "El-que-hay-que-seguir". Es inteligente:
"Ahora soy pastor anglicano –dice- Los atay (blancos) son buenos. Nos leen la Biblia, nos hacen cantar en la Iglesia. Antes no teníamos música".
Los indios engañan alegremente a Patterson: en realidad, les preocupa más conseguir trabajo que la religión. Y el misionero se deja embaucar: sabe que el ingreso en la civilización los asimilará igualmente al cristianismo. En esta época –hay mucho alimento, mucha alegría- los muchachos tienen el rostro pintarrajeado de azul: pasan por el mes de prueba sexual previo al matrimonio y creen que ese colorinche "mataría" a toda mujer que los deseara ilegítimamente. "Eso no es nada –explica el religioso-, para curar a un sifilítico lo acuestan con una persona sana. ¡Imagínese! El que también se ha empeñado en desterrar sus suposiciones es el sueco Jonsson, en el Km. 7. Veánlo".

Tobas y matacos: un odio ancestral que ha depuesto en la convivencia

Los indios de Jonsson
Nos acercamos al Bermejo, crece el prestigio de los indios de Jonsson, reputados en Tartagal como abstemios y laboriosos. Por fin damos con el sueco: un gigante.
-Tengo 250 chorotes, chalupices y matacos –explica Jonsson-. No he interferido en la vida tribal. Por eso, cuando murió el cacique, me nombraron jefe: soy El-atay-que-cura. Hace 30 años que vine a esta tierra a entregar mi vida a los indios, y nunca tuve una satisfacción tan grande. La Misión se llama Asamblea de Indios: hemos comprado 250 hectáreas, para que trabajen.

Hasta tengo un mataquito que habla charote, mataco, castellano y…¡sueco!
-Antes -explica el charote Manuel Pereyra- tejíamos yicas en tres meses, trabajando siempre. Las vendíamos por 130 pesos. Ahora hacemos ladrillos y los vendemos en Tartagal. Tenemos más plata. Pero falta trabajo.
Todavía se ven indias tejiendo yicas. Primero hilan la fibra del yaguar, que han hervido varias veces para expurgar la resina. Después la amasan circularmente sobre el muslo, para trenzar: esto deja en las piernas cicatrices que son su orgullo.
Esta paradoja (el ladrillo y la yica) es el núcleo del problema indio: a mitad de camino entre la vida selvática y la civilización, los ha atrapado la miseria, un pozo del que lentamente los arrancan los Jonsson, los Patterson, los Hares. El hombre blanco les ha dado poco y nada. Por eso los indios tienen un solo encanto: la capacidad auténtica de volver a ser indios. Como dice el chalupí Ismael Quesada, de 23 años: "Cuando no hay ni charata ni pescado, entonces hay que matar a lo indio. Ponemos un chivito en un pozo tapado con cañas. El yaguareté atropella, cae al pozo y ahí mismito lo terminamos a palazos. La piel se vende. Y la carne…¡Es fieraza, pero alimenta!

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