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Hope I (1903)
GUSTAV KLIMT
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Utopías
Los puentes de
Fourier
FRANCISCO JAVIER GIL MARTÍN
Para vivir no es
imprescindible ser feliz. Basta con
acarrear costumbres. Pues los humanos no
somos sino animales de costumbres. Con
ese modo de exagerar que le era tan
característico, el novelista William
Faulkner llegó a escribir que
"cuando alguna cosa se convierte en
costumbre, siempre está a mucha
distancia de la verdad y de los
hechos". Supongo que no le hubiera
temblado el pulso si hubiera añadido
algo así como "y a tanta mayor
distancia de la felicidad y de la
autoestima". Sin embargo, no creo
que haya mayor dicha que acostumbrarse a
la felicidad. Aunque, tal vez, para hacer
de ella digna costumbre la felicidad
habrá de ser siempre lúcida y discreta;
por tanto, un ejercicio de nuestra
autonomía. De esto sabían algo, entre
otros, los antiguos epicúreos.
Creo, pues, que si tras
nuestros momentos de felicidad se
enmascara el autoengaño, no podemos ser
ni considerarnos auténticamente felices,
por la sencilla razón de que no seremos
realmente libres. Mecanismos
psicológicos como el de las "uvas
verdes", al que recurre la zorra de
la fábula, son tan habituales en nuestra
vida cotidiana que probablemente
obedezcan a un provechoso recurso
evolutivo de la especie humana.
"Pues -para expresarlo de nuevo con
la rotundidad cruda y desconsiderada de
Faulkner- una de las más felices
facultades de la mente humana es la de
poder ignorar lo que la conciencia se
niega a asimilar". Pero sospecho que
cualquiera que no se sienta directamente
implicado compadecería, por ejemplo, a
una mujer que no quiere percibir el olor
a perfume ajeno o la delatadora señal de
carmín en el cuello del marido cuando lo
recibe cariñosamente en el hogar.
Tampoco el espectador de La noche de
la iguana, la película de John
Huston con guión de Tennesse Williams,
considerara realmente dichosa a la
antipática maestra de música cuando por
fin se marcha triunfante y altanera, pero
incapaz de reconocer su verdadera
condición, de aquel hotel en la colina
de Puerto Vallarta regentado por la viuda
madura y vitalista que interpretara Ava
Gardner.
También creo que la
felicidad, además de emparentarse con la
lucidez, ha de ser discreta no porque nos
la entregue a discreción algo o alguien,
sea éste un poder ajeno e incontrolable
como Dios o el destino. Así se lo dijo
Quijote a Sancho: "cada uno es
artífice de su ventura". La
felicidad es un don discrecional en otro,
doble sentido: es discreta por separada y
discontinua y lo es también porque no
precisa de excesos innecesarios. Tal vez
por ello me agrada tanto el siguiente
párrafo de la novela Ada o el ardor,
en el que Vladimir Nabokov expone
"el pequeño sistema de
sabiduría" creado por una niña
precoz:
"Los niños del
tipo de Ada son capaces de crear las
más puras filosofías... Aquella
filosofía presentaba la vida del ser
humano como compuesta por cierto
número de elementos, o
cosas, clasificadas y
jerarquizadas: las
cosas-verdaderas, poco
frecuentes y de un valor inestimable;
las simples cosas, que
formaban el tejido rutinario de la
vida; y las
cosas-fantasmas, también
llamadas nieblas, como la
fiebre, el dolor de muelas, las
horribles decepciones, la muerte. Si
tres o cuatro cosas
acontecían simultáneamente,
formaban una torre, y si
se sucedían de manera inmediata,
construían un puente.
Las torres verdaderas y
los puentes verdaderos
integraban la sustancia gozosa de la
vida, y cuando las torres se
presentaban en serie uno llegaba a
experimentar el éxtasis supremo;
pero esto no sucedía casi nunca. En
determinadas circunstancias, y a una
cierta luz, una simple
cosa podía parecer, e
incluso llegar a ser, una
cosa-verdadera. Y
también, al contrario, podía
congelarse en niebla
fétida. Cuando la alegría y la
ausencia de alegría formaban una
mezcla (bien simultáneamente, bien
escalonada en la pendiente de la
duración), el resultado era una
torre en ruinas o un
puente roto ".
Otra idílica visión, ésta
dirigida a trabajadores adultos, la
ofreció Charles Fourier al concretar las
condiciones de vida en el nuevo mundo de
los falansterios. En general, las
utopías sociales se guiaron
por objetivos eudemonistas; como
dijo Ernst Bloch: "las utopías
sociales se dirigen en su mayor parte a
la felicidad o, por lo menos, a la
eliminación de la necesidad y de las
circunstancias que la conservan o la
producen... a la eliminación de la
miseria humana". Lejos de atenerse a
la sensata prohibición de las imágenes
sobre lo que cualquiera habría de juzgar
como la vida buena, sea esta individual o
colectiva, aquel reformista francés
ideó una sociedad utópica en torno a
grupos humanos que eran a la vez centros
de trabajo y lugares de convivencia e
imaginó que allí, en los falansterios,
habría incluso una bolsa de felicidad en
la que todas las tardes se sortearían
los placeres de la jornada venidera.
Durante una hora al día cada cual
tendría derecho a un mechón de
felicidad que se compondría de siete
placeres, más o menos de esta guisa:
"Leandro consigue
enamorar a la mujer a la que
cortejaba. Es éste un placer
compuesto, sensible a la vez que
espiritual. La mujer le da enseguida
una carta de recomendación para un
lucrativo puesto que ella misma le ha
buscado: segundo placer. Un cuarto de
hora después lo lleva al salón en
donde se encuentra con una feliz
sorpresa: encuentra al amigo al que
creía muerto: tercer placer. Poco
después entra un hombre famoso,
Buffon o Corneille, a quien desde
hacía mucho tiempo Leandro quería
conocer, y que se queda a comer:
cuarto placer. Sigue una excelente
comida: quinto placer. Leandro se
sienta casualmente al lado de un
hombre poderoso que se muestra
dispuesto a ayudarle con su crédito:
sexto placer. Durante la comida,
finalmente, se le da la noticia de
que ha ganado un juicio: séptimo
placer".
Fourier supone ahí que no
sólo el bienestar común es el resultado
de un proyecto colectivo, sino también
que la propia felicidad individual está
construida socialmente. No le faltaba del
todo razón: cada uno es por sí mismo el
artífice de su ventura, pero sólo si,
de alguna manera, todos y cada uno nos
responsabilizamos de nuestras
desventuras, esto es, de los
padecimientos evitables. ¡Y qué
difícil sería resistirse a la
costumbre de cruzar el río de la vida a
través de unos "puentes"
parecidos a los de Fourier si no hubiera
que pagar el peaje de la sumisión! Sin
embargo, hay algo por completo irreal en
esa felicidad delegada y sorteada, no
elegida, que nos hace imaginar Fourier.
Lo cierto es que hoy ya nadie se cree en
serio el tipo de felicidad desplazada que
prometieron las utopías, remedos humanos
de religiosos edenes, en base a relegar
la libertad individual a la cohesión de
un colectivo homogéneo. Nuestra época
es fundamentalmente individualista y
hasta fundamentalistamente una época de
hedonismo individualista, que dispensa
más bien una felicidad en calderilla o,
como se decía en El Club de la Lucha,
una felicidad en porciones, una felicidad
de consumo compuesta de intensidades, de
estados de ánimo más o menos ilusivos y
eficaces, cuya mejor expresión tal vez
siga siendo aún la autocomplacencia
emocional que procura el Kitsch. Con
todo, esta época que nos toca, con su
individualismo irrenunciable, también ha
alzaprimado nuestra comprensión de la
libertad a la vez que multiplicado sus
espacios de ejercicio y sus horizontes de
riesgo. Nuestra pertenencia a una época
que nos abandona de más a más en la
creciente complejidad de las
circunstancias que nos sobrepasan
también nos permite valorar las
condiciones cotidianas de una felicidad
discreta que conviene trabajarse con
humilde lucidez, con los hábitos de una
libertad que cada cual ha de lograr
experimentando consigo mismo.
FRANCISCO
JAVIER GIL MARTÍN.
Doctor en Filosofía por la
Universidad de Salamanca (2002). Ha
publicado artículos de filosofía en
libros colectivos y revistas
especializadas, así como
traducciones de artículos y textos
filosóficos. Actualmente trabaja en
un proyecto de investigación
postdoctoral en el Weinberg College
of Arts and Sciences, de la
Northwestern University.
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