Revista de pensamiento y cultura
/ ¿Existe la libertad? / Año IV N° 7 / Primavera - Verano 2004/05

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Hope I (1903)
GUSTAV KLIMT

 

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Utopías
Los puentes de Fourier
FRANCISCO JAVIER GIL MARTÍN

Para vivir no es imprescindible ser feliz. Basta con acarrear costumbres. Pues los humanos no somos sino animales de costumbres. Con ese modo de exagerar que le era tan característico, el novelista William Faulkner llegó a escribir que "cuando alguna cosa se convierte en costumbre, siempre está a mucha distancia de la verdad y de los hechos". Supongo que no le hubiera temblado el pulso si hubiera añadido algo así como "y a tanta mayor distancia de la felicidad y de la autoestima". Sin embargo, no creo que haya mayor dicha que acostumbrarse a la felicidad. Aunque, tal vez, para hacer de ella digna costumbre la felicidad habrá de ser siempre lúcida y discreta; por tanto, un ejercicio de nuestra autonomía. De esto sabían algo, entre otros, los antiguos epicúreos.

Creo, pues, que si tras nuestros momentos de felicidad se enmascara el autoengaño, no podemos ser ni considerarnos auténticamente felices, por la sencilla razón de que no seremos realmente libres. Mecanismos psicológicos como el de las "uvas verdes", al que recurre la zorra de la fábula, son tan habituales en nuestra vida cotidiana que probablemente obedezcan a un provechoso recurso evolutivo de la especie humana. "Pues -para expresarlo de nuevo con la rotundidad cruda y desconsiderada de Faulkner- una de las más felices facultades de la mente humana es la de poder ignorar lo que la conciencia se niega a asimilar". Pero sospecho que cualquiera que no se sienta directamente implicado compadecería, por ejemplo, a una mujer que no quiere percibir el olor a perfume ajeno o la delatadora señal de carmín en el cuello del marido cuando lo recibe cariñosamente en el hogar. Tampoco el espectador de La noche de la iguana, la película de John Huston con guión de Tennesse Williams, considerara realmente dichosa a la antipática maestra de música cuando por fin se marcha triunfante y altanera, pero incapaz de reconocer su verdadera condición, de aquel hotel en la colina de Puerto Vallarta regentado por la viuda madura y vitalista que interpretara Ava Gardner.

También creo que la felicidad, además de emparentarse con la lucidez, ha de ser discreta no porque nos la entregue a discreción algo o alguien, sea éste un poder ajeno e incontrolable como Dios o el destino. Así se lo dijo Quijote a Sancho: "cada uno es artífice de su ventura". La felicidad es un don discrecional en otro, doble sentido: es discreta por separada y discontinua y lo es también porque no precisa de excesos innecesarios. Tal vez por ello me agrada tanto el siguiente párrafo de la novela Ada o el ardor, en el que Vladimir Nabokov expone "el pequeño sistema de sabiduría" creado por una niña precoz:

"Los niños del tipo de Ada son capaces de crear las más puras filosofías... Aquella filosofía presentaba la vida del ser humano como compuesta por cierto número de elementos, o ‘cosas’, clasificadas y jerarquizadas: las ‘cosas-verdaderas’, poco frecuentes y de un valor inestimable; las simples ‘cosas’, que formaban el tejido rutinario de la vida; y las ‘cosas-fantasmas’, también llamadas ‘nieblas’, como la fiebre, el dolor de muelas, las horribles decepciones, la muerte. Si tres o cuatro ‘cosas’ acontecían simultáneamente, formaban una ‘torre’, y si se sucedían de manera inmediata, construían un ‘puente’. Las ‘torres verdaderas’ y los ‘puentes verdaderos’ integraban la sustancia gozosa de la vida, y cuando las torres se presentaban en serie uno llegaba a experimentar el éxtasis supremo; pero esto no sucedía casi nunca. En determinadas circunstancias, y a una cierta luz, una simple ‘cosa’ podía parecer, e incluso llegar a ser, una ‘cosa-verdadera’. Y también, al contrario, podía congelarse en ‘niebla’ fétida. Cuando la alegría y la ausencia de alegría formaban una mezcla (bien simultáneamente, bien escalonada en la pendiente de la duración), el resultado era una ‘torre en ruinas’ o un ‘puente roto’ ".

Otra idílica visión, ésta dirigida a trabajadores adultos, la ofreció Charles Fourier al concretar las condiciones de vida en el nuevo mundo de los falansterios. En general, las utopías sociales se guiaron por objetivos eudemonistas; como dijo Ernst Bloch: "las utopías sociales se dirigen en su mayor parte a la felicidad o, por lo menos, a la eliminación de la necesidad y de las circunstancias que la conservan o la producen... a la eliminación de la miseria humana". Lejos de atenerse a la sensata prohibición de las imágenes sobre lo que cualquiera habría de juzgar como la vida buena, sea esta individual o colectiva, aquel reformista francés ideó una sociedad utópica en torno a grupos humanos que eran a la vez centros de trabajo y lugares de convivencia e imaginó que allí, en los falansterios, habría incluso una bolsa de felicidad en la que todas las tardes se sortearían los placeres de la jornada venidera. Durante una hora al día cada cual tendría derecho a un mechón de felicidad que se compondría de siete placeres, más o menos de esta guisa:

"Leandro consigue enamorar a la mujer a la que cortejaba. Es éste un placer compuesto, sensible a la vez que espiritual. La mujer le da enseguida una carta de recomendación para un lucrativo puesto que ella misma le ha buscado: segundo placer. Un cuarto de hora después lo lleva al salón en donde se encuentra con una feliz sorpresa: encuentra al amigo al que creía muerto: tercer placer. Poco después entra un hombre famoso, Buffon o Corneille, a quien desde hacía mucho tiempo Leandro quería conocer, y que se queda a comer: cuarto placer. Sigue una excelente comida: quinto placer. Leandro se sienta casualmente al lado de un hombre poderoso que se muestra dispuesto a ayudarle con su crédito: sexto placer. Durante la comida, finalmente, se le da la noticia de que ha ganado un juicio: séptimo placer".

Fourier supone ahí que no sólo el bienestar común es el resultado de un proyecto colectivo, sino también que la propia felicidad individual está construida socialmente. No le faltaba del todo razón: cada uno es por sí mismo el artífice de su ventura, pero sólo si, de alguna manera, todos y cada uno nos responsabilizamos de nuestras desventuras, esto es, de los padecimientos evitables. ¡Y qué difícil sería resistirse a la costumbre de cruzar el río de la vida a través de unos "puentes" parecidos a los de Fourier si no hubiera que pagar el peaje de la sumisión! Sin embargo, hay algo por completo irreal en esa felicidad delegada y sorteada, no elegida, que nos hace imaginar Fourier. Lo cierto es que hoy ya nadie se cree en serio el tipo de felicidad desplazada que prometieron las utopías, remedos humanos de religiosos edenes, en base a relegar la libertad individual a la cohesión de un colectivo homogéneo. Nuestra época es fundamentalmente individualista y hasta fundamentalistamente una época de hedonismo individualista, que dispensa más bien una felicidad en calderilla o, como se decía en El Club de la Lucha, una felicidad en porciones, una felicidad de consumo compuesta de intensidades, de estados de ánimo más o menos ilusivos y eficaces, cuya mejor expresión tal vez siga siendo aún la autocomplacencia emocional que procura el Kitsch. Con todo, esta época que nos toca, con su individualismo irrenunciable, también ha alzaprimado nuestra comprensión de la libertad a la vez que multiplicado sus espacios de ejercicio y sus horizontes de riesgo. Nuestra pertenencia a una época que nos abandona de más a más en la creciente complejidad de las circunstancias que nos sobrepasan también nos permite valorar las condiciones cotidianas de una felicidad discreta que conviene trabajarse con humilde lucidez, con los hábitos de una libertad que cada cual ha de lograr experimentando consigo mismo.

 


FRANCISCO JAVIER GIL MARTÍN. Doctor en Filosofía por la Universidad de Salamanca (2002). Ha publicado artículos de filosofía en libros colectivos y revistas especializadas, así como traducciones de artículos y textos filosóficos. Actualmente trabaja en un proyecto de investigación postdoctoral en el Weinberg College of Arts and Sciences, de la Northwestern University.

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