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Gauderios
CONCOLORCORVO
El presente texto (incluida la
nota final) fue publicado en el
libro Los Desocupados. Una
tipología de la pobreza en la
Literatura argentina (Universidad
Nacional de Quilmes, Buenos
Aires, 1999)
Mala camisa y
peor vestido procuran encubrir
con uno o dos ponchos, de que
hacen cama con los sudaderos del
caballo, sirviéndoles de
almohada la silla. Se hacen de
una guitarra, que aprenden a
tocar muy mal, y comienzan a
cantar desentonadamente varias
coplas, que estropean, y muchas
que sacan de su cabeza, que
regularmente ruedan sobre amores.
Se pasean a su albedrío por toda
la campaña y, con notable
complacencia de aquellos
semibárbaros colonos, comen a su
costa y pasan las semanas enteras
tendidos sobre un cuero cantando
y tocando. Si pierden el caballo
o se lo roban, les dan otro o lo
toman de la campaña enlazándolo
con un cabestro muy largo que
llaman rosario. También cargan
otro, con dos bolas en los
extremos del tamaño de las
regulares con que se juega a los
trucos que muchas veces son de
piedra que forran de cuero, para
que el caballo se enrede en
ellas, como asimismo en otras que
llaman ramales, porque se
componen de tres bolas con que
muchas veces lastiman los
caballos que no quedan de
servicio, estimando este servicio
en nada, así ellos como los
dueños.
Muchas veces se
juntan de éstos cuatro o cinco y
a veces más, con pretexto de ir
al campo a divertirse, no
llevando más prevención para su
mantenimiento que el lazo, las
bolas y un cuchillo. Se convienen
un día para comer la picana de
una vaca o novillo; le enlazan,
derriban y bien trincado de pies
y manos le sacan, casi vivo, toda
la rabadilla con su cuero, y
haciéndole unas picaduras por el
lado de la carne la asan mal y
medio cruda se la comen sin más
aderezo que un poco de sal, si la
llevan por contingencia. Otras
veces matan sólo una vaca o un
novillo por comer el matambre,
que es la carne que tiene la res
entre las costillas y el pellejo.
Otras veces matan solamente por
comer una lengua que asan en el
rescoldo. Otras se les antojan
caracuces, que son los huesos que
tienen tuétano, que revuelven
con un palito y se alimentan de
aquella admirable sustancia; pero
lo más prodigioso es verlos
matar una vaca, sacarle el
mondongo y todo el sebo que
juntan en el vientre y, con sólo
una brasa de fuego o un trozo de
estiércol seco de las vacas,
prenden fuego a aquel sebo y,
luego que empieza a arder y
comunicarse a la carne gorda y
huesos, forma una extraordinaria
iluminación y así vuelven a
unir el vientre de la vaca,
dejando que respire el fuego por
la boca y orificio, dejándola
toda una noche o una considerable
parte del día, para que se ase
bien y a la mañana o tarde la
rodean los gauderios y con sus
cuchillos van sacando cada uno el
trozo que le conviene sin pan ni
otro aderezo alguno, y luego que
satisfacen su apetito abandonan
el resto, a excepción de uno u
otro, que lleva un trozo a su
campestre cortejo.
CONCOLORCORVO.
Seudónimo de Calixto Bustamante
Carlos Inca, autor de Lazarillo
de ciegos caminantes
(1773). Acerca de su apodo,
comentaba: "Los moros tienen
el color ceniciento y ustedes
(los indios) de ala de cuervo.
Por eso me puse el nombre de
Concolorcorvo". Se
consideraba un cholo, un mestizo
o quien el azar hizo nacer en
Cuzco. Descreído de los imperios
usaba, en broma, el título de
Inca.
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