LITERATURA, POLÍTICA Y MODERNIDAD


Por las rutas de la nostalgia:

Las batallas en el desierto de

José Emilio Pacheco

 

JORGE LADINO GAITÁN BAYONA

 


 

Octavio Paz destacó en su libro Pequeña crónica de grandes días que la relación contradictoria entre modernidad y tradición “ha sido y es capital en la historia de México. La mayoría de nuestros grandes conflictos históricos son variaciones de este tema medular” (1990, p. 58). Ahora bien, dicha relación contradictoria es también “tema medular” en buena parte de la novelística mexicana y latinoamericana, dándole, a la vez, espesor cultural a la creación ficcional. Este espesor, no obstante, cobra sentido cuando la novela no descuida  su aspiración a la belleza. En esta línea de pensamiento se mueve Leonidas Morales en Figuras literarias, rupturas culturales cuando señala que  “la literatura hispanoamericana moderna extrae su vitalidad, y su especificidad, de los conflictos y tensiones entre tradición y modernidad” (1993, p. 15). Teniendo en cuenta  lo anterior, este ensayo abordará la novela Las batallas en el desierto, del escritor mexicano José Emilio Pacheco (1939-2014), publicada por primera vez en 1981. Obviamente, se parte del reconociendo que el acercamiento crítico a un texto narrativo gana en complejidad cuando se valora su construcción estética, pero también la lectura particular de la condición humana y de la cultura que en el subyace.

Es fundamental resaltar que sobre  la novela del escritor mexicano se han adelantado valiosos estudios que entran en diálogo con lo planteado en este artículo. Al respecto se destaca la tesis de la Universidad de Chile “Las batallas en el desierto: la ciudad como pugna entre tradición y modernidad” (2004), de Pamela Rejas Pedreros.

En Las batallas en el desierto la nostalgia de un hombre que recuerda su primer amor no correspondido cuando era  un niño es, a la vez, la añoranza por un México previo a la intensificación de los procesos modernizadores durante el gobierno de Miguel Alemán, sobre los cuales recae una visión negativa porque al ser deudores de  las dinámicas de la expansión económica y cultural norteamericanas, son vistos como amenazas a la cultura tradicional de México.

El mismo epígrafe inicial de la novela insinúa el sentimiento de pérdida por un pasado que, habiendo sido propio, parece ya tierra foránea: “The past is a foreign country. They do things differently there” (L.P. Hartley: The Go-Between). En consonancia con la búsqueda de un tiempo pasado donde la memoria y el olvido entran en conflicto precisamente el primer capítulo se titula “El mundo antiguo”. En él, un narrador en primera persona (Carlos) recuerda su infancia en el México posterior a la Segunda Guerra Mundial, en momentos en que el presidente es Miguel Alemán, quien  gobernó de 1946 a 1952.  Dicha narración se caracteriza por una economía en el lenguaje que permite concentrar en  apenas 67 páginas una novela en la que un adulto se recuerda niño para contar su vida en la colonia Roma (1): los juegos en el recreo donde se simulaban enfrentamientos entre árabes y judíos, su primer amor imposible hacia Mariana (madre de un estudiante), los inconvenientes desatados por su declaración amorosa,  el cambio de vivienda y su retorno a la colonia  cuando tiempo después se enteró del suicidio de Mariana.  El relato evita los tonos y discursos lastimeros en la evocación gracias a un lenguaje sencillo y conciso, pero sugerente, lo que conlleva a indicar, desde la perspectiva de Italo Calvino en Seis Propuestas para el próximo milenio, que en la obra de José Emilio Pacheco se destaca como valor estético la levedad.

Dicha levedad no debe entenderse como vaguedad, azar, descuido en la configuración de escenas, imposibilidad de conmoción estética o frivolidad de los hechos narrados,  sino, por el contrario, como un valor literario que hace morar en una estructura liviana del lenguaje la hondura de una emoción, la intensidad de la nostalgia, los conflictos y contradicciones de la condición humana y de la cultura. Es la levedad que permite “un aligeramiento del lenguaje mediante el cual los significados son  canalizados por un tejido verbal como sin peso, hasta adquirir una consistencia enrarecida” (Calvino, 1989, p. 28). Igualmente, es clave señalar que “la narración es significativa en la medida en que describe los rasgos de la experiencia temporal” (Ricoeur, 1995, p. 39) pues a esta obra le interesa que, desde el principio, el lector sepa que hay conexiones entre la experiencia individual del tiempo (la del protagonista) con la experiencia colectiva de un tiempo, en el cual  la modernización comenzaba a desatar enormes  trasformaciones en la cotidianidad, el lenguaje, la economía y la fisonomía urbana de  México:

 

La cara del señor presidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulación pública, insaciable maledicencia privada. (…) Nos enseñaban historia patria, lengua nacional, geografía del DF: los ríos (aún quedaban ríos), las montañas (se veían las montañas). Era el mundo antiguo. Los mayores se quejaban de la inflación, los cambios, el tránsito, la inmoralidad, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la corrupción, el enriquecimiento sin límite de unos cuantos y la miseria de casi todos. (Pacheco, 1985, p. 10-119). 

 

Este fragmento es significativo en tanto se está indicando la existencia de un discurso y un poder estatal que sitúa al propio presidente como “Dios Padre” y redentor de su pueblo al brindar progreso. En este punto, se da un fenómeno curioso y es que lo que debiera implicar un proceso de razón, secularización, ciencia y desarrollo resulta endiosado. En definitiva, se convierte “la misma opción política en una suerte de equivalente funcional de la fe religiosa” (Morande, Pedro, citado por Brunner, 1992, p. 124). Por supuesto dicha fe está sustentada en el ofrecimiento de un reino que habrá de concretarse plenamente en el tiempo del mañana (el tiempo de la utopía): “Para el impensable 1980 se auguraba –sin especificar cómo íbamos a lograrlo- un porvenir de plenitud y bienestar universales (…) El paraíso en la tierra. La utopía al fin conquistada” (Pacheco, 1985, p. 11).  Sin embargo, la idea de conseguir ese país moderno y ejemplar encuentra múltiples inconvenientes por la corrupción estatal, porque el progreso no es extensivo a todos y porque hay limitaciones al espíritu crítico de los sujetos (la madre de Rosales pierde su trabajo en el hospital por intentar formar un sindicato). Además, hay fuertes reacciones a la modernidad por parte de sectores tradicionales que de la modernización sólo les conviene las posibilidades económicas, pero evitan y condenan los cambios culturales y las transformaciones del espacio urbano.  

Lo anterior conduce a indicar que la modernidad empieza a operar con fisuras, bolsones y un carácter inorgánico al integrar los planos políticos, culturales, sociales y económicos haciendo que, al no ser tampoco un proyecto democratizador (es decir de bienestar para todos), el plano de las ideas se ve traicionado por lo adelantado en la acción práctica. Esto es lo que Néstor García Canclini denomina un  “modernismo exuberante con modernización deficiente” (1989, p. 166). No obstante, no se trata en la novela únicamente de la presencia de una mirada crítica a la forma como se está dando la modernización, sino que prima la visión negativa -desde la tradición- frente a la llegada de la modernidad. Visión que  no es exclusiva del mundo de los adultos cercanos al personaje,  pues a ella se adhiere también el narrador protagonista cuando, al evocar las clases que recibía de niño, deja ver en su expresión la incomodidad de que el progreso afecte el orden de lo natural (“aún quedaban ríos”, “se veían las montañas”, “era el mundo antiguo”). 

Ese idilio por la naturaleza y la desconfianza ante el progreso  de Carlos son afines a la ideología de su núcleo familiar. Sus padres y dos hermanas son de un catolicismo y conservadurismo arraigados. Su hermano desde joven es fundamentalista en sus convicciones religiosas e integra grupos ortodoxos; “decía que él fue uno de los militantes derechistas que expulsaron al rector Zubirán y borraron el letrero 'Dios no existe' en el mural que Diego Rivera pintó en el hotel del Prado”  (Pacheco, 1985, p. 50). Su madre considera que las mujeres deben ser “esposas abnegadas, madres ejemplares” (p. 49).  Ella venera las imágenes del padre Pro y Anacleto González Flores, reconocidos líderes en la Guerra de los Cristeros (1926-1929), en la cual varios de sus parientes participaron defendiendo los intereses de la iglesia católica.

Frente a las dimensiones, causas y consecuencias de la Guerra de los Cristeros –aludida en la obra- es oportuno establecer el vínculo intertextual con la Historia para indicar que, en el fondo, lo que existía era una lucha por el poder entre una institución religiosa que no quería perder su dominio en diversos campos de la cultura y un gobierno que no sólo aspiraba a separar al estado de la iglesia, sino también restringirle la libertad de culto. Al respecto, Luis González sostiene que al llegar a la presidencia el general Plutarco Elías Calles en 1924  puso en práctica varios artículos de la Constitución de 1917 que le daban potestad para impedir a la iglesia la participación en asuntos estatales, clausurar  colegios religiosos e, inclusive, revisar cómo ella obtenía sus bienes raíces.  Obviamente la reacción del clero no se hizo esperar; por lo cual realizó un memorial de protesta al congreso con más de dos millones de firmas. Al no recibir apoyo a su causa, varios curas eligieron el camino armado con el apoyo de la Unión Católica Mexicana, “organización secreta de la que saldrían casi todos los jefes cristeros del oeste” (González, 1995, p. 191) y de un amplio sector de la población, principalmente rural que en Guanajuato, Jalisco,  Michoacán, Querétaro, Aguascalientes,  Zacatecas y parte de  México lucharon contra las fuerzas del general Calles. Este presidente gobernó hasta 1928 y fue quien generó varios de los cimientos sobre los que se sustentaría el desarrollo de su país, en tanto, adelantó “la fundación de escuelas agrícolas y secundarias, el Banco de México, la creación de impuesto sobre la renta, el Banco de Crédito Agrícola y las Comisiones de Irrigación y Caminos” (González, 1986, p. 184). Un año después de su salida hubo una amnistía convenida en 1929 por el presidente interino Emilio Portes Gil y el Obispado católico en el que se desmovilizaron más de 16000 cristeros. Quienes  no entregaron las armas dejaron de combatir hasta que el  gobierno declaró que el estado renunciaba a aplicar la ley, a cambio de que la  Iglesia desistiera de exigir sus derechos. Esta situación, fue calificada por expertos como de “modus vivendi” para “calmar los ánimos”. No obstante, habrían de mantenerse subrepticiamente las tensiones entre iglesia y estado hasta el gobierno de Salinas de Gortari, en el cual se modificó la constitución para garantizarle a la iglesia un piso jurídico para el desarrollo de sus proyectos.

Si bien la Guerra Cristera fue de corta duración, habría de perdurar, durante buena parte del siglo XX  la enemistad callada entre  iglesia y estado. A ella misma no es ajena la familia de Carlos en Las batallas en el desierto, como representante de una amplia población que arraigada en la fe católica -heredera del espíritu de la Colonia y de la Contrarreforma- tenderá  a desconfiar de un estado que propende por la secularización. Téngase en cuenta, por ejemplo, que Pedro Morandé, varios autores y pensadores de la iglesia, hablan del fracaso de la modernidad en América Latina por ir en contravía de un “ethos cultural latinoamericano” en el que operaría una síntesis cristiana, novohispánica, barroca y mestiza. Desde esta vía, se considera “el secularismo como amenaza, no sólo para la identidad eclesial, sino para la misma cultura latinoamericana” (Morandé, 1984, p. 25).

Todo lo anterior (las tensiones entre iglesia y estado, cristeros y seculares, tradición y modernidad) gravita en el universo de la novela de José Emilio Pacheco.  En ese juego de tensiones, la familia del personaje es decididamente comprometida con la iglesia católica y con un punto de vista tradicional sobre los  “peligros de la modernidad”.  Esta visión conservadora no es ajena  al posicionamiento ideológico de narrador-protagonista,  si bien asume ritos católicos no por fe, sino por rigores de la costumbre. Más allá de si es él igual de creyente o no a su familia, prima, en todo caso, la mirada compartida hacia una tradición que se ve afectada por los procesos de modernización. Un ejemplo de ello se deja ver cuando el adulto Carlos, narrando sus días de niñez, evoca sus paseos para hacer notar que lo que era idílico es ahora terrible por culpa de la transformación urbana:

 

Volví a ser niño y regresé a la plaza Ajusco a jugar solo con mis carritos de madera. La plaza Ajusco adonde me llevaban recién nacido a tomar sol y en donde aprendí a caminar. Sus casas porfirianas, algunas ya demolidas para construir edificios horribles. (Pacheco, 1985, p. 33).

 

No se trata acá tan solo de una perspectiva crítica del personaje por considerar acaso que unas construcciones deban conservarse por su valor histórico. Es, primordialmente, la visión del que lee en la trasformación del espacio urbano la irrupción de la modernidad y lo condena (la densidad y la carga emotiva de darle a los edificios el adjetivo de “horribles”). El adulto al recordarse niño no sólo continúa amando a Mariana, sino también a su México tradicional. Su nostalgia es un anclaje en el pasado y una inconformidad por el presente. Recuérdese que cuando fue llevado al consultorio psiquiátrico  contesta que su mayor placer es “subirme a los árboles y escalar las fachadas de las casas antiguas” (Pacheco, 1985, p. 45). Además, años después, cuando está en una mejor situación económica y se entera del suicidio de Mariana por el maltrato verbal recibido de su amante (un alto funcionario del gobierno de Alemán), regresa a su antiguo espacio vital –la colonia Roma- para averiguar la verdad de los hechos y descubre, dolorosamente, no únicamente que nadie conocido estará allí para contarle, sino también que ya es otra su fisonomía urbana:

 

Nunca sabré si el suicidio fue cierto. Jamás volví a ver a Rosales ni a nadie de aquella época. Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. (Pacheco, 1985, p. 67).

 

Este fragmento resulta interesante por la manera como el narrador integra a su historia individual la historia de un México antiguo del que considera se ha perdido la memoria. Toda la novela, en realidad, ha dejado que -sin romperse la verosimilitud del relato y sin descuidar la tensión argumental- interactúen, dialoguen y coincidan   la vivencia de un tiempo individual con la vivencia de un tiempo colectivo (del cual la novela focaliza la visión de mundo de sectores tradicionales y conservadores de México). La insatisfacción por las construcciones demolidas y por las transformaciones urbanas hace parte de lo que Gino Germani señala como el punto de vista sacro de una sociedad tradicional que, en oposición a la sociedad moderna (secular), institucionaliza el enclaustramiento, la rigidez y, por lo mismo, teme los cambios en la fisonomía de la urbe y lo que ella representa, en tanto la sociedad urbana es fundamental en el surgimiento de la modernidad pues convierte a la ciudad en “el multiplicador más poderoso de la expansión de la misma civilización” (Germani, 1976, p. 13).

La nostalgia del protagonista se da, igualmente, hacia la comida: “En los recreos comíamos tortas de nata que no se volverán a ver jamás” (Pacheco, 1985, p. 13). En la misma alimentación, la tradición se ve afectada por la llegada de lo moderno que, tal como sugiere el texto literario, no es parte de un proyecto o un plan estratégico trazado por México, sino un destino inevitable provocado por la expansión del mercado norteamericano.  Ante tal expansión, la cultura mexicana comienza a reproducir  la cultura consumista estadounidense.  Al no existir apropiación y menos  interculturalidad, entendida esta última como posibilidad de confrontación, entrecruzamiento y generación de “relaciones de negociación, conflicto y préstamos recíprocos” (García Canclini, 2005, p. 15),  lo que se considera típico comienza a sufrir marginamiento:

                                                                                                       

Empezábamos a comer hamburguesas, páys, donas, jotdogs, malteadas, áiscrim, margarina, mantequilla de cacahuate. La cocacola sepultaba las aguas frescas de Jamaica, chía, limón. Únicamente los pobres seguían tomando tepache. Nuestros padres se habituaban al jaibol que en principio les supo a medicina. En mi casa está prohibido el tequila, le escuché decir a mi tío Julián. Yo nada más sirvo whisky a mis invitados: hay que blanquear el gusto de los mexicanos (Pacheco, 1985, p. 12).

 

Lo antes “autóctono” -como el tequila- es desdeñado cuando se  da la llegada de productos venidos de Norteamérica. Se desata entonces, ante la penetración cultural foránea, una “falsificación de vivencias” (Monsiváis, Carlos, citado por  Brunner, 1992, p. 125) que conlleva a que se busque “blanquear el gusto de los mexicanos”. Ésta última consideración, vista desde los planteamientos de Jorge Gissi Bustos en Identidad, subjetividad y conflicto en América Latina, es un prejuicio racista donde se asocia que ser blanco, supone ser occidental y por ende culto y refinado, mientras que ser mestizo, “indio” o pobre es asociado a pobreza, rudeza barbarie y, en frecuentes ocasiones, delito. De tal forma, el comentario del tío Julián contiene la idea de que “el color de piel deviene símbolo de status y que la autoimagen es mejor mientras más blanco se vea” (Gissi Bustos, 2006, p. 7).

Como parte de esa penetración cultural se hace fundamental el “inglés obligatorio” (título precisamente de uno de los capítulos), tanto para los empresarios nacionales que habrán de interactuar con los extranjeros, como también para los sectores  adinerados que usan el inglés como señal de distinción y mecanismo de exclusión hacia los que, por no hablarlo, son asumidos como incultos y pobres.  Hasta el  amor y el afecto -que debieran manifestarse desde la sensibilidad, el espesor cultural e inclusive el sonido específico de la lengua en que se nace y se vive- se expresa en el idioma extranjero. Frente a esta situación es significativa la escena donde, antes de suicidarse, “la mamá le dejó a Jim una carta en inglés, una carta muy larga en que le pedía perdón” (Pacheco, 1985, p. 63). El mismo Carlos, años después de ser cambiado de escuela y en una favorable situación financiera por el trabajo como gerente de su padre en una multinacional estadounidense, lee novelas en inglés, a la ternera azada denomina roast beef, juega tenis en el “Junior Club” y ya no ve cine en idioma castellano. Incluso, para ofender a quien le informa la muerte de Mariana (Rosales, un antiguo compañeros de clases que vende chicles Adams) le dice que miente o lo inventó tras ver una “pinche película mexicana” (p. 63). Precisamente, a ese joven, en la antigua escuela, en medio de una pelea lo denominó “indio pendejo” (p. 24).  Lo curioso es que la mirada en ambos contextos -donde color de piel, gusto popular  y pobreza se asocian- viene de alguien que, así asuma el modelo de vida estadounidense, es mestizo como el otro al que  ofende. Además,  es bastante “chaparrito”, como dirían en México. Esto es evidente si se tiene en cuenta que, tiempo atrás, cuando fue llevado al  consultorio psiquiátrico, el doctor abduce que parte del  complejo de inferioridad  de Carlitos se debe a que es “de muy corta estatura para su edad” (p. 46).

En la novela subyace la idea de que si existe una modernidad en México, ella sería artificio, simulacro resultado de la expansión capitalista foránea. Incluso, a nivel del lenguaje, es muy distinta la mirada del narrador y la forma que tiene de referirse a los años en que de niño estudiaba en la colonia Roma, al tiempo en que, siendo todavía niño, goza de riqueza porque su padre trabaja para una empresa norteamericana (lo que permite que su hermano derechista Héctor estudie en la Universidad de Chicago y sus dos hermanas en Texas).  El tiempo de Carlitos en la colonia Roma es el tiempo de la “autenticidad”, de la compenetración con el “mundo antiguo”, del México de casas porfirianas antes de ser demolidas, del enamoramiento y los juegos infantiles. En cambio, el tiempo del  joven Carlos que juega tenis (que apenas ocupa el capítulo final, es decir 11 páginas) está lleno de “falsificación de vivencias”, de ostentación, pero a la vez angustia por los primeros años.  El adulto narrador  refiere lo que acontece en este segundo tiempo ya no desde el idilio y un lenguaje evocador, sino a través de ironías y burlas a sí mismo:

 

Rosales intentó escapar, fui a su alcance.  Escena ridícula: Rosales, por favor, no tengas pena. Está muy bien que trabajes (yo que nunca había trabajado). Ayudar a tu mamá no es ninguna vergüenza, todo lo contrario (yo en el papel  de la Doctora Corazón desde su Clínica de Almas). Mira, ven, te invito un helado en La Bella Italia. No sabes cuánto gusto me da verte (yo el magnánimo que a pesar de la devaluación y de la inflación tenía dinero de sobra). (Pacheco, 1985, p. 59).

 

En ese mismo capítulo, al evocar  los viejos lugares donde habitó, el narrador adulto contempla su imagen desde las esferas del ridículo para intensificar la percepción de que está llevando una vida artificiosa –como el México que se moderniza-: “Yo tan ridículo con mi trajecito blanco y mi raqueta y mi Perry Mason (…) Qué incongruencia mi trajecito blanco” (Pacheco, p. 66).  Es indudable que pervive en la obra una concepción de que es falsa la modernidad que está labrando México a mediados del siglo XX  al ser provocada por la expansión del mercado y del modo de vida norteamericano. Esta es una postura en la que late la idea de que, en vez de modernidad en América latina, debería hablarse de una pseudomodernidad. Brunner señala que dicha postura  (en la cual es clave el pensamiento de Carlos Monsiváis) reduce la modernidad a “producto espurio de una manifestación de la penetración cultural norteamericana”  (1992, p. 125).

La obra no sólo  recrea la forma como los mexicanos cambian sus costumbres con el ingreso de productos norteamericanos al mercado, sino también la crisis de la industria nacional ante la competencia extranjera, lo que condujo a que muchas quebraran o fueran vendidas a multinacionales. Así, por ejemplo, el padre del protagonista, quien “no salía de su fábrica de jabones que se ahogaba ante la competencia y la publicidad de las marcas norteamericanas” (Pacheco, 1985, p. 23) opta por aprender inglés intensivo y leer libros de superación personal  como El dominio de sí mismo, El poder del pensamiento positivo, La vida comienza a los cuarenta, para luego vender su empresa a una compañía norteamericana de detergentes y –como ya podía hablar el idioma internacional de los negocios y tener una actitud triunfalista- ser nombrado en un importante cargo gerencial de la misma. Aquí es oportuno mencionar que en la presidencia de Miguel Alemán, de 1946 a 1952, creció enormemente la inversión extranjera –principalmente estadounidense- en territorio mexicano pues antes, de 1941 a 1946, “el promedio de inversiones extranjeras directas fue de 26.2 millones de dólares” mientras que “en el de 1947-1952 fue de 60.4 millones de dólares” (Gonzales  Casanova,  p.  167). Este factor, sumado a que la mayor parte de tratados y vínculos comerciales que históricamente ha tenido México son con la potencia vecina del norte, conduce a considerar que el impulso a los procesos de modernización en México dependía de las dinámicas del mercado norteamericano. Además, Estados Unidos le había concedido un préstamo al gobierno de Alemán de “100 millones de dólares para industrializar el país” (p. 265). Todos éstos factores comerciales fueron los que le permitieron al gobierno de Alemán adelantar diversas actividades de modernización, que, en la novela, son vistas con  sentido burlesco y crítico frente a lo que vendría siendo pantomima de un progreso a medias promovido por un estado que torna en espectáculo sus acciones:

 

Pero aquel año, al parecer, las cosas andaban muy bien: a cada rato suspendían las clases para llevarnos a la inauguración de carreteras, avenidas, presas, parques deportivos, hospitales, ministerios, edificios inmensos. Por regla general eran nada más un montón de piedras. El presidente inauguraba enormes monumentos inconclusos a sí mismo. Horas y horas bajo el sol sin movernos ni tomar agua –Rosales trae limones; son muy buenos para la sed; pásate uno-esperando la llegada de Miguel Alemán, sonriente, simpático, brillante, saludando a bordo de un camión de redilas con su comitiva. (Pacheco, 1985, p. 16).

 

En esta creación narrativa, cada comentario o alusión a Miguel Alemán y sus acciones  contiene un sentido de inconformidad, mofa e ironía. Muchos de los cuestionamientos presentes en el texto literario están dirigidos a la corrupción del mandatario y su gabinete, al que un niño denomina “Alí Babá y sus cuarenta ladrones (Pacheco, 1985, p. 20), debido a que obtenían beneficios personales por contratos amañados, permisos de importación y exportación, concesiones y acciones de las que generaban dividendos –depositados en bancos de Suiza- días antes de que comenzara la tremenda devaluación del peso.  

El presidente, quien tanto en los relatos históricos como en este texto ficcional es denominado “El cachorro de la revolución” (Pacheco, 1985, p. 27), es presentado como una figura que a sí misma se entroniza, bien sea a través de homenajes, monumentos e innumerables fotos donde aparece con su equipo: “los primeros universitarios que gobernaban el país. Técnicos, no políticos. Personalidades morales intachables, insistía la propaganda” (p. 27). Esto último remite a una pretensión positivista donde cada acción estatal está rigurosamente calculada, donde el campo de la política es ocupado por una razón instrumental con el fin de  lograr fines específicos y garantizar orden y progreso para México. En el fondo, se trata del mismo discurso positivista heredado de Porfirio Díaz (“mucha administración, poca política”).

Lo complejo del posicionamiento anterior es que se da una  preocupación reduccionista únicamente hacia “la cara económica y tecnocrática de la modernización" (2) (Subercaseaux, p. 66).  Tal reduccionismo conlleva a que la modernización descuide otros componentes que son necesarios, como el social y el cultural. Lo curioso de este asunto es que, en la novela,  la familia del protagonista (profundamente tradicional, católica, conservadora y derechista) siendo contraria a las implicaciones de una modernidad (donde modernismo y modernización debieran articularse para facilitar la secularización y la realización de un proyecto democrático, emancipador, expansivo y renovador), únicamente se adapta a la cara económica y tecnocrática de la modernización en aras exclusivamente de la supervivencia y de alcanzar un alto estatus social y financiero. Lo que la modernización pudiera generar en términos de expansión o transformación de bienes culturales es, en cambio, sometido a la  censura por  parecer  lesivo a la tradición y las “buenas costumbres”: “Es la inmoralidad que se respira en este país bajo el más corrupto de los regímenes. Ve las  revistas, el radio, las películas: todo está hecho para corromper al inocente” (Pacheco, 1985, p. 55-56).

Quien establece esta mirada condenatoria a las realizaciones culturales por provocar “inmoralidad” es, irónicamente,  la esposa devota  que tacha de ramera a Mariana, pero, cuando se trata de su marido, cierra sus ojos y calla que él es amante de su exsecretaria y con ella tiene dos niñas, o que éste maneja y oculta una  doble contabilidad antes de vender su empresa a una compañía norteamericana. En este punto es prioritario puntualizar que, no sólo en el párrafo anterior sino en la totalidad de la novela, existe una visión de la cultura como campo cerrado, donde la llegada del cambio es vista como perjudicial porque puede originar pérdida de la identidad individual y colectiva. Obviamente, esa identidad es concebida desde una concepción tradicional que la considera una esencia inmutable.

 

Retornando al hecho de que el universo familiar del protagonista se abre al mundo únicamente  a nivel comercial, pero no a nivel cultural porque se corrompe la “buena moral”, es importante tener en cuenta las reflexiones de Gino Germani cuando destaca que una persona puede participar en una estructura productiva moderna, movilizarse en las esferas de la política y del consumo y “permanecer todavía “no liberal” o tradicional” a nivel cultural, debido a que “algunas veces lo moderno y lo tradicional no están separados dentro de la misma esfera de conducta” (Germani, 1976, p. 61).  Con relación a este  fenómeno, Bernardo Subercaseaux indicó en el caso de Chile un factor que –apropiado críticamente- puede aplicarse también a lo acontecido en la novela de José Emilio Pacheco: “La derecha ha sido por lo general favorable a los componentes económicos del progreso, pero defensora del Statu quo en las costumbres y la tradición, y enemiga, por ende, de los cambios culturales que acompañan a la modernización” (1985, p. 36). De ahí que en el texto ficcional,  la familia que se enriquece con la apertura económica impulsada por el gobierno al que detesta -“bajo el régimen de Miguel Alemán ya vivimos hundidos en la mierda” (p. 10)- es la que se santigua e indigna por la expansión del cine y la radio o por las realizaciones artísticas consideradas como lesivas a la moral y la fe (el mural de Diego Rivera donde un personaje lleva la consigna “Dios no existe”). 

En definitiva, Las batallas en el desierto es una novela  que juega con el tiempo y hace uso de la ironía, la burla, variados recursos estéticos y  un lenguaje sencillo, conciso pero sugerente que le otorgan  levedad  a la estructura ficcional (entendida ésta –desde la perspectiva de Italo Calvino- como un valor literario que permite que el universo literario se concentre en un tejido verbal liviano). En dicho universo ficcional existe una nostalgia por un México tradicional que es afectado por las transformaciones económicas, industriales y urbanas impulsadas durante el gobierno de Miguel Alemán (1946-1951), generándose por lo tanto, una mirada negativa frente a los procesos de modernización. No se trata únicamente de un posicionamiento crítico frente a la corrupción y la ausencia de un proyecto democrático que garantizara bienestar para todos durante un gobierno con tintes positivistas, sino, ante todo, de una visión defensiva de la tradición y la cultura que se ven amenazadas por una modernización y una modernidad que empiezan a instaurarse motivadas por la expansión capitalista norteamericana y por la creación, al interior del país, de unos pisos políticos, legales y financieros que permitían la llegada de una amplia inversión extranjera y de un modelo de vida consumista estadounidense. Junto con la tematización de las tensiones y contradicciones entre modernidad y tradición (los sectores conservadores que, en la obra, se abren a las posibilidades económicas que ofrece el mundo moderno, pero juzgan como lesivos los cambios culturales que éste suscita), opera en el texto literario una visión tradicional sobre la identidad (de tipo esencialista) y de la cultura (como campo cerrado que puede afectarse con las transformaciones culturales o  la interacción con lo foráneo). De ahí la insatisfacción y angustia del narrador protagonista, quien, desde la nostalgia, se  ancla al pasado: la inocencia del primer amor frustrado, los juegos infantiles, el gusto de recorrer el México de viejas casas porfirianas y tantos espacios que, en ese momento, quiso guardar en su memoria porque tenía la intuición de que “todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual” (Pacheco, 1985, p. 31).

 

 

 

NOTAS:

 

1) Es primordial tener en cuenta  que la colonia Roma es un barrio residencial ubicado en el centro de México, el cual, si bien fue asiento de la aristocracia en las primeras cuatro décadas del siglo XX (abundaban las mansiones y casas ostentosas),  a mitad de siglo –donde es escenificada temporalmente la novela de Pacheco-vio como muchas familias adineras cambiaron su lugar de residencia, lo que suscitó que muchas viejas casonas se volvieran casas de arrendamiento, mientras otras fueron demolidas para construir edificios  y vecindarios habitables por clases populares.

 2) Si bien esta expresión es usada por Bernardo Subercaseaux en su estudio a la modernidad y las tensiones entre modernización y cultura  en Chile en su libro  Chile ¿Un país moderno?, tiene una enorme aplicación a otros casos ocurridos en el continente latinoamericano.

 

 

REFERENCIAS

 

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Gissi Bustos, J. (2006).. Identidad, subjetividad  y  conflicto  en  América  Latina.  Ponencia presentada al VII Coloquio Internacional “Individuo  y sociedad  en  los Ándes”.    Santiago 21-23 noviembre de 2006.

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JORGE LADINO GAITÁN BAYONA

 Profesor de la Universidad del Tolima, Colombia. Autor de los libros de poemas: Manicomio Rock (2009), Buzón de naufragios (2012),  Baladas para el ausente (2013) y Cenizas del bufón (2014). Coautor de los libros: La novela del Tolima 1905-2005, bibliografía y reseñas (2008); Cien años de novela en el Tolima 1905-2005 (2011);  y Cuentos del Tolima, antología crítica (2011).  Doctor en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Integrante del Grupo de Investigación en Literatura del Tolima. Ha sido ponente de literatura en congresos internacionales celebrados en Chile, Perú, Brasil, Argentina y Colombia.


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