/ Contratiempo Revista de cultura y pensamiento / La cultura crítica en América Latina / Otoño - Invierno 2007 / N° 2 Edición Impresa

       


Foto: Nahuel Levinton

Carlos A. Gadea (Uruguayo, 1969). Es Doctor en Sociología Política por la Universidad Federal de Santa Catarina, Brasil. Profesor del Programa de Pos-grado en Ciencias Sociales de la UNISINOS, Brasil. Editor de la Revista Ciências Sociais Unisinos. E-mail: cgadea@unisinos.br

 

Las Neo-parodias de un Intelectual Crítico y los Desafíos de un Pensamiento Radical
CARLOS A. GADEA

1.

Lo que se presenta a continuación pretende discutir ciertos aspectos de los debates intelectuales y académicos visibles en la actualidad. Es fruto de un sensible malestar, de cierta incomodidad frente a una serie de  contribuciones académicas que tienen por finalidad demarcar un territorio intelectual auto-definido como “crítico”. Se presume, desde las líneas de argumentación aquí expuestas, que este tipo de debates se sustenta sobre premisas inválidas y parciales, y que intentan ocultar el sentido político y el interés académico-institucional que los origina. ¿Qué está efectivamente en juego en las discusiones académicas actuales? ¿A quiénes se dirigen y de qué manera? ¿Qué forma adquiere el debate académico e intelectual en la actualidad? El status de validez académico e institucional de la producción de conocimiento es dependiente del contexto socio-cultural e histórico en que tuvo su origen y, fundamentalmente, encierra y revela determinadas relaciones de poder en el interior de la academia, así como diversos intereses en el juego intelectual en su conjunto. Por eso, no es posible separar los temas actuales de su contexto de producción y de sus vinculaciones con lo político y lo cultural y, mucho menos aún, dejar de observar qué relaciones de poder e intereses concretos están evidenciándose.

El debate actual tiene como principales protagonistas a los que, por un lado, se consideran herederos y continuadores de un posicionamiento supuestamente “crítico” y, por el otro, a los que pretenden localizar y redefinir el espacio de la crítica en una nomenclatura y universo intelectual aparentemente colonizados.  El juego de intereses y relaciones de poder surgido parece percibirse en la continuación de una inquietante militancia política, intelectual, académica e institucional de quien se auto-denomina intelectual crítico en contra de un no tan novedoso posicionamiento considerado como parte de un pensamiento radical. Y ¿cuál sería la principal diferencia entre un intelectual crítico y un pensamiento radical? ¿Qué plantea este último como crítica al primero? Fundamentalmente, que existe una (im) postura que el intelectual debe abandonar, que lo ubica en el papel crítico hegemónico bajo la legitimidad que otorgan la ciencia y la academia. El pensamiento radical debe plantearse, antes que nada, una posición política en el interior de las instituciones productoras de saber, ya que lejos de representar la voz del “otro”, del “objeto investigado”, parece materializar la lucha por una transformación de las políticas académicas de representación. En esta “política de representación del saber”, el pensamiento radical ocupa un espacio en el que se pone de manifiesto la vulnerabilidad, la contingencia y el carácter situacional que posee cualquier relato explicativo sobre aquello investigado. Es justamente asumir esta humildad intelectual lo que le resulta caro al auto-denominado intelectual crítico.  

 

2.

Michel Foucault demostró cómo el poder y el conocimiento dependen uno del otro, de forma que la supuesta extensión de uno es también la extensión del otro. Como bien se sabe, había analizado las reglas que configuran la verdad de un determinado discurso, evidenciando en qué lugares se construye esa verdad y la forma que circula o es administrada por determinadas instancias de poder. Leer la realidad significa jugar un juego que no posee reglas previamente establecidas, un juego que se establece deduciendo aquello que ha sido excluido o suprimido, las estructuras de exclusión que legitiman un determinado orden social y no otro. Así, un pensamiento radical interactúa en campos de experiencias sociales y culturales, lingüísticas e históricas, que se presentan desligados de “una” identidad, predeterminación o supuesto sentido trascendente. Un intelectual crítico se sentiría por demás instigado a suponer que, consecuentemente, nada sería real porque todo se reduciría a una construcción cultural, lingüística o histórica, a un efecto del sistema particular del lenguaje al cual pertenecemos: el lenguaje se separaría de la realidad, que reducida a este juego intertextual, no más se distinguiría de la ficción. Ante esta sugerencia, el pensamiento radical insistiría en formular que nada es menos real por ser cultural, lingüístico o histórico, sobre todo si no existe una verdad universal o atemporal contra la cual pueda compararse. ¿A qué realidad se refiere el intelectual crítico? ¿Al carácter universal de la cultura burguesa? ¿Al sistema capitalista? Cuesta creer que todo continúe siendo medido con los mismos parámetros epistemológicos de más de un siglo. Lo que en definitiva parece evidenciarse en el auto-proclamado intelectual crítico es una vocación moralista y disciplinadora propia de quien se atribuye la capacidad de decidir sobre lo que es correcto y lo que no lo es. Por esto, una de las neo-parodias del intelectual crítico radica en el carácter moralista de su accionar, expresado en el anhelo de realizar un determinado proyecto de sociedad desde una supuesta cúspide de iluminismo intelectual. Todo lo mide, todo lo juzga, todo lo ordena. Aunque no todo lo ve.

Mientras, por un lado, se presume de objetividad analítica y de un espíritu intelectual crítico, por el otro, un nuevo comportamiento viene demostrando gran interés por examinar las formaciones de conocimiento-poder presentes en las instituciones, prácticas y lenguajes académicos. Mientras algunos se afanan por encontrar indicios de una sociedad todavía estructurada bajo los signos de lo social y lo económico, otros creen necesario ampliar un pensamiento radical no como propio de una especie de revolución  cultural, sino como de un inevitable e importante reajuste de las relaciones de poder en el interior de las instituciones sociales, culturales y académicas.

 

3.

Las instituciones de la modernidad incorporaron en su seno el potencial crítico que le pretendía dar muerte, canonizando y legitimando su carácter trasgresor, parodiando sus gestos, hasta el punto de considerarse sensato pensar, como lo hizo Gianni Vattimo hace ya unos años, que la novedad es lo que permite que las cosas continúen de la misma manera. Las instituciones sociales y culturales adoptaron componentes políticos presumiblemente críticos, asumiendo la gran tarea de administrarlos y disciplinarlos de acuerdo a premisas de acción establecidas a priori. En este contexto, un intelectual crítico deviene rehén de su propio voluntarismo e ingenuidad o, quien sabe, protagonista central para dar continuidad a este orden de las cosas. Análogamente a lo pensado por Jean François Lyotard, un intelectual crítico se ubicaría como un simple útil de optimización del todo social, ya que su deseo de una verdad unitaria y totalizante se presta a la práctica unitaria y totalizante del propio sistema. No obstante, difícilmente el accionar de un intelectual crítico es observado como el de un regulador y disciplinador de la lógica institucional y simbólica de la modernidad y, consecuentemente, de una actividad intelectual que da sustento a una interpretación del mundo pre-determinada. Al parecer, el destino le ha jugado una mala pasada al comprobar que sus interpretaciones sobre el mundo y su propio frenesí por revelar los instrumentos de la lucha política, la verdad y una idea de emancipación derivaron en una acción eminentemente moralista.

Un pensamiento radical adoptaría una postura de resistencia en absoluto orientada hacia la “crítica en sí”, encarnando lo que para muchos sería propio de un gesto pos-moderno falsamente definido como no-crítico. Se orienta, efectivamente, con base a nuevas reglas de juego y de relaciones de poder académico e intelectual; como resistencia, por un lado, a la asimilación e institucionalización de la crítica (y a su hegemonía por parte de un intelectual crítico) y, por otro, como posicionamiento político y epistemológico que cuestiona, desmistifica y desestabiliza certezas y cualquier sistema de conocimiento pre-establecido.

Lo que en definitiva parece materializar la posición política y académica de un intelectual crítico es su rol de guardián de la meta-estabilidad de la crítica.  Como si imitara las operaciones discursivas de un pasado no muy lejano, así como el presupuesto analítico de situaciones socio-culturales consideradas “objetivas”, atemporales e inmutables y todo se tratara de una reproducción indefinida de clichés semánticos. Cuando sus esquemas de interpretación critican el eventual “abandono de la política”, de una “ausencia de sensibilidad crítica”, del consumismo y el individualismo por parte de algunos artistas e intelectuales, no hace otra cosa que confundir las cosas o, en el mejor de los casos, acusar las “desviaciones” que están adquiriendo los análisis socio-culturales en la actualidad. Léase bien: “desviaciones”. Tratándose de confundir las cosas, confunde, por ejemplo, universalidad con mercado capitalista, y pragmatismo con la ausencia de objetivos y de posición crítica. Tratándose de acusar “desviaciones”, no consigue engañar, a los ojos de todos, que el objetivismo reivindicado no puede esconder lo apriorístico de sus postulados de análisis y las consideraciones moralistas que encierra su discurso, meramente normativo. Su anhelo por “aprehender la realidad”, por desvelar su sistema de significaciones, se transforma en una pesadilla de reiteración de fórmulas explicativas acerca del “mundo objetivo”, es decir, de un mundo que es el mundo particular (subjetivo) de él. De todas formas, este no es un problema demasiado grave. La gravedad radica en que no atisba a darse cuenta y, consiguientemente, su discursividad se torna una narrativa esperanzadora (¿de qué será?) con fuertes dosis de arrogancia descolorida.

En la actualidad, un intelectual crítico insistirá en convencer a todos sobre “la verdad de los acontecimientos”. Intentará explicar que detrás de lo inmediato e intransitivo existen estructuras, fuerzas, poderes, que determinan los fenómenos. Las “estructuras objetivas del mundo” son las que deben desvelarse, lo que exigiría una sensibilidad y posición política que ha tomado conciencia de su lugar, en definitiva, en la estructura de producción económica. Así de simple, para quien quiera entreverar las cosas. Los micro-objetos de análisis no dicen nada si no los ordenamos en la estructura de las cosas. Por esto, un intelectual crítico hará lo imposible por disciplinarlos y ordenarlos de acuerdo a un orden previamente considerado, “objetivo”, general. Tamaña tarea sólo puede realizarla quien haya entendido que detrás de algo existe otra cosa que oculta ese algo para que no nos demos cuenta de lo que ha sido ocultado. Para un pensamiento radical esto no es muy diferente de lo que hacía Don Quijote de La Mancha en aquel pasaje donde luchaba contra gigantes, ¿o eran molinos de viento?

 

4.

Un pensamiento radical comprende que ya no es posible legitimar cualquier conocimiento sobre el mundo apelando a un meta-discurso (Lyotard) ordenador de la realidad. Existe una especie de “insuficiencia respiratoria” de las narrativas generalizadoras de la modernidad. No así, el intelectual crítico, en pleno uso de su auto-referenciada investidura, pretende ir más allá de esta constatación, recolocando en escena las variables necesarias para legitimar la continua simulación de los gestos estructuralistas.

Des-construir y dejar en evidencia los falsos mensajes emancipadores, realizados en nombre de una idea de universalidad (que en realidad sólo es regulativa, disciplinadora y ordenadora), se encuentra en la base de un pensamiento radical. Situado en un momento ulterior de la crítica (tal cual entendida por un intelectual crítico), se nutre del deseo por defender el “honor del pensamiento” en la actualidad. Al parecer, un pensamiento radical intuye que detrás del discurso de un intelectual crítico se fundamenta una actitud de consolidación del control académico en general, y del estatuto de la crítica de forma particular, una suerte de demostración de poder que reniega de nuevos desafíos en el campo de los diagnósticos y análisis de la realidad. Lejos de prometer libertad y cambio, renovación y ruptura, al intelectual crítico le corresponde la tarea de “institucionalizar la subversión”, transformando ruptura en una mueca estabilizadora. Así, se comprende que es el propio terreno discursivo incorporado, asimilado y delimitado por un intelectual crítico, sus juegos políticos e institucionales, el que asume el propósito de legitimar o fundar la serie de prácticas que definen a este intelectual. No es el intelectual crítico el que da legitimidad a un discurso o meta-relato sobre la realidad, sino que es ese propio discurso, apriorísticamente generado, quien le otorga legitimidad. Son las “estructuras objetivas del mundo” los que legitiman la posición crítica de este intelectual, transformado en un sujeto que desfallece ante la inmanencia de la realidad del mundo.

 

5. 

El sentido que puede otorgarse a un posicionamiento político presumiblemente crítico es meramente arbitrario. El auto-denominado intelectual crítico así lo debe comprender. ¿Qué se quiere afirmar cuando se dice que una actividad intelectual o un pensamiento concreto tienen cualidades críticas? ¿Y qué se quiere demostrar cuando se afirma que una determinada posición intelectual carece de potencial crítico? Estas interrogantes resultan similares a las realizadas por el filósofo francés Henri Bergson cuando se preguntaba acerca del significado de afirmar que la habitación de una casa “estaba en desorden”. De hecho, en muchas ocasiones, puede considerarse que una habitación está en absoluto desorden, con determinados objetos posicionados de formas insólitas. Es evidente que lo que se esperaba encontrar es un ordenamiento de la distribución adecuada de los objetos en la habitación, y esto puede ser ejemplificado por el uso cotidiano que se hace de la noción de desorden. Como bien afirmó Bergson, todo esto se produce en estricto acuerdo con el orden de la causalidad física, con un orden geométrico exigido por ciertas necesidades de nuestra vida práctica. Sobre esto, Alfred Schütz dirá que Bergson había llegado a la conclusión de que lo que se denomina “desorden” no es sino la falta o ausencia de un tipo particular de orden que se esperaba ver y con respecto al cual todo otro orden parece un ordenamiento contingente.

Una similar línea de argumentación lleva a considerar que no tiene sentido alguno expresar que existe una supuesta ausencia de potencial crítico en el posicionamiento asumido por ciertos intelectuales y artistas en la actualidad, ya que, como puede entenderse, esta expresión se refiere únicamente al hecho de una eventual falta de una particular crítica “esperada”. Ni la crítica ni el manejo de un criterio de verdad u orden son monopolio de alguna actitud intelectual y política específica. Verdad, orden y crítica forman parte de enunciados que se refieren e incorporan al meta-discurso de un sujeto que así asegura su legitimidad. Tan sólo eso. Así, puede recordarse el clásico cuento infantil “Caperucita Roja”, en el cual el Lobo Feroz encarna la “maldad del mundo”; en realidad, un excluido de un particular ordenamiento del mundo. Un posicionamiento crítico no podría limitarse a acusar su maldad frente a la joven Caperucita y, así, eventualmente corregir la narrativa presentada. Es la verdad que encierra, el orden de un mundo binario, los papeles asumidos por sus personajes, el escenario, los intereses y juegos de poder los que podrían estar sujetos a la crítica. Tanto el Lobo Feroz como Caperucita ocupan un lugar arbitrario en la narrativa infantil, sometidos a un meta-discurso que les ha asignado papales pre-establecidos. Hasta los propios niños y niñas parecen sentirse disconformes con este ordenamiento contingente de la realidad.-

 

Bibliografía

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