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Foto: Nahuel Levinton
Carlos A. Gadea (Uruguayo, 1969).
Es Doctor en Sociología Política por la Universidad
Federal de Santa Catarina, Brasil. Profesor del Programa
de Pos-grado en Ciencias Sociales de la UNISINOS,
Brasil.
Editor de la Revista Ciências Sociais Unisinos.
E-mail:
cgadea@unisinos.br
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Las
Neo-parodias de un Intelectual Crítico y los
Desafíos de un Pensamiento
Radical
CARLOS A. GADEA
1.
Lo que se presenta a
continuación pretende discutir ciertos aspectos de los
debates intelectuales y académicos visibles en la
actualidad. Es fruto de un sensible malestar, de cierta
incomodidad frente a una serie de contribuciones
académicas que tienen por finalidad demarcar un
territorio intelectual auto-definido como “crítico”. Se
presume, desde las líneas de argumentación aquí
expuestas, que este tipo de debates se sustenta sobre
premisas inválidas y parciales, y que intentan ocultar
el sentido político y el interés académico-institucional
que los origina. ¿Qué está efectivamente en juego en las
discusiones académicas actuales? ¿A quiénes se dirigen y
de qué manera? ¿Qué forma adquiere el debate académico e
intelectual en la actualidad? El status de validez
académico e institucional de la producción de
conocimiento es dependiente del contexto socio-cultural
e histórico en que tuvo su origen y, fundamentalmente,
encierra y revela determinadas relaciones de poder en el
interior de la academia, así como diversos intereses en
el juego intelectual en su conjunto. Por eso, no es
posible separar los temas actuales de su contexto de
producción y de sus vinculaciones con lo político y lo
cultural y, mucho menos aún, dejar de observar qué
relaciones de poder e intereses concretos están
evidenciándose.
El
debate actual tiene como principales protagonistas a los
que, por un lado, se consideran herederos y
continuadores de un posicionamiento supuestamente
“crítico” y, por el otro, a los que pretenden localizar
y redefinir el espacio de la crítica en una nomenclatura
y universo intelectual aparentemente colonizados. El
juego de intereses y relaciones de poder surgido parece
percibirse en la continuación de una inquietante
militancia política, intelectual, académica e
institucional de quien se auto-denomina intelectual
crítico en contra de un no tan novedoso
posicionamiento considerado como parte de un
pensamiento radical. Y ¿cuál sería la principal
diferencia entre un intelectual crítico y un
pensamiento radical? ¿Qué plantea este último como
crítica al primero? Fundamentalmente, que existe una (im)
postura que el intelectual debe abandonar, que lo ubica
en el papel crítico hegemónico bajo la legitimidad que
otorgan la ciencia y la academia. El pensamiento
radical debe plantearse, antes que nada, una
posición política en el interior de las instituciones
productoras de saber, ya que lejos de representar la voz
del “otro”, del “objeto investigado”, parece
materializar la lucha por una transformación de las
políticas académicas de representación. En esta
“política de representación del saber”, el
pensamiento radical ocupa un espacio en el que se
pone de manifiesto la vulnerabilidad, la contingencia y
el carácter situacional que posee cualquier relato
explicativo sobre aquello investigado. Es justamente
asumir esta humildad intelectual lo que le resulta caro
al auto-denominado intelectual crítico.
2.
Michel
Foucault demostró cómo el poder y el conocimiento
dependen uno del otro, de forma que la supuesta
extensión de uno es también la extensión del otro. Como
bien se sabe, había analizado las reglas que configuran
la verdad de un determinado discurso, evidenciando en
qué lugares se construye esa verdad y la forma que
circula o es administrada por determinadas instancias de
poder. Leer la realidad significa jugar un juego
que no posee reglas previamente establecidas, un juego
que se establece deduciendo aquello que ha sido excluido
o suprimido, las estructuras de exclusión que legitiman
un determinado orden social y no otro. Así, un
pensamiento radical interactúa en campos de
experiencias sociales y culturales, lingüísticas e
históricas, que se presentan desligados de “una”
identidad, predeterminación o supuesto sentido
trascendente. Un intelectual crítico se sentiría
por demás instigado a suponer que, consecuentemente,
nada sería real porque todo se reduciría a una
construcción cultural, lingüística o histórica, a un
efecto del sistema particular del lenguaje al cual
pertenecemos: el lenguaje se separaría de la realidad,
que reducida a este juego intertextual, no más se
distinguiría de la ficción. Ante esta sugerencia, el
pensamiento radical insistiría en formular que nada
es menos real por ser cultural, lingüístico o histórico,
sobre todo si no existe una verdad universal o atemporal
contra la cual pueda compararse. ¿A qué realidad se
refiere el intelectual crítico? ¿Al carácter
universal de la cultura burguesa? ¿Al sistema
capitalista? Cuesta creer que todo continúe siendo
medido con los mismos parámetros epistemológicos de más
de un siglo. Lo que en definitiva parece evidenciarse en
el auto-proclamado intelectual crítico es una
vocación moralista y disciplinadora propia de quien se
atribuye la capacidad de decidir sobre lo que es
correcto y lo que no lo es. Por esto, una de las
neo-parodias del intelectual crítico radica en el
carácter moralista de su accionar, expresado en el
anhelo de realizar un determinado proyecto de sociedad
desde una supuesta cúspide de iluminismo intelectual.
Todo lo mide, todo lo juzga, todo lo ordena. Aunque no
todo lo ve.
Mientras, por un lado, se presume de objetividad
analítica y de un espíritu intelectual crítico, por el
otro, un nuevo comportamiento viene demostrando gran
interés por examinar las formaciones de
conocimiento-poder presentes en las instituciones,
prácticas y lenguajes académicos. Mientras algunos se
afanan por encontrar indicios de una sociedad todavía
estructurada bajo los signos de lo social y lo
económico, otros creen necesario ampliar un
pensamiento radical no como propio de una especie de
revolución cultural, sino como de un inevitable e
importante reajuste de las relaciones de poder en el
interior de las instituciones sociales, culturales y
académicas.
3.
Las
instituciones de la modernidad incorporaron en su seno
el potencial crítico que le pretendía dar muerte,
canonizando y legitimando su carácter trasgresor,
parodiando sus gestos, hasta el punto de considerarse
sensato pensar, como lo hizo Gianni Vattimo hace ya unos
años, que la novedad es lo que permite que las cosas
continúen de la misma manera. Las instituciones sociales
y culturales adoptaron componentes políticos
presumiblemente críticos, asumiendo la gran tarea de
administrarlos y disciplinarlos de acuerdo a premisas de
acción establecidas a priori. En este contexto, un
intelectual crítico deviene rehén de su
propio voluntarismo e ingenuidad o, quien sabe,
protagonista central para dar continuidad a este orden
de las cosas. Análogamente a lo pensado por Jean
François Lyotard, un intelectual crítico
se ubicaría como un simple útil de optimización del todo
social, ya que su deseo de una verdad unitaria y
totalizante se presta a la práctica unitaria y
totalizante del propio sistema. No obstante,
difícilmente el accionar de un intelectual crítico
es observado como el de un regulador y disciplinador de
la lógica institucional y simbólica de la modernidad y,
consecuentemente, de una actividad intelectual que da
sustento a una interpretación del mundo pre-determinada.
Al parecer, el destino le ha jugado una mala pasada al
comprobar que sus interpretaciones sobre el mundo y su
propio frenesí por revelar los instrumentos de la lucha
política, la verdad y una idea de emancipación derivaron
en una acción eminentemente moralista.
Un
pensamiento radical
adoptaría una postura de resistencia en absoluto
orientada hacia la “crítica en sí”, encarnando lo que
para muchos sería propio de un gesto pos-moderno
falsamente definido como no-crítico. Se orienta,
efectivamente, con base a nuevas reglas de juego y de
relaciones de poder académico e intelectual; como
resistencia, por un lado, a la asimilación e
institucionalización de la crítica (y a su hegemonía por
parte de un intelectual crítico) y, por otro,
como posicionamiento político y epistemológico que
cuestiona, desmistifica y desestabiliza certezas y
cualquier sistema de conocimiento pre-establecido.
Lo que
en definitiva parece materializar la posición política y
académica de un intelectual crítico es su rol de
guardián de la meta-estabilidad de la crítica.
Como si imitara las operaciones discursivas de un pasado
no muy lejano, así como el presupuesto analítico de
situaciones socio-culturales consideradas “objetivas”,
atemporales e inmutables y todo se tratara de una
reproducción indefinida de clichés semánticos. Cuando
sus esquemas de interpretación critican el eventual
“abandono de la política”, de una “ausencia de
sensibilidad crítica”, del consumismo y el
individualismo por parte de algunos artistas e
intelectuales, no hace otra cosa que confundir las cosas
o, en el mejor de los casos, acusar las “desviaciones”
que están adquiriendo los análisis socio-culturales en
la actualidad. Léase bien: “desviaciones”. Tratándose de
confundir las cosas, confunde, por ejemplo,
universalidad con mercado capitalista, y pragmatismo con
la ausencia de objetivos y de posición crítica.
Tratándose de acusar “desviaciones”, no consigue
engañar, a los ojos de todos, que el objetivismo
reivindicado no puede esconder lo apriorístico de
sus postulados de análisis y las consideraciones
moralistas que encierra su discurso, meramente
normativo. Su anhelo por “aprehender la realidad”, por
desvelar su sistema de significaciones, se transforma en
una pesadilla de reiteración de fórmulas explicativas
acerca del “mundo objetivo”, es decir, de un mundo que
es el mundo particular (subjetivo) de él. De todas
formas, este no es un problema demasiado grave. La
gravedad radica en que no atisba a darse cuenta y,
consiguientemente, su discursividad se torna una
narrativa esperanzadora (¿de qué será?) con fuertes
dosis de arrogancia descolorida.
En la
actualidad, un intelectual crítico insistirá en
convencer a todos sobre “la verdad de los
acontecimientos”. Intentará explicar que detrás de lo
inmediato e intransitivo existen estructuras, fuerzas,
poderes, que determinan los fenómenos. Las “estructuras
objetivas del mundo” son las que deben desvelarse, lo
que exigiría una sensibilidad y posición política que ha
tomado conciencia de su lugar, en definitiva, en la
estructura de producción económica. Así de simple, para
quien quiera entreverar las cosas. Los micro-objetos de
análisis no dicen nada si no los ordenamos en la
estructura de las cosas. Por esto, un intelectual
crítico hará lo imposible por disciplinarlos y
ordenarlos de acuerdo a un orden previamente
considerado, “objetivo”, general. Tamaña tarea sólo
puede realizarla quien haya entendido que detrás de algo
existe otra cosa que oculta ese algo para que no nos
demos cuenta de lo que ha sido ocultado. Para un
pensamiento radical esto no es muy diferente de lo
que hacía Don Quijote de La Mancha en aquel pasaje donde
luchaba contra gigantes, ¿o eran molinos de viento?
4.
Un
pensamiento radical comprende que ya no es posible
legitimar cualquier conocimiento sobre el mundo apelando
a un meta-discurso (Lyotard) ordenador de la
realidad. Existe una especie de “insuficiencia
respiratoria” de las narrativas generalizadoras de la
modernidad. No así, el intelectual crítico, en
pleno uso de su auto-referenciada investidura, pretende
ir más allá de esta constatación, recolocando en escena
las variables necesarias para legitimar la continua
simulación de los gestos estructuralistas.
Des-construir y dejar en evidencia los falsos mensajes
emancipadores, realizados en nombre de una idea de
universalidad (que en realidad sólo es regulativa,
disciplinadora y ordenadora), se encuentra en la base de
un pensamiento radical. Situado en un momento
ulterior de la crítica (tal cual entendida por un
intelectual crítico), se nutre del deseo por
defender el “honor del pensamiento” en la actualidad. Al
parecer, un pensamiento radical intuye que
detrás del discurso de un intelectual crítico
se fundamenta una actitud de consolidación del control
académico en general, y del estatuto de la crítica de
forma particular, una suerte de demostración de poder
que reniega de nuevos desafíos en el campo de los
diagnósticos y análisis de la realidad. Lejos de
prometer libertad y cambio, renovación y ruptura, al
intelectual crítico le corresponde la tarea
de “institucionalizar la subversión”, transformando
ruptura en una mueca estabilizadora. Así, se comprende
que es el propio terreno discursivo incorporado,
asimilado y delimitado por un intelectual
crítico, sus juegos políticos e institucionales, el
que asume el propósito de legitimar o fundar la serie de
prácticas que definen a este intelectual. No es el
intelectual crítico el que da legitimidad a un
discurso o meta-relato sobre la realidad, sino que es
ese propio discurso, apriorísticamente generado, quien
le otorga legitimidad. Son las “estructuras objetivas
del mundo” los que legitiman la posición crítica de este
intelectual, transformado en un sujeto que desfallece
ante la inmanencia de la realidad del mundo.
5.
El
sentido que puede otorgarse a un posicionamiento
político presumiblemente crítico es meramente
arbitrario. El auto-denominado intelectual
crítico así lo debe comprender. ¿Qué se quiere
afirmar cuando se dice que una actividad intelectual o
un pensamiento concreto tienen cualidades críticas? ¿Y
qué se quiere demostrar cuando se afirma que una
determinada posición intelectual carece de potencial
crítico? Estas interrogantes resultan similares a las
realizadas por el filósofo francés Henri Bergson cuando
se preguntaba acerca del significado de afirmar que la
habitación de una casa “estaba en desorden”. De hecho,
en muchas ocasiones, puede considerarse que una
habitación está en absoluto desorden, con determinados
objetos posicionados de formas insólitas. Es evidente
que lo que se esperaba encontrar es un ordenamiento de
la distribución adecuada de los objetos en la
habitación, y esto puede ser ejemplificado por el uso
cotidiano que se hace de la noción de desorden. Como
bien afirmó Bergson, todo esto se produce en estricto
acuerdo con el orden de la causalidad física, con un
orden geométrico exigido por ciertas necesidades de
nuestra vida práctica. Sobre esto, Alfred Schütz dirá
que Bergson había llegado a la conclusión de que lo que
se denomina “desorden” no es sino la falta o ausencia de
un tipo particular de orden que se esperaba ver y con
respecto al cual todo otro orden parece un ordenamiento
contingente.
Una
similar línea de argumentación lleva a considerar que no
tiene sentido alguno expresar que existe una supuesta
ausencia de potencial crítico en el posicionamiento
asumido por ciertos intelectuales y artistas en la
actualidad, ya que, como puede entenderse, esta
expresión se refiere únicamente al hecho de una eventual
falta de una particular crítica “esperada”. Ni la
crítica ni el manejo de un criterio de verdad u orden
son monopolio de alguna actitud intelectual y política
específica. Verdad, orden y crítica forman parte de
enunciados que se refieren e incorporan al meta-discurso
de un sujeto que así asegura su legitimidad. Tan sólo
eso. Así, puede recordarse el clásico cuento infantil
“Caperucita Roja”, en el cual el Lobo Feroz encarna la
“maldad del mundo”; en realidad, un excluido de un
particular ordenamiento del mundo. Un posicionamiento
crítico no podría limitarse a acusar su maldad frente a
la joven Caperucita y, así, eventualmente corregir la
narrativa presentada. Es la verdad que encierra, el
orden de un mundo binario, los papeles asumidos por sus
personajes, el escenario, los intereses y juegos de
poder los que podrían estar sujetos a la crítica. Tanto
el Lobo Feroz como Caperucita ocupan un lugar arbitrario
en la narrativa infantil, sometidos a un meta-discurso
que les ha asignado papales pre-establecidos. Hasta los
propios niños y niñas parecen sentirse disconformes con
este ordenamiento contingente de la realidad.-
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