
Augen-Reihe (1930/31)
KURT KRANZ
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SOCIEDAD
La
dinámica de la pos-modernidad
CARLOS A. GADEAI.
La pre-modernidad y la
modernidad poseen un determinado status
conceptual. Un "mundo
pre-moderno" respondía (y responde)
a conductas (ni siquiera entendidas como
individuales) orientadas hacia el pasado,
y en cuya explicación de la realidad
descansan los postulados de la religión
y la tradición. Para resolverse
cualquier problema humano o proveniente
del "mundo de la naturaleza" se
apelaba a los esquemas de entendimiento y
resolución alojados en la esfera de las
costumbres. Si una comunidad humana
resolvía su problema de la alimentación
repitiendo fórmulas arraigadas en la memoria
no había por qué deslegitimar ese
conocimiento adquirido. Así, el tiempo
pre-moderno es cíclico, es una
continua repetición de eventos, en los
cuales se sustenta la dinámica de un
tiempo que se re-crea.
Muy diferente es un
"mundo moderno", nacido de la
trasgresión de todo aquello no-moderno,
"antiguo". En este mundo, la
realidad es individual y social
simultáneamente, y se asienta en una
búsqueda constante de una eventual
armonía y "orden" en el futuro:
las conductas son arrojadas "hacia
delante", hacia "lo que
vendrá". Conductas orientadas hacia
el futuro no pueden legitimarse en una
búsqueda de elementos
mítico-religiosos, de la repetición de
fórmulas previamente ensayadas en
contextos interpretados como
"similares", ya que lo
contingente es parte de esa aventura
hacia el futuro. Contingencia y
modernidad van juntas: pretendidamente
exiliada, a la contingencia se la
pretendió vencer fundamentalmente a
partir de una concepción
lineal-vectorizada del transcurrir del
tiempo. Si la explicación de la realidad
está fundamentada en la razón,
en una "racionalidad
teleológica", es porque se define
bajo la idea de proyecto y
previsibilidad, de espaldas a la
contingencia. Hay una finalidad a
alcanzar, suponiendo la idea de progreso,
de conquista y dominio paulatino de la
naturaleza en función de obtener orden
y organización de la realidad
social y las relaciones sociales. ¿Qué
pretendía eliminar la "racionalidad
teleológica"? Todo lo que había
prevalecido en la pre-modernidad: la
religión, el misticismo, la
contingencia, la ambigüedad, la
incertidumbre, lo instintivo. Para ello,
el "mundo moderno" creó
instituciones políticas y morales,
normas de comportamiento, leyes de
convivencia, mecanismos de ordenamiento
social diversificados, ordenes
jerárquicos diversos.
Pero la dinámica de la
modernidad y su racionalidad no eliminó
lo que se proponía desde un proyecto
histórico determinado. Al contrario,
aquellos elementos permanecieron
presentes, incentivando aún más sus
efectos. El motor de la vida social
moderna se basaría, consecuentemente, en
los "efectos contingentes", en
un proceso de complejización de
su universo socio-cultural. Lo no
previsible, lo no planeado, el principio
de incertidumbre, comenzaban a pautar una
vida moderna de "pluralidad de
valores", contradicciones,
ambigüedades, "mezcla de
elementos" (hibridaciones), la
"no síntesis" de cuestiones
opuestas. Ante la irreversibilidad de
estas imágenes, lo moderno tuvo que
redefinirse constantemente, teniendo en
cuenta, inclusive, los reiterados gestos
de crítica y cuestionamientos que
surgían desde su propio interior y
dinámica. Por esto, varios comenzaron a
hablar de su eventual crisis y, así, de
algo que prefiguraría una multiplicidad
de realidades (y
explicaciones de ellas) bajo el nombre de
pos-modernidad.
Resulta difícil asumir la
pos-modernidad con un determinado status
conceptual. Así parece advertirse cuando
el conjunto de categorías propias debe
entrar en un juego de espejos con
lo que se entiende por modernidad, ya que
la pos-modernidad es definible, siempre,
en función de su alejamiento y
distinción de ella. Es como decir que se
afirma negando, y difícilmente
argumentando lo que, en definitiva, sí
definiría sus contornos hermenéuticos.
Esta dificultad es propia de su condicionalidad
socio-histórica y, concretamente,
empírica. Como se ha visto
anteriormente, lo pos-moderno no puede
ser un concepto en sí mismo, sino una
categoría que trata sobre las formas
concretas de las sociabilidades, por lo
que adquiere conceptualización como
"fenómeno" al describir lo que
se expresa en las interacciones sociales,
tornándose concepto, en todo caso, al
tomar contacto con lo que observa y
describe. De todas maneras, puede
entenderse lo pos-moderno como un
conjunto de categorías analíticas
nómadas y de sensibilidades
"otras" a las que fueron
prevaleciendo durante la dinámica de la
modernidad. Consistiría, por lo tanto,
en una perspectiva o categoría
analítica que permite entender la saturación
y pérdida de sentido y legitimidad de
una epísteme, así como comprender el
precario momento socio-histórico en el
que lo moderno tiene dificultades para
re-crearse, mientras aparecen nuevos
elementos empíricos y discusiones en
oposición a sus presuntos postulados.
II.
Pos-modernidad, también,
como especie de sociología de lo
cotidiano, al privilegiar como marco
temporal el presente, lo vivido,
el "estar viviendo". Es un transcurrir
temporal, sin necesarios determinismos
pasados ni perspectivismos futuristas, lo
que materializa una condición
pos-moderna, al acentuar el hecho de que
no se debe buscar otra vida detrás de la
que se deja ver y vivir, y recordando que
lo único real es lo fenomenal.
Esto es lo que, justamente, fundamenta la
nebulosa epistemológica que va desde el
pragmatismo, la fenomenología y la
etnometodología, hasta el
interaccionismo y una sociología de la
vida cotidiana. Lo pos-moderno parece
fiel al espíritu simmeliano,
al encarar un análisis de las formas
sociales, es decir, de las
sociabilidades, de los procesos tensos de
interacción entre sujetos e
instituciones, de reglas sociales e
intersubjetividad. Se trata de una mirada
"de lo que es", de lo que está
próximo, de resaltar los fragmentos de
lo social, esas "situaciones
mínimas" y supuestas banalidades
que resultan lo fundamental de la
experiencia individual y social.
El tiempo pos-moderno no
tiene forma. No responde a la
previsibilidad de la modernidad, ni al
retorno cíclico de acontecimientos de la
pre-modernidad. Desconfía del pasado, al
ser una construcción parcial de una
historia excluyente, y niega la
posibilidad de un tiempo futuro, a no ser
que se lo considere simple prolongación
de un presente expandible en el mero
acontecer o devenir. El presente es el
que genera los otros tiempos, ya sea como
ilusión (el futuro) o como nostalgia (el
pasado). Su presenteísmo
constituyente nos habla de la posibilidad
de la simultaneidad de acontecimientos.
También de una capacidad por reconstruir
historicidades parciales para
confrontarlas y mezclarlas, sin presuntos
marcos jerárquicos que determinen
escalas valorativas entre qué sería lo
central y qué lo periférico, qué lo
importante y qué lo accesorio. En
absoluto se trata de una eliminación del
tiempo a través del presente, sino
salirse de él y de los demás que él
crea y hace posible aparecer (como
ilusión o nostalgia).
En arquitectura, columnas
dóricas conviven con el barroco mexicano
y el vidrio y acero de la construcción
civil contemporánea. Tiempos de
reciclajes, de reediciones, como si todo
el pasado y el futuro estuvieran aquí,
en el "eterno presente" de
realidades coexistentes. Sin una
categoría "metahistórica" o
un "gran relato" totalizador,
el eclecticismo reina como
metáfora de una temporalidad "sin
forma", sin un supuesto destino. En
la pos-modernidad todas las historias se
encuentran, se confrontan, se reconocen,
se entienden. Especie de manierismo
social, lo pos-moderno es una gran
cita de lo que ha sido, lo que podría
haber sido, lo que igual fue, lo que es.
Por eso, América Latina vivencia su
pos-modernidad en esta gran cita donde
sus identificaciones socio-culturales e
históricas están presentes, una a una,
detrás de cada institución, expresión
cultural, rincón geográfico, mezcla de
modernidad organizadora y pre-modernidad
subterránea. Pos-modernidad como
analogía a la convivencia de lo moderno
con lo que pretendió anular y excluir,
que ahora reaparece como parte de su
propia dinámica, aunque corroyéndola.
Y la aceleración de la
vivencia del tiempo se incrementó
todavía más para lo pos-moderno. Esto
es lo que permite una decodificación de
lo social que prefiere hablar de
sociabilidad y socialización en vez de
sociedad, de movimiento social en lugar
de clase social. Situaciones
pos-modernas son aquellas que aprenden
a vivir con la vivencia de lo efímero,
la aceleración, el cambio constante.
Aparentemente, la tensión del moderno
Baudelaire del siglo XIX ya no resulta
característica de las tensiones propias
de las sociabilidades definibles como
pos-modernas.
(Paréntesis
en torno de lo pre-moderno, las citas
históricas y su contextualización).
"Allá por el
año 73 o 74, yo vivía en una
localidad a unos 200 Km. hacia el
norte de la ciudad de México. Esta
localidad está en una zona
indígena, otomí, muy pobre,
conocida como una de las más
atrasadas y jodidas del país. En
esta zona, en donde las mujeres
usaban vestidos indígenas, se
organizaba en casi todas las
comunidades, un grupo de rock. Uno se
llamaba, por ejemplo, ´Purple
Seed´, el otro no sé qué. El caso
es que estos chavos (1),
así con huaraches (2)
todavía no entraba la moda
punk-, que tocaban rock, ¿a quiénes
estaban enfrentados? A los que
venían de afuera, a los funcionarios
del Instituto Nacional Indigenista de
la burocracia priísta (3),
que veían eso con horror: ellos, que
eran los nacionalistas, trataban de
inculcarles a los otomíes cultura
nacionalista. Tú veías entonces a
los de abajo, jodidos, defendiéndose
de los extranjeros, que eran los
nacionalistas. ¿Y qué usaban para
defenderse? El rock, como afirmación
de su ser otomí, frente a los
nacionalistas, quienes a lo mejor les
hablaban del rollo otomí y de la
nacionalidad mexicana, en abstracto,
pero que ellos no reconocían" (4).
Comentando tales
expresiones, Ferman (1994) menciona la
estrategia o lógica de la paradoja para
comprender el comportamiento de los
actores aquí envueltos. Según dice, es
una interpretación o lectura que está
ligada a una concepción esencialista de
la identidad latinoamericana, en la que
lo indígena se contrapondría con la
expresión del rock, supuestamente
extranjerizante. Hay mucho de cierto en
esto, pero hay mucho más tras estas
palabras. A esa lógica de las paradojas
y las dicotomías, se le suma el
componente socio-histórico de las hibridaciones
(5),
de las "múltiples realidades",
de los mecanismos de resistencia cultural
que convierten a algo supuestamente
"externo" de una cultura en
aquello que le da un lenguaje y forma
determinada. Aquí la convivencia y el
eclecticismo se hacen evidentes: lo
pre-moderno de las vestimentas de las
mujeres y los rockeros que menciona
Bartra, lo moderno de la actitud
mediadora e institucionalizadora (a
partir de un discurso nacionalista) de
los funcionarios del Instituto Nacional
Indigenista, y el
"extrañamiento" de éstos como
propio de una situación pos-moderna.
Esta se refleja en el mismo
"choque" cultural y temporal,
de lo indígena que se reafirma en el
rock, y de un discurso nacionalista e
indigenista ajeno a la realidad de los
otomíes; según estos, aún más ajeno
que el propio rock.
III.
Existe un asunto del orden
de lo temporal, de la experiencia del
tiempo histórico en todo esto. Se hace
referencia a una sensibilidad y
situación pos-moderna situadas en el
tiempo de la pos-historia. Este
"estar después" supone que
residir en la pos-modernidad
significa que cada uno de nosotros
podemos encontrar nuestro habitat en
cualquier tiempo histórico (Heller &
Fehér, 1989). Esta versatilidad
histórica y temporal es tan ambigua como
cualquiera de los otros síntomas de la
pos-modernidad. En el contexto de
América Latina, la pos-historia puede
ser un intento de recuperar todas las
historias y narrativas que podrían haber
sido, o que de hecho fueron. Lo indígena
puede reaparecer bajo ropajes diferentes,
sea en su versión híbrida y
contemporánea o en su versión más
consolidada en las construcciones ideales
que se han hecho como sinónimo de lo
pre-moderno. Pero fundamentalmente, puede
señalar también el resquebrajamiento de
distintas tradiciones culturales
supuestamente homogéneas.
En la pos-historia
latinoamericana, no hay espacio para algo
como identidad histórica. En concreto,
nunca lo hubo, de tal forma que el
continuado desentendimiento entre las
políticas modernizadoras con grandes
grupos de población demuestra el alto
grado de voluntarismo fácilmente
transformado en autoritarismo. Tal vez la
identidad nacional sí pudo aliarse
firmemente con las prácticas modernizadoras,
pero en la dinámica de la pos-modernidad
ella va perdiendo legitimidad
gradualmente. Puede hasta re-alimentarse
ese imaginario cultural fundamentado en
una historia específica y diferenciada
de otras posibles historias. No obstante,
la identidad nacional, así como
cualquier otro constructo identitario, es
una "ficción metafísica"
(Foucault, 1988), y así se hace evidente
en el espacio de la pos-historia.
Pero no únicamente debe
observarse la identidad como una
ficción. Implica, también, poder. Los
estudios de Foucault sobre los
"discursos" modernos de las
prácticas penales, la sexualidad y la
sicología sugieren que su supuesta
"racionalidad" es fingida. No
es necesario afirmar que el fantasma de
Nietzsche deambula sobre estas
perspectivas, ya que la "voluntad de
poder" parece estar unida a la
definición de cualquier verdad, de
cualquier identidad. Al mencionar la
categoría indígena se hace alusión a
una serie de características a priori
determinadas por construcciones
históricas y mentales sobre lo que
definiría el ser indígena. Para
lo pos-moderno, pierde validez real
algo de este tipo, suponiendo una
reconsideración de ese sujeto que se
definiría de acuerdo con una situación
concreta.
Aquí, justamente, radica
una postura política que hace de lo
pos-moderno un gesto crítico y
desestabilizador, al cuestionar la
legitimidad del orden cultural que
reclama hegemonía en cualquier
enfrentamiento político. En la pos-historia,
las identidades elevadas a la posición
de dominio están siempre a prueba y, por
tanto, sujetas a la crítica
de-constructiva. Como consecuencia, la
actitud política que encarna lo
pos-moderno tiene que ver con un examen
continuo de las identidades, un
replanteamiento y examen crítico de las
relaciones materiales y políticas por
las cuales algunas identidades terminan
siendo sobrepuestas a otras, así como
una exposición de la complicidad entre
sistemas de legitimación filosófica y
jurídica e intereses de clase, raza,
etnia, género, etc.
IV.
Ante estas perspectivas, es
posible concebir el temor de que el gesto
pos-moderno o la pos-modernidad a su vez
se transforme en un
"metadiscurso", en una
referencia hegemónica. Como bien
constata Toro (1999), al representar el
pensamiento pos-moderno el momento del
nomadismo, del rizoma, de la
diseminación y de la de-construcción,
existe una resistencia desde dentro mismo
de su discurso a la implantación de
formas pos-modernas como un metadiscurso
universalizante y legitimista, aunque,
obviamente, existe el riesgo a que la
de-construcción misma se establezca como
canon permanente.
Mas allá de esto, el
sentido crítico que posee hacia su
interior, puede, asimismo, funcionar como
controlador hacia lo que sería una
conversión y perversión hermenéutica.
Sentido crítico y actitud que fueron
siendo alimentados desde el surgimiento
discursivo que presentaron los llamados
"nuevos movimientos sociales"
en los años ´60 y ´70. Muchos de los
temas y problemáticas introducidas por
ellos en la escena política y cultural
tienen gran parte de su fundamentación
en el mismo gesto de-constructivo
pos-moderno y las consecuentes
preocupaciones empíricas y teóricas. Es
que lo pos-moderno, como se ha visto, se
presenta como un desafío para repensar y
redefinir las realidades sociales. En
esta tarea,
"Foucault nos
aconseja ´preferir lo que es
positivo y múltiple, la diferencia a
la uniformidad, lo fluido a lo
compacto, las estructuras móviles a
los sistemas´. También apuntó que
la forma de avanzar es por medio de
los nuevos movimientos sociales que
surgieron en los años sesenta
feministas, gay, etc." (Lyon,
2000: 146).
Considero que, en parte, las
discusiones que los "nuevos
movimientos sociales" establecieron
fueron sintomáticas de las mismas
discusiones que desde la pos-modernidad
reevaluaban las condiciones
socio-culturales de aquellos años. No
obstante, actualmente parece haber
acabado la sorpresa frente a estas
temáticas que se referían a la supuesta
liberación sexual, respeto a la
diferencia, etc. No es que estos temas
hayan resuelto sus contradicciones en las
experiencias políticas y culturales, o
que hayan sido plenamente aceptados en el
desempeño de las distintas
sociabilidades contemporáneas. Los
problemas persisten, pero en parte. Ya no
parecen presentarse con tanta fuerza
estas reivindicaciones en la esfera
pública según entendida por la ciencia
política clásica, aunque sí estamos en
el momento de hacernos cargo de lo que
ellas representaron y sus consecuencias
en la actualidad. Estos temas se
consolidaron en las formas que las
relaciones sociales van asumiendo, se han
legitimado como pautas que pretenden
delinear el flujo de sociabilidades
actuales. Parafraseando a Baudrillard,
puede decirse que los discursos
emancipatorios de los años ´60 se han
liberado, ya están entre nosotros (6), y
que en grados diversos los hemos internalizado
con éxitos también variados (7).
No se puede, actualmente,
asociar de forma tan simple la temática
de la pos-modernidad con la que asumían
(y asumen) los "nuevos movimientos
sociales". En su estado inicial,
lo pos-moderno materializó en ellos sus
posturas críticas y políticas. En
América Latina, los temas étnicos,
sexuales y de género han ido adquiriendo
dimensiones críticas distintas, al haber
sido exhibidos de forma pública y más
evidente luego de procesos políticos
autoritarios (dictaduras militares en
algunos países) a mitad de los años
´80. Tal vez por esta misma razón, los
temas que traían a discusión fueron
aceleradamente digeridos y
massmediatizados. El orden jurídico no
parecía adecuado para enfrentarlos,
aunque la fluidez de su circulación en
los diferentes escenarios
socio-culturales y políticos ha
diseñado una ambigua situación
socio-temporal. Ambigua porque, las
preocupaciones y temáticas que habían
surgido se daban a partir de un creciente
protagonismo en manos de los medios de
comunicación, discursos políticos algo
desatendidos e iniciativas parlamentarias
discretas, sin haberse podido banalizar
ninguna de estas preocupaciones y
temas ante tanta indiferencia (si se la
canalizaba en el espacio público) y
mercantilización (sin suponer grados de
negatividad).
En este sentido, me parece
que las diversas polémicas o las propias
formas de descripción de las
características pos-modernas mantienen
una fuerte posición política. Así
también lo entiende Buarque de Holanda
(1991, 8), aunque sugiere la existencia
de "dos actitudes
pos-modernas": una que procura
"desconstruir o
modernismo e resistir ao status quo,
e outra que repudia o modernismo para
celebrar o status quo, ou seja, um
pós-modernismo de resistência e um
pós-modernismo de reação".
Esta división suele repetir
un diagnóstico muy difundido en los
comienzos del debate (entendible en su
momento), al todavía conducirse con un
esquema clasificatorio donde las
perspectivas de derecha e izquierda
política parecían explicar
adecuadamente diferentes posiciones.
Así, toda la dinámica política de los
"nuevos movimientos sociales"
parecía encuadrarse en el primer
pos-modernismo, mientras el segundo, el
de reacción, se materializaba en los
trabajos (por ejemplo) del sociólogo
norteamericano Daniel Bell. Pero esta
distinción de categorías es sumamente
problemática, e inclusive sospechosa de
pretender argüirle un aire político
neo-conservador a posturas que,
comprendidas como pos-modernas, no
presentaban críticas explícitas al status
quo. En las variantes del discurso
pos-moderno existen, igualmente,
diferentes escalas de interpelación
política y social, al mismo tiempo que
la crítica al modernismo cultural o a
las "contradicciones culturales del
capitalismo" no denota una posición
necesariamente nostálgica o un retorno
hacia una aproximación cultural con lo
pre-moderno. Esta sugerencia de disolver
esta dicotomía analítica
(8) es la misma que
advierte una actual dinámica de la
pos-modernidad desligada del accionar y
la actitud existencial que asumían los
"nuevos movimientos sociales".
No dejan de ser objeto de sospechas sus
desdoblamientos ideológicos, sus
construcciones de la realidad cultural y
sus comportamientos políticos. La
de-construcción pos-moderna también
atraviesa a ellos en la actualidad.
Puede ser un deseo de trascender
el sentido atribuido a los "nuevos
movimientos sociales" el gesto más
contemporáneo de lo pos-moderno.
Trascendencia que implica ubicarse
"después" de las discusiones y
críticas que realizaron, por ejemplo,
las que se auto-definen feministas (en
los movimientos y en la academia) y los
grupos indígenas en América Latina, una
crítica que se hace "hacia
dentro" de sus identificaciones
políticas y culturales. Al representar
esto, lo pos-moderno parece reevaluar su
crítica hacia el mundo del
disciplinamiento de la modernidad, ya
que es ahí donde la estabilidad del
orden social asume su formalización e
institucionalización.
V.
La dinámica de la
pos-modernidad se comprende en la
actualidad como la contracara de los
reiterados procesos de disciplinamiento
socio-cultural. Recordando a Elias
(1994), la regulación de todo lo
relacionado con la proximidad afectiva y
emocional, lo instintivo, sucedió
paralelamente con una diferenciación de
las funciones sociales de la modernidad,
lo que condujo al delineamiento de un
"proceso civilizatorio" que
restringía lo instintivo, los
agrupamientos por afinidades afectivas.
El "proceso civilizatorio"
puede entenderse, entonces, como un
auto-disciplinamiento generalizado, ya
que la "domesticación de los
afectos" equivale a transformar
coacciones externas en coerciones
internas. En América Latina, la llamada
a responsabilidades diversas en el plano
político, es el reflejo de prácticas
modernizadoras que han pretendido
asignar claramente las funciones sociales
correspondientes a cada grupo social e
individuo, así como extender un
dispositivo disciplinador que exiliase el
estado de violencia existente, las
divergencias entre lenguajes locales, las
relaciones por proximidad afectiva y
estética.
Para la dinámica de la
modernidad, el disciplinamiento social es
prerrequisito del progreso material y
espiritual. Esto conllevó la
eliminación de lo multiforme, la
institucionalización de la negación de
la singularidad, lo diferente, lo
extemporáneo, y la instauración de
valores y criterios morales y estéticos
basados en los preceptos
"protestantes" de la cultura (9).
El burocratismo, la regulación y control
normativos, la excesiva tendencia a la
indiferenciación socio-cultural, los
desajustes entre grupos culturales en
oposición de intereses y "mundos de
vida", pueden reflejarse como
sintomáticos del malestar consecuente,
bases desde las cuales lo pos-moderno
instituye su discursividad en los días
de hoy.
(Paréntesis
acerca del significado de la dinámica de
la modernidad desde la dinámica de la
pos-modernidad).
La dinámica de la
modernidad en América Latina se
relaciona con la progresiva disolución
de los denominados "vínculos
primarios". En los procesos de
industrialización y modernización de
las sociedades, en la disciplina de las
fábricas y los modelos educativos
(productos de pautas
"uniformes" de comportamiento
social) se consolidaban una fuerte internalización
de reglas sociales y legales exigidas
desde un aparato estatal. Los conflictos
consecuentes consideraban el eje de sus
problemáticas el modelo de producción
material y económica, análogo a un
determinado conjunto de factores
institucionales ligados al Estado. Se
criticaba, por ejemplo, al sistema
político desde estas premisas
determinantes. No suponían que la
crítica al poder tenía que ir más
lejos de la crítica marxista o
anti-autoritaria del Estado, ya que el
Estado sólo puede existir y funcionar
sobre la base de relaciones de poder que
pre-existen a él. Este parece ser un
diagnóstico que los "nuevos
movimientos sociales" hicieron
propio, a pesar de su tendencia a apelar,
en última instancia, a una dinámica de
confrontación que se colocaba como
antípoda al poder coercitivo de él.
El perspectivismo
pos-moderno es, sin duda, heredero de
este anti-autoritarismo, aunque no
consiguió conciliar ese sometimiento de
los "nuevos movimientos
sociales" a los destinos del poder
público para confrontar sus ideas y, al
mismo tiempo, esa tendencia de muchos de
sus militantes hacia la búsqueda de
respuestas "alternativas" a sus
necesidades personales y colectivas en el
"ecologismo new age", las
terapias sicológicas grupales, el
misticismo de las religiones orientales,
y toda aquella imperiosa actitud de
sensibilidades que procuran respuestas a
sus preguntas "existenciales"
fuera de la ciencia y la razón modernas.
El escepticismo pos-moderno constata con
ironía estas actitudes. Supone que no
representan otra cosa que un retorno a la
reconstrucción de "otra
metanarrativa" y principio de
universalidad. También que una
"idea de destino", de una
"celebración religiosa" que
pretende la reconciliación entre los
diferentes elementos de la naturaleza en
pos de un supuesto orden, está en la
base de estas actitudes y proyecciones
existenciales. Con esto, es oportuno
aclarar que la miríada de
"sensibilidades terapéuticas"
que actualmente coexisten entre nosotros,
y en cada uno de nosotros, no es en
absoluto un signo pos-moderno (10).
El sentimiento de irreligiosidad
de la modernidad parece extenderse y
consolidarse en la dinámica de la
pos-modernidad:
" (...) la
modernidad clásica todavía
compensaba la religiosidad perdida
con la búsqueda de nuevos mecanismos
de integración (carisma,
solidaridad, consenso
normativo)" (Beyme, 1994:
171).
Este puede ser un síntoma
interesante de lo que se venía
explicando anteriormente. Principalmente
porque es producto de un poder de
anulación de la diversidad y la
diferencia socio-cultural que el
"progreso" y el
disciplinamiento fueron generando como
propios de la dinámica de la modernidad.
La modernización representó,
simultáneamente, la descomposición de
posibles tradiciones y mundos de vida, y
la utilización de los ciudadanos como
simples recursos a disposición de una
elite empeñada en imitar el modelo de
desarrollo técnico-económico de las
metrópolis europeas. Indudablemente que
la dinámica de la modernidad
latinoamericana no ha sido producto de
esta intencionalidad y, así, la serie de
mecanismos institucionalizadores y de
control social, como ya se ha mencionado,
han adquirido especificidad. En ella, lo
pos-moderno incursiona en la ambigüedad
que representa una crítica a la serie de
redes y relaciones de poder que estarían
alojadas en el aparato estatal, y una
constatación sobre el presentimiento de
que éstas no parecen tener en algún
lugar específico su locus
institucional bajo la forma de un tipo
cualquiera de mecanismo organizativo
considerado universal.
El poder coercitivo del
Estado ahora parece presentarse bajo una
dinámica fragmentada. Observar sus
fundamentos de legitimación radica el
mayor desafío para quienes pretendan
comprender su actuación. Frente a esto,
la dinámica de la pos-modernidad
advierte una re-edición de las
propiedades formales y los contenidos
específicos de los denominados
"vínculos primarios", una
manera de evidenciar la desconfianza
hacia los sistemas de control social y
hacia toda forma de tecnocracia,
instrumentalidad y burocratismo. En
cierto sentido, lo pos-moderno puede
comprenderse como propio de lazos
sociales fundamentados en la neo-afectividad,
en desmedro de la funcionalidad
característica del lazo social moderno.
VI.
Hasta aquí se puede deducir
que lo pos-moderno es una categoría
inevitablemente política, una postura
crítica hacia los dispositivos de
legitimación de un determinado orden
social y una aparente materialización de
la "presencia del pasado".
Puede verse cómo su "novedad"
descansa, paradójicamente, en una parodia
histórica, no reflejando un gesto
nostálgico y sí una revisión crítica,
un diálogo irónico con el pasado, una
recuperación del vocabulario crítico
allí donde las manifestaciones
culturales y políticas lo hacen visible.
De esta forma, lo pos-moderno se define
como reformulación crítica, jamás como
una especie de retorno nostálgico.
Justamente es en este punto que radica el
papel dominante de la ironía. Por
ejemplo, lo que hace es confrontar
cualquier recuperación del pasado en
nombre del futuro, pretendiendo, así,
reevaluar y dialogar con el pasado a la
luz del presente. No niega la presencia
del pasado, cuestiona la posibilidad de
poder conocer ese pasado de otra forma
que no sea por medio de vestigios
textualizados o narraciones. Recuerdo el
film Brasil (11),
de algunos años atrás. En él, existe
una reducción de la tragedia épica
por la trivialidad de lo mecánico
y desvalorizado. Al mismo tiempo, se
presenta una deformación temporal,
ya que la escenografía no ayuda mucho
para identificar el tiempo histórico en
que suceden los acontecimientos. Las
modas mezclan el futurismo del absurdo
con el estilo de los años ´30, mientras
un escenario pasado de moda y sórdido
contrasta con la omnipresencia de los
computadores. El film sitúa una línea
de tensión entre la comedia y la
tragedia, entre el relato romántico de
aventura y el documental y crítica
política. Esta línea de tensión se
presenta similar a la que lo pos-moderno
establece cuando en el juego de tiempos
pasados y presentes hace resurgir una
pre-modernidad siempre latente, en estado
de emergencia continua.
La energía formal y
temática de lo pos-moderno se sitúa en
la problematización filosófica,
política y estética de la naturaleza
de la referencia, de la relación de
la palabra con la cosa, del discurso con
la experiencia, del significado con el
significante. Su intención es desordenar
las certezas propias de la dinámica
de la modernidad sobre la naturaleza del
sujeto, la conciencia y la razón. Desordenar
como forma de apelar a lo contingente
de los conocimientos, relaciones y
prácticas cotidianas, como forma de
comprender la presencia de simples
referentes prácticos y mutables. Por
eso, el sujeto que percibe ya no forma
parte de una entidad coherente,
generadora de un significado.
En esta línea de
argumentación, resulta apropiado hacer
referencia a dos cuestiones que circundan
lo pos-moderno tal cual fantasmas
teóricos y del heterogéneo contexto
latinoamericano: el tratamiento de la crítica
y el sentido y forma que asume el tema de
la integración social.
Sobre
pos-modernidad y los mitos modernos de la
crítica y la integración social.
Con relación a la crítica,
es evidente que no se puede manejar desde
posturas de la teoría crítica, algo ya
discutido por muchos. En su primera
manifestación, puede decirse que lo
pos-moderno proporcionaría la punta de
lanza sicológica para un ataque a los
valores y pautas motivacionales de la
conducta "ordinaria", en nombre
de la liberación, del erotismo y de la
libertad de impulsos (Bell, 1992).
Existiendo de forma difusa y poco clara
un reconocimiento de las diversas
representaciones normativas e
institucionales, las personas parecen
empeñarse en trascenderlas y
parodiarlas. Es decir, que no se puede
reducir nuestra actual sociabilidad a lo
que se puede llamar ideología productivista
y de funcionalidad moderna. La
rebelión contra esta ideología, contra
una creciente especialización a
transformar todo en una simple pieza del
engranaje de la maquinaria productivista,
denota uno de los rasgos más destacados
del sentir pos-moderno. Por eso,
la lógica de la eficiencia y la
competitividad nada tienen que ver con un
supuesto mundo pos-moderno.
Es cierto que la dinámica
de la modernidad representa una situación
de tránsito interminable, que nunca se
clausura. Y como ya se ha visto, esto se
hace visible cuando se tratan temas
relacionados a América Latina, ya que
distinguir lo moderno de lo que no lo es
se torna tarea compleja. Lo moderno es
hallado en aquellas teorías que no
ocultaron cierto normativismo canalizado
en una sociedad que se construía sobre
las cenizas de los espacios comunitarios
históricamente construidos, en aquellas
teorías que se referían a una identidad
racional de la sociedad y a la de sujetos
reflexivos imbuidos de un universalismo
ético. Pero, de manera fundamental, la
modernidad puede ser encontrada en los
límites propios de la identidad funcional
impuesta por su ideología productivista
y de competencia individual. La noción
de tránsito en América Latina refleja,
de esta forma, una paradoja: de la
aparente uniformización, productivismo e
identidad funcional transitamos, en un
continuo vaivén, hacia una efectiva
diferenciación o afirmación de las
particularidades de identificación
individual y colectiva. Por un lado, se
presentan valores proclamados por los
medios de comunicación y los poderes
económicos, por los comportamientos
políticos, instituciones sociales y
militancias reivindicativas, por los
principios de orden (o de su
"restauración"), organización
y productividad social. Estos son valores
abstractos y poseen una parte de
influencia sobre la dinámica real de la
vida individual y colectiva. Por otro
lado, se manifiestan valores arraigados
en microespacios diversos de
identificación, valores que procuran
celebrar la experiencia cotidiana, lo
situacional, la liberación de la
ideología productivista del mundo
moderno y, como dice Maffesoli, la
"potencia nómada".
Existe un nivel de análisis
de lo pos-moderno que hace referencia a
lo que aquí se denomina ruptura con
los compromisos institucionales y
crítica a valores de funcionalidad,
productividad y consiguiente ética de la
disciplina. En América latina, hubo
y continúan habiendo constantes
esfuerzos por parte de las instituciones
de estabilizar y padronizar
los comportamientos (sean desde una
posición política definida de derecha o
de izquierda por igual), disciplinar las
conductas y moralizar las costumbres.
Todo parece pasar por el filtraje de una
modernización que continúa insistiendo
en los viejos postulados igualitaristas y
homogeneizadores. Y esto es visto como
positivo, en la medida que forma parte de
los procesos políticos de supuesta
integración o inclusión social. No
obstante, también es posible percibir
una continua transgresión y búsqueda
por desestabilizar los marcos de
referencia individuales y colectivos
legitimados. Podría citarse, por
ejemplo, los diversos trabajos de Jean
Baudrillard, Michel Maffesoli o hasta de
Daniel Bell, desde perspectivas
distintas, para dar ejemplos del
surgimiento de construcciones de realidad
en oposición a esa dinámica
productivista de la modernidad. La
lógica de la vida política, productiva
y moral consiste en introducir una densa
red de reglas uniformes, sometiendo las
particularidades a una supuesta "ley
universal" y homogénea (voluntad
general, convenciones sociales,
comportamiento cívico, etc.). No así,
este imaginario riguroso y disciplinario
se ha visto cada vez más reducido, dando
lugar a valores que parecen expresar el
desarrollo de la vida privada, el
reconocimiento de la diferencia y una
tentativa de cada vez más modelar las
instituciones de acuerdo con las
aspiraciones de las personas (y no
viceversa).
Por otro lado, ¿puede
continuarse con las mismas preocupaciones
políticas de integración social? Es
evidente que hay cosas que deben
reflexionarse al respecto. Como se ha
comentado anteriormente, lo pos-moderno
no representa un campo epistemológico
estático e inmutable, y sí en continua
reformulación. Esto puede alertar para
tratar temáticas que, a pesar de ser
tratadas de forma clásica en el campo de
la modernidad, deben ser contempladas por
las críticas y preocupaciones que forman
parte de la dinámica de la
pos-modernidad.
Tal cual se ha entendido
bajo la dinámica de la modernidad, la
integración social no tiene más el
sentido atribuido. Vinculado al ocaso de
las "metanarrativas" se
encuentra la renuncia a un concepto
integrador de la sociedad. Es que en la
dinámica de la pos-modernidad el
concepto sociedad fue arrastrado a la
vorágine de los gestos de-constructivos.
El concepto hasta puede utilizarse como
metáfora de la "totalidad" de
los "mundos de vida". Sin
embargo, los enfoques del "mundo de
vida" se mantienen muy lejos de una
teoría general de la sociedad, enfoques
que al hacer referencia a los
"fragmentos de lo social"
parecen ser compatibles con el esfuerzo
teórico y analítico pos-moderno.
Es interesante tener en
cuenta cómo continúa siendo mayoritaria
una concepción de integración social
que se presume asociada al concepto de
"sociedad". Por ejemplo, se
sigue asociando, por parte de muchos
analistas, las políticas de integración
social a lo material, es
decir, bajo una definición de
integración que se subordina a una
integración en el mercado de los bienes
materiales. A partir de esta perspectiva,
se establece una clara contraposición
entre el mercado de bienes materiales y
el mercado de bienes simbólicos
(educación formal, medios de
comunicación, moda, etc.), éste último
considerado en plena expansión y, el
primero, en claro retroceso. En concreto,
se establece una notoria distinción
entre una integración que se presume
macrointegradora (material-social) y una
que simplemente "dosifica" los
componentes de integración (simbólica y
de información).
Así, el sentido de la
realidad social es definido todavía por
la dicotomía integración-exclusión,
sin establecerse, con claridad, a qué
tipo de realidad se está refiriendo en
la medida que no queda claro la
escenografía y ambiente social a la que,
supuestamente, se deba estar integrado.
¿A qué integrarse? ¿A cuál realidad?
Tal vez a aquella que se asoció con las
lógicas políticas desarrollistas o el
ideario de izquierda. Si admitimos que
nuestras sociedades nunca fueron
homogéneas, y lo que ciertamente se fue
materializando fue una "idea de
homogeneidad" o una "idea de
destino de homogeneidad", se observa
que existen diversos espacios a los
cuales individuos o colectividades pueden
integrarse. Considero que los logros o
fracasos, el aumento de las posibilidades
y responsabilidades sociales y, así, la
propia integración y exclusión social
son simples atributos que se otorgan a
cualquier individuo o grupo que ocupa un
determinado lugar en ciertas formas
de relación (12). En
definitiva, analizar los fenómenos de
integración social implica comprender
que, como parte de la dinámica de la
pos-modernidad, individuos o grupos
sociales pueden estar integrados en una
determinada forma de relación y
excluidos de otra. El principio de la
interacción resulta fundamental para
comprender los complejos mecanismos de
socialización y consecuentes
sociabilidades y, entonces, verificar
aquellos espacios de tensión que suponen
grados diversos de exclusión y
anulación de ciertas formas de vivencia
y mundo de vida.
VII.
En su forma más radical, la
dinámica de la pos-modernidad parece
evidenciar que el consenso se
convierte en "ilusión de
consenso". Mucho más si éste
representa un carácter igualitarista y
nivelador de lo social. Mansilla (1992)
recuerda que lo pos-moderno hace
referencia a considerar que la conciencia
moral es una fantasía, el derecho su
materialización, los ideales de
emancipación social una teoría como
cualquier otra, los conflictos
"juegos lingüísticos" y los
derechos humanos una convención
contingente. Sin duda, todo esto parece
lanzarnos a sociabilidades que, como
tales, son producto de individuos más
pragmáticos, y de movimientos políticos
y culturales insertos en realidades
cambiantes y dinámicas.
La versión más neurótica
de la dinámica de la modernidad en
América Latina, y a la que lo
pos-moderno le hace sombra, es justamente
la que fue producida a partir de los
modelos políticos y culturales
autoritarios, las dictaduras militares y
su pretensión por recuperar ciertos
senderos modernizadores. Con las
dictaduras militares de los años ´70 y
´80 se evidencia un proceso de
racionalización consagrado a disciplinar
y controlar, objetivar, uniformar el yo y
la sociedad, de acuerdo con una
construcción histórica según la cual
el desarrollo y el progreso se
manifiestan en los aspectos
técnico-materiales y en la elaboración
de un promisorio discurso nacionalista.
Con los modelos autoritarios se llega al
momento álgido del poder panóptico
como principal lógica de integración
social, y la regulación normativa
como principal estrategia de
mantenimiento del orden.
Ante tales constataciones,
¿qué supone la dinámica de la
pos-modernidad? Supone una actitud que,
sin dejar de ser en cierto sentido
política, toma forma en los impulsos
de liberación en contra de las
tendencias disciplinadoras. En la
ambigüedad típica de la modernidad, la
dinámica de la pos-modernidad
representa, actualmente, una tendencia
hacia la liberación, a la ruptura
con aquellos dispositivos
político-sociales que canalizan sus
esfuerzos en cada vez más ir avanzando
hacia la institucionalización de formas
y comportamientos sociales, control
normativo, reglamentaciones morales y
estéticas, ordenes jerárquicos
arbitrarios, generalmente legitimados en
"metanarrativas" que asumen
como valor universal algo que en absoluto
puede considerarse de esta forma. Estos impulsos
de liberación son, de cierta manera,
sinónimos de aquellos que se dieron cita
bajo la dinámica de la modernidad. Sin
embargo, lo pos-moderno posee una
dimensión diferente, ya que parte de
ciertas premisas críticas particulares,
tal cual se ha venido explicitando.
Éstas constituyen una especie de
laboratorio social indiferente a las
grandes maquinarias institucionales
totalmente vinculadas y orientadas hacia
el futuro.
NOTAS:
1) Término usado en México para
referirse a los jóvenes.
2) Parte de la indumentaria indígena.
3) En referencia a los funcionarios del
gobierno integrantes de Partido
Revolucionario Institucional, PRI.
4) Palabras del escritor mexicano Roger
Bartra, citadas por Ferman (1994, 59-60).
5) Para explicar mejor lo que se
entendería aquí por hibridación,
ampliando su significado encontrado en
varios estudios anteriores, la idea de
"mezcla" como analogía en las
palabras de Gruzinski (2000, 42) resulta
interesante: "La idea a la que la
palabra mezcla remite no sólo tiene el
inconveniente de ser vaga. En principio,
se mezcla lo que no lo es, cuerpos puros,
o colores básicos, dicho de otro modo,
elementos homogéneos, exentos de toda
´contaminación´. Percibida como un
pasaje de lo homogéneo a lo
heterogéneo, de lo singular a lo plural,
del orden al desorden, la idea de mezcla
acarrea por tanto connotaciones y
apriorismos de los que hay que desconfiar
como de la peste. Lo mismo ocurre con el
término ´hibridez´".
6) "Si fuera preciso caracterizar el
estado actual de las cosas, diría que se
trata del posterior a la orgía. La
orgía es todo el momento explosivo de la
modernidad, el de la liberación en todos
los campos. Liberación política,
liberación sexual, liberación de las
fuerzas productivas, liberación de las
fuerzas destructivas, liberación de la
mujer, del niño, de las pulsiones
inconscientes, liberación del arte.
Asunción de todos los modelos de
representación, de todos los modelos de
antirrepresentación. (...) Hoy todo
está liberado, las cartas están echadas
y nos reencontramos colectivamente ante
la pregunta crucial: ¿Qué hacer
después de la orgía?"
(Baudrillard, 1991: 9).
7) Por ejemplo, Touraine (1997, 107)
menciona el movimiento de las mujeres,
que penetró cada vez más profundamente
en las conductas personales, las
relaciones familiares y las concepciones
del derecho y la educación.
8) Ya que no es adecuada, porque surgió,
como atestigua Beyme (1994, 149), mucho
antes del pos-modernismo, formando parte
de posiciones que anunciaban el fin de la
modernidad: un anti-modernismo
confrontado a una "nueva
izquierda" vinculada al anarquismo
político. Por otra parte, el mismo Beyme
afirma: "Los defensores de la
modernidad, como Habermas, fueron
atacados como conservadores por algunos
postmodernos. En la crítica al
postmodernismo y sus tendencias
anarcoides se produjeron alianzas entre
neo-conservadores. Si la ecuación
postmoderno=neoconservador es una
simplificación, la inversa es
enteramente inadmisible. Muchos
neoconservadores están rigurosamente en
contra de la postmodernidad, sobre todo
cuando apelan a ella nuevos movimientos
como el feminismo o el movimiento de los
homosexuales. Los intentos de situar
unitariamente la postmodernidad en la
escala izquierda-derecha mostraron
carecer de sentido" (Ibid,
153).
9) Ver al respecto la discusión
interesante de Daniel Bell (1992).
10) Hasta pueden considerarse sus
surgimientos parte de una
"situación pos-moderna", pero
no en cuanto a sus significados y
sentidos que son portadoras.
11) Film Brasil, EE.UU, 1985,
dirigido por Terry Gilliam.
12) De manera análoga puede considerarse
la "polivalencia táctica de los
discursos" que se refiere Foucault
(1989), argumentando que "(...) no
hay que imaginar un universo del discurso
dividido entre el discurso aceptado y el
discurso excluido o entre el discurso
dominante y el dominado, sino como una
multiplicidad de elementos discursivos
que pueden actuar en estrategias
diferentes" (p. 122).
CARLOS
A. GADEA. Es
uruguayo y reside en Brasil. Es
Doctor en Sociología Política por
la Universidad Federal de Santa
Catarina (UFSC). Es Profesor del
Departamento de Sociología de la
UFSC. Ha publicado en Contratiempo:
Tras las muros
de Carandiru
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