NOTA DE TAPA | FEBRERO 2017

 

Frontera, inmigración y

 

fracaso

 


FOTO: ZENDA LIENDIVIT

 
 
 

Fronteras fortificadas y desechos no reciclables: estas parecen ser las coordenadas del mundo actual en donde las primeras incrementan su virulencia de manera proporcional al crecimiento de los otros. Gran parte de la población mundial se ha vuelto descartable, y no alcanzan las posibilidades técnicas para materializar resguardos y defensas contra ella.

 

Europa está asediada por masas desesperadas. Ahora pretende cerrar el Mediterráneo a través de la creación de centros de refugiados en suelo libio con el fin de impedir el acceso a Italia. Ceuta, Melilla y sus fascistas CETI (Centros de instancia temporal para inmigrantes) son monumentos a la ignominia. Un mar que siembra cadáveres, modernos campos de exterminio y una masiva condena a muerte: descarnada radiografía del territorio desde donde partieron nuestros abuelos.

 

 América en la misma línea: Trump arremete feroz contra ciudadanos de siete países musulmanes. Y sin descuidar la región, promete construir el postergado muro con México. Le han brotado, sin embargo, multitudinarias expresiones de resistencia y rechazo a lo largo de todo el territorio y principalmente, en las grandes metrópolis. Hay ciudades-santuario -Nueva York, Chicago, San Francisco, Boston- que ya advirtieron que no entregarán a los inmigrantes. La Justicia por su parte falló en contra de su recalcitrante racismo. Aquí tenemos la versión autóctona: el gobierno de Macri decreta, sin ninguna urgencia y con la imperiosa necesidad de construirse enemigos que lo salven de su ineficiencia, la expulsión de cualquier vecino que no tuviera sus papeles en regla. No hubo sin embargo movilización o protesta alguna; todo lo contrario, a diestra y siniestra cosechó adhesiones. Xenofobia agazapada, bien disimulada, a la espera de tiempos propicios para desplegar alas y caer sobre su presa. Tiempos como los actuales.

 

El nuevo enemigo público del mundo occidental es el inmigrante. El repudiado por las grandes potencias (y sus imitadores), las mismas que saquearon sus territorios y lo llevaron al extrañamiento. El inmigrante doblemente recusado, al mejor estilo personaje de Kafka. Solo que aquí ese movimiento no lo reintegra, ni por un instante, al mundo. La condena es continua, sin posibilidad de suspensión alguna.

 

Hay un orden global diseñado a la medida de unos pocos: el fortalecimiento y cierre de fronteras es apenas el primer gesto de este diseño. El concepto, sin embargo, extiende sus límites; conforma un espacio impune y peligroso. Allí también terminan las certezas.

 

En cualquier espacio fronterizo lo que parece entrar en crisis es la cuestión del poder. Una determinada forma de ejercicio del poder. Una zona ambigua y contaminada donde los límites resultan difusos. Esta contaminación atenta a la vez contra las estructuras sobre las que se organiza cada territorio y pone en evidencia la arbitrariedad de aquellos límites. Es decir, crisis de los dispositivos de control que constituyen las representaciones formuladas como ordenadoras de una forma de vida. Así sean tangibles o intangibles, se refieran a territorios geográficos, a la lengua o al propio cuerpo, la frontera siempre está empujando lo aceptado hacia, como diría Barthes, el delirio, hacia un fuera de sí que posibilite no solo la crítica de lo existente sino aperturas a nuevas formas, por lo general, emancipadas de aquellos mecanismos de control, decíamos en el ensayo El pensamiento fronterizo, publicado hace ya un par de años y reeditado hoy, en esta nueva actualización de Contratiempo.

 

Otras notas rescatadas para esta entrega cobran renovado vitalismo. También, cruces y diálogos; conexiones y enlaces con sitios vecinos a fin de construir una red de pensamiento, un entramado de ideas, saberes y lenguajes. Para hacerle confesar al poder sus intenciones mortuorias. 

 

Hay un mundo que está surgiendo, todavía en la bruma: parece pavoroso. Ojalá nos equivoquemos.

 

 


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