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Tres esquinas
NICOLÁS FRATARELLI

Sarmiento y Reconquista
Aceite y
Champions
League
El
bar está repleto. El
café se enfría en el pocillo, el murmullo hace
rato dejó paso al bullicio, un tumulto de
palabras se anudan sin sentido en el aire. En la
barra los codos ajenos se rozan, se molestan, se
necesitan. Las voces de las mesas se
entremezclan con los gritos de los mozos. El
golpeteo de las tazas y el sonido de la máquina
de café completan la sinfonía. Con un poco de
atención se logra separar cada uno de los
instrumentos. Su armonía se encuentra en la
desafinación. El Ámbito Financiero está
doblado en dos, ajado, exhausto, desinflado. Las
manchas de las medialunas y las salpicaduras de
café con leche indican que fue exigido por
cientos de lectores ocasionales. El diario
deportivo sigue su mismo camino, la tapa informa
sobre la lesión de Ronaldo y las últimas
novedades de la Champions
League. Uno de los
clientes está parado en medio del caos de mesas,
habla por su celular. No hace falta agudizar el
oído, se lo escucha perfectamente. Está
fastidioso con alguien que no le entregó el
pedido. La televisión está encendida, juegan
Ivan
Ljubicic
-
Thomas
Johansson el
abierto de Zagreb. Están palo a
palo, discuten con el árbitro una pelota dudosa.
Es lunes y el día está soleado. Llega un cliente
habitué, como saludo bromea por el partido de
ayer al hombre de anteojos que atiende la caja.
Una nube de vapor surge como la erupción del
Vesubio en pleno
microcentro, el
estruendo de la máquina de café es parte del
concierto de la mañana y el aroma negro y amargo
que desparrama se cuela entre las mangas de las
camisas. Decenas de cafés, cortados y lágrimas
siguen en sus tazas sin que sus dueños hayan
dado siquiera un sorbo. Se ve a uno leyendo una
carpeta, a otro que garabatea anotaciones
perentorias en una agenda, a otro que parece
esperar a alguien y a varios atrapados en sus
propios pensamientos. 7-6 (7), 3-6 y 6-4. El
resultado está sellado. Una mujer de trajecito
azul y blusa blanca se levanta de la mesa, se
hace lugar para llegar a la puerta, lleva un
pañuelo colorado en su bolsillo como estandarte.
A alguien se le cae el celular, choca una mesa
cuando se agacha para recogerlo, todos miramos.
El bar se abre por el ventanal a toda la
esquina, sobre una de estas calles se defendió
Buenos Aires cuando era apenas un pueblito, por
ellas pasaron invasores también vestidos de azul
y blanco con estandartes colorados como los
muestran los libros de textos. El mito indica
que desde las azoteas los aldeanos tiraban
aceite caliente para echarlos. El virrey
Liniers caminó estas
calles. A la distancia, y a pesar de que
posteriores ordenanzas no dejaron su nombre, con
que él mismo bautizó a la calle, seguramente hoy
estaría de acuerdo con que se llame Reconquista.
3:13 3:20 el dólar. El tablero de la financiera
cambió la cotización, el cartel indicador tiene
a su lado pintada la bandera estadounidense. París
se llama la casa de cambio, también le hubiese
caído bien ese nombre a
Liniers. Por la calle caminan dos chicas
vestidas con equipo de gimnasia, llaman la
atención en medio de tantas corbatas, trajes y
trajecitos sastre. Se abren camino entre la
marejada de motos estacionadas y las bicicletas
de los cadetes atadas a los carteles
indicadores. Ahora se asoma a la puerta del bar
un chico joven, de traje, con un maletín negro
en la mano. Ya no queda lugar libre en el bar,
mira y se va. Son las 11:33. En la esquina dos
agentes de seguridad privada hablan animadamente
entre si. A metros un vendedor callejero le
muestra sus productos a un transeúnte. Una moto
se sube a la vereda para ganar tiempo. Alguien
le grita algo. El tránsito está obturado por un
camión de caudales. Enfrente a Paris Exchange
está el Banco Francés. Francés como
Liniers. Entran tres
hombres al bar,
tienen suerte, se acaba de desocupar una mesa
doble, sacan papeles y arman una reunión de
trabajo entre la muchedumbre que los ignora. Es
lunes, por televisión ahora pasan los goles del
fútbol mexicano, un hombre de camisa celeste le
toca el hombro a uno de los que están sentados
en la barra -“Tengo conmigo los papeles de
Ingresos Brutos” le dice. Este paga, saluda y
ambos se van caminando por Sarmiento. Afuera dos
chicas oficinistas están paradas, fumando, un
turista que luce su sombrero recién comprado en
un negocio de Florida les pregunta por el Museo
Mitre “-Acá a la vuelta” le indican “casi
enfrente del Banco Piano”. Se va el camión de
caudales. En la calle queda una mancha de
aceite. Seguro que Sarmiento, Faustino, conoció
esta esquina cuando no se llamaba como él. El
compendio deportivo muestra un buen gol del
Morelia, el aceite de la calle aún está
caliente.
Pavón y Salta
Vanidades y
luces rojas
El Roca comenzó
a correr de nuevo hace una hora. Un accidente en
el paso nivel de Avellaneda generó un caos en
toda la zona. Las paradas de los colectivos que
estaban atestadas de gente fueron tomando la
fisonomía habitual de un día de semana a las
siete y media de la tarde. Aún algunos
muchachos, que hacían cola en la
terminal del 79,
corren con sus bolsos polvorientos, hacia la
estación Constitución para ir a
Glew,
Claypole,
Longchamp, Alejandro
Korn.
El bar de la esquina
a toda hora se pareció a si mismo. Como de
costumbre está semivacío. Su ventanal deja ver a
un tipo de rostro duro y mirada lejana, que fuma
y tiene servido un vino en vaso; a una chica con
el pelo recogido remera blanca y pollera a
cuadrillé que mira aburrida un programa de
chimentos y a una
moza teñida de rubio que recoge los restos de un
churrasco con puré. Pegado al
bar un edificio de
los que en algún momento habrá sido casa de
renta, ahora es casa de citas. Una de sus
persianas mal cerrada deja entrever una luz
colorada. Afuera, como todos los días, se
disponen a la venta una variedad de cuerpos que
buscan destacarse por sus atuendos provocadores
y diminutos. La vereda actúa como una pasarela
donde se exhiben generosos escotes en ve,
polleras cortas, medias de red y almas
desesperadas. Sus tacos altos van esquivando los
desechos que dejó el andar de la jornada. Cada
tanto, frente al semáforo en rojo, una fila de
colectivos forma una pared de latón. Algunos
hacen chillar sus cintas de frenos cuando se
cruza inesperadamente algún carro de cartonero.
Dos jóvenes morenas que esperaban en la parada
suben a un 168. El portentoso negro que las
acompaña las despide en silencio. Los tres son
dominicanos. El negro esconde la mirada y cruza
Pavón, camina destino a Santiago del Estero.
Frente al Palace
Hotel un actor-poeta a medio afeitar, de rasgos
desalineados, pañuelo en el cuello y mueca
malévola lo mira pasar. Una mujer muy gorda
entra a un local que despide una música que
nadie escucha. Es de noche. Las luces de la
calle ya están encendidas. La feria de ropa
le baja las persianas
en las narices a los maniquíes que miran hacia
la calle Salta. Enfrente, a esta hora, el puesto
de comidas rápidas y baratas está cerrado. En la
esquina donde todos doblan para ir a la estación
de ferrocarril, el que alguna vez fuera un
pretencioso centro comercial con grandes arcadas
y plazoleta urbana, terminó por transformarse en
una sucesión de pequeños locales que dan a la
calle, con comercios que venden desde teléfonos
y accesorios para celulares a buen precio, hasta
el pan del día anterior. Uno de sus negocios es
una pizzería. Está llena y hasta tiene dos mesas
en la vereda. En una de ellas, tres jóvenes
beben cerveza. Uno está teñido de rubio
platinado, lleva flequillo y tiene puesta la
camiseta número 17 de San Martín de
Burzaco. Los tres
tienen gorra con visera. De un taxi baja una
chica de rostro ambiguo, no es mujer pero lleva
ropa, cuerpo y mente de mujer. Con pasos
exageradamente cadenciosos vuelve a ocupar su
puesto al lado de una glorieta-kiosco que desde
siempre estuvo cerrada, al rato se les acercan
dos amigas. Sobreactúan una risa. Pasa alguien
en bicicleta con una bolsa de supermercado. Va a
contramano. Saluda a las tres, es vecino del
barrio. Llega un patrullero a paso de hombre
haciendo destellar su luz. Controla que todo
esté en orden.
Gavilán y Méndez de Andes.
Molinos y
carteles
“Gracias San
Expedito”, el pasacalle del santo de las causas
urgentes se recorta entre el cielo que se deja
ver limpio y celeste. Las casas bajas se
despliegan luminosas bajo el sol de la mañana.
Los jardines de las viviendas más modernas dejan
ver santarritas en
flor, otros, enamorados del muro, los más
antiguos limoneros. De una de las casas salen
tomados de la mano una madre joven y un niño
vestido de preescolar, caminan hasta la esquina.
En el momento en que van a cruzar la calle
Gavilán los sorprende el sonido de un auto que
pasa zigzagueando a alta velocidad. La madre se
inclina para hablar con el niño, le alisa el
guardapolvo, luego cruzan y doblan en dirección
a Aranguren. En la mano de enfrente el encargado
del edificio que lava la vereda saluda a la
joven. Ambos se quejan de los malos conductores.
Los balcones del edificio muestran a una señora
limpiando con esmero el vidrio de la ventana, a
otra regando sus macetas y por entre las
cortinas la sombra de un adolescente con un
rifle de aire comprimido en la mano.
En la esquina, tres mujeres alcanzan el final de
la caminata diaria. Se detienen, terminan su
conversación y se despiden. Toman direcciones
opuestas. Desde los cables de electricidad
cuelgan unas zapatillas viejas. Un joven de
jean, remera a rayas
y mochila pasa conectado a sus auriculares. Una
señora pasea a su dálmata. El perro ladra al
joven casi con desgano. De un garaje sale marcha
atrás un Fiat Palio
blanco, acierta la calle y apunta en dirección
al centro. De pronto un camión de Aguas
Argentinas estaciona a la izquierda. Como por
arte de magia baja una cuadrilla, arma las
vallas, y dispone la cinta roja y blanca de
“peligro”. En un rato la tranquilidad del barrio
se verá alterada por ruidosas maquinarias. Un
señor de traje marrón gastado, camisa blanca,
corbata única y peinado raya al medio, viene
caminando por Méndez de Andes. Su figura
desentona con el entorno. Da la sensación de que
está perdido, desubicado. Se detiene, con la
cabeza erguida mira hacia los cuatro costados
como buscando algo que debería estar en su lugar
y no lo está. Lleva en su mano un libro y un
diario “El Mundo” color sepia de septiembre de
1928. Descubre un cartel de venta de una
inmobiliaria que aconseja: “ideal
para recién casados”. Sonríe.
Comienza a soplar una brisa plácida, parece
venir de Plaza Flores. Más que una brisa es un
viento. Un viento que mueve molinos que ya no
existen
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