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ARQUITECTURA CONTEMPORÁNEA
Zaha Hadid, esa Mujer
NICOLÁS FRATARELLI
nicolasfra@fibertel.com.ar

 

Zaha Hadid (1950) es la arquitecta más prestigiosa de la actualidad. Las características de su  personalidad se confunden punto por punto, con su obra. Diva, centro del mundo, talentosa, enérgica, polémica, temperamental. Su vida está llena de contrastes. Nació en Bagdad, mora el Londres y vive en un avión. Es musulmana, estudió en una escuela católica y recuerda con afecto a la madre superiora.

Ligada a la academia, es parte del mercado de la arquitectura objeto, a su vez observa con recelo las arquitecturas que tienen como fin la especulación inmobiliaria. En sus comienzos, por el carácter conceptual de sus trabajos, nadie creía que sus proyectos podían construirse, en el 2004 ganó el premio Pritzker, por su imaginación sin límites.

Con su arquitectura convierte lo onírico en realidad. Su obra es pura imaginación, mera libertad expresiva. Sus formas revolucionan el campo del diseño y sacan del letargo a los convencionalismos. Su meta es romper todos los cánones establecidos de la arquitectura. Esmerilar confines. Desde la idea, desde el  inicio, ya con su manera de graficar se aleja de los modos conocidos de representación arquitectónica y exige al interlocutor otra preparación para comprender sus creaciones. 

Su obra tiene un movimiento incesante e incierto.  Cada espacio encierra inquietud, cada línea, acción. Hadid, de cabellos negros y ondulados, de ojos saltones e inquisidores, que cambió el velo por atuendos de Louis Vuitton, entremezcla sus ideas sociales conservadoras con sus ansias liberales. Y si bien acepta con naturalidad las frivolidades del mundo, a la vez busca incomodar a los cómodos con sus propuestas de cambio.

Su modo de diseñar plantea nuevas normas de racionalidad. Toma a la intuición como método de diseño y a la vez exige de la ingeniería más razón y nuevos métodos estructurales que se adapten a las necesidades de su arquitectura casi sin límites. En su imaginario no ingresan formas preestablecidas. No tiene un código, no tiene un evangelio que la guíe, se  establece en las antípodas del  Movimiento Moderno. Cada obra acabada en si misma, es distinta a las anteriores, se recrea permanente con disposiciones reversibles, versátiles, cambiantes. Oscila, vibra, sacude, descree de la arquitectura neutra. De sus complejidades volumétricas emerge arquitectura pura, libre de ataduras y a su vez contaminada de experiencias múltiples. Podría suscribir sin objeción aquellos preceptos de Himmelblau planteados en la década del ochenta:

 “…no queremos que la arquitectura excluya todo aquello que sea inquietante. Queremos que la arquitectura tenga más. Arquitectura que sangre, que se agote, que se arremoline e incluso que se rompa. Arquitectura que se encienda, que se clave, que se rasgue y que bajo presión se destroce. La arquitectura debe ser tenebrosa, incendiaria, tersa, dura, angular, brutal, redonda, delicada, llena de color, obscena, voluptuosa, soñadora, atractiva, repelente, húmeda, seca y palpitante…”

Hadid deja su rúbrica con su trazo. Funciona como una marca de automóviles que deja huellas, como una marca de perfumes que esparce aromas sugerentes en el camino. Ella misma se vende como un producto, se reinventa permanentemente como un producto de marketing y así se abre surcos hacia adonde está la plata, hacia adonde están los mercados (emergentes, como Dubai, Moscú, Pekín) ávidos de novedades y de firmas prestigiosas.

Sin embargo, la originalidad de su marca reside en el espíritu de su diseño, no en sus formas mismas. Si bien en sus primeras obras, como la estación de bomberos en Vitra o el estacionamiento y estación de tranvías en Estraburgo, manejaba algunos lineamientos formales que repetía con asiduidad (formas punzantes y agresivas, ángulos agudos y líneas que se extendían hasta el infinito), en estos momentos se nota un despliegue donde presenta planos sinusoidales y la fluidez espacial. El cambio de vocabulario, e inclusive de sintaxis, es permanente, de obra en obra, y no se la puede tildar ni de desconstructivista, ni de nada, porque su arquitectura se escabulle inconforme de cualquier etiqueta. Y lo demuestra planteando soluciones extremadamente distintas a programas similares.

Así es que, si por ejemplo, tomamos el programa de moda de la arquitectura de esta época, como son los centros culturales y museos, vemos que el diseño del Centro de Arte Contemporáneo Rosenthal en Cincinnati parte de una caja, inserta fuertemente en el tejido urbano y la desconstruye, juega con ella, la despieza, rompe su unidad, le cruza prismas creando un descalabro que roza con lo lúdico; en el proyecto del Museo de Arte contemporáneo en Cagliari, no importa Cagliari, importa la costa marítima a la que un objeto extraño la posee amorosamente, donde su despliegue plástico encierra una gran puesta en escena, sus espacios interiores desfragmentados, contorsionados, sin líneas rectas, de compleja lectura, que solo deja lugar al asombro, funciona como una gran ameba informe que cae extraña y se pega al lugar; y en Vilna, Lituania, el proyecto del nuevo Museo Guggenhein es un objeto extraordinariamente extraño, semejante a un artificio mecánico a punto de desplazarse, plantado en el medio de una gran explanada con algo de verde, que, con los brazos en jarra, piel plateada y sus líneas curvas, solo espera ser admirado reconstruyendo así el volumen unitario, que rompió en Cincinnati.

Hadid, desafiante, innovadora y original, con sus cabellos negros y ondulados, con sus ojos saltones e inquisidores, su trazo firme y seguro, nos pone siempre entre la espada y la pared y no permite lugar a la indiferencia.

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