El
mito de la Ciudad Blanca
o
la desventura de la Virtud
Buenos Aires 1880-1916
NICOLÁS FRATARELLI

Tú me quieres blanca (...),
Tú que hubiste todas / las copas a mano /de frutos y mieles /
de labios morados.
Tú que en el banquete /cubiertos de pámpanos /dejaste la carne
/ festejando a Baco
Tú que en los jardines / negros del Engaño / vestido de rojo /
corriste al Estrago
Tú que el esqueleto / conservas intacto /no sé
todavía / por cuales milagros,
me
pretendes blanca / (Dios te lo perdone)
me
pretendes casta / (Dios te lo perdone)
me
pretendes alba.
Alfonsina Storni
El mundo moderno empezó con la
creación
de
la ciudad como acto político principal.
Alain
Touraine
La belleza
como acción
A finales del
siglo XIX la llamada Generación del Ochenta elabora un
proyecto de ciudad moderna, para reemplazar a la caduca aldea
española. El paisaje de Buenos Aires, tal como existía, se
contradecía con las nuevas ideas de progreso. La reminiscencia
hispana era antifuncional para los ideales de la ilustración
porteña.
Para conformar
una nueva imagen de ciudad, los productores del cambio
recurren a Europa Central como proveedora de nuevos códigos
culturales. Esta élite, asentada en Buenos Aires, rectora de
los destinos del país, lee a Europa como Virtud (Carl
Schorske) y toma sus
elaboraciones urbanísticas como modelo. Usa sus mismos
principios estéticos, y sus mismos códigos morales y éticos, y
trata de llevar adelante la idea de ciudad ideal, posible en
América, encarando proyectos (¿utópicos?) sobre los tableros
de dibujo, sin importar topografía y sitio. El urbanismo
haussmaniano es la base para la
creación de la ciudad moderna y el eclecticismo arquitectónico
(dominado por los neos) es la propuesta formal que más se
acerca a los intereses ideológicos de la clase dominante de la
época.
La mímesis con
la Europa de la virtud se produce en todos los ámbitos de la
vida. La virtud como concepto moral se corporiza en belleza,
que a su vez conlleva un patrón establecido. La virtud debía
tener una apariencia formal bella y estar inserta dentro de un
sistema de finalidades sociales. La belleza de la ciudad, no
era un fenómeno en si mismo, como propugnaba
Kant, “finalidad sin fin”,
sino un acto político. El aura de lo bello perseguía
finalidades sociales, era pura ideología y en el caso de
Buenos Aires se trataba de conseguir una ciudad como virtud
concretando una ciudad blanca con los valores de la Europa
ilustrada.
La belleza y la utilidad social
como mensaje reproductor de propaganda ideológica, van tomadas
de la mano. El culto a la belleza era el culto a la utilidad
social de la belleza, lo bello comienza a tomar un sesgo
religioso, mitológico, estable, petrificado, indiscutible, que
expresa un mensaje unívoco y evita subjetividades. La belleza
recubría, disfrazaba, mentía. Se
incorporaba al arte,
a la arquitectura y al urbanismo como elemento exógeno, no era
parte de ellos.
Sujeto social
y letra de piedra
La ilustración
creaba ciudad según sus propios preceptos urbanos sin
detenerse demasiado en los actores de la propia ciudad. El
sujeto social era un ítem más de la intervención urbana. El
proyecto, que incorporaba arquitectura, abría calles y
bulevares y llenaba la ciudad con sus monumentos y
plazas, añadía, como si fuera un elemento más, la variable de
la gente, seleccionando la que resultase más apropiada a su
ideario de ciudad.
Con sus
símbolos arquitectónicos la ciudad se expresaba. Cada capitel
era una letra, cada columna, una sílaba, cada orden
arquitectónico una palabra, cada fachada una oración, cada
edificio un discurso, la ciudad misma era un texto. (John
Summerson) y en ese texto, editado
por la élite que lo escribía, debían insertarse tanto nativos
como inmigrantes con un comportamiento disciplinado.
La idea de
hacer ciudad (establecer, gestar, fundar) le otorgaba a la
ilustración porteña un halo sagrado. El acto de la creación en
si mismo era un acto sublime y mucho más aún, si se parte de
hacer (en este caso una ciudad completa) desde la nada el
“todo” (pues para la élite porteña la aldea española era tan
nada o tan desierto como el paisaje periférico que la
circundaba).
El Mito de la
Virtud
En el mundo
(civilizado) la virtud respondía al proyecto iluminista
instaurado, planteaba, como premisas básicas, la modernidad,
el progreso indefinido y la acumulación, trasladando los
principios de la economía capitalista a todos los aspectos de
la vida socio-política y cultural de la sociedad.
Todo era
acumulable. El capital "progresaba" mediante la acumulación de
las riquezas, y la riqueza se conseguía a través de la
acumulación de la explotación de hombre-asalariado y de
paises-asalariados. Pero otra herramienta fundamental para la
dominación social, además de lo económico y lo político era la
acumulación, y la concentración, del conocimiento. Esta
concentración hace de la rigurosidad del método científico y
de la aparición de las nuevas tecnologías, sus instrumentos
para la dominación del hombre (género humano) y de la
naturaleza, pues bajo el nombre de la racionalidad se impone
una determinada forma de oculto dominio político, que tiene
por interés, mantener el sistema, ampliarlo y legitimarlo a
través del discurso del progreso científico técnico. (Jurgen
Habermas)
De este modo,
un grupo de hombres (ya no el genero humano como tal, sino un
ente social agrupado con intereses y fines determinados) que
se considera superior "por naturaleza" respecto a otro de la
misma especie (humana) poseerá el monopolio del saber (como
don) y explicará, experimentará y verificará científicamente
todo. Explicará como el hombre domina la naturaleza dado que
es el ser superior sobre la tierra y justificará la dominación
del hombre por el hombre y la colonización de los pueblos que
aún no llegaron a la razón.
Mientras que
con el excedente del capital la clase gobernante tratará de
dominar la vida económica, social y política de la sociedad de
modo homogéneo con el excedente del saber tratará de gobernar
el aspecto cultural.
Así se
universalizan los conceptos, se irradian las ideas
regulativas (independencia, paz, justicia) y se expande la
ilusoria idea del hombre libre e independiente, igual a todos
los hombres, con una justicia ciega, justa y neutral para
todos, e implementan leyes sociales que regulan el accionar de
los pueblos, las que no se pueden transgredir, pues de así
hacerse, se violaría el derecho natural.
A su vez, su lógica formal
abarca la idea de identidad, uniformidad y universalidad,
reduciendo todo a la unidad, pretendiendo dejar de lado las
diferencias que no se encuadren dentro del sistema diseñado.
Se recurrirá a las formas del pasado como expresión sublime de
lo moderno. La razón cartesiana sintetizará todos los
elementos de la diversidad de las formas arquitectónicas. La
base será lo uno, la unidad, lo único e
indiviso. El fin es eliminar la contradicción, afirmar la
objetividad, enfrentar cualquier interpretación. El sujeto
debe recibir el objeto como tal, debe aceptar lo que el objeto
dice. Se trata de evitar intersubjetividades mandando
mensajes cerrados y unívocos. La arquitectura debe educar,
entregar un recado, propalar un mensaje, expresar, dentro de
una ciudad conformada para esta nueva etapa del capitalismo
industrial y comercial, la imagen del iluminismo como virtud.
La Ciudad como mito religioso
Con todo esto, la ciudad se
envuelve de un carácter mítico cuasi
religioso y en ella se gestan ciertos rituales
civilizatorios. Su arquitectura debe tener el fin de educar
y, de un modo velado, debe expresar el poder de la élite
Ilustrada. Bajo este concepto, educar,
es sinónimo de domesticar, de disciplinar.
La idea de que
Buenos Aires sea la soñada Ciudad Blanca se enmarca en esta
cruzada civilizatoria:
“...Quienes
llevan adelante el discurso, quienes tienen autoridad para
interpretar el “código” de la “modernidad” urbanística no son
los arquitectos o ingenieros, sino hombres ilustres investidos
de autoridad intelectual y política.”
“Primero se cosifica el modelo de ciudad europea, se lo
“naturaliza”, dado desde siempre. Impuesto el modelo como “lo
que debe ser”, son los conocedores de los modelos que tienen
autoridad para decidir sobre la ciudad. La gente común,
criollos e inmigrantes no tienen autoridad (y ellos mismos lo
sienten así) para hablar (decidir) sobre urbanismo”
(Rafael Iglesia)
En este contexto se impone como necesario
quitar de la ciudad todos los componentes no deseados,
eliminar todos los elementos que no entran dentro del proyecto
de Ciudad Blanca, ya sean, los vestigios materiales de
ciudad colonial, como los residuos sociales que
no responden al esquema diseñado en los salones ilustrados.
La arquitectura y el urbanismo
colaboran con lo primero (quitar vestigios materiales), en
definitiva “la ciudad no es (...) un lugar de producción,
sino la gestión y dominación ligado a la primacía social del
aparato político administrativo” (Manuel Castells)
mientras que el Derecho le da el golpe de gracia a lo segundo
(limpiar residuos sociales) puesto que
“los sistemas penales del viejo
liberalismo y los del Estado social (concentran) sus prácticas
sobre los individuos que no (revisten) las características
propias del sujeto clásico de la cultura jurídica occidental
-masculino, adulto, creyente, blanco y propietario- portador
de derechos subjetivos y de sus correlativos bienes jurídicos
dignos de protección penal.”
(Roberto Bergalli.)
Sobre esta
idea, se arma la ciudad de signos moralistas que demarca el
límite del bien y del mal, la ciudad que expresa a un dios
hiperterrenal, coronado de himnos, banderas y leyes, movido
por la razón civilizatoria. Sobre
esta idea se arma la ciudad pulcra, que esconde debajo de sus
alfombras los desechos de los cambios.
Las
desventuras de la Virtud
Pero junto a esta idea (ideal)
de Ciudad Blanca se instala otra ciudad (real) que responde a
otros códigos, donde los mataderos, matones, y matadores le
hacen frente a la pulcritud anhelada, porque si bien la
ilustración necesita de esta “otra ciudad” (de la ciudad que
esconde, de la ciudad baja, la del vicio) y hasta la
estimula, de modo de exaltar aún más su virtud, consigue
-sin proponérselo- que la dinámica propia de los sectores
sociales que se niegan a ser parte de este juego se
descontrole, y la violencia latente se manifieste: “Se
multiplican los espacios simbólicos donde se producen
intercambios y emergen los conflictos (disputa estética,
enfrentamiento político, mezcla de lenguas provocada por la
inmigración o los desplazamientos poblacionales). Se vive en
el gran teatro de una cultura compleja. Este nuevo tipo de
formación se manifiesta, también, en el cruce de discursos y
prácticas: la calle es el lugar, entre otros, donde diferentes
grupos sociales realizan sus batallas de ocupación simbólica.”
(Beatriz
Sarlo)
Así es, como en
la ciudad, la guerra social, tanto la solapada y como la
manifiesta, se instala. Se desvanecen las demarcaciones, la
lucha del bien y del mal se hace carne, y cada uno de estos
valores va cambiando de mano. Y con los primeros atisbos de
industrialización, las subjetividades estallan, como las
bombas de los anarquistas, como las criticas de los
socialistas, como las luchas de los inmigrantes, y la voz
se hacen voces y fluye hacia los barrios, como los
tranvías, la luz eléctrica, los trenes, y la idea unitaria de
belleza explota frente a nuevas ideas estéticas y nuevas
éticas de usos, porque aparecen arquitectos sensibles que
deciden virar el lenguaje arquitectónico a cambio de perder
prestigio y clientes de buena cuna. Así un nuevo discurso se
hace presente en la ciudad, nuevos mitos y nuevos ritos
resemantizan el espacio urbano y la arquitectura, y del mismo
centro del mundo (París-Londres) desde donde llegaban las
ideas rectoras de las clases dominantes, ahora llegan las
voces cuestionadoras que se hacen
grito y organización y se mezclan con las ideas locales y las
necesidades reales.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS