| Remis y radio Doce del
mediodía. Tomo el remis del barrio. Me siento
adelante. Voy hasta el centro de Lomas. Cruza en
rojo una bicicleta que obliga al remisero a
frenar de golpe. El conductor protesta. El hecho
sirve de excusa para ponernos a hablar. Me cuenta
que los semáforos son un peligro. Cambia de
tema. Me dice que hace poco le robaron. Se lo ve
un buen pibe. Pone la radio. Sintoniza Radio 10.
Un imbécil le hace publicidad a una empresa que
limpia veredas "porque ya, señora, no se
puede salir ni a la calle..." Llego a
Lomas. Me deja en Pavón y Laprida. Le doy 5
patacones. Me da de vuelto dos lecops y una
moneda de 1 peso.
Fin
de Cuento
Colas
Camino por
Laprida. La peatonal elegante que se
"lavallizó". Ni bien entro a la calle,
una chica de no más de veinte años me da un
volante. "Compro Oro". Sigo caminando.
Veo un local comercial chamuscado que hace poco
se incendió. Estaba vallado. Mas allá veo hay
un puesto que habilitan teléfonos celulares sin
línea.(¿?)
Noto que en este
último tiempo aparecieron varios sucuchos que
venden y compran dólares, sus pizarras molestan
el paso peatonal. Desde el neoclásico edificio
de la Biblioteca de Lomas sale una larga cola,
muy larga. Tiene una extensión de media cuadra.
Camino, de una cuadra, camino, de dos cuadras,
sigue la cola, de tres cuadras. Camino. Mucha
gente joven compone la fila, algunos hacen la
cola con su bicicleta en mano, mujeres solas y
otras con chicos esperan. Pregunto. Era lo que
suponía. No se trata de un repunte de la lectura
en la sociedad, se pagan los subsidios de $150
lecops ( u$s 41) a los desempleados, a los jefes
y jefas de hogar. Enfrente de ésta hay otra
cola, otra más. Esta es más corta. Apenas una
cuadra y media. Sale del Banco Provincia. Hoy
pagan a los documentos terminados con 5 y 6.
Fin
de cuento.
Ida
a Constitución
Llego
a la estación de Lomas. Otra vez está sucia.
Dos hileras de gente circulan como una cinta
sinfín. Dos colas más. Son para sacar el
boleto. Me incorporo en una de ellas. Comienzo a
ser parte de esa cinta sinfín. Al promediar la
circulación me intercepta un hombre de mediana
edad, se lo ve sano. Me pide una moneda para
viajar. Tengo sólo diez centavos, se los doy.
Saco el boleto. A Constitución ida. Me dan el
vuelto. Un chico de no mas de 6 años me pide mas
monedas. No le doy nada.
Fin
de Cuento
Veinte
Minutos
Subo
al tren junto a muchos otros. Nos espera un viaje
que dura 20 minutos hasta la Estación
Constitución. Pasan los vendedores ambulantes.
Tomo nota.
Venden:
Pastillas
"Mentitas", 2 x $1 (0,50 c/u)
Aspirinas, 3 x $1 (0,50 c/u)
Barra grande de "Mantecol", $ 1
Libro de Crochet, $5 (precio en Librerías
$17 dice el vendedor)
Pastillas "Mentoplus", 2 x $1
Chocolate "Bariloche", 2 x $1 (vendedor
un señor casi anciano)
Revistas "Crucigramas", 3 x $1
Encendedores, 2 x $1 (0,50 c/u)
(Sube
en Remedios de Escalada un muchacho con un
changuito de supermercado, vacío)
Pañuelos
de papel, 2 paquetes x $1 (vendedora mujer)
Bolígrafos, 2 x $1 (cada bolígrafo
retráctil, tiene 4 colores, por lo tanto el
vendedor habla de 8 bolígrafos x $1)
Libro de Viviana Gorbato "La Argentina
Embrujada", $2 ( precio de tapa $16,50
según el vendedor)
Agenda Electrónica, $10 (el vendedor un
señor con un marcado acento paraguayo)
(Baja
en Gerli el hombre del changuito)
Rejillas
seca platos + un trapo de piso, 3 artículos x $1
Destornillador con buscapolo, digital $ 2
Encendedores, 2 x $1 (0,50 c/u) (es una persona
distinta a la que pasó antes)
Pegamento instantáneo "La gotita", 2 x
$1 (0,50 c/u). Me hacía falta, compré uno.
Llegamos.
Fin
del cuento
Mutilado
Sobre
el andén de la estación Constitución veo un
muchacho sin piernas, en el piso, se moviliza
apoyándose en ambas las manos. Está muy sucio.
La última vez que se bañó seguro que la lleva
en el recuerdo. Sus cabellos están hirsutos por
la mugre. Casi no tiene dientes. Come pan. Hace
frío pero lleva encima sólo una remera rota.
Pienso. Qué pasaría si viene un fascista, le
pone un revolver en la cabeza y lo mata. ¿Quién
lo lloraría? ¿Y si ese mismo matador le pone el
mismo revolver al tipo que está caminando a mi
lado? ¿Quién lo lloraría? ¿Y quién lo
lloraría a aquél, o a aquel otro si lo mismo le
pasara? ¿Y que pasaría si viene, ese mismo
matador, y me pega un tiro a mi, con esa misma
pistola, poniendo la misma cara con la que
mataría al muchacho mutilado? ¿Quién me
lloraría? Puedo imaginar apenas un puñado de
personas llorando. Apenas un puñado de una sola
mano. ¿Y cuanto tiempo duraría el recuerdo de
mi existencia una vez muerto? Nada. Unos meses.
En definitiva todo pasa. Y me pregunto, mientras
camino por el andén, con el boleto en la mano
para que lo controle el guarda, en medio de la
maraña de gente, ¿qué hice yo que haga que mi
existencia sea más considerada que la de ese
medio hombre, que come pan en el andén, y que es
esquivado por la multitud, por esa multitud que
le va a presentar el boleto al guarda, a ese
guarda que controla que nadie pase sin pagar?
¿Qué hice yo? Apenas escribir estas páginas,
pero ¿a quién le importa estas páginas? ¿qué
pasaría si no existieran? ¿Qué pasaría si yo
no existiera? Nada. Lo mismo que si no existiera
ese pedazo de hombre que sigue comiendo pan, con
sus pelos sucios y remera rota.
Le
doy el boleto al guarda.
Fin
de cuento
Negra
Subo
al subte. Veo una chica negra sentada. Elegante.
Bien vestida. Tiene pelo negro con millones de
trenzas negras al estilo caribeño, anteojos
negros retro, como se usan ahora. Está vestida
de color marrón claro. Los pasajeros del subte
la miran. Yo también. Tiene tetas grandes,
resultan desproporcionadas en su cuerpo. Se toca
la panza. Está embarazada. Bajo en Diagonal
Norte. La pierdo de vista. Cambio de subte. Subo
a mi vagón. En el mismo vagón sube la chica
negra. Está parada. Arranca el subte. Una chica
blanca le da el asiento a la negra embarazada. Me
pongo a pensar en el racismo. Concluyo que no se
trata de colores sino se trata de posiciones
sociales. Esa chica negra mirada por todos es
aceptada. Y no por ser negra, sino por estar bien
vestida, por tener un estilo urbano, por usar
anteojos retro, por vestir de beige. No pasa lo
mismo con muchos blancos que van rotos por allí.
Sin ir mas lejos, en este mismo momento tengo a
mi lado un muchacho joven, mal peinado, con
caspa, con una camisa despuntada, con un bolsito
que molesta (¿pero que lleva en ese bolsito?),
un típico tipo que está al borde de la
exclusión. Nadie lo mira, y no es por el color.
Fin
del cuento
Costos
Voy
a ver a un cliente. Le llevo la propuesta que me
pidió. Le parece cara. Consigue otra por un
precio más bajo que el que puedo obtener yo. No
hay nada que hacer. Se inclina por mi
competencia. Me lo dice. No hay discusiones. No
hay rebajas que yo pueda hacer. La cosa termina
cordial. Le comento que yo en su lugar hubiese
hecho lo mismo.
Salgo
tranquilo, pensando como hacer para bajar los
costos. Voy a tomar un café, a
"Delicity". Necesito un poquito de glamour.
El café es rico y el lugar muy lindo, puedo leer
el diario de la mañana a pesar de ser la tarde.
Hay bastante silencio mas allá de los
inevitables aparatos de televisión que están
encendidos y sintonizados en el canal de
noticias. Se me acerca un anciano. Me dice que
tiene hambre. Le compro un café con leche y
media lunas. Me olvidé del cliente. ¿Qué
costos?
Fin
del cuento
La
razón
Retiro.
Seis y media de la tarde. Regalan el diario La
Razón. La gente se agolpa para conseguir un
diario. Yo también. Todo el vagón va con el
diario abierto, todos nos informamos de la misma
manera de lo que pasó durante el día. Roberto
Aleman escribe en su Editorial que el país
necesita más libre mercado. Nos enteramos que
murió Alberto Castillo.
Fin
de cuento
Tos
y odio
Llego
a Constitución. Voy a sacar el boleto de vuelta.
Como es costumbre hay un chiquilín pegado a la
ventanilla de la boletería. Tiene una tos
perruna. Expele flema. Necesita un médico.
Necesita un té. Hago la cola. El pibe sigue
tosiendo, se me ocurre que puede tener
bronquitis. De tanta tos deja su puesto de
recolección de monedas. Saco el boleto. Lo ayuda
otro pibe de su edad. Lo miro. Tose. Insulto en
voz baja. Me odio. Camino con mi boleto en la
mano. Me paro en el puesto de revistas leo las
novedades deportivas. Me olvidé del pibe.
Fin
del cuento
Gorro
de Lana
Subo
al tren para volver a Lomas. Me esperan 20
minutos de viaje. Es temprano, pero es de noche.
Hace mas frío que hace una hora. Una mujer y sus
3 niños sentados comen cada uno un pancho. Un
muchacho joven come un sandwich que parece ser de
milanesa. Entre ellos, aparece una pareja joven
con un niño, ella lleva al bebé en su pecho con
la mochila de cargar bebés. El muchacho tiene
puesto un gorro de lana. Reparte un señalador.
Dice que no está enfermo, que trabajaba en
Terrabusi, que hace dos meses lo echaron y desde
ese momento está buscando algún empleo. Dice
que hace esto porque no sabe que hacer. Dice. Le
doy 25 centavos. Me los agradece. No lo miro.
Fin
del cuento.
Tres
Dígitos
Vuelvo
a casa. Vuelvo al barrio. Tomo el colectivo de
tres dígitos. Me encuentro con un amigo que es
gerente de un Banco. Entre otras cosas me cuenta
que va a trabajar sin corbata y con campera
porque hace unos días, cuando entraba al banco
portando traje, los ahorristas representados por
un cómico de televisión, casi lo linchan. Nos
despedimos, el sábado nos vemos en la pileta. Ya
quedamos. Llego a mi casa enciendo la tele. Como
una milanesa. Me voy a dormir. Duermo.
Fin
del cuento.
Buenos Aires/Lomas de Zamora
Julio 2002
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