/ contratiempo | El pensamiento en la Argentina / Año II N° 5 / Invierno-Primavera 2002
/ PENSAMIENTO Y CIUDAD

 

Historias de la Ciudad

Fin del Cuento
(A Constitución ida y vuelta)

 

NICOLÁS FRATARELLI

Remis y radio

Doce del mediodía. Tomo el remis del barrio. Me siento adelante. Voy hasta el centro de Lomas. Cruza en rojo una bicicleta que obliga al remisero a frenar de golpe. El conductor protesta. El hecho sirve de excusa para ponernos a hablar. Me cuenta que los semáforos son un peligro. Cambia de tema. Me dice que hace poco le robaron. Se lo ve un buen pibe. Pone la radio. Sintoniza Radio 10. Un imbécil le hace publicidad a una empresa que limpia veredas "porque ya, señora, no se puede salir ni a la calle..." Llego a Lomas. Me deja en Pavón y Laprida. Le doy 5 patacones. Me da de vuelto dos lecops y una moneda de 1 peso.

Fin de Cuento

Colas

Camino por Laprida. La peatonal elegante que se "lavallizó". Ni bien entro a la calle, una chica de no más de veinte años me da un volante. "Compro Oro". Sigo caminando. Veo un local comercial chamuscado que hace poco se incendió. Estaba vallado. Mas allá veo hay un puesto que habilitan teléfonos celulares sin línea.(¿?)

Noto que en este último tiempo aparecieron varios sucuchos que venden y compran dólares, sus pizarras molestan el paso peatonal. Desde el neoclásico edificio de la Biblioteca de Lomas sale una larga cola, muy larga. Tiene una extensión de media cuadra. Camino, de una cuadra, camino, de dos cuadras, sigue la cola, de tres cuadras. Camino. Mucha gente joven compone la fila, algunos hacen la cola con su bicicleta en mano, mujeres solas y otras con chicos esperan. Pregunto. Era lo que suponía. No se trata de un repunte de la lectura en la sociedad, se pagan los subsidios de $150 lecops ( u$s 41) a los desempleados, a los jefes y jefas de hogar. Enfrente de ésta hay otra cola, otra más. Esta es más corta. Apenas una cuadra y media. Sale del Banco Provincia. Hoy pagan a los documentos terminados con 5 y 6.

Fin de cuento.

Ida a Constitución

Llego a la estación de Lomas. Otra vez está sucia. Dos hileras de gente circulan como una cinta sinfín. Dos colas más. Son para sacar el boleto. Me incorporo en una de ellas. Comienzo a ser parte de esa cinta sinfín. Al promediar la circulación me intercepta un hombre de mediana edad, se lo ve sano. Me pide una moneda para viajar. Tengo sólo diez centavos, se los doy. Saco el boleto. A Constitución ida. Me dan el vuelto. Un chico de no mas de 6 años me pide mas monedas. No le doy nada.

Fin de Cuento

Veinte Minutos

Subo al tren junto a muchos otros. Nos espera un viaje que dura 20 minutos hasta la Estación Constitución. Pasan los vendedores ambulantes. Tomo nota.

Venden:

Pastillas "Mentitas", 2 x $1 (0,50 c/u)
Aspirinas, 3 x $1 (0,50 c/u)
Barra grande de "Mantecol", $ 1
Libro de Crochet, $5
(precio en Librerías $17 dice el vendedor)
Pastillas "Mentoplus", 2 x $1
Chocolate "Bariloche", 2 x $1
(vendedor un señor casi anciano)
Revistas "Crucigramas", 3 x $1
Encendedores, 2 x $1 (0,50 c/u)

(Sube en Remedios de Escalada un muchacho con un changuito de supermercado, vacío)

Pañuelos de papel, 2 paquetes x $1 (vendedora mujer)
Bolígrafos, 2 x $1
(cada bolígrafo retráctil, tiene 4 colores, por lo tanto el vendedor habla de 8 bolígrafos x $1)
Libro de Viviana Gorbato "La Argentina Embrujada", $2
( precio de tapa $16,50 según el vendedor)
Agenda Electrónica, $10
(el vendedor un señor con un marcado acento paraguayo)

(Baja en Gerli el hombre del changuito)

Rejillas seca platos + un trapo de piso, 3 artículos x $1
Destornillador con buscapolo, digital $ 2
Encendedores, 2 x $1 (0,50 c/u) (es una persona distinta a la que pasó antes)
Pegamento instantáneo "La gotita", 2 x $1 (0,50 c/u).
Me hacía falta, compré uno. Llegamos.

Fin del cuento

Mutilado

Sobre el andén de la estación Constitución veo un muchacho sin piernas, en el piso, se moviliza apoyándose en ambas las manos. Está muy sucio. La última vez que se bañó seguro que la lleva en el recuerdo. Sus cabellos están hirsutos por la mugre. Casi no tiene dientes. Come pan. Hace frío pero lleva encima sólo una remera rota. Pienso. Qué pasaría si viene un fascista, le pone un revolver en la cabeza y lo mata. ¿Quién lo lloraría? ¿Y si ese mismo matador le pone el mismo revolver al tipo que está caminando a mi lado? ¿Quién lo lloraría? ¿Y quién lo lloraría a aquél, o a aquel otro si lo mismo le pasara? ¿Y que pasaría si viene, ese mismo matador, y me pega un tiro a mi, con esa misma pistola, poniendo la misma cara con la que mataría al muchacho mutilado? ¿Quién me lloraría? Puedo imaginar apenas un puñado de personas llorando. Apenas un puñado de una sola mano. ¿Y cuanto tiempo duraría el recuerdo de mi existencia una vez muerto? Nada. Unos meses. En definitiva todo pasa. Y me pregunto, mientras camino por el andén, con el boleto en la mano para que lo controle el guarda, en medio de la maraña de gente, ¿qué hice yo que haga que mi existencia sea más considerada que la de ese medio hombre, que come pan en el andén, y que es esquivado por la multitud, por esa multitud que le va a presentar el boleto al guarda, a ese guarda que controla que nadie pase sin pagar? ¿Qué hice yo? Apenas escribir estas páginas, pero ¿a quién le importa estas páginas? ¿qué pasaría si no existieran? ¿Qué pasaría si yo no existiera? Nada. Lo mismo que si no existiera ese pedazo de hombre que sigue comiendo pan, con sus pelos sucios y remera rota.

Le doy el boleto al guarda.

Fin de cuento

Negra

Subo al subte. Veo una chica negra sentada. Elegante. Bien vestida. Tiene pelo negro con millones de trenzas negras al estilo caribeño, anteojos negros retro, como se usan ahora. Está vestida de color marrón claro. Los pasajeros del subte la miran. Yo también. Tiene tetas grandes, resultan desproporcionadas en su cuerpo. Se toca la panza. Está embarazada. Bajo en Diagonal Norte. La pierdo de vista. Cambio de subte. Subo a mi vagón. En el mismo vagón sube la chica negra. Está parada. Arranca el subte. Una chica blanca le da el asiento a la negra embarazada. Me pongo a pensar en el racismo. Concluyo que no se trata de colores sino se trata de posiciones sociales. Esa chica negra mirada por todos es aceptada. Y no por ser negra, sino por estar bien vestida, por tener un estilo urbano, por usar anteojos retro, por vestir de beige. No pasa lo mismo con muchos blancos que van rotos por allí. Sin ir mas lejos, en este mismo momento tengo a mi lado un muchacho joven, mal peinado, con caspa, con una camisa despuntada, con un bolsito que molesta (¿pero que lleva en ese bolsito?), un típico tipo que está al borde de la exclusión. Nadie lo mira, y no es por el color.

Fin del cuento

Costos

Voy a ver a un cliente. Le llevo la propuesta que me pidió. Le parece cara. Consigue otra por un precio más bajo que el que puedo obtener yo. No hay nada que hacer. Se inclina por mi competencia. Me lo dice. No hay discusiones. No hay rebajas que yo pueda hacer. La cosa termina cordial. Le comento que yo en su lugar hubiese hecho lo mismo.

Salgo tranquilo, pensando como hacer para bajar los costos. Voy a tomar un café, a "Delicity". Necesito un poquito de glamour. El café es rico y el lugar muy lindo, puedo leer el diario de la mañana a pesar de ser la tarde. Hay bastante silencio mas allá de los inevitables aparatos de televisión que están encendidos y sintonizados en el canal de noticias. Se me acerca un anciano. Me dice que tiene hambre. Le compro un café con leche y media lunas. Me olvidé del cliente. ¿Qué costos?

Fin del cuento

La razón

Retiro. Seis y media de la tarde. Regalan el diario La Razón. La gente se agolpa para conseguir un diario. Yo también. Todo el vagón va con el diario abierto, todos nos informamos de la misma manera de lo que pasó durante el día. Roberto Aleman escribe en su Editorial que el país necesita más libre mercado. Nos enteramos que murió Alberto Castillo.

Fin de cuento

Tos y odio

Llego a Constitución. Voy a sacar el boleto de vuelta. Como es costumbre hay un chiquilín pegado a la ventanilla de la boletería. Tiene una tos perruna. Expele flema. Necesita un médico. Necesita un té. Hago la cola. El pibe sigue tosiendo, se me ocurre que puede tener bronquitis. De tanta tos deja su puesto de recolección de monedas. Saco el boleto. Lo ayuda otro pibe de su edad. Lo miro. Tose. Insulto en voz baja. Me odio. Camino con mi boleto en la mano. Me paro en el puesto de revistas leo las novedades deportivas. Me olvidé del pibe.

Fin del cuento

Gorro de Lana

Subo al tren para volver a Lomas. Me esperan 20 minutos de viaje. Es temprano, pero es de noche. Hace mas frío que hace una hora. Una mujer y sus 3 niños sentados comen cada uno un pancho. Un muchacho joven come un sandwich que parece ser de milanesa. Entre ellos, aparece una pareja joven con un niño, ella lleva al bebé en su pecho con la mochila de cargar bebés. El muchacho tiene puesto un gorro de lana. Reparte un señalador. Dice que no está enfermo, que trabajaba en Terrabusi, que hace dos meses lo echaron y desde ese momento está buscando algún empleo. Dice que hace esto porque no sabe que hacer. Dice. Le doy 25 centavos. Me los agradece. No lo miro.

Fin del cuento.

Tres Dígitos

Vuelvo a casa. Vuelvo al barrio. Tomo el colectivo de tres dígitos. Me encuentro con un amigo que es gerente de un Banco. Entre otras cosas me cuenta que va a trabajar sin corbata y con campera porque hace unos días, cuando entraba al banco portando traje, los ahorristas representados por un cómico de televisión, casi lo linchan. Nos despedimos, el sábado nos vemos en la pileta. Ya quedamos. Llego a mi casa enciendo la tele. Como una milanesa. Me voy a dormir. Duermo.

Fin del cuento.

Buenos Aires/Lomas de Zamora
Julio 2002

 
ILUSTRACIONES:
"Decadencia" (Caras y Caretas, 1927)
 
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