METRÓPOLIS
Apariciones
de lo nuevo
FRANCO
RELLA
Ensayo
publicado en el libro
"Metamorfosis.
Imágenes del
pensamiento", Franco
Rella, Espasa Calpe
La
facultad de adicción que
caracteriza la memoria es
independiente en muchos
aspectos de la voluntad
(...) Lo que se ve en mil
otras cosas, porque con
muchísima frecuencia una
sensación experimentada
ahora mismo, lleva a la
memoria otra
experimentada tiempo
atrás, sin que la
voluntad contribuya o
tenga siquiera el tiempo
de contribuir a llevarla.
GIACOMO LEOPARDI
El hábito
asegura nuestro camino,
transforma las cosas más
extrañas en un paisaje
familiar, en el que
anotamos gestos, memoria
y también
-paradójicamente- la
espera de lo que áun
deber llegar: del futuro,
de lo nuevo, de lo que,
por tanto, sólo hoy es
posible. Whitehead
definía también las
leyes físicas
"hábitos
momentáneos de la
naturaleza", y
probablemente cualquier
sistema conceptual,
cualquier episteme,
está constituido por un
sistema de hábitos, por
la codificación, en
nuestra actitud habitual
respecto a la realidad,
de la relación
establecida entre
tradición e innovación,
entre conversación y
cambio.
Lo
nuevo, en efecto,
mantiene estrecha
relación, quizá
"constitutiva",
con lo que es habitual.
Lo hemos experimentado en
nuestra vida cotidiana,
al visitar, por ejemplo,
por segunda o tercera vez
una ciudad, un museo, un
monumento, un cuadro, una
persona. Es posible que
la primera vez la
satisfacción del deseo
haya enmascarado una
profunda desilusión.
Nuestra mirada no nos ha
entregado nada nuevo,
como si se hubiera vuelto
opaca por la espera, por
la premonición, es
decir, por las
coordenadas a través de
las cuales nos hemos
acercado a lo
"nuevo",
intentando leerlo y
comprenderlo. Al proceder
así, lo hemos rodeado
con una espesa telaraña,
que lo ha inmovilizado,
impidiéndole actuar
sobre nosotros y sobre
nuestra conciencia.
Nos
hemos acercado a ello una
segunda y después una
tercera vez, y la
telaraña se ha rasgado.
La costumbre nos ha
vuelto menos
circunspectos y, junto al
"reconocimiento"
de lo que ya habíamos
visto, ahora aparece
también lo que había
permanecido en la sombra,
y que finalmente se
impone nítido a nuestra
mirada, a nuestra alma,
llenándola de un
sentimiento que muchas
veces limita con la
felicidad.
Pero existe asimismo una
perversión de la
costumbre, que degenera
muchas veces en la
insensatez y en la
identidad permanente del
aburrimiento. Es como si
entonces, dice Leopardi,
me hallara "en medio
de la nada, una nada yo
mismo". Nos sentimos
sofocar, en este momento,
"considerando que
todo es nada, sólida
nada".
El
hombre ha inventado mil
excitantes para vencer
esta enfermedad de la
costumbre. Ha intentado,
por ejemplo, empujar
hasta el extremo el
desarraigo de las cosas y
del mundo del tedio
mediante el viaje y la
peregrinación. Pero
también éstos, cuando
nos sentimos invadidos
por el tedio, nos ofrecen
únicamente el amargo
saber que procede del
descubrimiento de la
"uniformidad" y
de la estrechez de todos
los lugares, en los que
siempre vemos "cosas
imperfectas y
prácticamente de una
única forma". Por
esta razón, los dioses
han dado a los hombres
las "imágenes
perplejas" del
sueño. Y por lo mismo,
los hombres han buscado,
a través del recurso de
la ebriedad, multiplicar
estas imágenes
prefiriéndolas a la
realidad, o constituyendo
con ellas una realidad
concreta, un mundo en el
que sumirse como en una
madriguera, o como en un
verde sarcófago. Pero la
novedad y la maravilla
que encontramos en el
viaje nocturno, en las
regiones del sueño o de
la ebriedad, no
proporciona felicidad:
mitiga las sensaciones
del tedio, pero no lo
cura. En efecto,
"vuelve el alma
atónita, la ocupa por
completo y la incapacita
en ese momento de
deseo". Así pués,
el asombro y la
estupefacción son
agradables y placenteros,
como cualquier cosa que
pueda colmar el alma y
sedarla en una especie de
muda y tensa suspensión
de las cosas del mundo.
Pero en ella se hace
visible, como en una
máscara que cubre y al
mismo tiempo descubre con
sus facciones grotescas
el rostro oculto, la
mirada de la muerte, que
ya se había mostrado,
congelando el alma, en la
gélida extensión del
tedio, en el desierto
helado de la nada. La
misma vida que el alma
recibe de la maravilla
parece ser, por tanto, el
movimiento de la
marioneta, o el impulso
sobrecogedor que procede
de una fuerza mortífera.
Esta
percepción se vuelve
aguda en un determinado
momento de la historia
humana, cuando lo nuevo y
lo maravilloso se
presentan como la
máscara terrible del semper
ídem, de lo siempre
igual de la mercancía.
Las cosas llegan al mundo
en mil aspectos diversos
para alcanzarnos cuando
ya son todas
"prácticamente de
una única forma",
es decir, cuando todas
tienen la naturaleza de
mercancía, y son
idéntica e
indiferentemente
intercambiables,
equivalentes en la
equivalencia general del
dinero. Leopardi ha
establecido el nexo entre
lo "nuevo" y lo
"siempre igual"
en una de las más
extraordinarias y
proféticas de sus Operette
morali, en el Dialogo
della Moda e della Morte.
Ambas, Moda y Muerte,
tienen el mismo origen,
"nacidas las dos de
la caducidad". Son
enemigas
"capitales" de
la memoria, y una y otra,
afirma Moda,
"tendemos en igual
medida a deshacer y
renovar continuamente las
cosas de aquí
abajo", aunque los
caminos y los
procedimientos de esta
actividad destructiva
puedan parecer a primera
vista divergentes. Y, por
consiguiente, del siglo
de las novedades, del
siglo de los
descubrimientos, del
siglo que ha cortado
cualquier vínculo con el
pasado en una furiosa
voluntad de lo
"nuevo",
"puede decirse con
verdad que es
precisamente el siglo de
la muerte".
No
hay novedad, no existe
futuro si el camino que
lo conduce hasta nosotros
no ha sido abierto por el
pasado. Y esto ya no
parece posible en los
lugares donde parece
haberse perdido toda
huella del pasado, por
ejemplo en las
"ciudades
grandes",
auténticos lugares de
Caín, donde "todas
las cosas son falsas o
vanas" y "sólo
respiras falsedad, que
además es fea y
desagradable". En
estos lugares somos
"realmente hoy en
día pasajeros y
peregrinos", somos,
en efecto, "caducos:
seres de un sólo
día", tendidos
hacia un más allá que
sólo es estupefacta
ilusión, imagen
degenerada de un mundo
posible, vacía y
ridícula esperanza.
La búsqueda de lo nuevo
incluso dentro de la
noche o en el sueño o en
la ebriedad oculta una
real y auténtica
obsesión, que parece
acompañar y subrayar la
relación del hombre con
el tiempo a lo largo de
todo el eje de lo
moderno, hasta nuestros
días, hasta, por
ejemplo, las
"imágenes
perplejas" y
espectrales de Blade
Runner de Ridley
Scott.
La
fuerza
"igualadora" de
la racionalidad y de la
organización
metropolitana ha llegado
ya a su límite extremo:
ya es planetaria. Ahora,
las ciudades, las
antiguas organizaciones
urbanas, son únicamente
sus articulaciones
internas, Tokio, Los
Angeles, Nueva York,
Berlín son sus barrios.
La lengua se ha vuelto un
dialecto babélico,
cercano ya a la afasia,
que reagrupa en sí,
simplificándolas, las
antiguas lenguas de las
antiguas ciudades. Ya ni
siquiera existe
diferencia entre tierra y
cielo, que también se ha
vuelto una superficie
fangosa y viscosa en la
que no brillan estrellas,
sino obscenos mensajes
publicitarios, que
iluminan calles
espectrales y oscuras, en
las que se mueven
multitud de solitarios.
La ciudad en la que todo
es igual, es en realidad
un lugar de deshechos, de
escombros, de residuos,
que se acumulan en las
esquinas de las calles, o
dentro de las casas, en
interiores que parecen Wunderkammer
y los polvorientos
desvanes donde se han
acumulado los objetos que
suscitaban la curiosidad
de los primeros días:
animales monstruosos y
apolillados, objetos y
figuras, cuyo sentido ya
no comprende nadie.
Aquí
parece que nada puede
cambiar. ¿Quién, en
este lugar de espectros y
fantasmas, podría ser
sujeto del cambio? El
tremendo desorden se ha
convertido ahora en un
orden despiadado, que
está protegido contra
cualquier emergencia,
como la que, por ejemplo,
representan "los
replicantes".
Autómatas sin pasado,
dotados de una vida
brevísima y de una
fuerza y de una belleza
sobrehumanas, son, en
realidad, ángeles. Son
los ángeles de la
modernidad, portadores de
un mensaje, dicho el cual
desaparecerán en la
nada, como los demás
ángeles de la
modernidad, de los que
está llena la obra de
Klee o la de Benjamin.
El
mensaje no tiene fácil
desciframiento. Primero
será intuido y después
comprendido por el
eliminador, por el hombre
que ha recibido el
encargo de resolver esta
amenaza,
"sacrificando"
a los portadores de la
desviación y del
desplazamiento a la norma
y al orden.
A
medida que la cacería
avanza, el eliminador
descubre que los ángeles
buscan su propia
salvación y con esto
entregan al hombre el
mensaje de una salvación
posible. En efecto, ellos
procuran sobrevivir
intentando construirse un
pasado y un futuro. Pero
su búsqueda es una sola,
y destinada a la derrota.
Las fotografías y los
documentos que recogen
como propio pasado son de
otros, y al no serles
concedido su pasado
-nacen adultos y
programados para cuatro
años de vida, para que
su fuerza no les confiera
poder sobre los hombres-,
tampoco se les concede el
futuro. El último,
bellísimo, desnudo,
azotado por la lluvia
sobre la cima de un
rascacielos, que es como
una torre de Babel
erguida en la noche,
advierte su propia muerte
y con ella el final
definitivo: a nadie
podrá comunicar,
traspasar, el azul que un
día llegó a ver, a
nadie podrá entregar su
visión de las estrellas
que están más allá de
la oscuridad. Así pues,
su ansia de futuro no era
ansia de poder. Pero
¿qué otro destino puede
tener el hombre de la
metrópoli, en la que ha
perdido hasta su propio
lenguaje? ¿Qué
relación puede tener con
el pasado, si éste no es
más que un cúmulo de
desplazamientos
polvorientos y
siniestros? ¿Y qué
futuro, si nada es
visible más allá del
horizonte negro, que el
cielo de la metrópoli
dibuja como una frontera
infranqueable?
El
paisaje que los ángeles
provisionales iluminan
con su aparición y su
inmediata desaparición,
es el de la evanescencia
de las cosas en la nada
de la que han surgido,
hasta que, como decía
Leopardi en el Cántico
del gallo silvestre,
"un silencio desnudo
y una paz altísima
colmaran el espacio
inmenso. Así este arcano
admirable y espantoso de
la existencia universal,
en lugar de ser
manifestado y entendido,
desaparecerá y se
perderá". La
semiafasia del dialecto
de Blade Runner ya
es el anuncio y la
prefiguración del
"desnudo
silencio", del
silencio que ya no es
muda espera, sino
realización y final.
Pero los ángeles
"salvadores, aunque
provisionales", de
que habla también el
último Montale, no han
pasado inútilmente. La
conclusión del
filme-relato, del mito de
Ridley Scott, tal vez sea
ingenua e irritante, en
cuanto vemos escapar al
protagonista con uno de
esos ángeles
provisionales al verdor
de los prados que, en la
lógica del relato, no
debieron existir,
habiendo ocupado la
metrópoli todos los
lugares, habiendo unido
ciudad a ciudad un único
e inmenso espacio
tumultuoso. Sin embargo,
también este final que,
a primera vista, parece
disneyano, puede tener
sentido como metáfora.
El amor por la criatura
de un instante puede
abrir el camino a los
paraísos ambiguos,
llenos de una extraña y
oculta felicidad, de los
que escribe Montale en un
poema de 1918 publicado
póstumamente:
(...)la tua forma
piu vera non capisce
ormai nei limiti
della carne; t´e forza
di confonderti
con altre vite e
riplasmarti tutta
in un ritmo di giota; la
tua scorza
di un di, non
t´appartiene piú. Sarai
rifatta dall´oblio,
distrutta dal ricordo,
creatura d´un attimo. E
saprai
i paradisi ambigui dove
manca
ogni esistenza: seguici
nel Centro
delle parvenze: (ti
rivuole il Niente!)
En contra de la atroz
fijación del mundo como
en una rigidez
cadavérica, como
pérdida irredimible
dentro de un desorden tan
absoluto que se ha vuelto
orden maniático y loco,
es necesaria la
metamorfosis, la
plasmación y la
confusión y la mezcla
con otras vidas,
rompiendo los límites
habituales. "Tu
corteza", la
"máscara grabada
por una sonrisa" de Due
nel crepuscolo ya no
te pertenece, ahora, en
la metamorfosis. Y el
olvido se convierte en la
destrucción de una
memoria habitual,
degenerada en la
fijación de los gestos,
en los actos de
repetición obligada, en
la construcción a una
identidad siempre igual.
Y esta destrucción puede
llegar a ser liberación,
como dice Paul Klee en un
poema extraordinario
próximo al texto de
Montale:
País sin límite
nueva tierra
sin el suspiro
del recuerdo
con el humo
de un hogar extranjero
Sin vínculos
donde no me trajo
seno de madre
El país sin límite es
el paraíso de las
apariencias, que contiene
en su centro la nada,
porque todo está aquí
ofrecido a la mirada, a
la vida.
También en el texto
leopardino, más allá
del continuo
"remover y deshacer
las cosas aquí
abajo", que acaba
por obnubilar, en una
especie de petrificada
estupefacción, hasta la
capacidad de percibir lo
nuevo, y de articularlo a
nuestra experiencia y de
modificar, con ello,
nuestra conciencia y
nuestra alma, emerge una
nueva e inédita lectura
de la realidad. La
descubrimos en una de las
páginas más tensas y
desesperadas del Zibaldone,
que va mucho más lejos
de esa solidaridad humana
en el dolor, que algunos
críticos han querido
leer en su texto como la
cifra de un Leopardi
"progresivo".
La existencia, escribe
Leopardi, "por su
naturaleza y esencia
propia y general es una
imperfección, una
irregularidad, una
monstruosidad". Este
sistema, "aunque
choquen nuestras ideas,
que creen que no puede
haber otro fin que el
bien, sería quizá más
sostenible que el de
Leibniz, de Pope, etc.,
que todo es bien. No me
atrevería, sin embargo,
a extenderlo hasta decir
que todo el universo
existente es el peor de
los universos posibles,
sustituyendo el optimismo
por el pesimismo.
¿Quién puede conocer
los límites de la
posibilidad?"
No
creo que esta página
pueda ser leída como la
pura y simple afirmación
de la posibilidad de un
mundo peor del que
vivimos, sino más bien,
como sugieren
innumerables páginas del
Zibaldone, como la
apertura del mundo y del
universo a lo posible, a
la transformación, a lo
incógnito que puede
transformar cualquier
cosa y nuestro destino. Y
aquí halla quizá
explicación otra página
del Zibaldone, en
la que vemos actuar un
poder semejante:
"Tienen esto de
especial las obras
geniales, que incluso
cuando representan al
vivo la nulidad de las
cosas [...]reavivan el
entusiasmo y no tratando
de otra cosa que de la
muerte, le devuelven (al
alma), por lo menos
momentáneamente, aquella
vida que había perdido
[...]. El mismo
espectáculo de la
nulidad es una cosa en
estas obras que parece
que engrandezca el alma
[...].¿El sentimiento de
la nada es el sentimiento
de una cosa muerta y
mortífera? Pero si este
sentimiento está vivo
[...]su vivacidad
prevalece sobre la
nulidad de la cosa que
hace sentir y el alma
recibe vida [...] de la
misma fuerza con la que
siente la muerte de las
cosas y la suya
propia".
La tremenda pluralidad,
la espantosa
multiplicidad de lo
moderno, en la que ya no
es posible descubrir nada
de nuevo, y que parece
extenderse en torno a
nosotros con su
invencible e
indistinguible rumor,
como zumbido informe,
puede, por tanto, ser
leída como
"inhumano" y
como
"imposible",
pero también como
infinita e inexorable
posibilidad. Este espacio
"inseguro y
peligroso" puede
revelarse, por tanto,
como el espacio más
propiamente humano, en el
que es posible realizar,
por usar una vez más las
palabras de Leopardi, una
nueva "experiencia
de la verdad".
Nuestro
pensamiento habitual no
es idóneo para esta
experiencia, en tanto que
"se equivoca a cada
paso y al por mayor,
razonando con la más
exquisita
exactitud". Así
pués, en lugar de un
pensamiento de la
precisión, del clásico
pensamiento filosófico y
científico, es necesario
encontrar un pensamiento
que "descubra
vivísimas semejanzas
entre las cosas [...],
permita ver las
relaciones entre cosas
diversísimas [...],
muestre unas relaciones
en las que él [el
espíritu] jamás había
pensado". Por
consiguiente, la
"admirable"
facultad de las
"similitudes",
que es capaz de hacer
actuar el cuerpo a
través del espíritu,
esta facultad que nos
revela "las
relaciones de las cosas,
incluso las
mínimas", descubre
un impensado, hace
visible lo invisible,
decible lo que antes
aparecía como indecible.
Surge
en estas páginas una
"extraña"
razón poética, en tanto
que si bien corresponde
al poeta la facultad de
las similitudes, él, el
sumo poeta, el que está
dotado de esta razón,
"no debe razonar
como poeta", sino
"examinar como frío
razonador y calculador lo
que sólo el
ardientísimo poeta
puede conocer". No
se trata, sin duda, de la
"razón pura y sin
mezclas" que, afirma
Leopardi, es "fuente
inmediata y por su
naturaleza de absoluta y
necesaria locura".
Este saber que descubre
lo incógnito, lo
impensado en lo notorio y
en lo habitual, es más
bien
"sabiduría",
un saber para la vida.
Esto nos muestra que lo
que parecía perdido en
el "siglo de la
muerte", en el
tiempo sin memoria
dominado por la moda, es,
en cambio, lo que nos es
próximo, lo que podemos
afirmar como hábito
propio, y, por tanto,
como experiencia
"propia" del
mundo, de las cosas, de
nosotros mismos.
El lenguaje, a través de
"similitudes y
parangones", por
medio de "metáforas
osadísimas", o en
palabras "que
contienen por sí solas
una similitud",
puede captar la
aparición de lo nuevo en
lo habitual. Así pues,
el pensamiento de lo
nuevo se presenta como
pensamiento de los limina,
de los umbrales y de las
fronteras de lo posible
dentro de lo que está
dado. Leopardi, al
disolver cualquier
nostalgia residual por lo
"clásico" como
modelo, reactiva de este
modo recorridos y
peripecias del
pensamiento, que se
habían perdido en el
pasado. Construye, con su
obra, una posible
tradición que, venciendo
la atracción de lo
infinito, sublimación de
lo indeterminado,
rehabilite el mundo de
las apariencias como
horizonte de la finitud
humana, pero descubre
asimismo, en el interior
de este horizonte, el
lugar de una nueva
plenitud: de la infinita
posibilidad que despliega
sus efectos dibujando los
mudables confines de un
nuevo paisaje humano.
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