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Informe Especial Nº 3 / Los espacios de la locura

       
    Espacio y Locura
El asilo, una máquina de curar
Clase del 5 de diciembre de 1973
MICHEL FOUCAULT

Del libro El poder psiquiátrico. Curso en el College de France 1973/74. Michel Foucault. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2005

La entrada al asilo, la vida en el asilo, implican necesariamente la ruptura con la familia.
Si observamos ahora lo que sucede una vez producido el ingreso y ejecutado ese rito de purificación y ruptura, si consideramos el presunto modo de curar del asilo, el transcurso de la curación en él, advertiremos, también en este caso, que estamos extraordinariamente lejos de todo lo que puede ser la familia como operador de curación. La familia nunca debe entrar en juego; aún más, para llevar a cabo la curación, jamás hay que apoyarse en elementos, disposiciones, estructuras que puedan, de una manera u otra, recordarla.

Esquirol y la mayoría de sus sucesores hasta la década de 1860 van a servirnos de bisagra. Durante ese primer episodio de la historia del poder psiquiátrico, ¿qué factores curan en el hospital? Son dos cosas… bueno, no; en esencia, es una cosa: lo que cura en el hospital es el hospital mismo. Vale decir que la disposición arquitectónica, la organización del espacio, la manera de distribuir a los individuos en ese espacio, el modo de circulación por él, el modo de observar y ser observado, todo eso, tiene de por sí valor terapéutico. En la psiquiatría de esa época, la máquina de curación es el hospital. Cuando hablé de dos cosas, iba a decir: está la verdad. Pero intentaré mostrarles que el discurso de la verdad o el surgimiento de la verdad como operación psiquiátrica no son, en definitiva, más que efectos de esa disposición espacial.

El hospital, entonces, es la máquina de curar; ¿y cómo cura? No lo hace en absoluto como una reproducción de la familia; el hospital no es en modo alguno una familia ideal. Si cura, es porque pone en acción esos elementos cuya formalización traté de mostrarles en Bentham; el hospital cura porque es una máquina panóptica, cura en su carácter de aparato panóptico. Se trata en efecto de una máquina de ejercer el poder, inducir, distribuir, aplicar el poder según el esquema benthamiano, aun cuando, desde luego, las disposiciones arquitectónicas propias del diseño de Bentham sean objeto de modificaciones. Digamos, en general, que podemos encontrar cuatro o cinco elementos que son del orden mismo del panóptico benthamiano y a los que se atribuye una función operativa en la curación.

En primer lugar, la visibilidad permanente. El loco no sólo debe ser vigilado; además, el hecho de saber que siempre lo vigilan y, mejor aún, de saber que siempre pueden vigilarlo, que nunca deja de estar bajo el poder virtual de una mirada permanente, tiene valor terapéutico en sí mismo, pues uno no mostrará su locura cuando, justamente, se sepa observado, y observado como un loco, y entonces el principio de distracción, de disociación va a actuar en su plenitud.

Es preciso, por lo tanto, que el loco siempre sea susceptible de caer bajo una mirada posible; y en eso reside el principio de la organización arquitectónica de los asilos. En vez del panóptico circular se prefiere otro sistema, pero que debe asegurar una visibilidad de igual magnitud: el principio de la arquitectura pabellonaria, es decir, pequeños pabellones que, según explica Esquirol, deben estar dispuestos sobre tres lados, con el cuarto lado abierto hacia el campo: en la medida de lo posible, esos pabellones así organizados deben tener una sola planta, a fin de que el médico pueda llegar de puntillas sin ser escuchado por nadie, ni los enfermos, ni los guardianes, ni los vigilantes, y comprobar qué pasa de un solo vistazo. Además, en esta arquitectura pabellonaria que sufrió transformaciones, el modelo utilizado hasta fines del siglo XIX, la celda –pues aun para Esquirol la celda era, si no preferible al dormitorio colectivo, al menos una alternativa a éste- debía tener aberturas por dos lados, de manera tal que cuando el loco mirara hacia uno de ellos, se pudiera observar su actitud a través de la otra ventana. Cuando vemos lo que Esquirol dice sobre la manera de construir los asilos, encontramos una transposición estricta del principio del panoptismo.

En segundo lugar, también se modifica el principio de la vigilancia central, esa suerte de torre desde la cual un poder anónimo se ejercía sin descanso. Sin embargo, lo reencontramos hasta cierto punto en el sector destinado al director, que debe estar en el centro y vigilar todos los pabellones dispuestos a su alrededor; pero, sobre todo, aunque la vigilancia central no se realice del mismo modo que en el panóptico de Bentham, siempre se obtiene el mismo efecto, a través de lo que podríamos llamar vigilancia piramidal de las miradas.

Tenemos, entonces, una jerarquía constituida por guardianes, enfermeros, vigilantes, médicos, cuyas relaciones siguen la vía jerárquica, y en la cima está el médico jefe, único responsable del asilo, pues el poder administrativo y el poder médico no deben estar desvinculados; todos los psiquiatras de la época insisten en ello. Y, en definitiva, todos los relevos de la vigilancia deben converger en esa suerte de saber-poder unitario y absoluto constituido por el médico jefe.

En tercer lugar, el principio del aislamiento, que también debe tener valor terapéutico. Aislamiento e individualización son garantizados por la celda de Esquirol, que reproduce casi con exactitud la celda del panóptico de Bentham, con su doble abertura y su contraluz. Encontramos asimismo este muy curioso principio del aislamiento, es decir, la disociación de todos los efectos de grupo y la asignación del individuo a sí mismo como tal, en la práctica médica corriente de la época, que es el sistema de lo que podríamos denominar la percepción triangular de la locura.

El asilo tropezaba con una objeción muchas veces planteada, y que era la siguiente: ¿es válido desde el punto de vista médico agrupar en un mismo espacio a personas que están locas? Para empezar, ¿la locura no será contagiosa? Y segundo, ¿el hecho de ver a los otros que están locos no puede inducir melancolía, tristeza, etc., en quien se encuentra en medio de ellos?

A lo cual los médicos respondían: en absoluto; por el contrario, es muy bueno ver la locura de los otros, siempre que cada enfermo pueda percibir a esos otros locos que están a su lado como los percibe el médico. En otras palabras, no se puede pedir de inmediato a un loco que adopte sobre sí mismo un punto de vista compartido con el médico, pues está demasiado atado a su locura; en cambio, no está atado a la locura de los otros. Por consiguiente, si el médico muestra a cada enfermo por qué todos los que lo rodean son efectivamente enfermos y locos, entonces, el paciente en cuestión, al percibir de manera triangular la locura de los demás, terminará por comprobar qué es estar loco, delirar, ser maníaco o melancólico, ser monomaníaco. Cuando el enfermo que se cree Luis XVI vea frente a sí a otro que también cree serlo, y vea también de qué manera juzga el médico a ese otro autoproclamado rey, podrá tomar indirectamente una conciencia de sí mismo y su locura que será análoga a la conciencia médica.

Tenemos aquí un aislamiento del loco en su propia locura en virtud del juego de esa triangulación que tiene de por sí un efecto curativo o, en todo caso, es la garantía de que no se producirán en el asilo esos fenómenos corrosivos de contagio, esos fenómenos grupales que, justamente, era misión del panóptico evitar, tratárase del hospital, de la escuela, etc. La ausencia de contagio y la inexistencia del grupo deben asegurarse mediante esa suerte de conciencia médica de los otros que cada enfermo debe tener en lo concerniente a quienes lo rodean.

Por último –y también aquí encontramos los temas del panóptico-, el asilo actúa en virtud del juego del castigo incesante, aplicado ya sea por el personal, claro está, que debe estar presente todo el tiempo y junto a cada uno, ya sea mediante una serie de instrumentos. Hacia la década del 1840, en Inglaterra, que estaba un poco rezagada con respecto a la práctica psiquiátrica occidental, una serie de médicos –ingleses, pero sobre todo irlandeses- postularon el principio de no restraint, es decir, la abolición de los instrumentos materiales de coerción. En la época, la reivindicación gozó de una gran repercusión y, en cierto sentido, desató en todos los hospitales de Europa una campaña pro el no restraint y una modificación bastante importante, en sustancia, en la manera de tratar a los locos. Pero no crero que esa alternativa, coerción física o no restraint, haya sido en definitiva demasiado seria.

FOTOS:
Fachada Hospital de Niños San Luis Gonzaga
Asilo Alienadas de Lomas
Asilo Gral. Martín Rodríguez. Sucursal de la Casa de Expósitos en Mercedes
Hospital Nacional de Alienadas. Sala de electroterapia

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