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Fisionomía
de un hundimiento
(La
experiencia pascaliana de un
novelista norteamericano)
E.M. CIORAN
De
libro Ejercicios de admiración y
otros textos, E.M.Cioran.
Tusquets Editores, Barcelona 2000
La lucidez es en
algunas personas un don
primordial, un privilegio e
incluso una gracia. No tienen
necesidad alguna de adquirirla:
están predestinados a ella.
Todas sus experiencias concurren
para hacerles transparentes a sí
mismos. Aquejados de
clarividencia, ésta les define
tanto que la padecen sin sufrir.
Si viven en una crisis perpetua,
la aceptan naturalmente pues es
inmanente a su existencia. En
otras personas, por el contrario,
la lucidez es un resultado
tardío, el fruto de un
accidente, de una fractura
interior sobrevenida en un
momento dado. Hasta entonces,
encerrados en una agradable
opacidad, se adherían a sus
evidencias sin sopesarlas ni
descubrir su vacío. Y de repente
un día se encuentran
desengañados y como lanzados, a
pesar de ellos mismos, en la
carrera del conocimiento,
tropezando entre verdades
irrespirables, a las cuales nada
les había preparado. De ahí que
sientan su nueva condición no
como un favor, sino como un
"golpe". A Scott
Fitzgerald nada le había
preparado a afrontar o soportar
esas verdades irrespirables. El
esfuerzo que hizo para acomodarse
a ellas no carece de patetismo.
"A todas luces,
vivir es hundirse
progresivamente. Los golpes que
más espectacularmente nos
destruyen, los grandes golpes
repentinos que proceden o
parecen proceder- del exterior,
aquellos que se recuerdan,
aquellos a los que se hace
responsables de todo y de los que
se habla a los amigos en los
momentos de debilidad, esos
golpes no dejan huellas. Pero
existe otra clase de golpes, que
proceden del interior, de los que
nos damos cuenta demasiado tarde
para poder evitarlos,
irrevocablemente se apodera
entonces de nosotros la
revelación de que nunca más
seremos quienes hemos sido."
No son éstas
consideraciones de un novelista
brillante, de un novelista de
moda
A este lado del
paraíso, El gran Gastby, Suave
es la noche, The Last
Tycoon: si Fitzgerald sólo
hubiese escrito esas novelas, no
sería interesante más que desde
un punto de vista literario. Por
fortuna, es asimismo el autor de The
Crack-up, obra de la que
acabamos de dar una muestra y en
la que describe su fracaso, su
único gran éxito.
En su juventud, una
única obsesión le domina:
convertirse en un successful
literary man. Y lo consigue.
Conoce la celebridad e incluso
una gloria de calidad. (Cosa
incomprensible para nosotros:
¡T.S.Eliot le escribe que ha
leído tres veces El gran
Gatsby!) El dinero le
obsesiona: desea ganar el máximo
posible y habla de él sin pudor.
En sus cartas y en sus notas
alude constantemente a él, hasta
el punto de que a veces nos
preguntamos si nos hallamos en
presencia de un escritor o de un
hombre de negocios. Y no es que
yo deteste las correspondencias
en las que se confiesan los
problemas materiales; por el
contrario, las prefiero mil veces
a esas otras falsamente
etéreas- que los escamotean o
los disfrazan de poesía. Pero
hay maneras y maneras de hacerlo.
Las cartas de Rilke, que tanto
aprecié hace tiempo, me parecen
hoy exangües e insulsas. No se
hace en ellas la menor alusión
al lado mezquino de la pobreza.
Escritas para la posteridad, su
"nobleza" me exaspera.
Angeles y pobres son en ellas
vecinos. ¿No hay acaso cierto
descaro o una ingenuidad
calculada en hablar largamente de
ello en misivas dirigidas a
duquesas? Jugar al espíritu puro
raya en la indecencia. Yo, que no
creo en los ángeles de Rilke,
creo menos aún en sus pobres.
Son demasiado
"distinguidos" y
carecen de cinismo, la sal de la
miseria. Por el contrario, las
cartas de un Baudelaire o de un
Dostoievsky cartas de
pedigüeños- me conmueven por su
tono suplicante, desesperado,
anhelante. Uno siente que si
hablan de dinero es porque no
pueden ganarlo, porque han nacido
pobres y lo serán siempre,
suceda lo que suceda. La pobreza
les es consustancial. Apenas
aspiran al éxito, pues saben que
no podrían obtenerlo. Lo que nos
molesta en Fitzgerald, en el
Fitzgerald de los comienzos, es
que aspira a él y lo alcance.
Pero, afortunadamente, su éxito
no será más que un rodeo, un
eclipse de su conciencia antes
del despertar a sí mismo, a la
revelación de que nunca más
será quien fue.
Fitzgerald muere en
1941, a los cuarenta y cuatro
años; su crisis se sitúa hacia
1935-1936, época en la que
escribe los textos que
compondrán el The Crack-up.
Antes de esa fecha, el
acontecimiento capital de su vida
es su matrimonio con Zelda.
Juntos llevarán la existencia
artificial de los norteamericanos
en la Costa Azul. Más tarde
calificará su estancia en Europa
de "siete años de
despilfarro y de tragedia",
siete años en los que hicieron
todas las extravagancias
posibles, como obsesionados por
un deseo secreto de agotarse, de
vaciarse interiormente. Y lo
inevitable sucede: Zelda se hunde
en la esquizofrenia y no
sobrevive a su marido más que
para acabar muriendo en el
incendio de un manicomio. Él
había escrito a propósito de
ella: "Zelda es un caso y no
una persona". Sin duda
quería dar a entender con ello
que no era interesante más que
para la psiquiatría. Él, por el
contrario, sería una persona: un
caso que compete a la psicología
o a la historia.
"Con
frecuencia, en otra época, la
felicidad que sentía se
aproximaba a un éxtasis tal que
no hubiera podido compartirla ni
siquiera con el ser más querido.
Debía llevármela conmigo a lo
largo de las calles tranquilas y
destilar ínfimos fragmentos en
pequeñas frases que escribía.
Mi facultad de ser feliz era,
creo, excepcional. No había en
ella nada natural, era tan
anormal como el periodo de
prosperidad de Norteamérica. De
la misma manera, lo que acaba de
sucederme corresponde a este
ascenso de desesperación que ha
sepultado a la nación al final
de los años de opulencia."
Dejemos a un lado la
complacencia con que Fitzgerald
considera la expresión de una
"generación perdida" o
interpreta su propia crisis a
partir de elementos exteriores.
Pues, si ella procediese
únicamente de una coyuntura,
perdería todo su alcance. En lo
que tienen de específicamente
norteamericano, las revelaciones
de The Crack-up no
conciernen más que a la historia
literaria, a la historia sin
más. Sin embargo, como
experiencias íntimas participan
de una esencia, de una intensidad
que transcienden las
contingencias y los continentes.
"Lo que acaba
de sucederme
" ¿Qué
le sucedió a Fitzgerald? Había
vivido en la embriaguez del
éxito, había deseado la
felicidad a cualquier precio,
había aspirado a convertirse en
un escritor de primer orden. En
sentido propio y en sentido
figurado, había vivido en el
sueño. Pero el sueño de repente
le abandona, comienza a velar y
lo que descubre en sus vigilias
le horroriza. Una esterilidad
clarividente le sumerge y
paraliza.
El insomnio nos
dispensa una luz que no deseamos
pero a la cual,
inconscientemente, tendemos, una
luz que reclamamos a pesar
nuestro, contra nosotros mismos.
A través de ella y a
expensas de nuestra salud-
hallamos otra cosa, verdades
peligrosas, nocivas, todo aquello
que el sueño nos impedía
entrever. Pero nuestros insomnios
nos liberan de nuestras
facilidades y de nuestras
ficciones únicamente para
colocarnos ante un horizonte
cerrado: ellos iluminan
nuestros impasses. Nos
condenan a la vez que nos
liberan: equívoco inseparable de
la experiencia de la noche.
Fitzgerald intenta en vano
escapar a esa experiencia. Le
asalta, le aplasta, es demasiado
profunda para su espíritu.
¿Recurrirá a Dios? Detesta la
mentira, es decir, no tiene
acceso alguno a la religión. El
universo nocturno se eleva ante
él como un absoluto. No tiene
tampoco acceso a la reflexión
metafísica, a la que no obstante
será forzado. Visiblemente no se
hallaba maduro para sus noches.
"De repente
surge el horror como una
tormenta. Y si esta noche
prefigurara la que sigue a la
muerte; si el más allá no fuese
más que estremecimiento sin fin
al borde de un abismo al que nos
empuja todo lo que en nosotros es
cobarde y corrupto, y en el que
nos preceden la cobardía y la
corrupción del mundo. Ninguna
escapatoria, ninguna salida,
ninguna esperanza, sino
únicamente la meditación
perpetua sobre lo sórdido y lo
semi-trágico
O quizá
esperar indefinidamente en los
confines de la vida sin poder
jamás superar el umbral que nos
separa de ella. Cuando el reloj
da las cuatro de la madrugada no
soy más que un espectro."
A decir verdad,
excepto el místico o el hombre
que es víctima de una gran
pasión, ¿quién se halla
verdaderamente maduro para sus
noches? Uno puede desear perder
el sueño si es creyente; pero
¿cómo permanecer, sin ninguna
certeza, horas y horas a solas
consigo mismo? Se le puede
reprochar a Fitzgerald que no
haya comprendido la importancia
de la noche como ocasión o
método de conocimiento, como
desastre enriquecedor; pero no
podemos permanecer insensibles al
patetismo de sus vigilias, en las
que la "meditación sobre lo
sórdido y lo semi-trágico"
era en él la consecuencia de su
rechazo de Dios, de su
incapacidad de ser cómplice del
mayor fraude metafísico, de la
falacia suprema de nuestras
noches.
"La manera
ordinaria de permanecer a flote
cuando uno se hunde es pensar en
quienes luchan contra la miseria
verdadera o contra la enfermedad:
es ése un género cómodo de
euforia al alcance de cualquiera
en los momentos de depresión y
un remedio saludable durante el
día. Pero a las tres de la
madrugada, cuando el olvido de un
objeto toma proporciones tan
trágicas como una condenación a
muerte, el remedio se vuelve
inoperante. Pues bien, en la
verdadera noche del alma son
eternamente las tres de la
madrugada, día tras día."
Las verdades diurnas
dejan de existir en la
"verdadera noche del
alma". Y a esa noche, en
lugar de bendecirla como a una
fuente de revelaciones,
Fitzgerald la maldice, la asimila
a su decadencia y le retira todo
valor de conocimiento. Realiza
una experiencia pascaliana sin
espíritu pascaliano. Como
todos los frívolos, tiembla ante
la idea de ir más lejos dentro
de sí mismo. Una fatalidad sin
embargo le obliga a ello. A pesar
de que se resiste a extender su
ser hasta sus límites, debe
hacerlo. El extremo al que
accede, lejos de ser el resultado
de una plenitud, es la expresión
de un espíritu roto: es lo
ilimitado de la fisura, la
experiencia negativa de lo
infinito. Sobre ello se
explicará en un texto que nos da
la clave de sus trastornos:
"Lo único que
yo buscaba era la tranquilidad
más perfecta para descubrir por
qué había llegado a comportarme
tristemente ante la tristeza,
melancólicamente ante la
melancolía, trágicamente ante
la tragedia, por qué me
identificaba con los objetos de
mi horror y de mi compasión."
Texto capital, texto
de enfermo. Para comprender su
importancia, intentemos definir,
por contraste, el comportamiento
del hombre sano, del hombre que
actúa.
Concedámonos para ello un
suplemento de salud
Por muy
contradictorios e intensos que
sean nuestros estados,
normalmente los dominamos,
logramos neutralizarlos: la
"salud" es la facultad
que poseemos de mantenernos a
cierta distancia de ellos. Un ser
equilibrado logra siempre
escamotear sus profundidades o
escapar a sus propios abismos. La
salud condición de la
acción- supone una huida hacia
delante en uno mismo, una
deserción de sí mismo. Ningún
acto verdadero es posible sin la
fascinación por el objeto.
Cuando actuamos, nuestros estados
interiores no cuentan más que
por su relación con el mundo
exterior; no tienen ningún valor
intrínseco; de ahí que podamos
dominarlos fácilmente. Si por
casualidad estamos tristes, lo
estamos a causa de una
situación determinada, de un
incidente o de una realidad
precisa.
El enfermo, por el
contrario, procede de una manera
totalmente distinta. Vive sus
estados en sí mismos, su
tristeza tristemente, su
melancolía melancólicamente y
experimenta cada tragedia, si la
acepta, la experimenta
trágicamente. Sólo es sujeto.
Si se identifica con los objetos
que le inspiran horror o
compasión, esos objetos no
constituyen para él más que
modalidades diversas de él
mismo. Estar enfermo es coincidir
totalmente con uno mismo.
"El menor gesto
lavarme los dientes, cenar
con un amigo- me costaba un
esfuerzo
El amor que tenía
por mi familia y mis amigos no lo
sentía, me esforzaba en
sentirlo, y en mis relaciones con
el exterior
no hacía más
que emplear el recuerdo de gestos
antiguos."
Si Zelda hubo de
conocer el divorcio con lo real
en su aspecto irreparable,
Fitzgerald tuvo la suerte de
experimentarlo de manera
atenuada: una esquizofrenia para
literatos
Añadamos que
nueva suerte para él- fue
un experto en self-pity.
El abuso que de ella hizo le
preservó de una ruina total. En
efecto, el exceso de
conmiseración con nosotros
mismos conserva nuestra razón,
pues ese repliegue sobre nuestras
miserias procede de una alarma de
nuestra vitalidad, de una
reacción de energía, al tiempo
que expresa un disfraz elegíaco
de nuestro instinto de
conservación. No debe tenerse
ninguna compasión por quienes se
la tienen a sí mismos. Nunca se
hundirán completamente
Fitzgerald sobrevive
a su crisis sin superarla
totalmente. Espera sin embargo
encontrar un equilibrio entre el
"sentido de la inutilidad de
todo esfuerzo y el de la
necesidad del combate, entre la
convicción del fracaso
inevitable y del imperativo del
éxito". Su ser, piensa,
podría continuar así su carrera
como "una flecha entre dos
puntos de la nada que únicamente
la gravedad podría hacer volver
a tierra."
Esos accesos de
orgullo son accidentales. En el
fondo de sí mismo quisiera
volver, en sus relaciones con los
demás, a los subterfugios de la
existencia convencional; quisiera
retroceder. Para lograrlo
se impondrá una máscara.
"Una sonrisa
sí, había decidido
fabricarme una sonrisa. Continúo
trabajando en ello. Quisiera
emplear para conseguirlo todo el
arte del hotelero, de la vieja
canalla mundana, del director de
escuela el día de los premios,
del ascensorista negro
, de
la enfermera que llega a la nueva
casa, de la modelo que posa
desnuda por primera vez, del
figurante de cine optimista a
quien se ha empujado delante de
la cámara
"
Su crisis no iba a
conducirle ni a la mística ni a
la desesperación final o al
suicidio, sino al desengaño.
"Un cartel, Cave canem,
se halla colgado permanentemente
en mi puerta. Pero intentaré al
menos comportarme como un animal
bien amaestrado; si mi echáis un
hueso con un poco de carne
alrededor llegaría incluso a
lameros la mano." Fitzgerald
es lo bastante esteta para
templar su misantropía mediante
la ironía, para introducir una
nota de elegancia en la economía
de sus desastres. Su estilo
ligero e impertinente nos deja
entrever lo que podríamos llamar
el encanto de la vida
arruinada. Añadiría incluso
que se es "moderno" en
la media en que se es sensible a
ese encanto. Reacción de
desengañados, sin duda, de
individuos que, incapaces de
recurrir a un segundo plano
metafísico o a una forma
trascendente de salvación, se
apegan a sus males con
complacencia, como a derrotas
aceptadas. El desengaño es el
equilibrio del vencido. Y, como
un vencido, Fitzgerald, tras
haber concebido las verdades
despiadadas de The Crack-up,
se va a Hollywood a buscar el
éxito siempre el éxito,
en el cual, por otra parte, ya no
podía creer. ¡Tras una
experiencia pascaliana, escribir
guiones de cine! En los últimos
años de su vida parece como si
no aspirara más que a
comprometer sus abismos, a
desvirtuar sus neurosis, como si
en lo más profundo de sí mismo
se sintiese indigno del
hundimiento que acaba de padecer.
"Hablo con la autoridad del
fracaso", había dicho un
día. Pero él mismo, con el
tiempo, rebaja ese fracaso, le
hacer perder todo su valor
espiritual. No debemos
extrañarnos de ello: en la
"verdadera noche del
alma" Fitzgerald lucha más
como una víctima que como un
héroe. Lo mismo les sucede a
todos aquellos que viven su drama
únicamente en términos de
psicología; incapaces de
percibir un absoluto exterior
contra el cual combatir o al cual
plegarse, recaen eternamente en
ellos mismos para vegetar, a fin
de cuentas, por debajo de
las verdades que han entrevisto.
Son, repitámoslo, desengañados;
pues el desengaño
retroceso tras un desastre-
es propio del individuo que no
puede destruirse a causa de una
desgracia, ni soportarla hasta el
final para triunfar sobre ella.
El desengaño es lo puro
"semi-trágico". Y dado
que Fitzgerald no logró
mantenerse a la altura de su
drama, no podríamos considerarlo
como un angustiado de calidad. El
interés que tiene para nosotros
consiste precisamente en esa
desproporción entre la
insuficiencia de sus medios y la
amplitud de la inquietud que
vivió.
Un Kierkegaard, un
Dostoievsky, un Nietzsche dominan
sus propias experiencias y sus
vértigos, pues son superiores
a lo que les "sucede".
Su destino precede a su vida. En
el caso de Fitzgerald, por el
contrario, la existencia es
inferior a lo que ella descubre.
Ve el momento culminante de su
vida como un desastre del que no
se consuela, a pesar de las
revelaciones que extrae de él. The
Crack-up es la
"temporada en el
infierno" de un novelista.
No queremos con ello minimizar en
absoluto el alcance de un
testimonio en sí mismo
conmovedor. Un novelista que
desea ser únicamente novelista
sufre una crisis que durante
cierto tiempo le proyecta fuera
de las mentiras de la literatura.
Despierta a algunas verdades que
hacen vacilar sus evidencias, el
reposo de su espíritu.
Acontecimiento poco frecuente en
el mundo de las letras, en el que
el sueño es de rigor, y que en
el caso de Fitzgerald no ha sido
siempre comprendido en su
verdadero significado. Así, sus
admiradores lamentan que haya
insistido sobre su fracaso y que
haya arruinado, a fuerza de
examinarlo y de rumiarlo, su
carrera literaria. Nosotros
lamentamos, por el contrario, que
no se haya dedicado
suficientemente a él, que no lo
haya profundizado y explotado
más. Es propio de los espíritus
de segundo orden no poder escoger
entre la literatura y la
"verdadera noche del
alma".
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