/
|
NOTA DE TAPA N° 60 /
FEBRERO - MARZO
2009
Tartagal,
Corsi y la Biblioteca

El
desprecio es un poderoso productor de formas, las que de acuerdo
a desde donde se lo ejerza pueden llegar a naturalizarse y
olvidar su origen. Para ejercer el desprecio hay que realizar
previamente un proceso de valoración, medir el grado de relación
de la propia sensibilidad con la cuestión (persona, acción o
producción) considerada. La diferencia no es precisamente el
móvil del desprecio sino el lugar que ocupa la misma en la
escala de valores esenciales de esa sensibilidad. Cuando el
objetivo del desprecio es una persona o un grupo, ya sea por
características raciales, sociales, económicas, de género, etc,
lo que se sustrae de ese grupo despreciado no es otra cosa que
algún grado de humanidad. Por ello la facilidad de su
eliminación. O la indiferencia ante ella. O el olvido de sus
necesidades. Es irrelevante porque no se encuentra esa relación
esencial con mi propia humanidad. Así, con total naturalidad,
pueden ser arrasadas zonas enteras de la Argentina, inmersas en
la pobreza, hoy en Tartagal, ayer en Santa Fe; pueden arder
casas tomadas con niños adentro en plena Capital Federal, como
ocurrió en enero en La Boca, y antes en Cromañón. Pero también
pueden quedar libres otros despreciadores compulsivos, como los
pedófilos, con la simple excusa de que no se darán a la fuga
-cuando tal vez la fuga sea lo mejor que le puede pasar a esa
comunidad. Los niños, al fin y al cabo, parece que todavía no
comparten el mismo estatuto que los adultos. Hay resabios
medievales que perviven en la sociedad y que con frecuencia los
vuelven objetos, sujetos al capricho de sus mayores, como ocurre
cuando se debate sobre el aborto y se busca el momento exacto en
que adquieren título de personas no susceptibles de eliminación.
Resabios medievales por demás muy oportunos en este momento en
que el sistema mundial del trabajo ya no necesita tanta mano de
obra y sobra gente por todos lados. El desprecio también se
puede plantear con una sonrisa socarrona frente a las cámaras de
televisión cuando se justifica el acto criminal de no habilitar
los ascensores de un establecimiento público como lo es la
Biblioteca Nacional. Siete empleados de limpieza lo comprobaron
en carne propia al precipitarse al abismo de ese desprecio y
terminar en el hospital. Miles de alumnos, investigadores y
público en general circulan por esa, y tantas otras, trampas
mortales que anidan como hienas agazapadas en plena ciudad
esperando cobrar su próxima víctima. Uno de los peores enemigos
de cualquier comunidad es la complicidad con este desprecio
vital, activo y siempre productor de formas, valores y
catástrofes. Pensar en sus orígenes y modos de acción puede ser
una buena estrategia para empezar a desmantelarlo.
Zenda Liendivit /
Febrero
2009
Volver a Notas de tapa
|
|