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Nota de Tapa N° 40 / Febrero 2007
Vengo a tu encuentro

Manuel Ortiz Guerrero nació en Villarrica, en el paradisíaco Guairá, el corazón oriental del Paraguay. Romántico y bohemio, de melena enrulada y profundos ojos verdes, pronto deslumbró con sus versos y su oratoria a los círculos literarios de Asunción, ciudad a la que llegó a mediados de la década del 10. Hacia el año 1928 conoció a José Asunción Flores. Fueron autores, en forma conjunta, de varias guaranias y de paso lograron que en este género musical estuviera el latir de la geografía de todo un pueblo. Lenta, melancólica, a veces triste, siempre bella. Como el Paraguay. Sobre el origen de la guarania hay dos versiones. La historia oficial dice que el creador fue el genial Flores, cuando trabajaba sobre una polka en el año 25. Otra, que Ortiz Guerrero habría retenido en la memoria, durante sus vagabundeos adolescentes por las rutas paraguayas, viejas canciones indígenas que entonaban los carreteros, y que le habría pasado el ritmo a Flores varios años después. Ambas anclan en las mismas raíces, pero la segunda es un poco más romántica que la primera, aunque ésta parece la más fiable.
Los síntomas de la enfermedad, sin embargo, aparecen muy temprano, en plena juventud. El cuerpo que se va aniquilando por el avance del mal necesita, con urgencia, una nueva configuración. El poeta entonces se recluye en su rancho y, de alguna forma, se vuelve leyenda: sólo saldrá por las noches, envuelto en una capa, como un ángel negro que se sabe condenado. De esta condena, de ese destino fijado en la infancia, del horror del cuerpo mutilado, extrae una poética donde hará entrar en comunión la fugacidad terrenal con las cuestiones eternas, la belleza y lo terrible, el amor y el dolor, la alta cultura del modernismo de Darío, de los simbolistas franceses y la voz popular del guaraní. Paraguay, con sus paisajes vitales y sus violentas fragmentaciones, con el cuerpo también despedazado, encuentra en él a su poeta lírico. O trágico, como la historia de ambos. Ortiz Guerrero muere en Asunción en 1933, precisamente cuando el país se hallaba embarcado en una nueva aventura bélica; aún no había cumplido los cuarenta años. Eso dicen las biografías. Aunque también puede ser que siga deambulando en las noches que le dieron refugio, esas en las que se escucha a lo lejos una música triste y uno nunca está del todo seguro si procede de algún instrumento musical o son los murmullos de la tierra. Manuel Ortiz Guerrero ahora en Contratiempo.

 

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