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NOTA DE TAPA N° 76  / OCTUBRE 2010
 

Facebook y el millón de amigos
El problema singular

 

El solitario siempre fue un problema y un peligro. Un problema porque las sociedades, y concretamente las ciudades, están pensadas para la vida en masa, no para el aislamiento –más allá de la soledad de las grandes metrópolis, la consigna, el objetivo y el objeto de deseo, siempre son los otros. Y un peligro porque el itinerario del hombre solo siempre es impredecible. En los extremos están el linyera y el psicópata, pero la sola acepción lingüística ya surte un efecto tranquilizador. A la soledad le seduce la locura. Ésta constituye, de alguna forma, su culminación –no exactamente porque uno se libró de los otros sino porque hizo de los otros lo que quiso. Al que renuncia al reflejo configurador del grupo, al reducto de la previsibilidad, ya sea la tribu o el gueto, le espera la condena social del descrédito y la sospecha sobre sus verdaderas intenciones. Como si la singularidad no fuera garantía, el solitario es un devalúo vergonzante de antemano. Lo paradójico de esta condena es la comprobación de que grandes obras del pensamiento y del arte surgieron de hombres que sintieron en el cuerpo el desierto abismal de constituirse en objeto y reflejo a la vez. Una variante actual de esta pervivencia deseante son las redes sociales: como las nuevas tecnologías son productoras por excelencia de solitarios en masa, el usuario acumula, ostenta y muestra al mundo que no es un ser oscuro y olvidado, inclinado el día entero sobre su notebook, aislado entre cuatro paredes y sin emitir sonido alguno, sino un ser ratificado permanentemente por su entorno. En la actualidad, entonces, la valoración social estaría dada por ese número mágico que tanto garantizará, y publicitará, la pertenencia y la popularidad del poseedor del mismo como su capacidad para aglutinar y servir en bandeja una masa de clientes, ordenados prolijamente según intereses, gustos y aficiones, lugares de trabajo, estudios o diversión, lista para ser consumida por las grandes redes invisibles que operan estos recursos sociales. Poderes que saben que el hombre solo es una peligrosa forma de terrorismo comunicacional, un interruptor de esta cadena de utilidades que enlaza la necesidad de relieve y protagonismo del que está perdido entre multitudes amorfas y aquel deseo del reflejo legitimador de los demás


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