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/ Literatura y Ciudad

       


  EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA
Náufragos sin salvavidas

Del libro La cabeza de Goliat (Losada, Buenos Aires, 1983)

Por la mañana, cuando aun la luz no ha fundido la sombra, se ve ante los tachos de la basura, inclinadas y borrosas, figuras que parecen humanas, hurgando y examinando. Si bebieran sangre de algún carnero negro, cobrarían voz y podrían expresar algo de sus vidas. Son mudas.

Aquello que se arroja al tacho de los desperdicios, puede ofrecer para estos hombres valor de alimento o de mercancía. Pasan los perros, pero dejan siempre algo que no quieren, para estos desventurados. Van cargando papeles, huesos y latas en fardos que llevan sobre sus espaldas, como escarabajos. El rostro superpuesto de barbas y suciedad defiende su rostro de la vergüenza. Se amparan en la mugre y el desaliño. La mirada del paseante puede hurgar y examinar en estos rostros sin encontrar los ojos: no miran sino los desperdicios, y la mirada es la última luz de la dignidad que se apaga.

Sin embargo, a veces quedan sangrándoles las manos. Sacuden la sangre al suelo y siguen su tarea, porque no vale la pena cuidar ni defender esa carne de morgue.

El vagabundo temperamental, del que Panait Istrati dijo que "es el hombre civilizado de la existencia pura", tipo específico de las urbes, que se conoce por los campos con los nombres de linyeras y crotos, no trabajan ni bajan la vista. Llegan al heroísmo en manos de vagabundos temperamentales como Gorki, Hansum e Istrati, que han hecho una poética de esta parte insobornable de toda alma lírica. Pasan en su seguridad de incógnitos fantasmales. Ellos son los hombres desconocidos a quienes nadie saluda. Son los que aceptan sin rencor su anonimato, y que saben bien qué es la soledad y la vida que cabalga en la muerte. Mientras muchedumbres enteras (aquellos que levantan las manos en las fotografías o se empinan para salir a plena faz) se desviven por atraer la atención, éstos se apartan de todos, orgullosos siempre de su absoluta anulación (porque el orgullo es una cuestión de glándulas y no de situación social). Viven conformes con la esterilidad total, cuyos profetas fueron Onán y Diógenes.

Acostados en los umbrales, en la tierra, todos los días despiertan ellos en el día anterior para empezar de nuevo una jornada ya gastada. Un día ya vivido que, como ellos, tampoco tiene nombre propio ya, porque se llama ayer. Junto a estos arrogantes señores de la autarquía y la miseria pasan los enormes bultos de basura sobre piernas que se esfuerzan aún por sostener el ritmo fabril de la ciudad. La mañana disipa, al fin, las sombras.

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