Excelentísimo
señor Ministro de Educación:
Cinco
años estuve sin leer ni escribir y casi sin hablar.
Ahora no sé si podré hacerlo. Recuerdo que Sapir
dice que pensamos con palabras, esto es, que pensamos
palabras ineluctablemente. Yo no sé si podré pensar
hablando. Mas la verdad es que necesito confesaros
algunas preocupaciones mías. Durante mi enfermedad
muchísimas veces, casi como obsesión, he pensado
que estaba sufriendo un castigo por alguna falta
ignorada cometida por mí. Los teólogos dicen que no
es menester que el reo sepa qué pecado ha cometido
para ser culpable; a mí me parece que no hay castigo
sin culpa y que muchos de los que juzgamos castigos
son premios y que muchas de las desgracias que no nos
podemos explicar, son castigos. Mi situación es muy
semejante a la de Job y en lugar de discurrir sobre
el bien y el mal, di en cavilar sobre mi país. Pues
así como yo padecía de una enfermedad chica, él
padecía de una enfermedad grande; y si yo pude haber
cometido alguna falta pequeña, él la habría
cometido inmensa. Yo y mi país estábamos enfermos.
Inmediatamente
reflexioné y recordé que Dios solía castigar a los
pueblos valiéndose de los hombres, como leemos en la
Biblia. Al propio pueblo elegido con personas de su
fe o de otra; y a otros pueblos con éstas o con
otras personas.
Gengis
Khan se llamaba a sí mismo "el látigo de
Dios". Es frase común que fueron azotes o
flagelos de Dios, Alarico, Atila, Tamerlán, Gengis
Khan -¿y por qué no?- César Borgia, Bismarck,
Mussolini, Hitler, Stalin y Perón. Perón ha sido un
castigo de Dios.
Había
entonces una relación verdadera y misteriosa entre
individuo y sociedad, entre ciudadano y nación,
entre historia y biografía. Era nuestro caso, el de
mi país y el mío. Pensé: ¿qué falta pudo haber
cometido mi país para ser castigado tan duramente?
En circunstancias de esta clase llamamos con frase un
tanto grosera "hechos históricos" a lo que
son hechos de conciencia o pecados colectivos. No os
extrañéis de este lenguaje insólito en mí. No
tiene nada de misticismo ni de teosofía: es que,
simplemente, necesito emplear metáforas y un
lenguaje figurado en cuanto me es posible para
expresarme con más veracidad, exactitud y sencillez.
¿Qué pecado, digo, había cometido mi desventurado
pueblo? Sin duda alguna contra el espíritu nacional
de la historia, algún pecado contra el Espíritu
Santo. Pensé: si hemos vivido siempre cerrando los
ojos a los deberes de una vida superior, realmente
espiritual ¿no sería justo el castigo? Crecer y
engordar nos habían dicho hasta en francés y en
inglés que eran dos finalidades propias del hombre;
y esto no es verdad ni tratándose de los animales.
Sarmiento nos había advertido que estábamos
convirtiéndonos en pastores de Europa, en criadores
de vacas; y más tarde, lo vemos ahora con evidencia,
nos convertimos en cuidadores de cerdos. De una
dehesa hicimos una pocilga y también nosotros, los
pastores, crecíamos y engordábamos con las vacas y
los cerdos. Dedicábamos al alma una hora los
domingos, olvidando que al alma le debemos todas las
horas de todos los días de la semana. ¡Y si no
hubiera algo peor todavía! Sí; algo mucho peor.
Habíamos pecado contra los ángeles.
Dios
nos estaba enviando todos los días y nos los envía
aún, mensajeros, heraldos, plenipotenciarios,
misioneros y parlamentarios, a los que dejábamos en
la puerta con la mano tendida. Y si los hacíamos
penetrar en la casa, era para tratarlos como a los
animales domésticos: los perros y los gatos. Cuando
no hacíamos con esos heraldos lo que los pueblo
bárbaros con los parlamentarios: los apresábamos,
les arrancábamos los ojos (quiero decir que los
cegábamos o los embrutecíamos, que es lo mismo) y
al fin los sacrificábamos. ¿Cómo? ¿A los enviados
de Dios? Sí; a los niños que en cantidad de más o
menos mil por día nacían entre nosotros. ¿Cómo
hemos tratado a los niños, a los verdaderos dueños
del país, a los hombres de mañana o mejor dicho de
pasado mañana? Siendo sus tutores y administradores
les hemos robado del patrimonio, esquilmado,
despojado. Al cumplir seis años, las madres
entregaban sus hijos al Estado, siendo todavía
ángeles de candor, para que los educara, como si le
hicieran la más preciosa ofrenda. Y aquí debo
recordar una anécdota: fueron a visitarme días
atrás algunas maestras, porque todavía hay personas
que van a visitarme. Les dije, sabiendo que habría
de desagradarles pero sin poder resistir a mi
tendencia de no mentir, que creía yo que el gobierno
no debía otorgar dipolomas de maestra ni
habilitarlas para ejercer su profesión si antes no
eran madres. Y que siendo madres no necesitaban
probar otra competencia porque ésa era harto
suficiente.
¿Y
qué ocurría cuando las madres entregaban al Estado
sus hijos de seis años, ángeles de candor, para que
iluminaran su mente y fortalecieran su carácter?
Señor Ministro: me tiene usted que perdonar lo que
ahora necesito decir. Seis años después, al cumplir
los doce, aquéllos ángeles que le entregaran como
genios, se los devolvían como idiotas. Y no era eso
lo más grave: se los devolvían como demonios
pervertidos. Pues a esa edad conocían ya el
vocabulario del hampa y el repertorio de vicios y
pecados. Habían cometido todos los que prohibe el
Decálogo, todos menos uno, según es de suponer: el
que manda "No jurar su Santo Nombre en
vano". ¿Por qué tratábamos así a los
ángeles de Dios? Porque no hemos sabido ni sabemos
qué es el niño, aunque celebremos muchas ceremonias
en su honor y les dediquemos muchos templos que
llamamos escuelas, colegios y universidades.
Sarmiento quiso y lo confesó enfáticamente,
convertir al país en una escuela; pero no se le
ocurrió que mucho mejor hubiera sido convertirlo en
un jardín de infantes. Quiso que el escolar de diez
años supiera recitar de memoria la Constitución y
discutir sobre leyes, en vez de procurar que aquellos
caudillos que tanto odió, de machete y espuelas que
no se quitaban ni para comer, se convirtieran en
niños. El que también nos confesara que jamás supo
hacer bailar un trompo, remontar una cometa ni
conoció ninguno de los juegos infantiles ¿cómo
había de ser un gran maestro? Habríamos economizado
muchos años malgastados, muchos episodios
vergonzosos de nuestra historia política, muchas
lágrimas y sangre. Y aquí debo señalar que
Sarmiento tuvo también una idea equivocada de
Norteamérica, a la que juzgó un país
extraordinario. Lo es, sin ningún género de duda,
no sólo por su astronómico tamaño sino porque es
distinta y mejor que cualquiera otra nación del
mundo. Esto nadie lo puede negar. ¿Y por qué es la
nación más grande y mejor? No porque sea una
universidad, ni una fábrica Ford, ni un tribunal, ni
una legislatura, ni un baluarte de la democracia, ni
una cárcel, ni un cuartel, sino porque es una
juguetería, un inmenso cinematógrafo vivo, un país
de maravillas.
Juguetes,
juguetes: aeroplanos, aparatos de televisión,
radios, cinematógrafos, fonógrafos, telégrafos,
máquinas de lavar automáticas, heladeras
eléctricas, dictáfonos, automóviles..., juguetes,
juguetes.
El
único vidente que percibió qué es Norteamérica,
fue el autor de la novela alegórica
"América", Franz Kafka, quien tituló el
último capítulo de esa novela "El gran circo
de Oklahoma". Efectivamente. El dicho corriente
de que el yanqui adulto tiene una inteligencia media
equivalente a un adolescente latinoamericano de
catorce años, no prueba mucho en su contra. A esa
edad el ser humano suele ser inteligente todavía.
Nuestros niños de catorce años tienen la astucia y
la camandulería de un adulto de cuarenta.
Necesitamos restituirle al niño su imperio más que
sus derechos, como lo hicieron desde hace mucho
tiempo los países que van a la vanguardia de la
civilización y de la cultura: Suecia, Suiza,
Inglaterra, Finlandia, Norteamérica. Tenemos que
dejar de ser solemnes y graves y, sin dejar de crear
universidades tantas veces como sea posible, no
olvidarnos de que los circos son tanto o más
necesarios; y que un país con pocos circos es un
país con muchas cárceles. Pues todo eso ¿de dónde
nos viene? Nos viene de muy lejos, ya sé, pero creo
que también tiene cierta culpa el que hayamos tomado
demasiado a pecho el que "se levanta a la faz de
la tierra una nueva y gloriosa Nación, coronada su
sien de laureles..."; lo cual es absolutamente
palmario e innegable. Pero ¿por qué no hemos
pensado que acaso podemos ser igualmente un país
parecido al gauchito pobre, al gauchito de que nos
habla una estrofa de Martín Fierro?:
Es como patrio de
posta,
Lo suelta éste, aquél lo toma.
¡Nunca se acaba la broma!
Desde chico se parece
al arbolito que crece
desamparado en la loma.
Necesito
repetir estos versos porque el Martín Fierro no se
entiende a la primera lectura y si lo supiéramos de
memoria casi equivaldría a decir que lo habríamos
olvidado:
Es como patrio de
posta,
Lo suelta éste, aquél lo toma.
¡Nunca se acaba la broma!
Desde chico se parece
al arbolito que crece
desamparado en la loma.
¡Pobre
gauchito desamparado, pobre patrio de posta,
pobrecito mi país! En lugar de haberlo cuidado y
defendido hemos sido para él peores que el viento y
el granizo. Lo hemos atacado como hormigas, en los
frutos y en la raíz. Ahora lo hemos sentado en el
banquillo de los acusados, porque en efecto ha
cometido increíbles pecados y hasta crímenes
imperdonables. No dudo siquiera de que este proceso
puede ser justo. Lo acusamos como fiscales y lo
condenaremos como jueces. ¿Y por qué nunca le hemos
tenido siquiera un poco de compasión? Lo que nuestro
país merece, señores, es una gran piedad.