ARCHIVO DE REVISTA CONTRATIEMPO / EL OFICIO DE ESCRITOR
Discurso improvisado en la cena ofrecida en el Club Universitario de Bahía Blanca el 18 de enero de 1956

EZEQUIEL MARTINEZ ESTRADA


Excelentísimo señor Ministro de Educación:

Cinco años estuve sin leer ni escribir y casi sin hablar. Ahora no sé si podré hacerlo. Recuerdo que Sapir dice que pensamos con palabras, esto es, que pensamos palabras ineluctablemente. Yo no sé si podré pensar hablando. Mas la verdad es que necesito confesaros algunas preocupaciones mías. Durante mi enfermedad muchísimas veces, casi como obsesión, he pensado que estaba sufriendo un castigo por alguna falta ignorada cometida por mí. Los teólogos dicen que no es menester que el reo sepa qué pecado ha cometido para ser culpable; a mí me parece que no hay castigo sin culpa y que muchos de los que juzgamos castigos son premios y que muchas de las desgracias que no nos podemos explicar, son castigos. Mi situación es muy semejante a la de Job y en lugar de discurrir sobre el bien y el mal, di en cavilar sobre mi país. Pues así como yo padecía de una enfermedad chica, él padecía de una enfermedad grande; y si yo pude haber cometido alguna falta pequeña, él la habría cometido inmensa. Yo y mi país estábamos enfermos.

Inmediatamente reflexioné y recordé que Dios solía castigar a los pueblos valiéndose de los hombres, como leemos en la Biblia. Al propio pueblo elegido con personas de su fe o de otra; y a otros pueblos con éstas o con otras personas.

Gengis Khan se llamaba a sí mismo "el látigo de Dios". Es frase común que fueron azotes o flagelos de Dios, Alarico, Atila, Tamerlán, Gengis Khan -¿y por qué no?- César Borgia, Bismarck, Mussolini, Hitler, Stalin y Perón. Perón ha sido un castigo de Dios.

Había entonces una relación verdadera y misteriosa entre individuo y sociedad, entre ciudadano y nación, entre historia y biografía. Era nuestro caso, el de mi país y el mío. Pensé: ¿qué falta pudo haber cometido mi país para ser castigado tan duramente? En circunstancias de esta clase llamamos con frase un tanto grosera "hechos históricos" a lo que son hechos de conciencia o pecados colectivos. No os extrañéis de este lenguaje insólito en mí. No tiene nada de misticismo ni de teosofía: es que, simplemente, necesito emplear metáforas y un lenguaje figurado en cuanto me es posible para expresarme con más veracidad, exactitud y sencillez. ¿Qué pecado, digo, había cometido mi desventurado pueblo? Sin duda alguna contra el espíritu nacional de la historia, algún pecado contra el Espíritu Santo. Pensé: si hemos vivido siempre cerrando los ojos a los deberes de una vida superior, realmente espiritual ¿no sería justo el castigo? Crecer y engordar nos habían dicho hasta en francés y en inglés que eran dos finalidades propias del hombre; y esto no es verdad ni tratándose de los animales. Sarmiento nos había advertido que estábamos convirtiéndonos en pastores de Europa, en criadores de vacas; y más tarde, lo vemos ahora con evidencia, nos convertimos en cuidadores de cerdos. De una dehesa hicimos una pocilga y también nosotros, los pastores, crecíamos y engordábamos con las vacas y los cerdos. Dedicábamos al alma una hora los domingos, olvidando que al alma le debemos todas las horas de todos los días de la semana. ¡Y si no hubiera algo peor todavía! Sí; algo mucho peor. Habíamos pecado contra los ángeles.

Dios nos estaba enviando todos los días y nos los envía aún, mensajeros, heraldos, plenipotenciarios, misioneros y parlamentarios, a los que dejábamos en la puerta con la mano tendida. Y si los hacíamos penetrar en la casa, era para tratarlos como a los animales domésticos: los perros y los gatos. Cuando no hacíamos con esos heraldos lo que los pueblo bárbaros con los parlamentarios: los apresábamos, les arrancábamos los ojos (quiero decir que los cegábamos o los embrutecíamos, que es lo mismo) y al fin los sacrificábamos. ¿Cómo? ¿A los enviados de Dios? Sí; a los niños que en cantidad de más o menos mil por día nacían entre nosotros. ¿Cómo hemos tratado a los niños, a los verdaderos dueños del país, a los hombres de mañana o mejor dicho de pasado mañana? Siendo sus tutores y administradores les hemos robado del patrimonio, esquilmado, despojado. Al cumplir seis años, las madres entregaban sus hijos al Estado, siendo todavía ángeles de candor, para que los educara, como si le hicieran la más preciosa ofrenda. Y aquí debo recordar una anécdota: fueron a visitarme días atrás algunas maestras, porque todavía hay personas que van a visitarme. Les dije, sabiendo que habría de desagradarles pero sin poder resistir a mi tendencia de no mentir, que creía yo que el gobierno no debía otorgar dipolomas de maestra ni habilitarlas para ejercer su profesión si antes no eran madres. Y que siendo madres no necesitaban probar otra competencia porque ésa era harto suficiente.

¿Y qué ocurría cuando las madres entregaban al Estado sus hijos de seis años, ángeles de candor, para que iluminaran su mente y fortalecieran su carácter? Señor Ministro: me tiene usted que perdonar lo que ahora necesito decir. Seis años después, al cumplir los doce, aquéllos ángeles que le entregaran como genios, se los devolvían como idiotas. Y no era eso lo más grave: se los devolvían como demonios pervertidos. Pues a esa edad conocían ya el vocabulario del hampa y el repertorio de vicios y pecados. Habían cometido todos los que prohibe el Decálogo, todos menos uno, según es de suponer: el que manda "No jurar su Santo Nombre en vano". ¿Por qué tratábamos así a los ángeles de Dios? Porque no hemos sabido ni sabemos qué es el niño, aunque celebremos muchas ceremonias en su honor y les dediquemos muchos templos que llamamos escuelas, colegios y universidades. Sarmiento quiso y lo confesó enfáticamente, convertir al país en una escuela; pero no se le ocurrió que mucho mejor hubiera sido convertirlo en un jardín de infantes. Quiso que el escolar de diez años supiera recitar de memoria la Constitución y discutir sobre leyes, en vez de procurar que aquellos caudillos que tanto odió, de machete y espuelas que no se quitaban ni para comer, se convirtieran en niños. El que también nos confesara que jamás supo hacer bailar un trompo, remontar una cometa ni conoció ninguno de los juegos infantiles ¿cómo había de ser un gran maestro? Habríamos economizado muchos años malgastados, muchos episodios vergonzosos de nuestra historia política, muchas lágrimas y sangre. Y aquí debo señalar que Sarmiento tuvo también una idea equivocada de Norteamérica, a la que juzgó un país extraordinario. Lo es, sin ningún género de duda, no sólo por su astronómico tamaño sino porque es distinta y mejor que cualquiera otra nación del mundo. Esto nadie lo puede negar. ¿Y por qué es la nación más grande y mejor? No porque sea una universidad, ni una fábrica Ford, ni un tribunal, ni una legislatura, ni un baluarte de la democracia, ni una cárcel, ni un cuartel, sino porque es una juguetería, un inmenso cinematógrafo vivo, un país de maravillas.

Juguetes, juguetes: aeroplanos, aparatos de televisión, radios, cinematógrafos, fonógrafos, telégrafos, máquinas de lavar automáticas, heladeras eléctricas, dictáfonos, automóviles..., juguetes, juguetes.

El único vidente que percibió qué es Norteamérica, fue el autor de la novela alegórica "América", Franz Kafka, quien tituló el último capítulo de esa novela "El gran circo de Oklahoma". Efectivamente. El dicho corriente de que el yanqui adulto tiene una inteligencia media equivalente a un adolescente latinoamericano de catorce años, no prueba mucho en su contra. A esa edad el ser humano suele ser inteligente todavía. Nuestros niños de catorce años tienen la astucia y la camandulería de un adulto de cuarenta. Necesitamos restituirle al niño su imperio más que sus derechos, como lo hicieron desde hace mucho tiempo los países que van a la vanguardia de la civilización y de la cultura: Suecia, Suiza, Inglaterra, Finlandia, Norteamérica. Tenemos que dejar de ser solemnes y graves y, sin dejar de crear universidades tantas veces como sea posible, no olvidarnos de que los circos son tanto o más necesarios; y que un país con pocos circos es un país con muchas cárceles. Pues todo eso ¿de dónde nos viene? Nos viene de muy lejos, ya sé, pero creo que también tiene cierta culpa el que hayamos tomado demasiado a pecho el que "se levanta a la faz de la tierra una nueva y gloriosa Nación, coronada su sien de laureles..."; lo cual es absolutamente palmario e innegable. Pero ¿por qué no hemos pensado que acaso podemos ser igualmente un país parecido al gauchito pobre, al gauchito de que nos habla una estrofa de Martín Fierro?:

Es como patrio de posta,
Lo suelta éste, aquél lo toma.
¡Nunca se acaba la broma!
Desde chico se parece
al arbolito que crece
desamparado en la loma.

Necesito repetir estos versos porque el Martín Fierro no se entiende a la primera lectura y si lo supiéramos de memoria casi equivaldría a decir que lo habríamos olvidado:

Es como patrio de posta,
Lo suelta éste, aquél lo toma.
¡Nunca se acaba la broma!
Desde chico se parece
al arbolito que crece
desamparado en la loma.

¡Pobre gauchito desamparado, pobre patrio de posta, pobrecito mi país! En lugar de haberlo cuidado y defendido hemos sido para él peores que el viento y el granizo. Lo hemos atacado como hormigas, en los frutos y en la raíz. Ahora lo hemos sentado en el banquillo de los acusados, porque en efecto ha cometido increíbles pecados y hasta crímenes imperdonables. No dudo siquiera de que este proceso puede ser justo. Lo acusamos como fiscales y lo condenaremos como jueces. ¿Y por qué nunca le hemos tenido siquiera un poco de compasión? Lo que nuestro país merece, señores, es una gran piedad.

 


 

Discurso publicado en el libro "CUADRANTE DEL PAMPERO", Ezequiel Martínez Estrada (Ed. Deucalion, Buenos Aires 1956)

Volver a Archivo
Volver a Inicio