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Los
poetas, los retóricos y los
autores de libros
ERASMO DE ROTTERDAM
Del
libro Elogio de la locura, Erasmo
de Rotterdam (Océano, México
2001)
No es tanto lo que
me deben los poetas; pues si bien
pertenecen especialmente a
nuestro bando, son hombres
independientes, como dicen por
ahí, cuyos afanes no tienen otro
fin que el de regalar los oídos
de los estultos con meras
frivolidades y cuentecillos
insustanciales. Es, sin embargo,
tal la confianza que tienen en
sí mismos, que con sus
admirables composiciones se
prometen alcanzar la inmortalidad
y un destino al par del de los
dioses, y, por añadidura, se los
prometen a los otros; pero de
todos mis familiares son los más
devotos del Amor propio y de la
Adulación y no hay quien me
rinda culto tan puro y
perseverante.
Respecto de los
retóricos, aunque alguno de
ellos prevarique por causa de
ciertas concomitancias con los
filósofos, son también de la
pandilla, y, entre otras razones,
por una principalísima, cual es
la de que entre todas las
bagatelas que en tal número y
con tanto esmero han escrito,
sobresalen las referentes a las
reglas del género festivo, hasta
el extremo de que el que compuso
(quienquiera que fuera) el
tratado de Retórica para
Herenio, incluyó a la estulticia
en las especies del donaire;
recuérdese, asimismo, que
Quintiliano, autoridad de mayor
excepción en la materia,
escribió un capítulo sobre la risa,
mucho más extenso que la Ilíada,
y en fin, que es tan evidente la
importancia de la estulticia, que
a las veces aquello que ningún
argumento pudo deshacer, la risa
lo desbarata en un instante.
Ahora bien; supongo que no
pensaréis que el arte de decir
con gracia y de provocar las
carcajadas no me pertenece por
derecho propio.
De la misma laya,
son los que publicando libros
quieren alcanzar fama
imperecedera, todos los cuales es
mucho lo que me deben, y,
singularmente, aquellos que
embadurnan el papel con puras
majaderías, ya que a los que
escriben doctamente y para unos
pocos entendidos, hombres que no
temerían ni aún las críticas
de Persio y Lelio, más bien los
tengo por dignos de lástima que
por dichosos, puesto que se
hallan sometidos a un perdurable
tormento; en efecto añaden,
modifican, suprimen, vuelven a
escribir lo que habían tachado,
insisten, rehacen, aclaran,
guardan el manuscrito los nueve
años de que habló Horacio antes
de decidirse a publicarlo, y ni
aun así están jamás del todo
satisfechos. La vana recompensa
de merecer alabanzas de una
cuantas personas, cómpranla a
fuerza de vigilias, con grave
detrimento del sueño, don
dulcísimo sobre todas las cosas,
y a costa de fatigas y de
martirios, a lo que hay que
agregar el menoscabo de la salud,
la ruina del cuerpo; la oftalmía
y aun la ceguera, la pobreza, las
rivalidades del oficio, la
abstinencia de los deleites, la
vejez anticipada, la muerte
prematura y otros sufrimientos
por el estilo, males todos que el
sabio juzga compensados con
obtener la aprobación de algún
otro pelagatos como él.
En cambio, el
escritor que me es devoto, es
más feliz cuanto sea más
insigne su extravagancia, porque
sin necesidad de pasar las noches
en vela, todo cuanto se le viene
a las mientes, todo cuanto afluye
a su pluma y todo cuanto sueña,
lo pone en seguida por escrito
con sólo un pequeño gasto de
papel, no ignorando que, en el
porvenir, aquel que mayores
necedades haya escrito será el
preferido por los demás, es
decir, por los indoctos y por los
estultos. ¿Qué le importa a él
que le desprecien tres o cuatro
sabios, caso de que lo sean?
¿Qué significaría el parecer
de éstos ante la muchedumbre que
lo aclama?
Pero, sin disputa,
son mucho más aprovechados que
ellos los que dan lo ajeno como
suyo y se apropian una gran parte
del trabajo, de la gloria y hasta
de las palabras de los demás,
pues aunque no sean tan confiados
que piensen que tarde o temprano
no ha de descubrirse el
gatuperio, sin embargo, durante
algún tiempo lúcranse con el
interés del préstamo. Es de ver
el tono que se dan y lo orondos
que se ponen cuando son
ensalzados por el vulgo; cuando
se les señala al pasar por la
calle y se les mira con
curiosidad y admiración; cuando
sus obras salen a la venta en las
librerías y cuando en las
portadas de sus libros aciertan a
colocar unos títulos
extraordinarios que parecen cosa
de magia, y que, ¡por los dioses
inmortales!, no son sino palabras
hueras. Pocos, en verdad, podrán
encontrarse en toda su extensión
del orbe que los hayan oído
alguna vez, y menos aún serán
los que los ensalcen (que
también entre los indoctos hay
diversidad de paladares), porque
frecuentemente dichos títulos o
se inventan o se toman de obras
antiguas, y, así, uno gusta en
llamar a la suya Telémaco;
el otro, Estaleno o Laertes;
aquél, Polícrates, y el
de más allá, Trasimaco,
aunque el contenido de los libros
respectivos no tenga la menor
relación con tales nombres, pues
lo mismo sería que los autores
los hubieran bautizado con el de Camaleón
o el de Calabaza, o, como
suelen decir los filósofos, con
los de Alfa o Beta.
Donosísimo es de
ver también que con mutuas
epístolas, poesías y elogios se
alaban recíprocamente los
estultos y los ignorantes, pues
si fuéramos a creerlos, el uno
eclipsa a Alceo; el otro, a
Calímaco; éste deja en
mantillas a Marco Tulio; aquél,
es más sabio que Platón.
Algunos procúranse, además, un
contrincante cuya oposición
aumente su fama, porque, al
discutirse ambas opiniones, el
público se divide en dos bandos
contrarios,
Scinditur
incertum studia in contraria
vulgus,
hasta que uno y otro
paladín, dando por bien reñida
la contienda, retíranse cada
cual por su lado, cantando
victoria y adjudicándose los
laureles del triunfo. Claro es
que de esto, siendo como es
estultísimo, se ríen los
sabios, ¿quién lo niega?; pero
entre tanto, y gracias a mi
favor, les hago tan agradable la
existencia, que no cambiarían
sus glorias por la de los mismos
Escipiones. No obstante, los
sabios mencionados, que de tan
buena gana se ríen y con tanto
gusto gozan de la locura ajena,
no es poco lo que me deben a su
vez, y no podrán por menos de
reconocerlo así, como no sean
grandemente ingratos conmigo.
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