NOTA DE TAPA  N°96 | Enero 2013

 

El cuerpo del delito


 

 

Matar no es lo mismo que aniquilar. En el cuerpo devastado suele quedar radiografiado el propio victimario. Cosa que por supuesto no ocurre con el asesino a sueldo que hace un trabajo. El ensañamiento sobre el cuerpo marca hasta qué punto uno no puede despegar su propia imagen del otro. Algo en la historia del sometido se espeja en la de su verdugo y tejen un destino indisoluble. Y, extensivo, algo de la historia colectiva de una sociedad  se espeja de golpe en aquello que la fundó.

 

El destino incierto de Marita Verón no representa lo mismo que el de las turistas francesas masacradas en Salta, la joven hindú torturada en un colectivo unos meses atrás o el de las miles de mujeres que mueren en manos de hombres cercanos. La trata es apenas una variante de la circulación de los cuerpos en el capitalismo que adquiere, según la época, el lugar y el grado de desarrollo, expresiones más o menos feroces (desde los mineros de Potosí, los niños de Tailandia y las diversas formas de trabajo esclavo de la actualidad).

 

El interrogante de la época podría ser si el cuerpo de la mujer no se estará convirtiendo en el límite violento del cuerpo del hombre. Algo así como una condición de supervivencia de un determinado orden materializado en una determinada forma de uso y administración de los géneros. Seguramente cuando Steiner afirma que entre los opuestos siempre habrá conflictos, presagia de alguna forma lo que vendrá. El hombre, como representación de un poder que se está extinguiendo, se ratifica en esta aniquilación escarmentadora donde no solamente se suprime el cuerpo presente sino también los potenciales. La lesa humanidad que solicita el padre de Cassandra Bouvier, una de las estudiantes asesinadas en Salta, elimina la posibilidad de causas tales como la psicopatía o la pasión desenfrenada y se enfoca exclusivamente en que las chicas fueron torturadas hasta morir por el solo hecho de ser mujeres. La aniquilación de esos cuerpos femeninos se convierte entonces en un asunto político porque, a la manera de las literaturas menores de Deleuze, cualquier evento singular de una minoría se transforma en la expresión colectiva que irrumpe el orden impuesto por la mayoría.

 

Habría que preguntarse, sin embargo, si la mujer, efectivamente, es un peligro para ese orden. Qué, concretamente, es lo que estaría poniendo en riesgo puesto que no hay nada en la actualidad que ubique a la condición masculina como exclusiva y excluyente para sostener el mismo. En realidad, nada. El orden puede seguir transformando y transformándose a sí mismo con un cambio de actores dominantes. Incluso, con un radical cambio de sus instituciones sostenedoras, como el matrimonio y la familia, incluida la diversidad sexual. El problema estriba en que aquel orden ancestral y mítico, desde Adán y Eva, pasando por Jesús y las ahora imposibles piedras lanzadas a María Magdalena, y  todas las formas de sometimiento femenino en las culturas orientales, se fundó, como todo lo que perdura, en una extrema racionalidad mezclada con cuestiones irracionales: la virilidad, la voluntad de poder y dominio y la pulsión sexual.  

 

 

Domesticada la mujer en ese contexto, domesticación llevada a cabo precisamente por sus condiciones físicas (menor fuerza, vulnerabilidad durante algunos días al mes por lo menos durante la mitad de su vida o más y por supuesto, el embarazo y los hijos), es la propia mecánica del sistema la que permite su reposicionamiento actual. Es nada más que una variante de esa administración de pulsiones e instintos que por su propia naturaleza vuelve a asegurarse su consolidación.

 

El sexo, el deseo y  el placer siempre fueron elementos de poder, lo nuevo es su visibilización y legitimación, ancladas en el oportuno descubrimiento de que la mujer también disfruta,  es tan proclive a la variedad como el hombre y tiene deseos al margen de la reproducción. Aceptar y hasta enarbolar esto no solamente es un signo de extrema modernidad sino, y principalmente, una señal de que se ha roto con el pasado y sus valoraciones. Un pasado y unas valoraciones que se han vuelto altamente improductivos para las nuevas condiciones mundiales de población, producción y consumo.

 

El cuerpo femenino expuesto en medios de comunicación  muestra tanto su condición histórica de mercancía como el poder que siempre tuvo, por simple presencia, para torcer cualquier rumbo, desde la misma expulsión del paraíso. A la legitimada y hasta alentada forma de acceder a él a través de la acumulación de poder por parte del hombre (convengamos que esta idea va muy ligada a su contracara: sin ese poder al hombre le resulta difícil acceder a él) y la ubicación del mismo como preciado trofeo se pasa a la posición dinámica de productor y por lo tanto de elector. La mujer-objeto es entonces una falacia por omisión (cuando no, una hipocresía): en todo caso, no hay posibilidades de no ser un objeto en este orden que ahora se renueva. Esencialmente toda relación entablada en el mismo termina volviéndose prostibularia, ya fueran los siniestros contratos matrimoniales o la posesión y la libre disponibilidad del cuerpo del hijo en manos de sus padres. Incluso el filicidio sigue despertando la disculpa social de la madre (en algunos casos, hasta su victimización), cuyo único error fue no soportar precisamente la maternidad.

 

La aniquilación entonces de un ser humano solo por ser mujer ya no se trataría en este razonamiento de una cuestión de minorías que hacen estallar lo instituido sino más bien, de los fragmentos que quedaron sueltos de aquel orden en decadencia cuando colisionan con estos nuevos condicionamientos. Cuando un hombre mata a una mujer se adjudica el derecho a traspasar cualquier contrato social o penal porque, en el fondo, lo único que lo constituye realmente es la pertenencia parasitaria a aquel orden fundante. Conforma el fragmento desheredado del mismo, elementos residuales, por características mentales y ambientales, que no poseen otro atributo significativo que esa pertenencia. Los mismos cuentan todavía con incontables e insospechados aliados, desde la propia casa familiar, las instituciones educativas, el sistema de premios y castigos en todos los ámbitos hacia aquellas mujeres más o menos complacientes,  e incluso, las costumbres y ritos que aún repiten como la primera vez el traspaso del cuerpo femenino de una generación de hombres a la otra. Y por qué no, hasta en las viejas generaciones de mujeres que, al margen del nivel económico o educativo, todavía guardan las telarañas de la represión ejercida y naturalizada sobre sus propios cuerpos (en la calificación, por ejemplo, de  “comadre de barrio” de Beatriz Sarlo refiriéndose a la presidente se refleja la complicidad con aquella moral masculina y su dependencia como factor de legitimación social).

 

El cambio acelerado, las nuevas formas, la visibilización de lo oculto pero sobre todo, el componente sexual por fin liberado deja a esos residuos en el camino. Las leyes o las medidas preventivas, como las órdenes de restricción, los números de violencia doméstica o los botones antipánico, no suelen resultar eficaces. No sería extraño, y dada la mecánica y el funcionamiento de este tipo de administraciones, del miedo, de sexo y de los cuerpos, que pronto se encuentre el antídoto también por fuera de cualquier contrato o legislación. Grupos parafamiliares que salgan a cazar, con preferencia anticipadamente, a esos últimos defensores del orden decadente. Una forma de limpieza que borre las pruebas del delito. Que no es otro que la producción de monstruos, de asesinos que, como en el film de Fritz Lang, están entre nosotros bien camuflados y en perfecto estado de salud. 

 

 

FOTOS: TOMÁS RAMÍREZ LABROUSSE

 

 

 


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