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NOTA DE TAPA N° 59  / ENERO 2009
A propósito del nuevo número de Morticia
Sombras Tenebrosas
A fines de la década del 60 se emitía por televisión ¿Es usted el asesino?, una miniserie protagonizada por Narciso Ibañez Menta, en la que un criminal mataba a sus víctimas con un paraguas apuñalado, siempre en horas de la noche. Cada capítulo concluía con el primer plano de un dedo acusador y la inquietante pregunta del título. Nosotros no sabíamos si le temíamos más al que andaba por las calles eliminando gente o a esa cita semanal nocturna, a la que, sin embargo, nadie faltaba y en la que todos nos sentíamos un poco víctimas y un poco culpables.
La noche siempre necesitó de credenciales para circular con libertad en el imaginario de la población considerada honesta. Pero más allá de la responsabilidad, real o ficcional, de cobijar poetas, locos, prostitutas, maleantes y otros desechos de las grandes metrópolis, la verdadera culpa de la noche está en la capacidad de transfigurar las certezas diurnas. La nocturnidad conforma ese espacio donde desde el mismo lenguaje se aloja todo aquéllo que no puede ser absorbido por la ciudad. O que, en todo caso, necesita ser reformulado para su utilización. La ciudad nocturna son las luces de Corrientes y de Madero pero también el tráfico cartonero, las villas, la violencia social y todos los cromagnóns reales o potenciales que anidan en ella. Es el espacio institucionalizado del placer, del ocio y del sueño, pero también el reducto del mal. Pensar la noche de alguna forma también es pensar la muerte, es el colapso, precisamente, de la idea que hay un orden y que estamos sometidos a él para que la maquinaria urbana funcione. Un orden del discurso, que puede ser político, social, académico, comunicacional o simplemente del habla cotidiana. La noche, para ser digerida por éstos, necesita, necesitó siempre, ser transformada en una entidad sujeta y sujetable, desmantelada de sus contenidos descontrolados, o volverse espectáculo redituable. El principal objetivo siempre fue iluminarla. Acorralar a las sombras para que se exilien en el margen negado, o se cosifiquen y se vuelvan inofensivas (así le ocurrió al tango prostibulario en las primeras décadas del XX y al trabajo sexual no convencional y sus zonas rojas en la actualidad). El pensamiento nocturno no solo acontece a las tres de la madrugada, aunque tal vez la hora favorezca su desarrollo. No tiene paradero conocido aunque hay una geografía de la nocturnidad que fija sus coordenadas tanto en la trivialidad como en la catástrofe, en ciertas poéticas no complacientes, generalmente ignoradas, en ciertas miradas inquietantes, también en algunas formas del silencio. Es el pensamiento que dando por sentado que todos podríamos ser los asesinos, se pregunta qué crímenes estaríamos dispuestos a cometer.

Zenda Liendivit / Enero 2009

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