/contratiempo | El pensamiento en la Argentina / Año II N° 5 / Invierno-Primavera 2002
/PENSAMIENTO Y CIUDAD

 
   
En la trampa

Ezequiel Martínez Estrada

Microscopía de Buenos Aires
La Cabeza de Goliat

     
    A través de la ventana observo el frente de las casas más allá de la plaza, con sus ventanas cerradas. No puedo evitar la idea pertinaz de que se trata de celdas, con aberturas por donde entran el aire y la luz; y sale, como la mía, la mirada del morador. Se trata de celdas y de prisioneros. Me es fácil pensar que todos estamos presos, aunque el guardián haya desaparecido hace años o siglos. Nos encerró a todos y se fue, o se murió. Hizo la ciudad y nos metió dentro con la consigna de que no nos marchásemos hasta que volviese. Después se olvidó él de venir y nosotros de irnos.

Hace frío afuera, y de ningún modo cambiaría el bienestar que en este instante disfruto, por la llovizna de las calles. Es seguro que detrás de esos vidrios que veo, hay otras personas que disfrutan del acogimiento templado de la habitación, tan conformes como yo con las leyes divinas y humanas que nos preservan de la intemperie. No obstante, pienso que estoy preso y que los otros también lo están. No tengo más entretenimiento que pensar, como si no estuviera satisfecho.

Cuando el hombre primitivo concibió la diabólica idea de construir ciudades, ¿quiso encarcelar a sus semejantes, como cuando construyó la jaula quiso encerrar los pájaros? El origen de las poblaciones pudo haber sido la necesidad de amparo, de ayuda mutua, pero eso no traería implícito que la ciudad moderna, especie de aglomeración y superposición de poblaciones, obedezca a la misma necesidad. En principio, pués, podemos admitir que la ciudad antigua, media y moderna ha sido la más refinada forma de cautiverio. Cuando en la Edad Media sirvió de refugio contra los peligros errantes, quedó convertida en jaula. Ahí se metió el hombre y después no pudo salir; y de presa fugitiva se convirtió en presa enjaulada. Se cazó a sí mismo. Igualmente es posible que la ciudad-cárcel haya sido una invención femenina, de épocas matriarcales. De todos modos, cuando el hombre erraba sin residencia fija, hizo los más grandes descubrimientos: las religiones, el lenguaje y la escritura, la metalurgia, el tejido y la filosofía y la poesía. Cuando se encerró, las invenciones se refirieron a todo lo estacionario y no se relacionaban ya con el destino del ser humano, sino con el destino de la población.

Hacer cautivos debe de haber sido un prurito más decisivo que el afán de dominio, pues hoy vemos que cuando los hombres de presa renuncian a poseer, bajo concepciones nuevas del derecho de la fuerza, todavía se dedican a sojuzgar. A la conquista sigue la esclavitud, y cuando el hombre de presa ha cumplido la primera parte del programa, pasa a cumplir la segunda, con lo cual tiene para entretenerse bastante tiempo. Entonces le basta con que exista una ciudad bien ordenada y limpia, donde cada cual cumpla sus obligaciones voluntariamente, y con tener canarios enjaulados y cómodas habitaciones. Constituída la ciudad y hecho a su imagen y semejanza el ciudadano, aquella primigenia voluntad queda convertida en la magnificiencia de las catedrales, de los edificios suntuosos, en instituciones benéficas, etc.

El hombre encuentra muchas veces la manera de llevar a cabo la satisfacción de instintos verdaderamente brutales, con aspectos plausibles. Se puede decir que ha jugado a eso a lo largo de su historia y hasta parece que cuando encuentra los aspectos plausibles no le importa mucho ya dejar en libertad sus instintos brutales.

La iconografía más antigua de toda ciudad es semejante a una cárcel. Antes de fundarse Buenos Aires la cárcel estaba, como la encina en la bellota, en la nave capitana de don Pedro de Mendoza. Había allí casi todo lo que después habría en tierra firme, naturalmente que según otros planes. También había un presidio flotante; y una de las primeras construcciones en tierra firme fue la cárcel. Los soldados libres no eran aún ciudadanos cuando los presidiarios eran ya presidiarios desde antes del desembarco. Algunos descendieron a tierra para cambiar de calabozo.

Iglesia y cárcel se fundaban los primeros, para que el alma tuviera una salida abierta al cielo, y al mismo tiempo el cuerpo un ergástulo cerrado al mundo. Cuando se está encerrado, lo mejor es ponerse a rezar. En torno de la iglesia, la Municipalidad y la Cárcel, creció la ciudad. Por mucho tiempo el Fuerte y el Cabildo sirvieron de cárcel. Así habrá sucedido siempre, acaso. Por eso toda ciudad es justamente una corporación religiosa, una organización burocrática y una institución penal.(...)

El habitante oriundo de toda ciudad es el que está preso, el ciudadano en grado absoluto; y el dueño absoluto de la ciudad es el que lo vigila. Si la ciudad es una cárcel inmensa de donde se puede salir y entrar con pocas restricciones además de que siempre se lleva al pie el grillete de las obligaciones urbanas, el vigilante era el dueño de la ciudad antigua en tanto la vida se refugiaba en las casas. El dueño actual, cuando ya la ciudad se ha instalado en la calle y está constituída ante todo por el movimiento y la actividad, es el chófer. Uno y otro encarnan el ejercicio de derechos natos: residir y transitar. De donde la específica rivalidad entre el viejo y el nuevo dueño.

La ciudad tiene que haber contribuído como ninguna otra institución de origen humano al "capiti diminutio" del hombre. Hoy no podemos desprendernos de la ciudad para comprender al ser humano en su forma verídica. El hombre por excelencia es el que inventa un aparato o un mecanismo, o una fórmula química, más bien que ese otro que inventaba la danza, las metáforas, los ideogramas y el discurso. Los grandes detractores de la ciudad y de la civilización, cuando tienen que pensar en la forma verídica del hombre, piensan en el salvaje, lo cual es absurdo y abyecto. Con razón se enfurecía Chesterton de tal apelación antropológica. El salvajismo es más bien el estado de supercivilización, donde el hombre en vez de manejar la clava establece una confitería y en vez de pasar a cuchillo a una familia entera, busca la producción de un gas mortífero para toda una ciudad. El estado natural del hombre no es el salvajismo, aunque tampoco lo sea el urbanismo. Ambos extremos están a igual distancia del hombre propiamente dicho. Es hoy el ser humano un producto natural de la ciudad más bien que un producto artificial de la naturaleza. Cuando hombres como Thoreau, Hudson o Kipling hablan de las selvas y los campos, del mar o los ríos, no derraman acerbos reproches, sino que llegan simplemente al olvidado sentido pánico de la naturaleza. Vemos entonces, como por una grieta que se abriera en el muro de circunvalación que nos encierra, la perspectiva inmensa de la vida y el mundo, como los contempló el hombre propiamente tal, quizá el de la Edad del Bronce.

En vano se ha dejado para desahogo de la conciencia, más bien que para respiración de las construcciones, esos pedazos de plazas y parques como ofrendas a la naturaleza. Esa naturaleza en la ciudad es de la misma calidad de nuestra esclavitud y lo que el pájaro en la jaula: un simulacro de verdad y de la gracia. En perpetua propensión a la demolición y a la fuga, el hombre urbano que es por excelencia el cazador, el destructor de vida, obedece a su viejo, inextinguible instinto depredatorio.

Pero también la ciudad puede haber sido una invención saludable, especie de trampa contra la fiera peligrosa. El ansia de extinción y crueldad que hizo a las ciudades, allí mismo se apacigua. Las ciudades, como el mar, son cazadoras de hombres tremendos. Gracas a las ciudades la humanidad ha podido seguir existiendo, como gracias a las cárceles se vive en relativa tranquilidad. Por lo menos se confía en que en las cárceles están los criminales y en los manicomios los locos. Suelto, en una vida libre, en la de la Edad del Bronce, por ejemplo, el ulterior zoo político habría necesitado apelar a formas de violencia inauditas. Habría atentado contra la especie, mientras que con la formación de las ciudades sólo atenta contra las poblaciones. La ciudad le suminstra el alimento cotidiano para saciar su sevicia. En una gran ciudad hay diez mil pararrayos en qué descargar la crueldad. Si tiene pájaros en su jaula, y si vive en una casa de muchos departamentos; si en su oficina hay muchos hombres como él, atados de pies y manos; si sus hijos van a la escuela y si el gato deja que jueguen con él, puede llegar a ser un ciudadano pacífico, de orden, feliz.

Y es que la ciudad, la cárcel que él inventó como un acto de cautividad inconsciente de una vez y para siempre, para sus enemigos y para todas las generaciones de sus enemigos, lo atrapó a él y a sus descendientes. La ciudad crea ciudadanos y no hombres, como la selva pájaros y no jaulas. Una forma de pensar, sentir y obrar tiene la forma de la ciudad, que ha devenido un claustro materno en que se gesta la vida. Hay hijos legítimos e hijos bastardos de la ciudad.

Pero el ciudadano conspicuo, el hijo legítimo de la ciudad, ¿no es el destructor por excelencia, terrorista y tirano? ¿No salen de ahí los operarios del diablo, que trabajan para la guerra? ¿No quieren matar a sus progenitores? Acaso lo que buscan es, simplemente, la destrucción de la ciudad y de los seres civilizados en un rencor tan viejo como las viejas ciudades, contras su padres arcaicos, los constructores de recintos amurallados. La guerra actual lo demuestra. Así la ciudad, después de haber absorbido al "hombre terrible en libertad", mata al "hombre terrible en cautiverio". Toda ciudad desea su propio fin, y la vesania de la guerra, que nace en las ciudades perfectamente disciplinadas, es el corolario de la vida cotidiana, de guerra en la paz.

¿Y qué seres se habrían salvado en virtud de ese suicidio de los presidiarios?, ¿la humanidad, la civilización?

Ahora cae la noche y han encendido lámparas en las casas de enfrente. La sombra de la ciudad penetra hasta mí. Siento soledad alrededor, también un poco de frío.

     
   

El presente texto fue publicado en Microscopía de Buenos Aires. La cabeza de Goliat, Ezequiel Martínez Estrada (Emecé Editores S.A., Buenos Aires / 1946)


     
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