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A través de la ventana observo el
frente de las casas más allá de la plaza, con
sus ventanas cerradas. No puedo evitar la idea
pertinaz de que se trata de celdas, con aberturas
por donde entran el aire y la luz; y sale, como
la mía, la mirada del morador. Se trata de
celdas y de prisioneros. Me es fácil pensar que
todos estamos presos, aunque el guardián haya
desaparecido hace años o siglos. Nos encerró a
todos y se fue, o se murió. Hizo la ciudad y nos
metió dentro con la consigna de que no nos
marchásemos hasta que volviese. Después se
olvidó él de venir y nosotros de irnos. Hace frío
afuera, y de ningún modo cambiaría el bienestar
que en este instante disfruto, por la llovizna de
las calles. Es seguro que detrás de esos vidrios
que veo, hay otras personas que disfrutan del
acogimiento templado de la habitación, tan
conformes como yo con las leyes divinas y humanas
que nos preservan de la intemperie. No obstante,
pienso que estoy preso y que los otros también
lo están. No tengo más entretenimiento que
pensar, como si no estuviera satisfecho.
Cuando
el hombre primitivo concibió la diabólica idea
de construir ciudades, ¿quiso encarcelar a sus
semejantes, como cuando construyó la jaula quiso
encerrar los pájaros? El origen de las
poblaciones pudo haber sido la necesidad de
amparo, de ayuda mutua, pero eso no traería
implícito que la ciudad moderna, especie de
aglomeración y superposición de poblaciones,
obedezca a la misma necesidad. En principio,
pués, podemos admitir que la ciudad antigua,
media y moderna ha sido la más refinada forma de
cautiverio. Cuando en la Edad Media sirvió de
refugio contra los peligros errantes, quedó
convertida en jaula. Ahí se metió el hombre y
después no pudo salir; y de presa fugitiva se
convirtió en presa enjaulada. Se cazó a sí
mismo. Igualmente es posible que la
ciudad-cárcel haya sido una invención femenina,
de épocas matriarcales. De todos modos, cuando
el hombre erraba sin residencia fija, hizo los
más grandes descubrimientos: las religiones, el
lenguaje y la escritura, la metalurgia, el tejido
y la filosofía y la poesía. Cuando se encerró,
las invenciones se refirieron a todo lo
estacionario y no se relacionaban ya con el
destino del ser humano, sino con el destino de la
población.
Hacer
cautivos debe de haber sido un prurito más
decisivo que el afán de dominio, pues hoy vemos
que cuando los hombres de presa renuncian a
poseer, bajo concepciones nuevas del derecho de
la fuerza, todavía se dedican a sojuzgar. A la
conquista sigue la esclavitud, y cuando el hombre
de presa ha cumplido la primera parte del
programa, pasa a cumplir la segunda, con lo cual
tiene para entretenerse bastante tiempo. Entonces
le basta con que exista una ciudad bien ordenada
y limpia, donde cada cual cumpla sus obligaciones
voluntariamente, y con tener canarios enjaulados
y cómodas habitaciones. Constituída la ciudad y
hecho a su imagen y semejanza el ciudadano,
aquella primigenia voluntad queda convertida en
la magnificiencia de las catedrales, de los
edificios suntuosos, en instituciones benéficas,
etc.
El
hombre encuentra muchas veces la manera de llevar
a cabo la satisfacción de instintos
verdaderamente brutales, con aspectos plausibles.
Se puede decir que ha jugado a eso a lo largo de
su historia y hasta parece que cuando encuentra
los aspectos plausibles no le importa mucho ya
dejar en libertad sus instintos brutales.
La
iconografía más antigua de toda ciudad es
semejante a una cárcel. Antes de fundarse Buenos
Aires la cárcel estaba, como la encina en la
bellota, en la nave capitana de don Pedro de
Mendoza. Había allí casi todo lo que después
habría en tierra firme, naturalmente que según
otros planes. También había un presidio
flotante; y una de las primeras construcciones en
tierra firme fue la cárcel. Los soldados libres
no eran aún ciudadanos cuando los presidiarios
eran ya presidiarios desde antes del desembarco.
Algunos descendieron a tierra para cambiar de
calabozo.
Iglesia
y cárcel se fundaban los primeros, para que el
alma tuviera una salida abierta al cielo, y al
mismo tiempo el cuerpo un ergástulo cerrado al
mundo. Cuando se está encerrado, lo mejor es
ponerse a rezar. En torno de la iglesia, la
Municipalidad y la Cárcel, creció la ciudad.
Por mucho tiempo el Fuerte y el Cabildo sirvieron
de cárcel. Así habrá sucedido siempre, acaso.
Por eso toda ciudad es justamente una
corporación religiosa, una organización
burocrática y una institución penal.(...)
El
habitante oriundo de toda ciudad es el que está
preso, el ciudadano en grado absoluto; y el
dueño absoluto de la ciudad es el que lo vigila.
Si la ciudad es una cárcel inmensa de donde se
puede salir y entrar con pocas restricciones
además de que siempre se lleva al pie el
grillete de las obligaciones urbanas, el
vigilante era el dueño de la ciudad antigua en
tanto la vida se refugiaba en las casas. El
dueño actual, cuando ya la ciudad se ha
instalado en la calle y está constituída ante
todo por el movimiento y la actividad, es el
chófer. Uno y otro encarnan el ejercicio de
derechos natos: residir y transitar. De donde la
específica rivalidad entre el viejo y el nuevo
dueño.
La
ciudad tiene que haber contribuído como ninguna
otra institución de origen humano al
"capiti diminutio" del hombre. Hoy no
podemos desprendernos de la ciudad para
comprender al ser humano en su forma verídica.
El hombre por excelencia es el que inventa un
aparato o un mecanismo, o una fórmula química,
más bien que ese otro que inventaba la danza,
las metáforas, los ideogramas y el discurso. Los
grandes detractores de la ciudad y de la
civilización, cuando tienen que pensar en la
forma verídica del hombre, piensan en el
salvaje, lo cual es absurdo y abyecto. Con razón
se enfurecía Chesterton de tal apelación
antropológica. El salvajismo es más bien el
estado de supercivilización, donde el hombre en
vez de manejar la clava establece una confitería
y en vez de pasar a cuchillo a una familia
entera, busca la producción de un gas mortífero
para toda una ciudad. El estado natural del
hombre no es el salvajismo, aunque tampoco lo sea
el urbanismo. Ambos extremos están a igual
distancia del hombre propiamente dicho. Es hoy el
ser humano un producto natural de la ciudad más
bien que un producto artificial de la naturaleza.
Cuando hombres como Thoreau, Hudson o Kipling
hablan de las selvas y los campos, del mar o los
ríos, no derraman acerbos reproches, sino que
llegan simplemente al olvidado sentido pánico de
la naturaleza. Vemos entonces, como por una
grieta que se abriera en el muro de
circunvalación que nos encierra, la perspectiva
inmensa de la vida y el mundo, como los
contempló el hombre propiamente tal, quizá el
de la Edad del Bronce.
En
vano se ha dejado para desahogo de la conciencia,
más bien que para respiración de las
construcciones, esos pedazos de plazas y parques
como ofrendas a la naturaleza. Esa naturaleza en
la ciudad es de la misma calidad de nuestra
esclavitud y lo que el pájaro en la jaula: un
simulacro de verdad y de la gracia. En perpetua
propensión a la demolición y a la fuga, el
hombre urbano que es por excelencia el cazador,
el destructor de vida, obedece a su viejo,
inextinguible instinto depredatorio.
Pero
también la ciudad puede haber sido una
invención saludable, especie de trampa contra la
fiera peligrosa. El ansia de extinción y
crueldad que hizo a las ciudades, allí mismo se
apacigua. Las ciudades, como el mar, son
cazadoras de hombres tremendos. Gracas a las
ciudades la humanidad ha podido seguir
existiendo, como gracias a las cárceles se vive
en relativa tranquilidad. Por lo menos se confía
en que en las cárceles están los criminales y
en los manicomios los locos. Suelto, en una vida
libre, en la de la Edad del Bronce, por ejemplo,
el ulterior zoo político habría necesitado
apelar a formas de violencia inauditas. Habría
atentado contra la especie, mientras que con la
formación de las ciudades sólo atenta contra
las poblaciones. La ciudad le suminstra el
alimento cotidiano para saciar su sevicia. En una
gran ciudad hay diez mil pararrayos en qué
descargar la crueldad. Si tiene pájaros en su
jaula, y si vive en una casa de muchos
departamentos; si en su oficina hay muchos
hombres como él, atados de pies y manos; si sus
hijos van a la escuela y si el gato deja que
jueguen con él, puede llegar a ser un ciudadano
pacífico, de orden, feliz.
Y
es que la ciudad, la cárcel que él inventó
como un acto de cautividad inconsciente de una
vez y para siempre, para sus enemigos y para
todas las generaciones de sus enemigos, lo
atrapó a él y a sus descendientes. La ciudad
crea ciudadanos y no hombres, como la selva
pájaros y no jaulas. Una forma de pensar, sentir
y obrar tiene la forma de la ciudad, que ha
devenido un claustro materno en que se gesta la
vida. Hay hijos legítimos e hijos bastardos de
la ciudad.
Pero
el ciudadano conspicuo, el hijo legítimo de la
ciudad, ¿no es el destructor por excelencia,
terrorista y tirano? ¿No salen de ahí los
operarios del diablo, que trabajan para la
guerra? ¿No quieren matar a sus progenitores?
Acaso lo que buscan es, simplemente, la
destrucción de la ciudad y de los seres
civilizados en un rencor tan viejo como las
viejas ciudades, contras su padres arcaicos, los
constructores de recintos amurallados. La guerra
actual lo demuestra. Así la ciudad, después de
haber absorbido al "hombre terrible en
libertad", mata al "hombre terrible en
cautiverio". Toda ciudad desea su propio
fin, y la vesania de la guerra, que nace en las
ciudades perfectamente disciplinadas, es el
corolario de la vida cotidiana, de guerra en la
paz.
¿Y
qué seres se habrían salvado en virtud de ese
suicidio de los presidiarios?, ¿la humanidad, la
civilización?
Ahora
cae la noche y han encendido lámparas en las
casas de enfrente. La sombra de la ciudad penetra
hasta mí. Siento soledad alrededor, también un
poco de frío.
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