
ANTONIO BERNI
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ENRIQUE GONZÁLEZ
TUÑÓN
Tiendas
de ultramarinosDel libro En la
calle de los sueños perdidos,
Buenos Aires, Litterae Sociedad
Editorial Americana, 1941
Ese olor de las
tiendas de ultramarinos.
¿Recuerda usted? En pleno
centro, a veces. O mejor, en la
calle Pedro Mendoza, o en Junín
y Corrientes. Olor de vodka y
salmón en lata; de arreos de
pesca y arenque ahumado. Ese
olor.
Ese olor a color de
mapa.
Ese olor a ruido de motor de
remolcador.
Ese olor a Hotel de Inmigrantes.
Ese olor a colonia extranjera.
Ese olor.
Ese olor fresco del
alambre y la cuerda; ese olor
húmedo, espeso, de mostrador y
trastienda; de comida dulce; de
dulce agrio; de ropa comprada en
puertos; ese olor ultramarino.
Ese olor.
Ese olor a comida en
las calles Veinticinco de Mayo,
Reconquista o Leandro Alem. Olor
a agencia de colocaciones,
también. Y a calentador a
kerosene. A tufo de calentador. A
violín sacado del baúl lleno de
polvo. A armónica. A afiches de
la guerra ítalo-turca o
anglo-boers. Ese olor.
Ese olor a tricomía
de Trípoli. De familia real
española. Ese olor.
Ese olor ultramarino.
Ese olor azul de mapa y ojo de
buey.
El personaje de
Proust por el aroma de una taza
de té, reconstruye todo un
tiempo perdido, pasado. Huela,
huela usted cuando pase por una
tienda de ultramarinos. Huele a
Centenario, ¿verdad? A 1910. La
Infanta Isabel. El Presidente
Montt. Roque Sáenz Peña. Las
primeras huelgas y
manifestaciones. El
abigarramiento en el Hotel de
Inmigrantes, las terceras, la
carta de España, la Exposición,
las tiendas de ultramarinos.
Huela, huela usted
cuando pase por una tienda de
ultramarinos. ¿Huele a retrato
antiguo, verdad? A postal en
colores. La Plaza del Congreso.
El monumento de los Españoles.
Un niño con sombrerito de paja
que cruza la calle. Un fiacre. Un
tranvía a caballos. El mayoral.
Huela, huela usted
cuando pase por una tienda de
ultramarinos. Huele a heliotropo,
brocamelia y alelí. Huele a
Parece que Fue Ayer. A trencito
del Parque Japonés. A cuello
Mey. A bigotera y cosmético. A
1914. Huele a progroms. A guerra
europea.
Los diarios nos
recuerdan cada día ese olor,
esos olores.
Lituania, Letonia, Estonia,
Finlandia, Polonia
.Kovno,
Vilma, Helsingfors, Riga
Inmediatamente se desparrama un
olor a arenque ahumado, a pepinos
en vinagre, a salmón en lata, a
pescado en barrica, a esturión,
a bacalao, a arreos de pesca, a
un olor ultramarino. (Todo
esto puede ser un poco literario,
pero ustedes comprenderán).
En seguida, el
paisaje. Ahora hay sobresalto en
el mar, en las rías y en los
ríos; en los prados y en las
colinas.
¿Qué será de esos
paisajes reproducidos en los
atriles de algunos pianos
automáticos?
¿Qué será de la rueda del
molino mal pintado?
Vemos a una mujer gorda cortando
pescado sobre una tabla. (La
gorda de la pescadería).
A un grupo de
hombres del norte cuchicheando a
la puerta del café maloliente. A
un vendedor de diarios cuyos
títulos no podremos deletrear
nunca. A un sacerdote de una
religión extranjera y
extraña-. A un retrato de
novios, en el fondo de la sala,
sobre unos tarros de compota de
penetrante olor (ultramarino). A
alguien que cruza la calzada
llevando a un niño de la mano. A
un niño agitando desde la borda
de un barco de carga su gorra de
pana (ultramarina). Y,
finalmente, a una pandilla de
chiquillos rubios, rotosos,
sucios, que hablan ya el lenguaje
de la calle, el lenguaje argentino,
mientras la más vieja de las
mujeres, la más vieja, mueve
melancólicamente la cabeza y
habla todavía del barco como el
gringuito cautivo de
"Martín Fierro".
Y, sobre la mesa, el
diario, y en el diario los
telegramas fechados en esos
lugares (ultramarinos) que, sin
duda, no conoceremos nunca. Y
entonces, al puchero cotidiano se
mezcla un súbito y profundo olor
(ultramarino) de arenque ahumado,
de salmón en lata, de pepino en
vinagre, de pescado en barrica.
Es curioso.
Y triste, bien triste, muy
triste. (Ultramarino).
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